jueves, 31 de diciembre de 2015

Mejor bueno por conocer

Querido DosMilQuince: tienes más problemas de personalidad que la mayoría de personas que conozco. Empezaste con todas las ganas de ser un buen año, pero en seguida te desinflaste. Te desinflaste de una manera tan épica, que acabaste metido en la cama sin fuerzas ni para levantarte apenas diez días después de empezar. Pobre. Tenías demasiada presión.

Querido DosMilQuince, no te ofendas pero descartaría unos buenos nueve meses de ti. Nueve meses necesarios para crecer, para evolucionar y para aprender, eso te lo concedo, pero nueve meses prescindibles en casi todo, al fin y al cabo.

Salvaría una cosa de esos primeros nueve meses: los que volvieron a casa por abril, como las flores -mucho mejor que el turrón, ¿verdad?-. Llegaron con la primavera, con tesoros nuevos y maletas llenas de recuerdos, y solo por ellos se salvaría la primera mitad del año. Recuerda mandarles unos bombones como agradecimiento, querido DosMilQuince, porque les debes muchos de los buenos momentos.

Lo cierto es que venías cargado de días importantes, días de los que se recuerdan para siempre. Un par de conciertos épicos. Un reencuentro en el aeropuerto. El punto final a los últimos cuatro años. El punto y seguido a los últimos tres. El primer campamento con una nueva perspectiva. Dos países más. Y una nueva casa.

Porque si empezaste flojo, querido DosMilQuince, acabas por todo lo alto. Menos mal que me fié de ti, aunque la verdad, para octubre estaba a punto de perder la fe. Por suerte, los días es lo que tienen, que te los tiran encima quieras o no, sin consultar tu nivel de confianza ni preparación. Mejor, porque así es como se aprende a nadar: mudándote a una ciudad sin perspectivas de nada, para encontrarlo casi todo. Quién hubiese sabido que en Salamanca se escondía la poesía.

A pesar de todo, hay que agradecértelo, querido DosMilQuince. Porque, como siempre, acabo el año siendo una persona totalmente distinta de la que era hace trescientos sesenta y cinco días. Pero esta vez, estoy segura de que ha sido para mejor. Soy más valiente, soy más feliz, camino con la frente más alta y la sonrisa más amplia de lo que podría haber soñado aquel diez de enero. Gracias, año que se acaba, por darme el tiempo que necesitaba.

Y a ti, DosMilDieciséis, te espero con ganas. Tienes pinta de ir a ser un buen año. Aunque hacia la mitad, hay un muro que no me deja hacer planes más allá. Es lo que tienen las graduaciones, el futuro y no ser vidente: hasta que no tienes un papel con un ¡Bienvenido! en la mano, no sabes hacia dónde estás yendo. Pero a pesar de todo, DosMilDieciséis, llega pronto. Te estoy esperando.

martes, 29 de diciembre de 2015

Reto (casi) (no) (quizá) superado

Es la primera vez en cuatro años que no supero el reto de los cincuenta libros. Miento. Seguramente, el año pasado ni lo superé ni me quedé medianamente cerca. Pero el año pasado, por circunstancias extraordinarias, no cuenta. Así que, a efectos prácticos, este es el año que menos he leído de mi vida.

¿Cómo es ello?

En primer lugar, no estoy segura de haber registrado todos los libros que de hecho he leído. Pero no me ampararé en errores administrativos, si los hubiera. Aunque algunos libros más -teniendo en cuenta que aún estoy a tiempo de leer una obra de teatro y algo de poesía, no me subestiméis- podrían darme un bonito y redondo cincuenta.

Pero creo que el segundo lugar es el verdadero culpable. Salamanca. Y es que esa ciudad, además de dos catedrales, tiene dos cosas muy buenas: una es que voy andando a todas partes y pierdo todo ese tiempo de lectura en el metro que tenía cuando peregrinaba hasta la Autónoma. Otra es que me hace muy feliz. Y aunque la lectura también me hace muy feliz, como dice Iwasaki y alguna otra mente brillante que he conocido estos meses, leemos cuando no tenemos nada mejor que hacer. Estos tres últimos meses he tenido mucho, mucho, mucho que hacer.

A pesar de todo, estoy satisfecha. Porque es el año que menos, pero también que mejor he leído. Si echáis un ojo a la lista, veréis muchas escritoras, muchos libros de cuentos, mucha literatura contemporánea, mucho escritor hispanoamericano. Muchas historias que me han aportado tanto, que me han hecho crecer, que me han hecho pensar y sentir, que me han dado las vidas que yo no voy a poder vivir. Y al fin y al cabo, qué otra cosa puede hacer un buen libro, sino regalar vida.

Así pues, quizá en números este reto no esté superado. Pero yo soy de letras.

Travesura realizada.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Regalos

¿Qué tres cosas has aprendido esta semana?

He aprendido que, igual que las puñaladas, los mejores regalos llegan por la espalda. Por eso hay que dejar de mirar hacia atrás, desconfiado, y abrirse. Abandonarse. Confiar en que todo saldrá bien y este año, bajo el árbol, no habrá carbón.

He aprendido que la poesía es el regalo que me hizo mi padre. La música, el de mi cuñado. Las películas tienen distintas procedencias, todas importantes. Y las noches son el regalo que me ha hecho esta ciudad, con sus nieblas, con sus dudas, con el sí inevitable que llega de madrugada. Soy animal nocturno obligado a vivir de día, y Salamanca me ha devuelto mi hábitat natural.

He aprendido que la confianza es más fácil perderla que ganarla, pero cuando la tienes, hay que agradecerla. Hay que atesorarla. Porque en los caminos de doble vía, la gente suele encontrarse en medio y, por experiencia, en las encrucijadas se cuentan secretos. Qué afortunada soy de poder guardar los tuyos, de dejarte ver aunque solo sea una esquinita de los míos. Qué regalo, poder caminar contigo desde hace tantos años y poder verte crecer.

Y tú, ¿qué has aprendido?

viernes, 11 de diciembre de 2015

Terremotos

Le dediqué hace poco una entrada. No pasa nada, le dedico dos. Ella me ha dedicado a mí los últimos veintidós años. Y nadie más que yo tiene motivos para celebrar su vida.

Porque sin ella, no estaría aquí.

Aquí, en el mundo. Porque apostó por mí cuando nadie hubiese dado un duro, porque tengo la virtud de llegar en el peor momento posible. Pero ella, que le abre las puertas a todo el mundo, me dio la bienvenida como si lo hubiese planeado. Y me lo recuerda cada vez que me llama por mi nombre completo.

Aquí, en Salamanca. Estudiando lo que me hace feliz. Cumpliendo sueños. Inventándome un futuro. Porque sé que ella querría que me fuese, como muy lejos, al otro lado del puente de la Estrella, pero me anima a buscar al otro lado del océano. Porque sé que ella esperaba que estudiase medicina -para ser sincera, yo también-, pero ve cómo me brillan los ojos al hablar de Gabriel. García Márquez, quién va a ser.

Aquí, delante del ordenador, escribiendo. Porque ni un solo momento ha dejado de animarme, de exigirme, de empujarme. Porque sabe lo que valgo y no va a dejarme dar menos, aunque eso implique escucharme hablar durante horas sobre los ciclos migratorios de la mariposa monarca o que mi lista de Reyes se componga exclusivamente de libros. Ella me escucha, ella me consiente todas las rarezas, todos los intereses.

Aquí, sonriendo. Porque no se cansa de decirme que le parezco maravillosa tal y como soy. Y todos necesitamos un poco de esa mirada, la incondicional, la que ella nos regala. A mí, a mis hermanos, a mis sobrinas. A los suyos.

