viviendodelacontradicción
Mi foto
Tengo los huesos de cristal y sólo veintiún años corriendo por las venas. Quiero recuerdos inolvidables para cuando esté muerta.

jueves, 19 de marzo de 2015

Quiéreme un poco

Hay gente que no es consciente de sus deudas, de sus influencias, de las personas que cambiaron su vida. Seguramente, yo esté pasando a mucha gente por alto, pero tengo clarísimo que en cuanto a gratitud, tengo la mayor cuenta del mundo abierta con mi padre.


Mi papá, que no solo me presentó a Machado y me enseñó a sentir e interpretar un poema, que no solo me enseñó a leer, sino también a escribir. Porque él es el primero, y a veces el único, que se lee todo lo que escribo, y nunca le importa decirme lo que él cambiaría, lo que no tiene sentido, por dónde tengo que seguir y qué caminos están ya muertos y enterrados; pero tampoco le importa darme un beso y decirme que tengo "la cabeza como un apóstol". Y supongo que será algo bueno, porque me lo dice sonriendo.

Mi papá, a quien me abrazo en los momentos más inoportunos -por ejemplo, cuando está cocinando-, y nunca sabes si te va a abrazar también o te va a hacer cosquillas. Y le grito mucho por eso, pero en el fondo le da emoción a mi vida. Tampoco sabe darte la mano sin pegar un apretón y dejarte los anillos tatuados en los dedos, pero es parte de ser quien es.

Mi papá, que a pesar de todo lo que sabe, no se cansa de aprender, y a pesar de todos los años como profesor que lleva encima, no se cansa de enseñar. Qué poco sabría yo del románico sin él. Qué ignorante sería, si no supiese que la curiosidad es una de mis mejores cualidades y que nunca, nunca, debo dejar de ejercitarla; y ya sabéis quién me enseñó eso también.

Mi papá, que nunca deja de exigirte. Siempre se puede leer más, escribir mejor, practicar con la guitarra más horas, hacer un bizcocho más sabroso y hablar un inglés más exquisito. Me faltan horas al día para ser todo lo que mi papá espera de mí, pero sé que es porque me ve más grande de lo que realmente soy y piensa de verdad que yo puedo con todo.

Mi papá, que me deja en herencia su cuadro de Machado y su inmensa biblioteca, aunque diga tantas veces que no me leo lo que él me recomienda. Pero entonces, ¿qué hago estudiando lo que estudio, si no es por ti? Mi papá a veces se pone un poco tonto, pero yo le quiero igual.

Mi papá, que me llevaba al museo del Prado todos los domingos de mi infancia. Por él me gusta el arte, por él me gusta Italia, por él me gusta la mitología griega y el ambiente casi sagrado que se crea en los buenos museos. Por él me gusta el silencio y hablar poco, que los dos somos más de decir una maldad y que el resto nos entiendan.

Mi papá, que me llevó a París, a Florencia, a Venecia, a Granada, a Salamanca, a Barcelona, a Colliure. Que me enseñó a disfrutar de lo propio y de lo ajeno y, aunque sea ciudadana del mundo -qué expresión más horrorosa-, no me olvido que soy castellana, es más, que soy de Ávila. Y dónde habréis visto murallas más bonitas.


Mi papá, que me enseñó a cocinar y me pide bizcochos siempre que puede, mi papá que me hace las fotos más bonitas del mundo, mi papá que me decía que no estoy guapa, soy guapa, mi papá que es el hombre de mi vida. Mi papá, en fin, que a lo mejor a vosotros no os parece una maravilla, pero lo es. Por fortuna, vosotros tenéis el vuestro, y yo al mío lo comparto solo con dos personas y nos toca una buena ración a cada uno. Y menos mal que le tenemos.

