miércoles, 16 de agosto de 2017

Privilegios

No se puede decir que sea una persona atlética. Mi resistencia es escasa, mi coordinación mano-ojo prácticamente nula, hace un par de años que no practico ningún deporte regularmente y en julio me quedé sin aliento persiguiendo a un niño de tres años. Las cosas como son.

Pero me gusta nadar, y bailar, y montar en bici. Me encanta caminar por la montaña y, a mi ritmo, ir superando las cuestas, los obstáculos, las barreras que la propia naturaleza me presenta. Me encanta orientarme -a medias- por la ruta, mirar atrás y poder ver todo lo que he avanzado, quitarme la mochila y notar el viento en la espalda, que un bocadillo de jamón me sepa a cinco estrellas Michelín después de tres horas caminando, llegar a casa y darme una ducha que me deje como nueva. Tumbarme en la cama y sentir cada uno de los músculos que no utilizo normalmente.

Me encanta notar que mi cuerpo responde, que le puedo pedir que haga prácticamente cualquier cosa y sí, claro, le costará. No está acostumbrado. Pero responde, y cada músculo que se contrae cuando yo quiero es un triunfo.

Me encanta porque me hace estar agradecida. Porque mi revolución fue decir "no" a la industria cosmética, decir "no" a las tallas de ropa y a los pesos, a las imágenes de perfección inalcanzables y a los bajones de autoestima. Mi revolución fue decidir que mi cuerpo sería un vehículo, solo la realización material de mis deseos; que mis piernas serían transporte y mis brazos ayuda, mi estómago motor y la grasa acumulada, gasolina. Mi revolución fue situar mi valor como persona totalmente fuera del aspecto de mi cuerpo, para poder utilizarlo como un medio y no como un fin, para disfrutarlo y no castigarlo con dietas y con deportes que odiaba, pero quemaban más calorías. Mi revolución fue alimentarme mejor para cuidar mi cuerpo, no para hacerlo más pequeño, y practicar deporte porque puedo, no porque debo.

A veces se me olvida. A veces no me acuerdo de que soy una privilegiada, porque casi todo mi cuerpo funciona como debería, y me lleva a cualquier parte, y le puedo pedir cosas que parecían imposibles. Porque ahora trabajo con él, no contra él, y le cuido y le quiero como parte de mí misma, no como un ente extraño que se me revela. Caminar y asombrarme de la belleza, agotarme, disfrutar, llegar más lejos de lo que hubiese pensado posible, es un privilegio.

Y me encanta.

lunes, 7 de agosto de 2017

Recuerdos

Tengo doce años. Estoy en el patio del colegio con dos amigas, y dos de nosotras tenemos la espalda apoyada en la verja que da a la calle. De pronto, la niña que está mirando hacia fuera abre desorbitadamente los ojos y nosotras nos volvemos. Hay un hombre sentado en una moto, vestido entero de negro y con el casco puesto. Solo alcanzo a ver un borrón de color carne en su mano antes de salir las tres corriendo. Aunque nos reímos, nerviosas, no somos capaces de contárselo a nadie más.

Tengo trece años. Estoy metida en un foro de literatura donde conozco a mucha gente, y después de mucho hablar con un usuario sobre los libros que nos gustan y los géneros que nos interesan, creyendo que le conozco, me dice que si hablamos por MSN. En privado, me cuenta que cree que tiene fimosis y me pregunta cómo comprobarlo por sí mismo, cómo debería tocarse para averiguarlo. Cierro la conversación, le bloqueo y tardo más de tres años en volver a darle mi correo a nadie.

Tengo quince años. Voy en un autobús abarrotado y estoy nerviosa porque llego tarde a un examen de física. Hay mucho tráfico y el autobús va dando tantos frenazos que el hombre que tengo detrás me va golpeando la espalda. De pronto me doy cuenta de que los empujones no son involuntarios, y que ese bulto no es una cartera. Me muevo como puedo por el autobús, intentando alejarme de él, pero me sigue. Finalmente, exclamo "¡qué asco, joder!" y más gente le ve, pero nadie hace nada, así que me bajo una parada antes y llego sin aliento al examen.

Tengo dieciséis años. Son las siete y media de la mañana, estoy esperando al autobús, y un coche con dos o tres chicos dentro se detiene delante de mi parada y bajan la ventanilla. Pensando que quieren indicaciones, me quito los auriculares y escucho todo lo que me harían, y si quiero que me lleven.

Tengo diecisiete años. El profesor de educación física no nos deja ponernos una sudadera a la cintura cuando corremos y, el día que nos examinamos bailando chachachá, tenemos que ponernos tacones y falda corta y mover el culo mientras un señor de sesenta años nos mira.

Tengo diecinueve años. Mientras hablo con una amiga en un banco del Metro, un señor mayor se sienta a nuestro lado y nos pregunta qué estudiamos, dónde vivimos, si tenemos novio. Al final, nos pide dos besos e intenta dárnoslos en la boca. El respeto que tengo a los mayores me impide mandarle a la mierda, como deseo.

Tengo diecinueve años. Estoy con una amiga de viaje, comiendo un trozo de pizza frente al Coliseo. Un chico se sienta a nuestro lado y en un italiano macarrónico nos pregunta si tenemos novio. Mi amiga miente y dice que sí, pero yo no sé mentir y digo que no. Después de veinte minutos de conversación absurda, pues ninguno de los dos dominamos el idioma, me invita a cenar con él. Yo le rechazo. Se ofrece a buscarnos al día siguiente, y yo le rechazo. Nos pregunta si queremos conocer a otro amigo y salir de fiesta juntos, y yo le rechazo. Sigue insistiendo hasta que me invento que aunque no tengo "fidanzzato", sí estoy empezando algo con un chico en Madrid. Ahí se despide y se marcha, respetando más a mi hipotético "amico" que a mis cinco o seis rechazos.

Tengo veinte años. La niña a la que doy clases particulares me dice que su madre vendrá a buscarla al acabar, porque esa mañana, mientras iba al colegio, un hombre se ha acercado en la calle desierta y le ha tocado los pechos. Yo me trago la indignación y le digo que hoy puede estar impresionada, pero mañana ya no puede dejar que ningún hombre le impida hacer nada. 

Tengo veintiún años. Salgo de fiesta con dos amigas y los compañeros de clase de una de ellas. Casi al final de la noche, una de ellas me dice que le gusta uno de los chicos, pero no se separa de su amigo, así que bailo un rato con él, para que ella pueda hablar con el otro chico a solas. Me cae bien, pero no me atrae. Cuando intenta besarme, le esquivo y él se cabrea. Me dice que soy una calientapollas, que si no quería nada para qué bailo con él y que le "debo" algo. Me voy a casa con ganas de llorar o de matar a alguien.

Tengo veintidós años. Acabo de salir del gimnasio y voy caminando deprisa hacia casa, con mis deportivas, mis mallas y un abrigo grueso. Es casi la hora de cenar y estoy deseando ducharme y meterme en la cama. Un chico más joven que yo se cruza conmigo en la calle desierta y, sin decir nada, me toca la entrepierna. Yo le insulto y le empujo contra un coche y, aunque él se aleja riéndose, yo llego a casa deseando haber hecho algo más.

Tengo veinticuatro años. Voy caminando por la calle al lado de mi padre. No es de noche, no estoy sola, no llevo falda corta. Un chico me mira de arriba a abajo, se relame y me lanza un beso. Mi madre, que iba detrás de nosotros, se queda con ganas de decirle algo.

Tengo veinticuatro años. He quedado para tomar un helado a media tarde y me pongo unos vaqueros cortos y una camiseta pero, como sé que mi amiga vendrá arreglada de trabajar, aprovecho para lucir mis cuñas de esparto. Nada más salir a la calle un chico me chasquea la lengua como a un perro y me dice que soy una "mami preciosa".

Tengo veinticuatro años. Y me pregunto si esto va a parar algún día.

sábado, 29 de julio de 2017

Quiero

Quiero viajar.

Quiero trabajar.

Quiero leer.

Quiero escribir.

Quiero investigar.

Quiero cocinar.

Quiero amar.

Quiero ir al cine.

Quiero escalar montañas.