Sin ella no estaría aquí, y un día me parece poco para celebrarla. Para agradecer a todo el que escuche haberla tenido un año más. Para contarle al mundo que si estoy orgullosa de ser mujer, de ser lectora voraz, de ser hija, tía, hermana, sobrina, nieta de otra mujer tan extraordinaria como ella -tendríais que oírla hablar de su mamá, la querríais sin conocerla. Como yo-, es porque ella me ha criado así. Para que los sismógrafos señalen mi paso por el mundo.

Me permitirán los míos, los tuyos, que hable en su nombre, cuando te agradezco poder mirar a nuestro alrededor y vernos. Porque sin ti, ninguno estaríamos aquí. El domingo, mira a tu alrededor y mira lo que has hecho, porque pocos sismógrafos van a registrar semejante terremoto.

Felicidades, mami.


jueves, 10 de diciembre de 2015

Las mujeres del 27

Ayer, empecé una nueva asignatura. Poesía española contemporánea. En ella, vamos a hablar de la vanguardia, es decir, de la Generación del 27. Dejando aparte lo chocante que me pareció considerar los principios del siglo XX como poesía contemporánea, me gustaba el programa. Son escritores que conozco, con los que me siento cómoda, de los que quizá no tenga necesidad de volver a hablar, pero tampoco voy a pasarlo mal por leer de nuevo a Miguel Hernández o Alberti, ¿verdad? Son los grandes. Son la Edad de Plata. Se merecen una lectura, una relectura, una requetelectura.
Ernestina Champourcin

Pero hete aquí que al final del temario, tímidamente, asomaba la cabeza una frase que había oído pocas veces antes: Las mujeres del 27. No las esposas del 27, no Zenobia y todas las que vinieron. No las que tuvieron que quedarse en casa, sirviendo incontables tazas de café mientras sus genios escribían. No las que con su dedicación, su paciencia y su amor tuvieron a bien regalarnos Cien años de soledad, Rayuela o La ciudad y los perros.

Josefina de la Torre
No, no esas mujeres olvidadas, sino las silenciadas. Las que sí escribían, las que llevaban tanta poesía dentro como Salinas o Cernuda, o incluso más, y no fueron incluidas en esta generación de chanchulleros. Se lo dije a mi padre, se lo dije a algunos compañeros: qué extraordinario que nos quieran hablar de estas mujeres de las que nadie habla. Y me encontré con que tantos y tantas creen que no se habla de ellas porque no tenían la misma calidad. No iré a hacer daño y decir que es difícil tener menos calidad -literaria- que Dámaso. Solo diré que, sí, quizá aquello fue cierto en algún momento.

María Teresa León
Siglo XV. Las mujeres son adornos, son donnas angelicatas o brujas, son productoras de bebés. No son lectoras, ni viajeras, ni tienen la posibilidad de vivir, mucho menos de escribir. Se puede decir que las pocas que escribieron no pasaron a los anales de la historia porque tampoco lo merecían, porque no tenían calidad. Venga, te lo compro.

Pero no en este caso. No cuando la Generación del 27 fue inventada, diseñada, como un perfecto mecanismo de ingeniería editorial. No cuando tenemos las voces de esas mujeres, indignadas, reclamando ser tenidas en cuenta. "Mira, tú [Gerardo Diego] nos excluirás, pero yo debajo de la falda llevo un pantalón". Lo estaban gritando y, todavía hoy, nos negamos a escucharlo. Los niños de Juan Ramón se hacían antologías y se citaban entre ellos, libres y felices, mientras ellas tenían que pelearse por un hueco en cualquier revista.

Concha Méndez
La historia se cuenta desde el lado de los vencedores. Por eso los negros no se habían inventado en la Edad Media, si nos creemos las películas. Por eso las mujeres no salieron de la cocina hasta los años 60, por lo menos, si nos creemos los catálogos editoriales. Por eso no puedo esperar a hablar de las mujeres del 27. Porque de Lorca ya ha hablado suficiente gente.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Chispazos

¿Qué tres cosas nuevas has aprendido esta semana?

He aprendido que soy tan transparente como pensaba o a lo mejor más, si en diez páginas hablando de teoría de la literatura se me puede conocer. Y qué bien sienta a veces que te vean así.

He aprendido que hay gente que lee para entender el mundo, y yo escribo. Porque si puedo escribirlo, puedo sobrevivirlo. Si nada me va a salvar de la muerte, que por lo menos un poema me salve de la vida.

He aprendido, o más bien recordado, que soy un nervio al descubierto. Un cable suelto, buscando tierra. Que lo siento todo, y todo a la vez, sin orden ni sentido, sin filtros. Por eso necesito leer, escribir, pasear, estar en silencio, alejarme. Para ponerme la piel, tocar el suelo y ordenarme.

Y tú, ¿qué has aprendido esta semana?

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Slut

Llevaba traje y un reloj caro, estaba pidiendo que le atracasen.

¿Quién le manda aparcar el coche en la calle, de noche? Lo mínimo era que le rajasen las ruedas.

¿Cómo se le ocurre ir allí solo? Es normal que le hayan estafado.

Hay situaciones en las que a nadie se le ocurriría culpar a la víctima. Un robo, un vandalismo. Nadie acusa a los edificios de tener paredes sin vigilar donde se puedan hacer graffitis. Pero sí se pregunta qué ropa llevaba, cuánto había bebido, si volvía sola a casa cuando la asaltaron. No se pregunta cuántas veces llevaba la cartera en ese mismo bolsillo antes de que se la robaran, pero sí con cuántas personas había tenido sexo antes de que la violaran. ¿No lo estaría buscando?

¿Seguro que dijiste no?

Nadie tiene que negarse explícitamente a que le den una paliza. Si alguien aparece en el hospital con dos costillas rotas, lo normal es pensar que no se prestó a ello. Si lo que está roto es su falda, la cosa cambia. ¿Por qué?

¿Por qué es tan fácil creer que a alguien le han dado un tirón y tan difícil aceptar que ha sido forzado a hacer cosas que no quería? ¿Por qué a alguien le roban y se le compadece, pero tras una violación se buscan todos los motivos por los cuales se lo merecía?

¿Por qué es la víctima la que se siente avergonzada, la que lo oculta o lo cuenta a media voz, la que es interrogada, la que debería haber sido más lista, haberse vestido como debía? ¿Por qué la frase es "No vayas sola por la noche" y no "No dañes a otro ser humano"? ¿Por qué enseñamos a las mujeres a no ser violadas, en vez de enseñar a los hombres a no violar?

¿Por qué es ella, su ropa, su comportamiento, lo que ha bebido o por dónde ha caminado el culpable?


Necesito el feminismo para que me conteste estas dudas. Y para que no sea necesario preguntarlas.

No midas el valor de una mujer por su ropa

domingo, 29 de noviembre de 2015

Esta entrada es posmoderna

¿Qué has aprendido esta semana?

He aprendido mucha, muchísima, excesiva teoría de la literatura. Ahora mismo, tengo un mapa, un poco hecho polvo, del último siglo y medio en la cabeza. Por suerte, y aunque todo este aprendizaje haya culminado en un examen de tres horas que fue más bien una paliza, lo he disfrutado. He leído, he pensado, he relacionado conceptos y deconstruido teorías, he comprendido qué quería de esta asignatura y he recordado por qué me gusta tanto estudiar. No para hacer un examen, desde luego, pero sí para aprender.

He aprendido que puedo hacer casi cualquier cosa que me proponga. Y quizá ese casi sea la clave. A lo mejor no puedo escalar cualquier montaña. A lo mejor no puedo sobrevivir a cualquier caída. Pero casi.

Y he aprendido quién. Quién está ahí siempre. A quién le puedo contar, verdaderamente, todo. Por quién me cruzaría un océano. Por quién me cruzaría dos.

