viernes, 21 de julio de 2017

Expectativas

En el último mes, a dos comentarios sobre mi persona radicalmente distintos, he contestado "Es que soy una persona sencilla".

Soy perfectamente consciente de que esto es mentira.

No soy sencilla. No quiero ser sencilla. Soy una persona compleja, como casi todas las personas de este mundo, con gustos tan variados que me haría  la misma ilusión que me regalasen un Funko de Hermione Granger o las obras completas de Alejandra Pizarnik, con aspiraciones excesivamente diversas, con unos objetivos a corto, medio y largo plazo que volverían loco a cualquiera, con convicciones contradictorias que hago convivir a golpe de disonancia cognitiva. Con la intención de serlo, sentirlo y vivirlo todo.

Pero he aprendido a aceptar lo que viene. A preocuparme de lo que tengo entre las manos, de lo que puedo hacer, controlar y arreglar. A dejar ir las cosas que nunca podré comprender, a no estresarme por lo que no está en mis manos, a aceptar que a veces las cosas son lo que son y no puedo cambiarlo.

Hay sufrimientos que no podremos evitar. Hay heridas que no van a cerrarse nunca, personas que no van a volver, distancias que no pueden superarse, desgarros que ni siquiera mi madre podría juntar-que-junto-estabas. El dolor es inevitable.

Pero también he aprendido que la mayor parte del sufrimiento viene de no aceptar la situación en la que te encuentras. Porque la otra persona debería haber sabido lo que yo quería, porque debería haber dicho y hecho, porque con esta edad debería ser así, porque la justicia universal me debe esto. Pero el deber y la justicia universal muchas veces no existen, y la telepatía todavía tengo que verla para creerla. Todos tenemos una idea muy clara de cómo deberían ser las cosas, e incluso las personas, y esta normalmente no se corresponde con la realidad. Y aunque parte de esta realidad puede cambiarse -algunos errores pueden repararse, y siempre puedes aprender inglés-, otra parte no.

No diré que lo he conseguido, pero sí intento dejar de vivir en lo que debería ser, y aceptar lo que es. Y aunque sea una persona compleja, como la mayoría, esta aceptación me hace más flexible, me ayuda a adaptarme a las situaciones, me facilita navegar el sufrimiento inevitable y me ahorra muchos que no lo son. Simplifica la vida, pues no tengo que conciliar todos mis debería y hacerlos chocar con lo que tengo delante, sino simplemente dejarlos ir e intentar trabajar con lo que sí existe.

Y por eso, sí, de algún modo soy una persona sencilla.

miércoles, 12 de julio de 2017

Kintsugi

En la cultura japonesa existe una técnica, el kintsugi, que significa “carpintería en oro”. Surgió en el siglo XV, cuando el emperador envió a arreglar unas tazas que apreciaba mucho y fueron reparadas toscamente, con grapas. El emperador volvió a pedir que las arreglaran, demostrando el respeto que merecían esas piezas. Entonces, los artesanos unieron los trozos con resina mezclada con oro. El resultado fueron unas tazas más fuertes, más bellas y únicas, pues sus roturas no eran iguales a las de ninguna otra pieza de cerámica.

El kintsugi se puede aplicar también a las personas: cada fracaso, cada rotura, se puede reparar toscamente, o se puede ocultar el daño y fingir que no está aquí. El resultado será una cerámica débil, con grietas, que ya no podrá cumplir su propósito. Sin embargo, también se puede reparar con comprensión, cariño, con el amor de los demás y a uno mismo, y a través de la oración. Esta reparación dará lugar a una persona más compleja, pero también más fuerte, cuyos defectos y fracasos la hacen única, cuyas cicatrices reflejan lo que ha vivido y lo que ha aprendido.

Expansión - Paige Bradley

He estado nueve días intentando comprender que mis errores, que mis equivocaciones y mis fallos, todos los dolores que acumulan mi cuerpo y mi mente, son las grietas que me hacen única. Que antes de romperme, todo era más fácil, pero también menos intenso y menos bello. Que no debería intentar olvidar ni ocultar las cosas que no hice ni las que hice mal, las cosas que me han moldeado a golpe de martillo, sino que debería hablar de ellas y enorgullecerme, porque sobreviví. Porque aprendí. Porque con tiempo, mucho tiempo, las he rellenado de resina y oro. Me he hecho más fuerte, más bella y más única gracias a ellas.

No debo esconderlas.