Quiero volver.

Quiero irme.

Quiero encontrar.

Quiero crecer.

Quiero parar.

Quiero seguir.

Lo quiero todo.

Lo quiero ya.

viernes, 21 de julio de 2017

Expectativas

En el último mes, a dos comentarios sobre mi persona radicalmente distintos, he contestado "Es que soy una persona sencilla".

Soy perfectamente consciente de que esto es mentira.

No soy sencilla. No quiero ser sencilla. Soy una persona compleja, como casi todas las personas de este mundo, con gustos tan variados que me haría  la misma ilusión que me regalasen un Funko de Hermione Granger o las obras completas de Alejandra Pizarnik, con aspiraciones excesivamente diversas, con unos objetivos a corto, medio y largo plazo que volverían loco a cualquiera, con convicciones contradictorias que hago convivir a golpe de disonancia cognitiva. Con la intención de serlo, sentirlo y vivirlo todo.

Pero he aprendido a aceptar lo que viene. A preocuparme de lo que tengo entre las manos, de lo que puedo hacer, controlar y arreglar. A dejar ir las cosas que nunca podré comprender, a no estresarme por lo que no está en mis manos, a aceptar que a veces las cosas son lo que son y no puedo cambiarlo.

Hay sufrimientos que no podremos evitar. Hay heridas que no van a cerrarse nunca, personas que no van a volver, distancias que no pueden superarse, desgarros que ni siquiera mi madre podría juntar-que-junto-estabas. El dolor es inevitable.

Pero también he aprendido que la mayor parte del sufrimiento viene de no aceptar la situación en la que te encuentras. Porque la otra persona debería haber sabido lo que yo quería, porque debería haber dicho y hecho, porque con esta edad debería ser así, porque la justicia universal me debe esto. Pero el deber y la justicia universal muchas veces no existen, y la telepatía todavía tengo que verla para creerla. Todos tenemos una idea muy clara de cómo deberían ser las cosas, e incluso las personas, y esta normalmente no se corresponde con la realidad. Y aunque parte de esta realidad puede cambiarse -algunos errores pueden repararse, y siempre puedes aprender inglés-, otra parte no.

No diré que lo he conseguido, pero sí intento dejar de vivir en lo que debería ser, y aceptar lo que es. Y aunque sea una persona compleja, como la mayoría, esta aceptación me hace más flexible, me ayuda a adaptarme a las situaciones, me facilita navegar el sufrimiento inevitable y me ahorra muchos que no lo son. Simplifica la vida, pues no tengo que conciliar todos mis debería y hacerlos chocar con lo que tengo delante, sino simplemente dejarlos ir e intentar trabajar con lo que sí existe.

Y por eso, sí, de algún modo soy una persona sencilla.

miércoles, 12 de julio de 2017

Kintsugi

En la cultura japonesa existe una técnica, el kintsugi, que significa “carpintería en oro”. Surgió en el siglo XV, cuando el emperador envió a arreglar unas tazas que apreciaba mucho y fueron reparadas toscamente, con grapas. El emperador volvió a pedir que las arreglaran, demostrando el respeto que merecían esas piezas. Entonces, los artesanos unieron los trozos con resina mezclada con oro. El resultado fueron unas tazas más fuertes, más bellas y únicas, pues sus roturas no eran iguales a las de ninguna otra pieza de cerámica.

El kintsugi se puede aplicar también a las personas: cada fracaso, cada rotura, se puede reparar toscamente, o se puede ocultar el daño y fingir que no está aquí. El resultado será una cerámica débil, con grietas, que ya no podrá cumplir su propósito. Sin embargo, también se puede reparar con comprensión, cariño, con el amor de los demás y a uno mismo, y a través de la oración. Esta reparación dará lugar a una persona más compleja, pero también más fuerte, cuyos defectos y fracasos la hacen única, cuyas cicatrices reflejan lo que ha vivido y lo que ha aprendido.

Expansión - Paige Bradley

He estado nueve días intentando comprender que mis errores, que mis equivocaciones y mis fallos, todos los dolores que acumulan mi cuerpo y mi mente, son las grietas que me hacen única. Que antes de romperme, todo era más fácil, pero también menos intenso y menos bello. Que no debería intentar olvidar ni ocultar las cosas que no hice ni las que hice mal, las cosas que me han moldeado a golpe de martillo, sino que debería hablar de ellas y enorgullecerme, porque sobreviví. Porque aprendí. Porque con tiempo, mucho tiempo, las he rellenado de resina y oro. Me he hecho más fuerte, más bella y más única gracias a ellas.

No debo esconderlas.

jueves, 1 de junio de 2017

Sapir-Whorf

Las palabras pueden cambiar el mundo.

Que no lo digo yo, que lo dicen Edwar Sapir y Benjamin Lee Whorf.

Aparentemente, existe una teoría en el campo de la psicología y la lingüística, que se podría considerar determinismo lingüístico, que explica cómo y por qué el lenguaje que emplee un individuo puede afectar a su visión del mundo, su memoria y la forma en la que clasifica o conceptualiza la realidad: la hipótesis de Sapir-Whorf. Esta hipótesis determina que, por ejemplo, un hablante puede dar más importancia a la forma o al material del que está hecho un objeto, según la estructura de su lengua materna. O que se pueden distinguir más o menos colores, en función del vocabulario disponible en el idioma.

Esta es una hipótesis controvertida y muy criticada, sobre todo en su versión fuerte, y mi conocimiento de la misma es limitado y wikipédico, pero no hace más que confirmarme una cosa: que las palabras que utilizamos, las categorías gramaticales que manejamos, el idioma en el que pensamos estructura y afecta al propio pensamiento.

Por eso, decir "persona con autismo" o "persona con discapacidad" en lugar de autista o discapacitado no es una cuestión de ser un modernito. Es reflejar que primero y antes que todo, la persona es persona, y además tiene autismo.

Por eso, mirarse al espejo y ver tus muslos grandes, tus estrías, tu cara de pan y tus pechos pequeños y pensar, qué guapa que estoy, voy a salir a comerme el mundo, puede darte la confianza para hacerlo. Para comerte el mundo y todas las pizzas que hagan falta.

Por eso, es muy distinto decirse "hoy ha sido un día poco productivo" que pensar "soy una persona improductiva, vaga y hoy no he hecho nada de provecho". Cosa que tengo que recordarme en esos días en los que, como hoy, no he hecho absolutamente nada y me siento fatal.

Por eso es radicalmente distinto llamarse feminista que llamarse igualitario, o humanitario, o todos esos palabros con los que salen por la tangente para no decir que no saben lo que es feminismo.

Por eso se recuperan palabras como marimacho, feminazi, bollera, maricón, bi-ciosa, palabras que han sido lanzadas como insultos, como piedras con las que los insultados se han hecho murallas. Porque las palabras pueden hacer daño pueden lanzarse o pueden utilizarse para construir, para cambiar la forma de ver el mundo. Porque hablamos de acuerdo a nuestra ideología, pero también nuestra ideología puede cambiarse, poco a poco, según lo que pensamos.

Porque no lo digo yo, aunque también lo digo.

Las palabras pueden cambiar el mundo.

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Sería una Criada?

Hace una semana leí —más bien, devoré con verdaderas ansias— la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que tanto está dando que hablar a raíz de su adaptación a la televisión. Aunque fue publicado en 1985, es de una preocupante actualidad. Supongo que esto es lo que pasa con todas las distopías, con toda la buena ciencia ficción: que es inmortal —al menos, hasta que es superada por la ciencia—.

Sin entrar en muchos detalles, porque me encantaría que el mayor número posible de gente lo lea o vea la serie, os cuento que cuenta la historia de Defred, una mujer viviendo en una sociedad futura, pero no muy lejana, en la que los roles sociales y especialmente los de las mujeres están rígidamente divididos. Por un grave problema de natalidad, todas las mujeres con capacidad reproductiva han sido nombradas Criadas, pertenecen a un Comandante y debe procrear con él para que, junto a su Esposa, puedan criar al bebé de acuerdo a los ideales ultracatólicos del nuevo régimen.