Y tú, ¿qué has aprendido esta semana?


domingo, 22 de noviembre de 2015

Poesía

Hoy, que llueve, que me siento la piel, que he desaprendido casi todo lo que sabía, que me he reescrito, que sé que si pasas algo por el cuerpo te suele decir la verdad... Hoy, prefiero la poesía a las lecciones. 


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Mis mujeres

Hoy me he dicho, debería escribir. Quizá de la absurda polémica de Laura Freixas. Quizá de la película que vi ayer. O de cualquier otra cosa, si nos sobran los temas.

Pero no puedo. Porque en estos momentos, mi hermana debe estar embarcando en su vuelo trasatlántico, vuelta a Bolivia. Estará allí una semana, participando en sus cursos de autismo -se ve que aun le falta mundo por cambiar- y, me imagino, partiéndose por dentro. Y como no puedo dejar de pensarla, no puedo escribir de otra cosa. Así que os hablo de ella.

De ella, y de mi madre. De las dos mujeres extraordinarias que me han hecho lo que soy. De dos mujeres valientes, de esas de cabeza alta y paso firme, que se han estudiado una (o dos) carreras, que han apostado por su familia y su trabajo sin dejar de ser maravillosas en ninguno de los dos, que han dejado toda una estela de mujeres detrás de ellas que, con suerte, les llegaremos a los talones.

Mi hermana y mi madre son de esas mujeres fuertes pero increíblemente suaves, vulnerables, cariñosas, abiertas, sonrientes, que tan poco se ven en las películas. De esas mujeres que se ponen el mundo por montera. De esas mujeres que cogen dos niñas y media vida y se van tres años a Bolivia, porque se las necesita más. De esas mujeres que, con todo el vértigo del mundo, se montan en un avión y se cruzan el mundo porque las llama la sangre. De esas mujeres que, como quien dice, me han hecho el mejor regalo. Y tres veces, que ná' menos. De esas mujeres que apuestan por la vida. Mi hermana y mi madre son las mujeres que me han enseñado a no salir de casa sin peinar, a sonreír cuando ya no puedes más, que la derrota no existe y que a veces, solo necesitas una buena pregunta para poner la vida en orden.

Que sí, que hay mujeres más famosas, y mujeres que sin duda, ante los fríos y objetivos ojos del mundo, serán más importantes. Mujeres que pasarán a los anales de la historia. Pero hoy mi hermana se va a Bolivia, y hoy estas son mis mujeres. Esta es mi historia.


martes, 17 de noviembre de 2015

Eres...

Un poco de música para ahuyentar la niebla.



Eres lo que menos me conviene,
lo que tanto me apetece,
lo que más me da la gana.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Timey Wimey

¿Qué has aprendido esta semana?

He aprendido que Cómo conocí a vuestra madre se equivocaba en muchas cosas. ¿Cómo que nada bueno pasa a partir de las dos de la mañana? Las mejores personas y las mejores conversaciones llegan con la niebla. Lo sabe todo el mundo.

He aprendido que por muy lista que me sienta ahora mismo, mi yo del futuro siempre va por delante de mí, y no puedo pretender anticiparme a ella, que ha vivido más. Así que solo me queda ser honesta con el aquí y ahora, no lamentar lo que pensé que era mejor hace unos meses y esperar que cuando llegue el verano, no tenga nada de lo que arrepentirme.

Y he aprendido que aunque tenga una capacidad asombrosa para perder el tiempo, cuando menos tengo, más me cunde. Será porque quiero llegar a todo. Será porque sé que no puedo hacerlo y aun así, voy a intentarlo. 

Y tú, ¿qué has aprendido esta semana?

viernes, 13 de noviembre de 2015

En casa

Ayer me fui a casa. No estuve entre las cuatro paredes que me han visto crecer, pero sí entre los cuatro brazos, entre las cuatro calles. Fui turista en mi casa, pero me sentí bien, porque sigue siendo el lugar a donde siempre quiero volver, que me acoge y me machaca y me recompone y me sube al cielo y me lanza. Ayer fui turista, Madrid, pero sigues siendo mi casa. Y te convertiste en casa de otros, siquiera por un atardecer, quién lo hubiera dicho.

Ayer, estaba volviendo a casa -mis cuatro paredes, mi cama, el sitio al que llego cada día, donde como y donde duermo, donde está mi ropa: lo que la mayoría de la gente consideraría su casa- y me sorprendí diciendo "me quiero ir a mi casa". No esta, donde vivo, sino aquella, donde me siento. Y es que quizá mi casa, mi templo, no sea un lugar sino una forma de estar, de sentir, de vivir, de moverse y dar el oxígeno por supuesto.

Mi casa es algo tan tonto como unas cuantas postales de Van Gogh, una fuente, una encimera verde, un par de bromas, una tarta de queso con speculoos, una catedral. Mi casa es quedarme en silencio a oscuras y mirar al techo, mejor si el techo es un cielo preñado de estrellas. Mi casa son paredes llenas de libros, todos los que he leído y todos los que me quedan por descubrir, una aventura de estanterías, un clima semi-sagrado de silencio y disfrute intenso.

Feliz Día de las librerías, a todo esto.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Mujeres tan bellas

Existen mujeres guapas, mujeres sexys, mujeres espectaculares, mujeres que tienen un cierto je ne sais quoi que las hace irresistibles. Y hay mujeres bellas. Esa belleza clásica que solo se concibe en blanco y negro. Una belleza como, por supuesto, la de Audrey.

Todos conocéis a Audrey Hepburn. La princesa de Vacaciones en Roma, la misteriosa ausente que desayunaba frente a Tiffany's, media sonrisa enfundada en un vestido negro y un collar de diamantes. La mujer con la que se comparan el resto de las mujeres. Poca gente sabe que, además, fue la primera actriz en ganar un Oscar, un Globo de Oro y un BAFTA por la misma actuación: la princesa Anne. O que es una de los doce ganadores EGOT: personas que han ganado un Emmy, un Grammy, un Oscar y un Tony. Pero esto seguramente no sorprenda a nadie: Audrey era una buena actriz y con veintiocho películas -y tan conocidas- en su haber, lo normal es que le tirasen reconocimientos por la calle. Todavía menos gente sabe que Audrey Hepburn se negó a ser imagen comercial de tantas marcas como se lo propusieron. 

Y lo que casi todo el mundo ignora es que Audrey Kathleen Ruston nació en Bruselas en 1929, que su padre era simpatizante del movimiento nazi y que durante la Segunda Guerra Mundial se dedicó a bailar en secreto para donar sus ganancias a la resistencia holandesa. Lo sufrido durante la guerra -curiosamente, era solo un par de meses mayor que Ana Frank: ambas tenían diez años cuando el conflicto empezó- arruinó sus posibilidades de ser primera bailarina en el ballet profesional y se dedicó a la actuación en su lugar. Pero desde 1955 y hasta tres meses antes de su muerte, Audrey colaboró con UNICEF apoyando causas como la desnutrición infantil y la lucha contra el SIDA.

Audrey Hepburn era una mujer muy guapa, sí. Pero además era una mujer bella.

El 9 de noviembre se celebra el día mundial de los investigadores. Y aunque ante la palabra investigador la imagen que nos viene a la cabeza es Doc, un hombre con los pelos locos y cara de estar pensando en cosas más importantes que nuestra triste realidad, lo cierto es que el 9 de noviembre es el cumpleaños de Hedy Lamarr.

Hedy Lamarr es conocida como la mujer más hermosa de la historia del cine, el primer desnudo femenino en una película comercial, el primer orgasmo de la gran pantalla. Actuó en treinta y seis películas, escapó de su primer marido tras ser casada contra su voluntad, renunció a protagonizar Casablanca y vivió una vida que hubiese ganado el Oscar el mejor guión.

