sábado, 4 de marzo de 2017

Aprender a aprender (y desaprender)

Yo he sido muy tonta. Todavía lo soy. Me he creído tantas veces que lo sabía todo que, por fortuna, ya no me lo creo. Quiero seguir creciendo, seguir aprendiendo, seguir redefiniendo mi visión del mundo, que cambia  incluso más rápido que yo.

Porque yo me decía feminista, sí. Desde pequeña. Los hombres y las mujeres son iguales, no debo dejar que me tomen por menos -menos lista, menos fuerte, menos valiente, menos válida. Menos persona-, tengo que llevar la frente en alto y la voz todavía más alta para que quede bien claro que estoy aquí para quedarme. Que no soy menos que nadie. La palabra feminista nunca me dio el miedo que les dio a otras, nunca lo asocié con mujeres violentas que odiaban a los hombres y querían fundar un matriarcado opresor. La asociaba con mi madre, mujer trabajadora, directora del colegio, luchadora incansable. La asociaba con mi hermana, con mis profesoras, la asociaba con lo que yo quería ser.

Pero también la asociaba con no ser "como todas las chicas", con que no me interesasen ni los vestidos, ni las muñecas, ni las tonterías que les encantaban a las niñas tontas que no leían ni escuchaban rock como yo. Yo no era como esas chicas vanas, superficiales, de cabeza vacía, que no sabían que ser como los chicos -fuerte, ruidosa, llena de orgullo y con una pizca de violencia- era mucho mejor. Quería ser una mujer fuerte y consideraba que la mejor forma de hacerlo era ser un hombre.

Creía que ser feminista era respetarse a sí misma, y que respetarse a sí misma significaba no irse con cualquiera; la palabra "guarrilla" no se me caía de la boca. Creía que la mujer debía trabajar fuera de casa, que bastante nos había costado conseguirlo, y que elegir ser ama de casa era poco menos que elegir ser una esclava. Es más, no creía que pudiese ser una elección. Creía que me depilaba porque yo quería, porque yo lo veía bonito y necesario, y a la vez despreciaba olímpicamente a todas las que se gastaban un dineral en maquillaje. No entendía por qué una mujer maltratada no cogía la puerta y se largaba. Dudaba mucho que existiese la bisexualidad, ni siquiera podía imaginar la diversidad de identidades de género que existían. No me gustaban los "libros de chicas".


No sabía casi nada de ser mujer ni de ser feminista, aunque así me llamaba. Necesitaba entender que las ideas patriarcales son las ideas de mi cultura, las que he aprendido desde que era un bebé, y he tenido que desaprenderlas a golpes de conciencia, de escuchar a otras mujeres que las habían desaprendido antes que yo. Hay mujeres que tendrán más suerte, que serán educadas en el feminismo desde el primer momento, y podrán aprenderlo todo sin tener que desaprender nada. 

Sois unas privilegiadas. Aprovechad ese privilegio, como todos los demás, y ayudadnos al resto a seguir desaprendiendo, que todavía queda mucho por olvidar.

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