Es una premisa fantástica y, a pesar de que la novela tiene casi ninguna acción y consiste en una descripción exhaustiva de esta sociedad distópica, tambíen es un libro fantástico. Una gran diferencia con otras distopías que he leído es que la protagonista sí sabe que hay otra sociedad posible, que existe otra forma de vida: el régimen de Gilead ha sido instaurado solo tres años antes del presente de la historia. Defred recuerda a su marido y su hija, recuerda trabajar y tener su propio dinero, la libertad de ser mujer a finales del siglo XX, la lucha feminista en la que estuvo involucrada su madre, los derechos que uno a uno le fueron quitando. Defred conoce las mentiras del régimen y sabe lo que ha perdido. Defred ha sido educada para ser una mujer libre y, sin embargo, es la perfecta Criada.

Leyendo el libro, quería pensar que yo no lo haría. Que no elegiría la esclavitud, el verme reducida a un cuerpo, menos aún, a un útero. Que intentaría escapar, que me rebelaría, que elegiría ser asesinada o enviada a las Colonias (campos de trabajo forzoso) antes que aceptar que me arrebatasen la libertad de elegir, de leer, de hablar, de pensar y de sentir. Pero también sé que es fácil perderse los primeros signos de alarma, que cuesta menos agachar la cabeza y pensar que ya pasará, que no sería la primera ni la única en sucumbir al miedo y pensar que otros vendrían a arreglarlo por mí.

¿Podría convertirme en una Criada? ¿Podría abandonar mi educación y mis principios? ¿A cuánto estaría dispuesta a renunciar a cambio de un poco de seguridad? 

miércoles, 17 de mayo de 2017

La universidad de la calle

Hace una semana que estoy en la calle, captando socios para ACNUR. Así que ya sabéis, si a alguien le interesa, que se pase por Granada y yo le apunto.

Lo malo que tiene la calle es que a veces llueve, a veces hace demasiado calor y siempre tienes que estar de pie mucho rato y te revientas los riñones. Lo bueno es que te enseña muchas cosas. Por ejemplo, que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, o que un viernes a las seis de la tarde hay mucha gente paseando por el centro histórico de Granada con toda la prisa del mundo. 

También te enseña a quién tienes que parar y contarle la de refugiados que necesitan su ayuda —60 millones, por si os lo preguntabais—. Y no hay que parar a la gente que va de compras y no tiene prisa, ni a las señoras con joyas que tienen de sobra para dar 15€ al mes. No hay que parar a la gente que va con una Biblia en la mano y cara de superioridad, aunque sí a las religiosas porque, aunque no puedan colaborar, te escuchan con amabilidad. Hay que parar, preferiblemente, a la gente joven, que a lo mejor está en el paro, que a lo mejor son estudiantes, pero que al menos te escuchan y prometen, con cierta sinceridad, buscarte cuando consigan trabajo.

Te enseña, sobre todo, que la amabilidad nunca está sobrevalorada. Que entre alguien que pasa a tu lado y ni siquiera te contesta, como si no fueses una persona que le está hablando sino un obstáculo muy molesto, y otra que te diga "Lo siento, no te puedo atender, que vaya bien la tarde", no hay un mundo de distancia, hay dos. Ninguna se ha parado, pero mientras que una te deja sintiéndote menos persona, la otra te da fuerzas para seguir haciendo tu trabajo.

Ayer me metí en un casino de la calle en la que estábamos currando, para ir al baño. Y resulta que la camarera también había estado trabajando para ACNUR. Me preguntó por mi equipo, se interesó por cómo me estaba yendo y, sabiendo que estaría cansada y muerta de sed, me dio una botellita de agua fría. Y esta interacción de dos minutos, esa botellita de agua, me salvó la tarde. Porque efectivamente, estaba agotada, física y psicológicamente, y que alguien me tratase con respeto, con amabilidad y hasta con cariño me recordó qué estaba haciendo; vender algo, sí, pero no aspiradoras: solidaridad, ayuda, humanidad.

Sé que los captadores y los relaciones públicas son una plaga, y son molestos. Que cuando vas con prisa, o incluso sin ella, lo último que te apetece es escucharlos. Y no tenéis que hacerlo, es su trabajo conseguir que os paréis. Pero recordad, por lo menos, que la amabilidad nunca, nunca está sobrevalorada.

jueves, 4 de mayo de 2017

El papel de tu vida



Claqueta y acción. Comienza la película de hoy. No te enfrentes al espejo. Maquíllate, maquíllate. Odia tu rostro y mente. Odia tu capacidad para ocultarte, la debilidad de tu silencio. Odia también las curvas que no deberían existir, la voz tan fina y los pechos tan gruesos. Odia lo que debas odiar para mantener tu papel. Odia la falda y los tacones, odia el sujetador que te compró tu madre, odia que te sigan diciendo cómo se comporta una señorita. Odia, y que ese fuego te caliente por dentro para salir al mundo y fingir, un día más, que eres una chica.


miércoles, 26 de abril de 2017

Productividad

Soy una persona altamente productiva. Al menos, eso quiero pensar. Nunca he entregado un trabajo tarde. Nunca me he presentado a (casi, seré sincera) ningún examen sin estudiar. No digo que no a nada, a no ser que me sea absolutamente imposible hacerlo o asistir. Me gusta estar ocupada. Estoy acostumbrada a estudiar, y estudiar mucho, y a la vez tener clases de idiomas, talleres de escritura, voluntariados varios, un blog, tres libros de lectura simultáneos. 

Paradójicamente, también soy una persona bastante vaga. Me cuesta ponerme en marcha, y una vez me pongo a hacer algo lo termino, eso seguro. Pero tengo que ponerme. Y aunque llevo muchos años intentando no hacerlo todo en el último minuto, y lo estoy consiguiendo, sí necesito la presión de una fecha límite, de un compromiso público, de algo externo a mi propio compromiso conmigo misma que me haga hacerlo.

No digo que sea excesivamente sano. Mentalmente, me hace vivir con mucha presión, constantemente. Me hace perderme muchas cosas que me gustaría hacer, por el hecho de haberme comprometido a otras que en el último momento me parecen más importantes. No es sano, pero es lo que hay.

La parte buena es que tengo mis formas de comprometerme, aunque no haya un profesor poniéndome nota ni un jefe pidiéndome resultados. Puedo hacer el reto de los 50 libros al año y que esto me suponga un compromiso equivalente al de una asignatura anual. Puedo comprometerme a hacer tres entradas al mes y, aunque sea en la última semana del mes, escribirlas -y sin embargo, cuando me comprometí a hacer prácticamente una entrada al día en marzo también lo conseguí... Diferentes compromisos, diferente productividad-. Puedo escribirlo en la agenda y que esto me obligue, ante mí misma y ante nadie más, a hacerlo.

Está bien saberlo. Necesito comprometerme. Necesito fechas y objetivos. Necesito algo de presión para acabar de hacer las cosas. Así que, si alguna vez prometo algo... Obligadme a cumplirlo.

miércoles, 5 de abril de 2017

En el momento más pensado

Quizá aquel día hubiese llegado a coger el tren y entrado en casa sin llamar. Podría haberles descubierto en mi cama, ensuciando mis sábanas. Quizá me hubiese divorciado a tiempo. Quizá hubiese aprendido a pescar en Tailandia. Quizá hubiese tenido aquella ansiada aventura sáfica. Quizá hubiese entrado en la red de tráfico de marihuana que sé que hay en mi barrio. Pero tropecé con aquel maldito escalón, perdí el tren, llegué tarde. Veinticinco años con la mosca detrás de la oreja, sabiendo que en cualquier momento pillaría a mi marido con cualquier fulana. Nunca lo hice. Qué desperdicio.

viernes, 31 de marzo de 2017

Que el ritmo no pare

Se acaba el mes de la mujer.

¡Oh, no!

Pero no sufráis. El feminismo se vive a diario. Solo pro ser mujer y ser libre, solo por tener en cuenta tu lugar en la sociedad, solo por vivir, se es feminista.