Y además, Lamarr empezó a estudiar ingeniería a los dieciséis años, lo dejó por su carrera dramática y, durante el aislamiento al que la sometió su primer marido, retomó la carrera. Durante la Segunda Guerra Mundial, la mujer más hermosa de la historia del cine desarrolló una tecnología de telecomunicación, el salto en frecuencia, que fue utilizado por primera vez en la Crisis de los Misiles de Cuba y que llevaría, con el tiempo, a la creación del wifi. ¿Cuánto le debemos a la mujer más hermosa de la historia del cine? ¿Y por qué no la conocemos como la más inteligente, la más ingeniosa, de la historia de las telecomunicaciones?

¿Cómo es posible que dos mujeres tan extraordinarias sean conocidas simplemente por su belleza?

Soy totalmente partidaria del mensaje "no necesitas maquillaje para ser guapa", pero me gusta todavía más saber que no necesito ser guapa para ser valiente, compasiva, empática, trabajadora, inteligente, ingeniosa, en definitiva, tan bella como estas mujeres tan bellas.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Palabras de distancia

¿Qué has aprendido esta semana?

He aprendido que quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla. Y de qué manera. Por suerte, siempre me han dicho que soy muy buena estudiante.

He aprendido que hay que irse para valorar lo que dejas atrás, y nunca había echado tanto de menos la Gran Vía, los teatros, el Mür café y ver toda mi ciudad desde el templo de Debod. Se me encoge un poco el corazón cada vez que mi profesor de teatro menciona un nuevo estreno, en Madrid, por supuesto. Por eso es tan necesaria la nostalgia. 

He aprendido que treinta y nueve días son suficientes para arreglarte y arruinarte la vida un par de veces, si los vives con la suficiente intensidad. Y yo, que venía buscando paz espiritual, descubro que al fin y al cabo, qué aburrido sería estar tranquila, tener las cosas claras y disponer de tiempo. Al fin y al cabo, Bruselas está a cuatrocientas palabras de distancia, si te inventas las horas.

Y tú, ¿qué has aprendido hoy?

jueves, 5 de noviembre de 2015

Sangre


-Te desmayarías si vieses las torres de Invernalia.
- ¿Qué es "desmayarse"?
-Cuando una chica ve sangre y pierde el conocimiento.
- ¿Por qué perdería el conocimiento una chica al ver sangre?
-Bueno... No todas las chicas son como tú.

La sangre del guerrero. La sangre del herido. La sangre de los valientes, de los héroes, de los que sacrificaron alma y cuerpo en la guerra. La sangre de los inocentes. Esa sangre que parece territorio exclusivo de los hombres, que debería escandalizar a una dama.

Y mientras tanto, a escondidas, la mujer se encarga de la sangre que no tiene gloria. La suya propia, la de sus hijos, la de los heridos que no tienen nombre y a quienes solo ellas vendarán, la de las enfermedades, la de las suicidas. Una sangre con tanta carga simbólica que es preferible ignorarla, a riesgo de no saber asumirla, controlarla y clasificarla.

Jardin fleuri
Mûres


Pousse


No puedes más que reírte cuando un hombre no cae en la cuenta de que, efectivamente, cualquier mujer ve más sangre en un año de la que, esperemos, verá él en su vida. Y lo peor es que les dejamos creérselo. O les dejábamos. Como tantos territorios vírgenes -a los ojos del canon-, hay que reclamarlo. Pasito a paso, poema a poema.

Necesito el feminismo porque no deben quedar ya territorios exclusivamente masculinos. Porque nunca han existido.


lunes, 2 de noviembre de 2015

De espíritus, muertos y otros fantasmas

¿Qué has aprendido hoy?

He aprendido que no se pueden hacer planes. No a largo plazo, eso por demás. Ni siquiera a medio. Ni siquiera para mañana. Que cuarenta minutos te dan la vuelta y lo cambia todo, y qué vas a hacer sino dejarte llevar. Que por sorprendente que parezca, puedes no saber lo que está pasando y que aun así te parezca bien.

He aprendido para qué sirve este master. La literatura, en general. Para leer la vida. Que al final, todo es discurso, y la verdad puede ser solo la historia que te cuentes antes de ir a dormir. La historia que les cuentes a otros antes de dormir con ellos. Todo son cuentos.

He aprendido que la melancolía hace tanta falta como la euforia, pero menos rato. Media noche, más o menos.

He aprendido a asomarme por la ventana, a no dormirme en el autobús y perderme las murallas, a salir de vez en cuando a respirar. Que no se puede estar toda la tarde encerrada teniendo balcón. He aprendido a mirar al cielo al ponerse el sol para ver a los pájaros negros y el cielo de tormenta.

Que hecha para besar, hay veces que muerde...
He aprendido, quizá con cierto retraso, que esta ciudad es muy mágica.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Con naturalidad

"A mí me gustan las chicas naturales. Sin maquillaje, sin tacones, sin relleno en el sujetador, sin artificios".

Oye, pues muchísimas gracias. Menos mal que me lo has dicho. Me siento mucho mejor conmigo misma. Y no es que no esté de acuerdo: nada más sexy que una chica con una camiseta siete tallas grandes recién salida de la ducha, con el pelo todavía mojado. Así que, chicas, seamos libres. Sin maquillaje, sin sujetador, sin depilar.

Pero qué horror una pierna con pelos. Pero qué mala cara tienes hoy, ¿estás enferma? Pero qué pelos de loca, qué ropa poco favorecedora, qué poco se cuida, ¿qué pasa? ¿no tiene autoestima? Ay, qué naturales somos todos hasta que algo no nos gusta. La naturalidad es bonita cuando es Scarlett Johansson en Un lugar para soñar, no cuando yo me apunto al No Shave Winter.

Y aun así hay chicas que, insensatas, hacen oídos sordos a estas voces que dicen "no te maquilles, eres más guapa al natural" y se dejan el sueldo de un mes en potingues, brochas, cremas, colorinchis para todos los lugares del cuerpo donde tiene que haber colorinchis -porque igual que las curvas, los colores tienen los lugares adecuados, y no es lo mismo el rojo en las uñas que en las aletas de la nariz- y le dedican horas a aprender a aplicarlo correctamente. ¿Estamos locos? 

Estamos locas, más bien. Porque no hay manera de ganar en este juego. Si te maquillas, mal y si no te maquillas, peor. O eres descuidada o eres vanidosa. ¿Fealdad o vacuidad? ¿Cuál es menos grave? ¿De qué lado caes? No podemos ganar porque las reglas no las hemos puesto nosotras. Porque si me hubiesen dejado a mí escribir ese libro, diría que por sorprendente que parezca, ni mi naturalidad ni mi artificio están aquí para agradar a ningún hombre. Ya que soy yo quien llevo tres capas de maquillaje o la cara lavada, es a mí a quien tiene que gustarme.

Yo no tengo tiempo, habilidad ni energía para maquillarme. Pero hay quien sí la tiene. Y necesito que el feminismo celebre ambas cosas como el derecho de la mujer a hacer lo que le dé la realísima gana con su aspecto.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Sexismo y urbanidad: el piropo obrero en el siglo XXI

Ayer lo pensamos. Los piropos obreros dan para una tesis. Algunos son tan poéticos como "eres más bonito que un mayo cordobés". Otros, originales. "¡Señora! Le cambio a su hija por un piano y así tocamos los dos". Y otros tan bastos, simples y asquerosos como chasquear la lengua al pasar junto a una chica, como si fuese un perro. Pero, ¿sabéis lo que todos tienen en común?

Que nadie me ha pedido mi consentimiento.

¿Qué pasa, no se le puede decir a una mujer que es guapa? Tómatelo como un piropo, que ya no se puede decir nada, se ofenderían unos. Tampoco es para tantos, pensarán otros, indiferentes. A mí me sube la autoestima que me digan estas cosas, dirá alguna.