lunes, 9 de marzo de 2015

3. Descripción de una situación en movimiento

Era el primer día de calor de aquel invierno moribundo y parecía que con el sol les renacían las fuerzas. El suelo, de feas piedras verdes, relumbraba a la luz del mediodía. Una fila de adolescentes se desplegaba a lo largo de todo el edificio, con las piernas extendidas y los ojos cerrados, la cara levantada, recargándose como pequeños robots ruidosos movidos por baterías solares. En las canchas de baloncesto, las canastas medio descolgadas a punto de sucumbir bajo el peso de las sudaderas y los abrigos abandonados en sus esqueletos, los más valientes se disputaban una pelota gastada empapados en sudor. Solo los mayores estaban en el patio a aquella hora y, a pesar de los gritos de los jugadores, los sonidos llegaban atenuados, moviéndose despacio en la atmósfera pesada. Era lunes, apenas comenzaba marzo y por un momento mágico, parecía que estaban de vacaciones.
De pronto, el timbre atronó el patio y, convocado por su rugido metálico, se desató el infierno. Se abrió la puerta de infantil y sesenta y cinco bocas gritando, narices moqueando, deditos que investigan, invaden y espachurran salieron corriendo hacia su arenero. Sesenta y cinco fuerzas de la naturaleza todavía estrenando sus cuerpos, que cogieron el silencio, el calor de aquel tibio sol de invierno y lo apretaron en sus manos pegajosas. Un desastre de tres años, con las rodillas todavía temblorosas, intentaba encaramarse al tobogán y unas gemelas de largas trenzas se peleaban al pie, ajenas a las botas que estaban a punto de impactar en sus caras; uno de los mayores, de casi seis años, les había quitado la pelota a los más pequeños y se reía, alzándola fuera de su alcance, mientras ellos se sentaban en el suelo derrotados y berreaban; la mayoría se sentaban a llenarse los bolsillos y las botas de arena, y una niña pelirroja, con la cara cubierta de pecas y el tirante derecho del mono desabrochado, había encontrado un chicle rebozado de porquería y estaba a punto de metérselo en la boca. La cuidadora, con sus pantalones de colores y su camiseta caída a un lado, se había arrodillado al lado de dos niños que lloraban y se señalaban con el dedo, acusándose mutuamente, sin darse cuenta del caos que cundía a su alrededor.
Un segundo timbre provocó otra avalancha de niños, que salían como despedidos a presión por la puerta de primaria. A pesar de las diferencias de horario, ya habían acabado todas las clases de la mañana. De pronto, el patio estaba cubierto de niños que corrían, gritaban, tiraban abrigos por las esquinas y pateaban balones en espacios que de ninguna manera eran suficientemente grandes para jugar a nada. Algunos padres empezaron a llegar, aparcando los coches en segunda e incluso en tercera fila delante de la puerta, haciendo sonar los cláxones. Una niña corrió hacia la puerta con una mochila a la espalda que la doblaba en tamaño. Una cuidadora, de pelo grisáceo, corto y duro, la pescó por el abrigo que llevaba colgando de un asa; “¿Dónde vas?”. Antes de poder contestarle, su madre, alta, rubia, ejecutiva con impecable traje gris, llegó corriendo encaramada a unos tacones imposibles. “Vamos, vamos, vamos, Ana, ¡date prisa, hija!”. Sin una mirada más, rescató a la niña de sus manos grandes y la arrastró hasta el taxi que las esperaba más allá de la marabunta de coches que maniobraban para salir del atasco que ellos mismos habían causado.

Poco a poco, la marea de niños se fue organizando en grupos. Algunos formaron filas apenas rectas, esperando a entrar en el comedor. Por la puerta escapaba ya el olor a puré y patatas fritas recalentadas, y un hombre con camisa negra y pelo engominado comenzó a dar paso a los cursos más pequeños. Los niños del segundo turno se esparcieron por el patio, buscando la sombra del seto que, más muerto que vivo, cubría algunas porciones de la valla metálica. Cuando todos los niños que comían en casa fueron recogidos y las puertas del comedor se cerraron con estruendo, solo quedaron prendas de abrigo esparcidas a los pies de las canastas y cuerpos adolescentes que, robados de energía por las clases, se iban aquietando una vez acabó su partido de baloncesto improvisado.

_____________________

Perdón por el retraso. Este ejercicio me ha dado más problemas de los que esperaba, o a lo mejor tenía menos ganas de escribirlo. De todas formas, ya hemos empezado a corregir en clase y parece ser que en estas descripciones, y hasta que se indique lo contrario, se valorará la distancia del narrador. En base a estas instrucciones, he hecho una nueva descripción de un objeto, que colgaré más adelante, y os dejo el ejercicio de la semana que viene.

4. Descripción de una persona en actividad (por ejemplo, un compañero en el tren o un desconocido al que sigamos por la calle).