Pero si además os apetece seguir aprendiendo, que eso nunca se termina, os dejo mis recursos favoritos. Aclaro que son mis recursos favoritos ahora mismo, porque los mitos feministas caen —pobre Taylor Swift, qué batacazo— y las personas son imperfectas. Pero de momento, os los comparto:

  • Caitlin Moran: especialmente, su libro How to Be a Woman (también disponible en español), una fantástica colección de todas esas cosas de las que las mujeres no deberían hablar: la masturbación, la depilación, el querer o no ser madre, el aborto... Con un humor fantástico y una prosa brillante, Caitlin Moran habla de cómo ser mujer y cómo ser, claro, feminista.
  • sexplanations: la doctora Lindsey Doe es sexóloga y su leit motiv es mantener la curiosidad. Su canal de YouTube (en inglés pero con subtítulos en español en muchos vídeos) es una herramienta fantástica no solo para la educación sexual, sino para aprender a utilizar un lenguaje exclusivo, a tener la mente muy abierta y a disfrutar de todos los aspectos en los que la sexualidad interviene en la vida.
  • weloversize.com: un grupo de fantásticas mujeres de todas las tallas, especialmente de esas tallas que no aparecen en los catálogos de lencería, que demuestran que la única talla que funciona es querer a tu cuerpo, tratarlo bien y aceptarlo, tenga el aspecto que tenga.
  • Ladies Who Lunch: la YouTuber Ingrid Nilsen, de quien ya he hablado, y su amiga Cat Valdez hacen cada martes un podcast hablando sobre sus experiencias y atacando temas tan complejos como la sexualidad, la maternidad, las relaciones o, este pasado mes, la honestidad. Su capacidad de autocrítica y su sinceridad son motivos más que suficientes para disfrutarlas, aproximadamente una hora cada semana.
  • Barbijaputa: esta columnista, oculta bajo tan provocador pseudónimo, no tiene problema en atacar al patriarcado y, por supuesto, en ser atacada. Disfruto especialmente de sus encuestas en Twitter, que demuestran que no solo ella es una feminazi loca: ¡vivan las experiencias compartidas!
  • Hannah Witton: esta joven británica tiene un canal de youtube, colabora con varios otros, tiene un blog y próximamente ¡un libro! *emoción, emoción*. En ella podéis encontrar educación sexual, feminismo y vivir siendo una mujer joven en el siglo XXI, con sinceridad, buen humor y buen rollo.
  • pikaramagazine: el toque de mirada académica y seria, que nunca sobra, en esta cantidad de mujeres buenrollistas. Mención especial al Presidente de New Gon City, gran aliado y mejor persona, que me la recomendó y me ha enganchado.
Y hasta aquí hemos llegado, amigos. Punto, pero solo seguido, a este mes en el que he escrito más que nunca, me he agobiado, me he emocionado, me he indignado y he disfrutado mucho de poder compartir todas mis cosicas con ustedes.

Les dejo todos estos recursos, y alguno más, en la página de recomendaciones. Visitadla de vez en cuando, que quizá os interese.

jueves, 30 de marzo de 2017

365 días después

Felicidades.

No porque haya pasado un año más. Eso no ha sido ni culpa ni mérito tuyo. Pero felicidades, por todo lo que has pasado en este año.

Porque has elegido el futuro, tu futuro. Porque has sobrevivido. Porque has seguido formándote y aprendiendo, creciendo como escritora, como filóloga, profesora y feminista. Como persona también, que es más difícil.


Porque has amado sin condiciones, sin reservas, entregándote entera pero sin perderte. Porque has vivido el amor más romántico, sin caer en el mito, en la dependencia, en la toxicidad. Felicidades porque te he encontrado, porque me has salvado.

Felicidades por tu apuesta, sea el que sea el resultado.

Aunque sea un poco egocéntrico, felicidades a mí misma. Porque ha pasado un año más. Y he vivido.

miércoles, 29 de marzo de 2017

¿Esto qué es lo que es?

Vamos a ver, centrémonos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de sororidad?

Porque en su nombre he oído verdaderas barbaridades. Por ejemplo, que si pretendes ser feminista, no te puede caer mal, vamos, no puedes ni mirar esquinada a otra mujer. O que todas deberíamos defender las acciones de las demás, lo cual se relaciona con esa fantástica idea de que todo lo que haga una mujer es feminista. En nombre de la sororidad se crucifica a la mujer que critica a otra, como si las feministas fuésemos unicornios, seres fantásticos de absoluta perfección.

A ver si nos estamos equivocando.

En mi opinión —que como sabéis es humilde—, sororidad es la hermandad entre mujeres, base del feminismo, sí. Pero esto no significa que seamos perfectas. Significa, más bien, apoyar y celebrar a otras mujeres; dejar a un lado la envidia y la rivalidad que otros nos imponen en esa carrera por ser la más guapa, la más lista o la más amada; no criticar a otras mujeres por cómo visten, por no trabajar fuera de casa, por tener o no tener hijos, por tener tanto o tan poco sexo como quiera; no atribuir su éxito al atractivo físico o a la auto-prostitución.

Una mujer, por supuesto, te puede caer mal porque sea aburrida, maleducada o te parezca algo tonta. Un hombre así también te desagradaría. Una mujer puede ser machista, o cometer errores, y habrá que decirlo, siempre desde el respeto y con ganas de construir, no destruir. Una mujer te puede parecer menos atractiva que otra, o puede no gustarte tu ropa; pero sororidad significa celebrar todos los cuerpos y el derecho a ponerte lo que te dé la gana, por encima de tu atracción o gusto personal. 

Sororidad significa, simplemente, rechazar la idea de que las mujeres estamos en una competición por el primer puesto. No creerse que el comportamiento base entre dos mujeres sea la competitividad y la envidia. No caer en la pelea de gatas.

Solo así podemos avanzar: no adelantándonos, sino caminando juntas.

martes, 28 de marzo de 2017

Hagámonos oír

Queridos señores de HazteOír.

Sí, sí, ustedes. Los del bonito autobús. Podría llamarles muchas cosas, pero por el momento prefiero solo decirles que son unos ignorantes. Porque, más allá de su flagrante transfobia —y de que confundan esta con la libertad de expresión—, más allá de la identidad de género que cada uno tenga y que por supuesto no tiene nada que ver con lo que tenga entre las piernas, resulta que no. Ni todos los niños tienen pene, ni todas las niñas tienen vulva. Pero claro, saber esto requeriría preguntar al científico más cercano o incluso, válgame Dios, abrir cualquier navegador de Internet e informarse un poquito.

Yo entiendo que es más fácil dividir el mundo en bonitas categorías binarias. Lo bueno y lo malo. Lo superior y lo inferior. Lo masculino y lo femenino. Nosotros, y todos los demás. (No sé si van notando la simetría en este pensamiento) De verdad, lo entiendo, es más fácil y más cómodo organizar el conocimiento de dos en dos, porque pensar que todo, desde el bien hasta la identidad de género o la orientación sexual, se constituye en un espectro que da lugar a la maravillosa variedad humana, da un dolor de cabeza que ninguna aspirina podría curarles.

Pero vengo con malas noticias y un migrañón de agárrate los machos. Al menos para ustedes. Porque cuando dicen que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, están queriendo hablar del sexo como si esta fuese la única verdad absoluta. Finjamos que lo es, que las características fisiológicas definen el género de cada uno. Aunque esto fuese cierto, tampoco estaríamos hablando de categorías binarias.

A pesar de la fijación genital de mucha gente, el sexo no está definido solamente por el aspecto externo de los mismos. Hay muchos más factores implicados en definir el sexo biológico: desde el código genético, a las hormonas, los caracteres sexuales secundarios (vello, pechos, caderas, forma y zona donde se acumula la grasa, tamaño de pies y manos, musculatura y puedo seguir) y los caracteres sexuales primarios (sí, sí, los benditos genitales) externos e internos, porque además del pene y de la vulva tenemos el útero, los ovarios y los testículos.