Y lo peor es que yo también lo pensaba. Que me parecía que un piropo por la calle era buena señal. Que si nadie me echaba ninguno, era porque no resultaba atractiva. Esto lo pensaba con trece, catorce años. A algunas de mis amigas ya les habían dicho todo lo que les harían hombres que les sacaban veinte, treinta, cuarenta años.

Después empezó a pasarme. Un tío que se pegaba demasiado en el autobús. Dos veinteañeros, silbándome desde el coche mientras esperaba en un semáforo. Un señor que podría ser mi abuelo repasándome con ojos libidinosos y ofendiéndose cuando puse cara de asco. Un hombre rebuznando al pasar a mi lado. Un chico que se sintió con derecho a tocar mi entrepierna cuando volvía del gimnasio, porque llevaba mallas, y que se rió cuando le empujé. Incontables gritos por la calle.

No me hizo sentir más guapa. Me hizo sentir en peligro, agredida, humillada, sucia. Me hizo pensar si estaba haciendo algo para provocar este comportamiento. Me hizo agachar la cabeza cuando tengo que atravesar un grupo de hombres que no conozco, lista para golpear de vuelta si a alguno se le ocurre tocarme el culo. Preguntad a cualquier chica. Todas han escuchado una grosería de alguien a quien no conocían. A algunas las habrán tocado. A una trágica minoría le habrán pasado cosas peores. 

No hay una sola mujer que no haya sufrido a un hombre que se ha sentido con derecho a traspasar sus fronteras. A utilizarla como un objeto al que no hay que pedirle permiso.

Porque eso es lo que son los piropos obreros. No son un cumplido. Nadie espera que la mujer que los recibe responda, agradecida. Nadie se siente alagada al recibirlos. Pero son una herramienta de control. De poder. De establecer que te puedo decir cualquier cosa y tú no puedes hacer nada. Y si contestas, tengo derecho a ofenderme porque coartas mi libertad de expresión. Y voy a normalizarlo de tal manera que, si no eres acosada, te sentirás mal contigo misma.

Los piropos, los ruidos animalísticos, los roces inapropiados son el primer paso en no respetar el consentimiento de otra persona. Y ya sabemos dónde acaba ese camino. Así que sí, puede que sea una exagerada. Pero necesito el feminismo porque tengo derecho a decidir quién me utiliza como un objeto que existe para su satisfacción, para mirarlo, porque es bonito. Que, en mi caso por lo menos, es nadie.

domingo, 18 de octubre de 2015

La Dolce Vita

He aprendido mucho en Salamanca esta semana. Aquí pasa una cosa muy rara: como hay clases que duran una semana —por intensas o por aburridas, no voy a aclararlo-, hay días que parecen un mes y, claro, así todo cunde mucho más. Esta intensidad se irá apagando, puede, aunque de momento no tenemos pinta de ir a bajar el ritmo. Y la verdad, no sé si quiero.

Porque he aprendido que a esta vida y a esta carrera se viene a disfrutar. Por difícil que sea, por pocas becas que se concedan, aunque todo esté inventado, enterrada bajo una montaña de cosas por leer. Se viene a ser feliz, o no se viene.

He aprendido que a las siete todavía no ha amanecido, pero la catedral se tiñe de una luz propia.

Y he aprendido que dos chicas unidas dan mucho miedo, incluso cuando no es contra el mundo sino consigo mismas. No me extraña que persigan a los aquelarres, si solo dos mujeres cruzadas de brazos y sonriendo ponían nerviosos a todos los hombres de la sala. Cómo me gusta ser bruja.

viernes, 16 de octubre de 2015

Disyuntiva

Llevo demasiado tiempo haciendo malabares con bolas de fuego y, en realidad, es una decisión horriblemente sencilla.

Porque no quiero acostarme encaramada al borde del colchón para evitar rozar una piel que encierra lo que ya no amo. Antes quiero una cama vacía y sábanas frías donde estirarme sin miedo.

Mejor la casa sin ruido que las ganas de morir.

Te doy los aniversarios, las conversaciones a oscuras, los tatuajes sin tinta y las medias noches a cambio de salir. De beber. Del rollo de nunca, que es mejor que el de siempre.

Elijo una carcajada sola antes que mil lágrimas por ti. Prefiero la masturbación a una mirada prohibida.

Sin dudar te escojo los libros que rompen, las catedrales recién amanecidas y una palabra que te parta el alma antes que los futuros por inventar y las mentiras bonitas.

Te cambio este cielo abierto por cualquier escalera y al fin y al cabo, pudiendo cantar con mi propia guitarra, ¿quién querría seis meses de silencio?

Te dejo el circo, los malabares, los y si, quizá, tal vez, si tan solo, y me voy muy lejos, muy alta, muy libre. Porque entre vivir a medias y vivir sin ti, me elijo a mí.


miércoles, 14 de octubre de 2015

Menudo Nobel

Llego tarde a la fiesta, pero aun así me gustaría unirme y celebrar. Porque este año, el Nobel de Literatura ha sido para Svetlana Aleksiévich. Podría brindar también por Tu Youyou, Nobel en Medicina por su trabajo por la cura de la malaria, y la única mujer aparte de Svetlana que ha recibido el premio este año. Pero dejadme que barra pa'casa, que me hace ilusión.

Aleksiévich es una escritora bielorrusa a la que, para qué hacerme la intelectual, no conocía. Desde que la Academia Sueca la nombró, me he informado un poco, y he de confesar que me encanta lo que he averiguado. Porque se le ha concedido el premio por sus "escritos polifónicos", es decir, porque en sus libros actúa como periodista y como altavoz, recogiendo los testimonios de su gente -mujeres, soldados, madres, huérfanos, des-patriados de esa Unión Soviética desmembrada- y dejando que sus historias se sobrepongan a la suya.
Casualidades de la vida, esa mañana en la que se le concedió el Nobel yo había desayunado llorando por un artículo en Jot Down que contaba la historia de Chernóbil. "No sabíamos que la muerte podía ser tan bella". Por supuesto, se la nombra, se cita su libro Voces de Chernobil. Yo no me di cuenta cuanto anunciaron el premio, pero después caí. Qué misteriosos, los caminos de la casualidad -esos que cada vez estoy más convencida de que no existen-. Qué ganas de leerlo, os podéis imaginar.

Quiero celebrar, porque desde 1901 se han entregado ciento doce premios Nobel de Literatura. Catorce de ellos han sido mujeres. Catorce. Un 12,5% del total. Quiero celebrar, porque solo el Nobel de la Paz, con dieciséis premiadas, supera este porcentaje. Quiero celebrar porque solo Francia (quince galardonados) o los escritores en lengua inglesa (veintisiete, en total) tienen más Nobeles de Literatura que todas las mujeres del mundo. Quiero celebrar porque de los once premiados en lengua española, solo hay una mujer: la chilena Gabriela Mistral

Y todo esto, pensaréis, no es motivo para celebrar. Es motivo para montar un buen pollo. Pero ya os dije que no quiero ser la feminista enfadada pegando gritos en una esquina; por eso hoy, prefiero celebrar con Svetlana Aleksiévich, con sus trece predecesoras y con todas la periodistas y escritoras que serán premiadas en el futuro, con esas mujeres que han conseguido una habitación propia desde la que conquistar el mundo.

Brindo por ti, Svetlana.



lunes, 12 de octubre de 2015

¿Qué tres cosas nuevas has aprendido esta semana?

He aprendido que decir que sí es lo mejor que puedo hacer. Sí, aunque no quiera; sí, aunque crea que no puedo; sí, aunque mi energía, mi tiempo y mi capacidad de socialización lleven horas consumidos. Sí, porque "la noche es larga, pero ya ha pasado", y cualquier cosa puede ocurrir.