Y resulta que todo ello tendría que alinearse perfectamente para tener lo que ustedes llaman "hombre y mujer". Es decir, un código genético XX con una vagina, su útero y sus ovarios, sus hormonas y su aspecto femenino. Y para un hombre, lo mismo. Pero resulta que pueden pasar muchas cosas. Puede ser que haya personas con un código genético XY que tengan aspecto externo de mujeres, lo que se llama Síndrome de Swyer, y viceversa, el Síndrome de LaChapelle; puede haber mujeres cuyo clítoris es en realidad un pene pequeñito, y sus ovarios resulta que son testículos que no han descendido. Puede que haya hombres cuyos testículos son, internamente, ovarios que sí han descendido. Puede que haya personas XX cuya mayor carga de hormonas androgénicas generen caracteres secundarios masculinos, como mayor masa muscular, y puede haber personas XY con insensibilidad androgénica, es decir, que no respondan a sus propias hormonas y desarrollen caracteres femeninos — el Síndrome de Morris. Puede que haya trisomías, ya que existen personas XYY —el superhombre—, XXY, XXX —la supermujer... Todas estas variaciones conllevan, en algunos casos, problemas de salud y en otros, simplemente, un aspecto algo distinto.

Les estoy hablando, por si no lo sabían los señores de HazteOír, de las personas intersexo. Personas que, sin tener que llevar a cabo ninguna alteración de su cuerpo, se sitúan en el espectro del sexo. Ellos también han sufrido estigma, patologización y operaciones innecesarias, invasivas y sin su consentimiento, muy dañinas para la mente e incluso el cuerpo, como todos aquellos que osan salirse de su preciado binarismo. El sexo, la parte estrictamente biológica y que se relaciona, de la manera que sea, con el constructo del género, tampoco es A y B, señores de Hazte Oír. Y nadie se está inventando esta identidad: está ahí, con pruebas científicas, al alcance de sus ojos, si quieren mirar.

No voy a llamarles, repito, todas las cosas que podría llamarles. Simplemente ignorantes. Porque resulta que ni muchos niños tienen pene, ni muchas niñas tienen vulva.

lunes, 27 de marzo de 2017

Arriba y abajo

Yo lo iba a explicar, pero mejor dejo hablar a Pamela Palenciano, que se explica mucho mejor:


Pamela Palenciano es una mujer que se ha montado un monólogo estupendo, No solo duelen los golpes, con el que viaja a colegios y otras instituciones buscando, sobre todo, que ninguna niña vuelva a sufrir el abuso y la violencia emocional a la que ella estuvo sometida durante toda su adolescencia. Si queréis verlo entero, yo lo recomiendo muy fuertemente.

Y es que, además de hablar con total sinceridad y crudeza de lo que vivió y de las secuelas, que también son importantes, Pamela está acostumbrada a hablar con niños y con aquellos que no quieren escuchar, y por tanto deja algunas cosas bien claritas.

Algunas cosas, como que hay muchas y muy diferentes situaciones de opresión en el mundo. Y si yo como mujer estoy abajo, como caucásica estoy arriba. Por ejemplo. Estoy abajo en muchas cosas, pero estoy arriba porque soy blanca, porque vivo en un país de esos que llaman Primer Mundo, porque tengo educación y unos padres que han podido costeármela, porque mi vida ha sido relativamente normal en todos los aspectos, porque no tengo ninguna discapacidad que me impida hacer lo que a mí me da la gana, porque puedo profesar la fe que me parezca oportuna. Porque no he sufrido abusos de mis parejas, ni de mi familia, porque no tengo ningún tipo de estrés post-traumático. Porque soy libre de hablar y de expresar mi opinión sobre lo que quiero y de la forma que quiero.

Estoy arriba, es decir, tengo muchos privilegios, porque puedo tender la mano a otras y otros que están abajo, y tenderles el micrófono con el que he nacido, el que me permite ser más escuchada en un ámbito social simplemente por ser quien soy.

Es muy necesario saber dónde está cada uno, qué escalón social se ocupa, para ayudar a subir a los que están debajo y para que los que están más arriba puedan tenderte también una mano. Porque el enemigo, y que esto también quede bien claro, no son las personas que están más arriba. Es la escalera.

sábado, 25 de marzo de 2017

Superwoman

Este mes, estoy de prácticas en un colegio. He vuelto a madrugar para pasarme unas cuantas horas al día sentada en un aula con un montón de adolescentes; en el mejor de los casos, estoy de pie al frente de la clase y no tengo tanta sensación de déjà vu. Esto también implica que tengo que preparar material para la clase, corregir ejercicios, repasar temario que hace años que no veía, volver a aprender a analizar oraciones como se hacía en Bachillerato... 

Además, la universidad ha decidido que tenemos que escribir un proyecto de prácticum (es decir, lo que pretendo hacer), un diario de las actividades del colegio (es decir, lo que estoy haciendo) y una memoria de prácticas (es decir, lo que he hecho). No sé si es afán burocrático o que quieren que controlemos bien los tiempos verbales. Además, tengo que ir a unos cuantos seminarios a contarle a un profesor lo que estoy haciendo, porque hay que trabajar todas las competencias: la escrita y la oral.

También me he metido a dar clases particulares, por ganar un dinerillo. Y no vivo con los papis, así que además hay que comprar, limpiar, cocinar, recoger... Cómo una casa con tres habitaciones puede dar tanto trabajo, que alguien me lo explique.

Soy una mujer que se enorgullece de llegar a todo. Pueda o no pueda, yo llego, porque no hacerlo no es opción. Creo que esto me viene de mi madre, que con menos de treinta añitos cada mañana salía a trabajar con los niños limpios y peinados, dejando la casa recogida y todo listo para comer. Y creo que esto a mi madre le viene de la idea de que la mujer puede hacerlo todo.

Porque antes, la mujer no podía hacer casi nada: cuidar la casa, cuidar al marido, cuidar a los niños y ancianos... Y se nos ocurrió la feliz idea de decir que por qué no nos dejaban hacer más cosas, como trabajar fuera de casa, por ejemplo. Y en lugar de pensar que, si la mujer puede hacer todo lo que hace el hombre, en el sentido contrario también debe funcionar, se optó por venderle a la mujer que se puede ser madre, esposa, ama de casa y trabajadora a tiempo completo y hacerlo todo tan bien como si no te dedicases a otra cosa.

Vamos, que nos están timando. Porque un solo ser humano no puede hacer el trabajo de cinco. Que yo seré de letras, pero estas cuentas no salen. Y como no salen, no llegamos a todo. Y como no llegamos a todo, nos sentimos culpables, peores madres o peores trabajadoras, porque tenemos que elegir entre tender la lavadora o acabar la presentación para mañana. Porque nos han vendido que podemos hacerlo todo.

Y podemos.

Pero no todo a la vez, no todo con la misma intensidad y la misma dedicación, porque el día solo tiene veinticuatro horas y nosotras solo tenemos dos brazos y dos piernas, en el mejor de los casos. Así que vamos a empezar a venderle a las mujeres que hay que hacer lo máximo posible, sí. Y a veces lo máximo es levantarse a las seis de la mañana, arreglarse como un pincel, currar como una fiera durante ocho horas, cocinar algo sano y nutritivo, tener la casa como una fiesta de la Preysler con montaña de Ferrero incluido, jugar con los niños y llegar al final del día con ganas de ver una serie y hasta de querer un poco a tu pareja.

Pero a veces lo máximo que se puede hacer es quedarse toda la tarde viendo capítulos atrasados de Supergirl, porque ni el cuerpo ni la mente te dan para más. A veces lo máximo es irse a dar un paseo y despejarse, porque después del décimo alumno que tienes que suspender la moral se te ha ido al carajo. A veces lo máximo es no hacer nada, porque todos somos personas y se nos puede acabar la batería.

Y no pasa nada.

Vamos a empezar a comprar la idea de que la perfección no existe, de que la energía se agota, de que de verdad que sí, la intención es lo que cuenta y si los platos se quedan sin fregar un par de días, no pasa nada. Vamos a empezar a comprar tiempo de calidad para nosotras mismas, vamos a empezar a comprar perdón y compasión para los pequeños fallos y las tragedias cotidianas, vamos a empezar a comprar que no existe más superwoman que la que sale en los cómics.

Para todas las demás, vamos a reservarnos el derecho a ser mujeres. Sin más.

martes, 21 de marzo de 2017

Eres tú

Fábulas de la garza desangrada

«Envío»

a mi madre, y a la estatua de mi madre,
a mis tías, y a sus modales exquisitos,
a Marta, así como también María,
porque supo escoger la mejor parte,
a Francesca, la inmortal, porque desde su infierno insiste
en cantarle al amor y a la agonía,
a Catalina, que deslaza sobre el agua
las obscenidades más prístinas de su éxtasis
únicamente cuando silba el hacha,
a Rosario, y a la sombra de Rosario,
a las erinnias y a las furias que entablaron
junto a su cuna el duelo y la porfía,
a todas las que juntas accedieron
a lo que también consentí,
dedico el cumplimiento de estos versos:
porque canto,
porque coso y brillo y limpio y aún me duelen
los huesos musicales de mi alma,
porque lloro y escribo en una copa
el jugo natural de mi experiencia,
me declaro hoy enemiga de ese exánime
golpe de mi mano airada
con que vengo mi desdicha y mi destino,
porque amo,
porque vivo y soy mujer, y no me animo
a amordazar sin compasión a mi conciencia,
porque río y cumplo y plancho entre nosotras
los mínimos dobleces de mi caos,
me declaro hoy a favor del gozo y de la gloria.

Rosario Ferré

A ti, que escribes.

También a ti, que lees.

A ti, que lo eres. No de una manera silenciosa y como ausente, no el objeto de una pluma ajena sino sujeto bien activo de tus palabras, tus actos, tu cuerpo y mente, tu vida. De tu gozo y de tu gloria.

Feliz día mundial de la poesía.

domingo, 19 de marzo de 2017

Palabras para...

Hace exactamente un año, le escribía a él. Pocos días después, no estábamos seguros de que él fuese a estar para responderme. Por suerte, está. Más presente que nunca. Y aunque en este blog no me escribe, sé que podría decirme algo parecido a esto.

Palabras para Julia

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

No sé decirte nada más
pero tu debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,

como ahora pienso...

José Agustín Goytisolo

Gracias por ser, papá. Y por estar, siempre siempre. Que sepas que hoy -como todos los días- te pienso.

viernes, 17 de marzo de 2017

La belleza está en el interior

Hoy se estrena la versión "más vivos que nunca" de La Bella y la Bestia.

Algunos se estarán meando en las bragas de emoción porque les encanta ver un clásico de su infancia reconvertido en lo que tiene toda la pinta de ser un peliculón. Pero muchos cogerán su fobia a las princesas Disney y enarbolarán sus carteles feministas al grito de "mimimi síndrome de Estocolmo", "mimimi mujer frágil", "mimimi cambia para agradar a tu hombre". Y ya no me quiero meter con "mimimi Emma Watson ha enseñado las tetas y no puede ser feminista" porque ya se ha explicado ella solita y lo ha hecho la mar de bien.

Personalmente, me muero de ganas por ver esta película. Como niña que creció con la nariz metida en un libro, me gustaban otras niñas así. Hermione Granger, Matilda, Bella... Mujeres que valoraban las aventuras y las enseñanzas de la ficción, que vivían mi mayor afición como una maravillosa forma de estar en el mundo, que convertían un motivo de burla en el núcleo de su heroicidad. Que me hacían sentir que no estaba sola, que no era tan diferente y que, si lo era, no tenía por qué significar algo malo.

Bella es una mujer que, a diferencia del resto de princesas clásicas, lee. Que aprende. Que quiere viajar y vivir aventuras por su cuenta.

Además, Bella es una mujer que rechaza a Gastón, el hombre más guapo del pueblo, porque es un chulo arrogante y pagado de sí mismo, que solo la quiere a su lado para hacer bonito. Le rechaza con firmeza una y otra vez, a pesar de su amabilidad innata, y no se deja amilanar por su comportamiento de chulo-playa que no consigue engañarla.

Bella es una mujer que no solo no espera a ser salvada por ningún hombre, sino que se lanza al rescate de su padre y se ofrece a ser encarcelada en su lugar, pues sabe que ella sí será lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Que se enfrenta a una manada de lobos armada solo con un palo. Que defiende a Bestia frente a todos los aldeanos y lucha por lo que cree correcto. 

Bella es una mujer que no acepta las invitaciones de Bestia mientras él es un bruto, maleducado y zafio que solo la quiere, como Gastón, para hacer bonito a su lado, para limpiarle la casa y para aguantar sus ataques de ira. Bella solo acepta cenar con él una vez él cambia su comportamiento, la respeta, conoce sus gustos y le regala su librería como forma de pedir perdón y de valorar sus intereses, esos intereses que van más allá de los de cualquier hombre. Bella no adopta el comportamiento de su secuestrador, síntoma de un Síndrome de Estocolmo, sino que le exige a él que cambie: solo una vez Bestia ha comprendido que no puede comportarse como un elefante en una cacharrería, y que ella no es un "mueble" más en su palacio, ella empieza también a respetarle, conocerle, comprenderle y, finalmente, quererle.

Bella es una mujer que se enamora al ritmo de una canción que habla de que la belleza está en el interior. Es una mujer que ha sido rechazada por sus vecinos, y que defiende a Bestia del miedo irracional de estos. Que se acerca al excluido y comprende lo que hay por debajo de una superficie aterradora. Y qué importante es esto para esos colectivos que se mueven por los límites
.

Bella es una mujer fuerte, inteligente, que tiene intereses propios, que lucha por lo que es correcto, que no solo es amable con los demás sino que espera que ellos también lo sean con ella y que se niega a comprometerse con un hombre que no la ama por lo que es sino por su aspecto.

Y todo esto lo hacía antes de que Emma Watson metiese mano. Al parecer, en esta nueva entrega Bella es inventora, no utiliza corsé y se sube al caballo con botas de montar y la cabeza más alta que nunca. Y si los feministas mimimi tienen algo que objetar, me gustaría saber qué película están viendo.

Yo ya estoy de camino al cine.

miércoles, 15 de marzo de 2017

The Feminist Wars: Make up Strikes Again

 Cuando era pequeña, era una niña muy burra. Me negué a llevar faldas muy pronto, odiaba —y todavía odio— el color rosa y todo lo que implicara peinarse, arreglarse... La boda de mi hermana fue un drama, y mi comunión ya ni os cuento. En mi adolescencia, esto se tradujo en una incomodidad con todo lo que se suponía "femenino" que, sumado a que me sentía mal con mi cuerpo el 90% del tiempo, hizo que durante mucho tiempo no me atreviese a llevar falda, vestido, pantalones cortos —probad a caminar por Madrid en agosto con vaqueros, a ver si os vale la pena el complejo— o colores claros. No digo que no me encantase el negro, los pantalones militares o el contorno de ojos estilo mapache, sino que comprarme camisetas de colores brillantes o vaqueros cortos fue una señal de que me empezaba a sentir cómoda con mi cuerpo y con mi feminidad.
Sigo explorando esta parte de mí misma poco a poco. Ahora mismo, me encantan los vestidos estilo skater —falda de vuelo y corte a la cintura—, he ampliado mi set de maquillaje a pintalabios y rímel, y aunque siguen sin gustarme el rosa y las flores, he de admitir que el encaje es un gran invento. Todavía hay cortes de ropa —por ejemplo, los vestidos muy ceñidos— que me resultan incómodos, y no sé si alguna vez llegaré a dominar el tema de los tacones.

Tampoco soy una gran fan del maquillaje. Paradójicamente, veo con religiosa pasión todos los tutoriales de Ingrid Nilsen o de Safiya Nygaard, pero la base de maquillaje con la que alguna Nochevieja escondí los granos debe llevar caducada unos tres años. Lo hago por economía y por comodidad, porque no me gusta que la cara me huela a maquillaje, pero también porque no creo que a mi edad necesite ocultar nada; de hecho, no sé si a alguna edad tendré esa necesidad. 