He aprendido que la filosofía de sobrevivir a esta semana, centrarme en los próximos cinco días y no pensar en los nueve meses que vendrán después, funciona. Que no puedo pensar en cómo me sentiré o qué será lo mejor para el resto de mi vida, porque en cinco días le puedes dar la vuelta a todo y mirar la vida cabeza abajo. No vale la pena preocuparse.

He aprendido que no sé hacer cosas a medias, pero a lo mejor puedo aprender a vivir a medias entre aquí y allí, entonces y ahora, ellos y vosotros. El pasado y el futuro, las raíces y las alas, son compatibles. Los amigos del alma y esta gente que conozco desde hace doce días, son compatibles. 

Y vosotros, ¿qué habéis aprendido esta semana?

miércoles, 7 de octubre de 2015

Por no ser discreta

¿A qué huelen los sueños? ¿A qué huele la risa? ¿Y la música? ¿A qué huelen las nubes? ¿Por qué los anuncios de compresa son una fiesta de ropa blanca, chicas felices y frases que hablan de cualquier cosa menos de la menstruación? Porque sé que hay otras experiencias, y afortunadas vosotras que no sufrís mensualmente, pero yo en esos días no pienso bailar zumba, por muy fino y seguro que sea mi salvaslip. En esos días, voy a comer chocolate y otros caprichos, voy a tomar muchos analgésicos y voy a tener que lidiar con mi cuerpo retorciéndose y torturándome para expulsar unos cien mililitros de sangre y tejido endometrial.

No, no os vayáis, que a mí tampoco me apetece escribir muchos más detalles escabrosos. Pero el caso es que es un proceso doloroso, agotador física y emocionalmente que tengo que sufrir cada mes y que además, es bastante caro. Y del que, encima, no puedo hablar con tanta libertad y detalles gráficos como me apetezca, cuando me apetezca y con quien me apetezca, porque Dios prevenga que un hombre me vea como un ser humano real.

Cuando estaba en segundo de secundaria, una mujer vino a darnos una charla de "educación sexual" que acabó siendo una campaña de Ausonia. No me acuerdo de nada, excepto de que pidió que uno de mis compañeros pasara al frente de la clase, le hizo levantar la mano como para jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad y, sin avisarle, le pego una compresa -limpia, obviamente- en la palma de la mano. Por su cara, estuve a un minuto de presenciar un síncope. ¡Una compresa! ¡Un producto exclusivamente para mujeres, en mi mano! ¡Sacrilegio!

Yo ya llevaba unos años lidiando con estos productos demoníacos, así que su reacción me resultó la mar de divertida. Dejé de reírme cuando me di cuenta de que cada mes, durante una semana, tenía que hacer malabares en cada recreo para sacar una compresa de la mochila, metérmela en el bolsillo y conseguir llegar al baño sin que nadie viese la vergonzosa prueba del delito. Cada mes, durante una semana, tenía que superar los dolores de cabeza, los calambres, el agotamiento, el mal humor, los ataques de llanto involuntario, el hambre terrible, los bajones de tensión, y seguir con mi vida como si mi cuerpo no estuviese expulsando mis órganos internos. Cada mes, durante una semana, tenía que fingir que un proceso natural y absolutamente necesario para la perpetuación de la especie no estaba ocurriendo.

Así que, anuncios de compresas, permitidme que os odie. Porque además de transmitir una imagen idílica en la que el único impedimento para irme a la playa es que se me pueda salir el hilo del tampón, vuestros mejores argumentos para venderme vuestros productos es que no se notan, que no se ven. Que nadie va a notar nada. ¿Sabéis qué? Que no. Que me vendáis cosas baratas, cosas cómodas, cosas que vayan a durar más de una hora. Dejad de venderme que mis procesos vitales no tienen que notarse porque son femeninos. Porque nadie me ha ahorrado un solo detalle de las fiestas hormonales de mis compañeros, especialmente de sus "actividades lúdicas en solitario". Ni un solo detalle, ni un solo momento ha dejado de gritarse en mitad de un aula llena de mujeres. Y mientras tanto, nosotras llevamos demasiados años fingiendo que no vamos al baño, que no eructamos, que no practicamos las mismas "actividades lúdicas", y cada mes, durante una semana, que no tenemos la regla.

Necesito el feminismo porque ninguna niña, ninguna persona que menstrúe, debería sentir una sola vez que algo que le está pasando a su cuerpo no es normal, es sucio, es vergonzoso, es un secreto.

Así que perdóname, Evax, si no me interesa ni por lo más remoto a qué huelen las nubes.

domingo, 4 de octubre de 2015

He aprendido...

En la saga Canción de Hielo y Fuego, hay una niña llamada Arya que en cierto momento de los libros tiene que salir cada día a la ciudad y volver por la noche para contar a su maestro qué tres cosas nuevas ha aprendido ese día. Arya está intentando ser Nadie. Yo, por mi parte, estoy intentando con todas mis fuerzas ser Alguien. Y como Arya, cada día tengo que volver a casa y pensar en lo que he aprendido; porque si no todo esto no serviría para nada. Si no aprendo, si no crezco de esta experiencia, más me valdría no tenerla.

Así pues, inauguro nueva "serie" en el blog, y sé que ya tengo la del feminismo, pero os avisaba a principio de curso de que habría novedades. Cada semana, seguramente el domingo pero no puedo prometer nada, intentaré contaros tres cosas que haya aprendido en esos siete días.

En estos seis días, porque llevo aquí desde el martes, he aprendido que aunque intento no aferrarme a las cosas materiales, ya que son las personas, los recuerdos, lo aprendido y sentido lo importante, reconforta mucho tener tres o cuatro cosas de gran valor sentimental a tu lado. He aprendido que los días pueden durar veinticuatro horas o dos semanas. He aprendido que soy mucho, mucho más limpia de lo que yo pensaba, o quizá solo es que hay gente mucho más guarra por el mundo. 

Y sobre todo, he aprendido que, quizá, si sigo intentándolo con tantas fuerzas como hasta ahora, puedo convertirme en una optimista. Puedo llegar a casa cansada, nerviosa, sintiéndome un poco sola y un mucho desconcertada, sin saber qué hacer conmigo ni con mi vida, dudando de cada paso, habiendo vivido una montaña rusa de emociones en solo un día, y pensar "mañana será mejor. Mañana seré mejor. Solo llevo aquí tres días, y me queda tanto por delante, y va a ser maravilloso. Gracias a Dios por el cansancio, que significa que estoy viva. Por este tipo de cosas merece la pena estar aquí". Eso hace un año, os lo aseguro, no habría podido hacerlo. Y aunque a ratos me lo creo más bien poco, y aunque es un esfuerzo consciente más que un instinto, sé que puedo hacerlo. Sé que se puede aprender.

No está mal para solo seis días.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Por la literatura de mujer

Ayer, me vine a vivir a Salamanca. Voy a hacer un máster en Literatura Española e Hispanoamericana y tengo toda la intención, si me lo permiten, de especializarme en literatura hispanoamericana. Más concretamente, del cono sur. Y más concreto todavía, en escritoras. En eso que hemos decidido llamar literatura de mujer.
Cristina Fernández Cubas - Mi hermana Elba

Y qué mal les sienta a algunas. 