Sin embargo, no creo que todas las mujeres que dedican una cantidad ingente de tiempo y de dinero a dominar estas técnicas y productos sean vanas, superficiales o que tengan el cerebro lavado por el heteropatriarcado. Creo que el maquillaje es un tema complejo, pues sí puede ser una imposición; hay mujeres que sienten que no pueden salir a la calle sin maquillaje y que se lo ponen incluso cuando este arruina su economía, les hace levantarse media hora antes y, en muchas ocasiones, les provoca más acné del que oculta. El maquillaje ha sido durante mucho tiempo la herramienta que permitía a la mujer acercarse al canon de belleza, el látigo con el que las empresas de cosméticos las azotaban: no eres suficientemente buena, no lo estás intentando, nadie quiere ver tus ojeras, tus poros, tus espinillas. Ponte una máscara que combine con tu falda y tus zapatos, porque no nos interesa lo que hay debajo.
Pero también puede ser una forma de arte y de disfrute, una actividad que consista en mimarse a una misma, dedicarte tiempo, cuidar tu piel y atreverte a llevar tu estética un paso más allá. Puede ser una declaración de intenciones. El problema del maquillaje no es que haya mujeres, feministas o no, que lo disfruten, sino que Alicia Keys sea una revolucionara de extraordinaria valentía por llevar la cara lavada a un evento. El problema es que si llegas a una reunión de trabajo, a una entrevista o a una fiesta sin maquillarte, se piensa que eres menos profesional porque ni siquiera te has esforzado con tu aspecto. Si voy limpia y correctamente vestida, he llegado a tiempo a la reunión, he preparado los temas que debía y hago en general mi trabajo,¿por qué no llevar pintalabios es lo que me hace menos profesional?

El maquillaje, en definitiva, no me parece el problema. El maquillaje, como la depilación o los tacones, es solo una herramienta. Para mí, es símbolo de que mi autoestima y mi confianza están más altas que nunca. Para otras, es una imposición, una necesidad, algo que las hace aceptables a los ojos de los demás. Ese es el problema, como todo lo demás: que a las mujeres se nos imponen unas expectativas —piel perfecta, ojos grandes, labios jugosos y eterna juventud— imposibles de cumplir sin una gruesa capa de maquillaje.

martes, 14 de marzo de 2017

Querido Freud.

Querido Freud,

llevas muerto unos cuantos años. Afortunadamente, un día conseguiremos enterrar todas tus teorías contigo. Porque es difícil estar equivocado de manera tan absoluta como tú; parece que lo hayas hecho aposta. A lo mejor estabas riéndote de todos nosotros y se nos ha escapado la broma.

Porque, querido Freud, la mayoría de las niñas no tienen envidia de pene. Ninguna que yo conozca, desde luego. Es más: ninguna niña en el ancho mundo ha sufrido una castración como tú dices porque, agárrate a la silla, tanto niños como niñas como todos los géneros intermedios comienzan con la misma estructura. Échale una pizca de andrógenos durante el desarrollo fetal, y se convierte en un pene. Deja que siga desarrollándose y se convierte en un clítoris. Si las circunstancias se complican, nos encontramos con una persona intersexo, pero bastante movida te estoy montando como para meterme en eso ahora. Otro día.


Querido Freud: el orgasmo vaginal no es mejor que el clitoriano. De hecho, lamento decirte que el orgasmo vaginal no existe: también es clitoriano. Porque el clítoris no es una cosica pequeña y escondida en el exterior de la vagina, sino que se extiende también por dentro y es su estimulación, tanto interna como externa, lo que provoca el orgasmo femenino. Incluso aunque el orgasmo "vaginal" fuese mejor que el otro, te voy a dar un disgusto: no lo es porque involucre a un pene, porque un instrumento recto es la peor manera de estimular el clítoris internamente. Adivina qué sí consigue estimularlo bastante bien. Exacto.

Querido Freud: a estas alturas, lo debes estar flipando. Verás cuando alguien te comente que tener un hijo no soluciona de ninguna manera una envidia de pene que no existe. Muchas mujeres tienen hijas, y seguimos sin pene. Muchas mujeres tienen hijos sin que un hombre intervenga más de lo estricta y biológicamente necesario. Muchas mujeres no tienen hijos, tienen libros, o carreras, o viajes. Y eso también solucionaría la inexistente envidia de pene.

Sigmund, permíteme que te tutee porque a estas alturas has estado suficientemente involucrado con mis genitales como para que me tengas hasta las narices. Porque, vamos a ver, Sigmund, ¿quién en su sano juicio, poseyendo un clítoris, tendría envida del pene? El clítoris, querido Sigmund, no está expuesto para que cualquier golpe nos deje fuera de combate. El clítoris tiene más de ocho mil terminaciones nerviosas, y tu amado pene no tiene más que unas cuatro mil. El clítoris es el único órgano cuya función exclusiva es la de proporcionar placer. Tengo todo un órgano, querido Sigmund, dedicado a pasármelo bien.

Y tú tienes un pene, el subconsciente empantanado y un montón de teorías que a estas alturas están siendo desmentidas una por una.

Como para tenerte envidia.


lunes, 13 de marzo de 2017

Pensándolo mejor...

El otro día, salí de clase. Por la mañana me había puesto unos vaqueros y una camiseta negros, olvidándome de que estamos en Andalucía. Para cuando me dirigía a casa, a las seis de la tarde, estaba sudando, me había recogido el pelo en un moño muy poco favorecedor y no tenía fuerzas ni para estar de mal humor.

Entonces pasó un coche a mi lado y el copiloto sacó la cabeza por la ventanilla para gritarme algo en las líneas de "Oye, mami linda". No recuerdo las palabras exactas, pero sabéis de qué estoy hablando.

Y yo, que normalmente les regalo la mirada de la muerte y algún insulto, si me siento generosa, en un primer momento me sentí halagada. Me sobraba toda la ropa del mundo, me sentía incómoda, me sentía fea y, después de un examen particularmente estúpido, también me sentía un poco tonta. Pero cuando aquel cerdo decidió hacerme saber que me encontraba sexualmente deseable, mi primer pensamiento fue "Bueno, por lo menos le resulto atractiva a alguien".

Mi segundo pensamiento fue, "¿qué mierda estás pensando, Beatriz? ¡Cerdo, guarro, asqueroso, vete a la mierda!". Me sentí asqueada, no solo por aquel chico, sino por mí misma. Porque, en un mal momento, había vuelto a caer en la falsa creencia de que mi valor puede estar medido por mi atractivo físico, de que lo que pueda opinar un desconocido tiene alguna importancia, de que si no te gritan guarradas por la calle es que no eres guapa. ¿Qué pasa, que soy feminista solo de palabra? ¿Que consejos vendo, que para mí no tengo? 

Es normal caer de vez en cuando, o incluso siempre, en lo que nos han enseñado desde pequeños. El proceso de desaprenderer es largo y continuo. Puede que te griten por la calle y te sientas halagada, puede que veas una mujer con falda corta y pienses que va provocando, puede que tu amiga te esté contando el sexo increíble que tuvo con un desconocido y estés pensando que un poco guarra sí que es. Es normal, porque es lo que nos han enseñado a pensar, el mensaje que recibimos a diario de medios de comunicación, de gente de nuestro entorno, del humor, la cultura que se construye sobre una misoginia galopante.

Lo importante es lo que piensas después. Si tu segundo pensamiento es, "no, ella podría ir desnuda en el Metro y aun así no estaría provocando", "no, puede acostarse con quien le dé la gana mientras todo sea consensual y seguro", "no, no quiero que me grites por la calle, quiero que te vayas a la mierda". Porque el primer pensamiento que te viene a la cabeza es lo que te han enseñado a pensar, y el segundo es lo que quieres pensar.

En inglés, la expresión "Pensándolo mejor" se traduce como "On second thought". En un segundo pensamiento. Ahí es donde quiero vivir yo: en mis segundos pensamientos.

jueves, 9 de marzo de 2017

Derecho a (no) ser madre

Quiero ser madre.

Lo he sabido desde que era muy pequeña. Quizá desde que, con seis años, tuve en brazos por primera vez a un bebé que tenía horas de vida. Era preciosa, era más pequeña de lo que imaginaba que podía ser una persona. Sí, quizá lo sepa desde entonces. Este deseo es tan integral a mi persona, a lo que soy y quiero ser, que no consigo comprender cómo alguien no puede tenerlo. Cómo a alguien no le pueden encantar esos locos bajitos.

Quiero ser madre.