El año pasado tuve que leer un libro llamado Palabras de mujer. Lo saqué de la Biblioteca de la mujer de mi facultad para escribir un trabajo sobre Cristina Fernández Cubas. No específicamente sobre su ser mujer y escritora, pero imaginaba que el tema podría salir a relucir. Y salió, pero solo para descubrir que ella y muchas otras de las entrevistadas aborrecen el término "literatura de mujer". Porque limita, porque es asumir que las mujeres solo escriben de una forma, porque lo que se ha abusado de él en los últimos cincuenta años.
Sor Juana Inés de la Cruz - Primero sueño

Y no te digo que no tengan razón. Porque los hombres escribían, y escribían teatro, poesía, narrativa; escribían terror, fantasía, romance, realista, ciencia ficción, intimista. Escribían lo que querían y cuando querían, y de vez en cuando surgía la puntual monja rebelde que dejaba su nota a pie de página en la historia de la literatura. Pero de repente, la mujer empezó a escribir también. Empezó a escribir en público, en alto, con orgullo y de manera abundante. Ante tanta novedad, seguramente los eminentes filólogos no encontraron otra etiqueta que colocarle que la de "literatura de mujer".

Yo lo entiendo. Las mujeres habían estado calladitas en casa y de repente, se ponían a publicar cosas.  Por suerte, al principio las pobres hablaban de lo que conocían: su casa, su cocina, sus frágiles y románticos sentimientos... Así que una sola etiqueta para todas esas pasteladas encajaba bien, ¿verdad? ¿Verdad?

Mary Shelley - Frankenstein

Obviamente, no. Solo por poner un ejemplo, uno pequeño y fácil, fue Mary Shelley quien inventó la ciencia ficción. Frankenstein, ¿os suena? Las mujeres siempre han escrito con la misma calidad y la misma diversidad que los hombres, y quién sabe dónde estaríamos ahora si cosas como la educación o la libertad hubiesen estado antes a nuestro alcance. Si aceptas el reto de no leer libros escritos por hombres blancos, hetero y cis, descubrirás un mágico mundo de luz y de color a tu alrededor. Historias que todavía no han sido contadas, protagonistas que no habían sido imaginadas, perspectivas desde las que nunca, figúrate, se había mirado el mundo. 

Lina Meruane - Sangre en el ojo
Necesito el feminismo porque estoy cien por cien a favor de la literatura de mujer. La literatura de terror de mujer, la literatura fantástica de mujer, la literatura romántica de mujer -también, también-, la literatura histórica de mujer. Literatura de calidad y cantidad escrita por cualquier mujer que tenga algo que decir. Y si a alguien le parece que esto es ponerle límites al mar, que venga a verme a final de curso. Con algo de suerte, le daré con mi trabajo de fin de máster en el hocico.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Por ese único Emmy

Después de dos temporadas de Orphan Black, Tatiana Maslany y su impresionante interpretación no había sido nominada a los premios de la televisión, y yo ya estaba convencida de que los entregaban chimpancés amaestrados. Pero a la tercera va la vencida: el lunes se celebraron los Emmy, y Tatiana estaba nominada a Mejor Actriz Protagonista en un Drama. Tiene que ganar, pensaba yo. Subirá al escenario, y la alegría y el regocijo serán grandes.

Y lo fueron. Porque quien ganó fue Viola Davis, protagonista de Cómo defender a un asesino. Quizá os suene de Criadas y señoras. Quizá no os suene en absoluto y deberías avergonzaros. Porque después de sesenta y siete años de Emmy, esta extraordinaria actriz es la primera mujer negra en recibir un premio en la categoría de protagonistas.



Yo tengo el privilegio y la suerte de ser blanca. Yo no he sufrido el racismo un solo día de mi vida. Yo he crecido con princesas, con guerreras, con magas, con actrices y personajes que se parecían a mí, a quienes admirar y en quienes verme reflejada. Yo no he tenido que esperar a Mulán o a Tiana para tener una princesa Disney con quien identificarme. Las actrices caucásicas que han triunfado internacionalmente no se cuentan con los dedos de una mano; las asiáticas sí. Ver una serie con dos protagonistas caucásicas no es extraordinario; ver un elenco con un número elevado de actrices negras, latinas y asiáticas, como Orange is the New Black o Cómo defender a un asesino, sí.

Yo soy blanca. Y por tanto, no son mis palabras las que importan en esta ocasión. Porque hay mujeres que sufren por varios frentes, que tienen que luchar por el respeto y la celebración de sus extraordinarias características contra no uno, sino varios prejuicios. Por todas ellas, necesito el feminismo. Y por eso, felicito no solo a Viola Davis, sino también a Uzo Aduba y Regina King, y os dejo con su discurso.


"En mi mente, veo una línea. Y sobre esta línea, veo prados verdes y flores y bellas mujeres blancas con sus brazos tendidos hacia mí, sobre esta línea. Pero no puedo llegar hasta allí de ninguna forma. Parece que no puedo sobrepasar esta línea.

Lo dijo Harriet Tubman en el siglo XIX. Y dejadme que os diga una cosa: lo único que separa a las mujeres de color de cualquier otra son las oportunidades.

No puedes ganar un Emmy por papeles que simplemente no existen. Así que esto es por todos los guionistas, la gente impresionante que son Ben Sherwood, Paul Lee, Peter Nowalk, Shonda Rhimes, gente que ha redefinido lo que significa ser preciosa, ser sexy, ser una mujer protagonista, ser negra.

Y por las Taraji P. Henson, las Kerry Washingotns, las Halle Berrys, las Nicole Beharies, las Meagan Goods, las Gabrielle Union: gracias por llevarnos sobre esa línea. Gracias a la Academia de la Televisión. Gracias". 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Retorno

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Si así fuera, yo no podría pisar Bolivia, Roma, Londres; no debería ni pensar en algunos campamentos, ni hablemos de aquellos parques y de aquel charco. Aunque yo lo hago: una y otra vez, vuelvo al lugar donde fui feliz y, aunque los recuerdos son agridulces y la nostalgia abrumadora a veces, lo cierto es que no me han impedido volver a ser feliz. Pero vale: hagamos caso a nuestros mayores. Aceptemos que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.Nos queda claro a todos.

Pero, ¿y al lugar donde no lo has sido? ¿Y al lugar donde pasaste horas interminables, donde conociste gente a la que no tienes ningún interés en volver a ver, donde te asombraron los infinitos límites de la ineptitud humana? ¿Por qué nadie habla de volver a esos sitios?

Yo también vuelvo a esos sitios. He vuelto mucho a mi antiguo instituto. Y el lunes, fui de visita a la universidad. Al lugar en el que no podía pasar ni un día más. Volví y, libre de la obligación de puntualidad, de asignaturas que ni me gustan ni me interesan, de profesores arbitrarios y favoritistas, de compañeros petardos y de insufribles sabelotodos... Oye, que me gustó. Libre de ser universitaria, la universidad me volvió a encantar.

Hay que seguir adelante, siempre adelante, estoy de acuerdo. Pero que esa línea recta huyendo del tiempo no os impida volver. Volved a los lugares donde fuisteis felices. Y volved también a donde no lo fuisteis. Porque la hierba os parecerá más verde, los edificios más bonitos, la gente más amable. El regreso te reconcilia con los recuerdos, te reconcilia con la vida.  Se ven las cosas de otra manera.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Ricki

El miércoles pasado fui al cine. Esperaba una comedia ligera, con toques de musical y la interpretación siempre magistral de Meryl Streep, y todo eso lo tuve. Pero además, me encontré con una película que detrás de la comedia esconde una dinámica de personajes muy interesante, un arco de evolución de la protagonista fantástico y, sobre todo, una crítica no-tan-sutil a nuestro querido patriarcado.

Ricki and the Flash es la historia de una madre de tres hijos que, persiguiendo su sueño de ser cantante, se muda a California y deja atrás a su familia. Años después, el marido de su hija la abandona y Meryl debe volver a Indianápolis. No es un reencuentro lacrimógeno lleno de palabras bonitas y gestos sentimentales: los hijos y el ex-marido de la cantante no le perdonan que les abandonase ni que eligiese su carrera musical por encima de su familia.

-¡Estaba persiguiendo mi sueño!
-Creía que nosotros éramos tu sueño.
- ¿No se puede tener dos sueños?
Tras unos días desastrosos, Ricki vuelve a casa y en su primera actuación hace una reflexión que, por supuesto, no la exime de sus fallos como madre, pero sí hace la pregunta precisa: ¿Por qué a los hombres no se les juzga según los mismos estándares?

Mick Jagger tiene siete hijos con cuatro madres diferentes. Por supuesto, él no crió a todos esos niños. Era una estrella de rock. Y más importante, no era una madre. Veréis, a papá se le permite cualquier cosa. Arriesgarse. Drogarse. Irse. ¿Qué importa el daño que hagas a otra gente? No importa, si sigue sacando canciones cojonudas, ¿verdad?



Si sigue sacando canciones, si sigue escribiendo, si sigue teniendo éxito en lo que hace. Nadie dice que una mujer no puede tener éxito en su trabajo, pero solo si es capaz de hacerlo mientras cría a sus hijos, hace la compra, limpia la casa y, a ser posible, mantiene su cuerpo y mente en perfecto estado.

No creo que se pueda perdonar a una mujer que decide traer niños al mundo y después abandonarlos. Por el motivo que sea. Pero, entonces, ¿por qué sí podemos perdonar a un hombre que hace exactamente lo mismo? ¿Por qué adoramos a los Mick Jagger y despreciamos a las Ricki Rendazzo?


domingo, 13 de septiembre de 2015

Emoción compartida

Ayer fui al concierto de mi vida. No es el mejor concierto al que he ido, ni siquiera mi artista favorito. Pero fue el concierto de mi vida porque llevo esperándolo diez años.

Fito es el único que me sigue gustando tanto como cuando le conocí. Que siempre funciona. Que suena a volver a casa, ponerse ropa cómoda y hablar con tu persona favorita. Es la música que pongo cuando no me apetece escuchar música. Es la banda sonora de tantos buenos momentos. Es la canción del reto, en la que llevo invicta tres años. Aunque no me importaría perder esta Nochevieja.

De tanto hacerlo sin parar, me acostumbré a respirar y a derrochar el aire fresco

Cuando apenas estaba empezando a gustarme, estábamos en el coche mi cuñado y yo, en el asiento de atrás. Creo que todavía no se había casado con mi hermana, así que yo debía ser bastante pequeña. Sonó una canción de Fito en la radio y mi cuñado señaló su brazo y dijo: "Mira. Tengo la carne de gallina". Fue la primera vez que supe que te podías emocionar así con la música. Hasta entonces eran canciones divertidas, canciones que me sabía, canciones que podíamos cantar a gritos en un viaje en autobús. No sabía que existía esa emoción.

Después de un invierno malo, una mala primavera...
Pero a partir de ahí lo supe, y cuando sabes algo no puedes dejar de saberlo. Puedes olvidarlo, pero siempre puedes contar con Fito para volver a recordártelo. Siempre puedes volver a casa.

Ayer pasé dos horas en una plaza de toros con veinte mil personas, emocionándonos a la vez. Sintiendo lo mismo. Fue uno de esos conciertos en los que te encantan todas las canciones, en los que cantan todo lo que querías oír. Me dolía la espalda, me molestaban los ojos, tenía hambre y sed, llevaba dos horas esquivando a un hombre que medía metro ochenta para conseguir ver el escenario. 

Todo lo que sé me lo enseñó una bruja
Y lo hubiese hecho dos horas más. Porque en el último bis, cuando quedaban dos canciones, me quejé. No han cantado La casa por el tejado. No han cantado mi canción. Adivinad qué canción empezó a sonar...


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Necesito el feminismo

Toda mi vida, me he considerado feminista. Y aunque he tardado bastante en comprender y definir lo que esta palabra implica exactamente para mí, lo cierto es que siempre me ha parecido de cajón que una mujer (y de hecho también los hombres) debería sentirse parte de un movimiento que lucha por la igualdad de derechos entre los géneros. Pero resulta que no. Que por muy de caja, de cajón o de cajonera que a mí me parezca, no lo es.

Me he encontrado un número alarmante mujeres que consideran que el feminismo es actualmente un "movimiento innecesario". Casi exclusivamente son mujeres blancas, heterosexuales, de una posición socioeconómica medio-alta, que viven en países desarrollados en los que derechos básicos como la educación o el voto ya han sido concedidos a la mujer. Qué casualidad. Evidentemente, a una mujer de estas características la sistemática objetificación sexual de la mujer en los medios de comunicación, la desigualdad de sueldo y oportunidades laborales, la violencia de género -no solo doméstica, sino estatal en países no tan afortunados como el nuestro- y la lista infinita de razones por las que el feminismo debería seguir vivo y en forma, no le afectan en su vida diaria.

Pero, en primer lugar, decir que no necesitas luchar por la igualdad de derechos porque tú (crees que) ya la tienes es lo mismo que decir que te da exactamente igual el resto. Es decir que el calentamiento global no existe porque tú tienes que ponerte rebequita en las noches de agosto.

Y en segundo lugar, es no haberte parado a pensar porque, con absoluta certeza, el patriarcado te afecta. Quizá no en tu vida diaria, pero sí en tu existencia, seas mujer, hombre o cualquier variación subsecuente. Nuestra sociedad se construye sobre la noción de que el hombre es mejor, más importante que la mujer, y es imposible que vivir en una sociedad de estas características no te afecte.

Nunca he podido explicar a estas mujeres, de forma comprensible pero exhaustiva, todas las razones por las cuales ellas y yo necesitamos el feminismo, a riesgo de ser considerada la feminazi de la habitación. Por ello, inicio en este blog una sección, Necesito el feminismo por..., en la que cada miércoles intentaré, sin parecer una exagerada y una loca, explicar una de esas razones.

Y tú, ¿necesitas el feminismo?

Rosie the Riveter, 1943


lunes, 7 de septiembre de 2015

These eyes of mine

Cuando estaba en cuarto de primaria, me di cuenta de que veía la pizarra muy bien con las gafas de una compañera de clase. Me llevaron al oculista y me diagnosticaron miopía, como a mis hermanos, mis padres, mis tíos... Con mis gafas nuevas, descubrí que ver no tenía que ser tan difícil. Que reconocer a alguien al otro lado de la calle, o leer la pizarra, debería ser algo natural y no una pelea.

Cuando estaba en segundo de secundaria, por fin me dejaron ponerme lentillas. Y el mundo, que llevaba casi cuatro años delimitado por un marco de metal, se abrió. Había vida por arriba, por debajo e incluso a derecha e izquierda de aquellos cristales. Se me abrieron los ojos, también literalmente: la cara de miope no es un mito, y cuatro años de campo visual reducido me habían marcado físicamente.

Cuando estaba en segundo de bachillerato, una amiga se quedó a dormir en casa y me dijo que le gsutaba mi móvil de estrellas. Yo lo había conservado porque era de mi hermana, pero cuando era verdaderamente bonito era de noche, porque brillaba en la oscuridad. Yo, sin las gafas, no veía más que un borrón de luz. Un borrón de luz en aquel móvil, un borrón de luz en las farolas, en los coches, en los edificios que se ven por mi ventana. Tenía ya tantas dioptrías que dependía de las gafas para ver el límite de las cosas.

Hoy, a veintitrés días de empezar el máster, me van a operar de miopía. Tenía miedo de no poder hacerlo, porque hace unos meses tuvieron que operarme de unas lesiones en la retina, y me asustaba tener que depender toda la vida de lentillas y de gafas. Pero no. Hoy, con un poco de suerte, se acaba.

Dicen que la vida depende del cristal con que se mira. Pero, la verdad, prefiero quitarme todos los cristales y poder mirar la vida así, como es. Al natural.