Pero una vez, cuando todavía estaba en el instituto, tuve un retraso. Apenas una semana. No era raro, porque siempre tuve la menstruación bastante irregular. Pero era la primera vez que tenía un retraso y, además, podía haberme quedado embarazada. Y yo, que entonces ya sabía que quería ser madre, viví durante siete días con un nudo en el estómago, con ganas de llorar, con el pánico constante de que, quizá, a pesar de todas mis precauciones, a pesar de los anticonceptivos, de la educación, del cuidado, quizá. Yo quería ser madre, pero no entonces, no así. Lo sentía con todo el cuerpo: no era una negación intelectual, era visceral. Era un no integral.

Hay mujeres que no quieren ser madres, ni entonces, ni así, ni nunca. Y nadie debería sentir tanto miedo, nadie debería sentir ese revulsivo que se provoca por todo tu cuerpo cuando sabes que no, que no es esto lo que quieres. Que tu cuerpo está invadido, que ya no es tuyo, ni tu cuerpo ni tu vida, no durante los siguientes dieciocho años, sino para siempre. Yo estoy dispuesta a ceder mi cuerpo y mi vida a otra personita, pero nadie debería hacerlo porque es lo que se supone que tienes que hacer, por el qué dirán, por la presión de la sociedad. Porque tu vida no estará completa sin ser madre.

Leonardo da Vinci nunca tuvo hijos, y nadie cree que esto le hiciese peor persona. Newton murió sin descendencia y no se considera que le faltase "algo". Y sin embargo parece que una mujer que no quiera hijos está dejando un hueco -que no es tal: el útero no está vacío, es un órgano que puede albergar un bebé, o puede no hacerlo- en su vida.

El Día Internacional de la Mujer sirve para reivindicar todas las cosas que todavía se nos niegan. Pero también para celebrar todo lo que hemos conseguido. Entre otras cosas, la posibilidad de acceder a métodos anticonceptivos, a informarnos e informar sobre ellos públicamente, sin miedo. Falta deshacernos del lastre el estigma, del "cuando seas más mayor querrás hijos", del "te arrepentirás si no los tienes", del "toda mujer quiere ser madre".

No existe el "toda mujer". Somos la mitad de la población: es literalmente imposible que todas las mujeres piensen, sientan, sean o quieran lo mismo. Yo quiero ser madre. Pero muchas otras no lo quieren, y es su derecho reivindicar su vida completa, feliz, plena y sin hijos.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Día Internacional de la Mujer

Feliz día, mujer.

Sigamos caminando, sigamos luchando. Por las de aquí y, especialmente, por las de allí. Por las que son como tú y, sobre todo, por las que son distintas. Por las que vinieron antes pero, sobre todo, por las que vienen después, que un día no serán capaces de concebir la desigualdad.

Hagámoslo por ellas, y por nosotras. Si tu lucha es con espada o con pluma, a gritos o en silencio, aprendida o desaprendida, solo por ser mujer y celebrarlo ya has ganado una batalla.

Feliz día, mujer.

martes, 7 de marzo de 2017

La sombra del ciprés

Siempre he hecho las cosas rápido, pronto, en cuanto me han dejado. Dos meses de cumplir dieciocho había donado sangre, había votado y estaba apuntada a la autoescuela. Vivo agobiá, ya lo sabéis. Quizá esto tenga que ver con ser la hermana pequeña de un hombre que vive, también, bastante rápido y bastante intensamente. Si sois los pequeños, sabéis que la sombra del hermano mayor es alargada y cuesta vivir en ella.

Os preguntaréis qué tiene esto que ver con marzo y el feminismo y los temas que nos ocupan estos días. Pues es que este hermano mío no solo ha nacido un día antes del Día Internacional de la Mujer —ya os he dicho que siempre ha sido bastante precoz—, sino que además tiene la capacidad de hacerme querer ser mejor persona, mejor profesional y, por supuesto, mejor feminista. Porque mi hermano no hace nada a medias, lo ha dicho siempre su madre (y la mía): que no le dé por el terrorismo, porque acaba con España.

Mi hermano es capaz de ser médico, coordinador, padre, esposo, amigo, hermano, hijo y runner, y todo ello a tiempo completo. Es capaz de proponerse nuevos retos a diario, de seguir mejorando como profesional y como persona, de no rendirse en su búsqueda de la felicidad, de seguir aprendiendo con las más de cuarenta castañas que le han caído hoy. 

Mi hermano, junto a mi cuñada, además, ha criado a tres niñas maravillosas con sus principios firmes, sus propósitos claros y tantas ganas de aprender, crecer y superarse como él. Tres niñas que, con menos de dieciocho años, ya son capaces de explicarme por qué una canción como "Ain't Your Mama" no es tan feminista como JLo pretende que sea. Y seguro que muchos adultos no saben de lo que hablo. 

Mi hermano es hombre, blanco y heterosexual, pero también se reparte las tareas domésticas como uno más, colabora con sus compañeras en plano de igualdad y a las mujeres de su entorno nos da tantos privilegios como él tiene, pero también nos exige las mismas responsabilidades. Es, se podría llamar, uno de los grandes aliados del feminismo.

Mi hermano es un ejemplo y, aunque a veces sea difícil mirarse en semejante espejo, también es un impulso a seguir creciendo. Felicidades, hermano. Ojalá queden muchos años que celebrar contigo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Ni una menos

Esta tarde, estamos convocadas. En la Puerta del Sol, a las seis, concretamente. 



Pero es una convocatoria, es un grito que debería llenar todas las puertas, todas las plazas. Nos están matando, y nadie está haciendo lo suficiente. Porque no se creen nuestras muertes, porque el grupo que ejerce este terror no está organizado ni responde a ningún nombre o religión, porque se creen que un feminicidio es como cualquier otro asesinato y, mirando las cifras, es cierto que mueren más hombres aunque no sea a manos de su pareja, de la persona con la que habían elegido construir su vida. Aunque no sea en su propia casa.Porque creen que por pedir que no se maten mujeres, se está diciendo que no mueren hombres, o que la violencia doméstica ejercida contra ellos es menos importante. Todo lo contrario. Aunque no llegan a los diez al año (la última cifra oficial es de 2013), que haya hombres asesinados por sus parejas y que se les de menos importancia, es también problema nuestro. Del feminismo.

Lo que no es problema nuestro es que haya mujeres que diariamente viven con miedo, que haya niños que tienen que ver morir a sus madres, que haya familias que viven con el terror metido hasta la cocina. Que haya madres que tengan que enterrar a sus hijas porque su yerno no era quien ellas pensaban. Que haya ocho ahora, después de casi un mes, cuatro mujeres pasando hambre y frío en la calle, y se hable más de la multa que les ha puesto la policía municipal que de su manifiesto. Ese problema no debería ser de las víctimas, pero una vez más, lo han dejado en nuestras manos.

Comienza 2017 y ya han sido asesinadas más de quince mujeres. Si seguimos al mismo ritmo, este año morirán un centenar. Las perderemos a manos de novios celosos, de maridos y exmaridos que nunca pudieron verlas como sus mujeres, sino como sus esclavas, sus sumisas, sus posesiones. Y desde la asociación Ve-la luz se pide que esta violencia continuada se considere terrorismo, que se proteja más y mejor a las víctimas, que se proteja a los menores, que no se permita que un maltratador mantenga el derecho que ha perdido sobre sus hijos, que se proporcionen más métodos a las instancias encargadas de protegerlos. En definitiva, que se firme un Pacto de Estado en el que se considere que este es un problema de todos, que nos afecta como país y así debería ser tratado.

Podéis acercaros a Sol, a ver a las cuatro mujeres que llevan un mes en huelga de hambre y las diez mujeres y un hombre que se les han unido hace poco, a transmitirles vuestro apoyo, porque lo necesitan. Podéis firmar. Podéis llenar esta tarde la plaza con vuestro cuerpo y vuestra voz. Podéis, si estáis lejos como yo, firmar en Change.org para que su manifiesto llegue lo más lejos posible.


Porque tenía razón la terapeuta de Pamela Palenciano: no solo duelen los golpes. Y a mí, que ni mis padres me han dado un azote cuando era pequeña, me duele cada cifra, cada nombre, cada historia y cada superviviente.

Me duele cada insulto, cada grito, cada golpe que no me han dado, porque sé que otras los reciben.