viernes, 18 de abril de 2014

Gabriel

Se nos fue. Después de cien años de crear con la palabra, se marchó a esa muerte-no muerte que siempre ha desafiado en sus libros. Y digo no muerte, porque no se va del todo. Siempre podremos ir debajo del castaño a buscar consuelo.


Os dejo un homenaje pequeño que le hice, sin saber que se me moría mientras lo iba escribiendo.

Las flores del rododendro

Eugenia Guamán vivía en la calle Incachaca, a las afueras de Cochabamba. Todos los días se levantaba de madrugada, desayunaba un alguito y se caminaba la distancia que la separaba de su verdadero hogar. Llegaba para los primeros gritos, la pelea del orinal, quién se lavó las manitos para el desayuno, venga apúrense los mayores, que llegan tarde al kinder…
Eugenia Guamán había sido siempre madre. Primero de sus hermanas, las mayores y las pequeñas, mientras su madre trabajaba desde antes de amanecer hasta bien entrada la noche y su padre se intoxicaba en la chichería, consumiendo gran parte de la plata que ella ganaba. Eugenia aprendió a cambiar pañales y a hacer sopas antes que a escribir su nombre, y desarrolló la extraordinaria capacidad de sostener a un bebé en brazos mientras repartía purés en cuatro boquitas hambrientas con una sola cuchara.
A los diecisiete años, se casó y pasó a ser la madre de su esposo y de sus niñas. Descubrió que la historia se repite y que, tratando de escapar de sus fantasmas, se había metido en una casa embrujada. Durante años entre sus cuatro paredes no hubo más que gritos: gritos embriagados, gritos de terror, gritos que ya no significaban nada, pero se seguía gritando. Envejeció más rápido de lo que le correspondía y su piel se endureció a base de sol y golpes, como el cuero. Un día, se miró al espejo y reconoció a su madre.
—Mamá —le habló, sabiendo que por el cristal se comunican las almas—, mira lo que me enseñaste. No sé mejor que esto. Pero las guaguas crecen fuertes, crecen sabias, mamá. Tienen alma de viejas y entienden mejor que tú y que yo.
Su madre le sonrió, sin saber qué decirle. Nunca habían hablado demasiado y no le parecía que ya traspasada la frontera fuese momento de empezar. Aun así, cada noche Eugenia se deshacía la larga trenza, el negro cada vez más entreverado con plata, delante del espejo y le contaba con voz pausada cómo le había ido el día. Aquello posiblemente le llevase más tiempo del que tenía, pero se acostumbró tanto a la sonrisa bordeada de arrugas de su vieja que no era capaz de dormirse sin haberla visto.
Eugenia había tenido cinco hijas. Dos de ellas habían muerto apenas nacidas, cuando las llevaba a todas partes en el aguayo, pegadas a la piel. Todavía cargaba su imagen y su peso liviano, a pesar de hacer más de veinte años que dormían bajo la tierra. A su marido lo había enterrado también hacía tiempo, pero a él ya lo había cargado bastante en vida como para aguantarlo muerto. Las otras habían crecido para ser tres hermosas jovencitas, más altas y más fuertes que ella, que apenas se despegaron de su falda comenzaron a hacer sus vidas sin pedirle ya más ni perdón ni permiso. Un día se encontró con que no era madre de nadie y se buscó nuevos hijos.
Se plantó delante de aquellas dos mujeres, una tan rubia y la otra tan morena, y sin atender a sus preguntas afirmó “Yo soy madre”. Ellas insistieron. Querían saber su experiencia, si traía referencias, dónde había trabajado antes. Y ella repitió machaconamente “Yo soy madre”. Porque lo era. Lo llevaba en los huesos y, aunque todo acabara, su ser madre seguiría existiendo mientras ella respirase. Por fin lo comprendieron y, sin que nadie protestase, Eugenia se convirtió en la dueña subrepticia del Hogar. En teoría, debería ocuparse tan solo de los bebés y dejar que el resto de empleadas hiciesen la comida, la limpieza y la educación de los más mayorcitos. En la práctica, nadie movía un músculo sin que Eugenia Guamán vigilase y aprobase dicho movimiento.
Podría uno pensar que con diecisiete niños a su cargo, cualquiera se agotaría. Pero no Eugenia. Ella daba sopas, cambiaba pañales, acarreaba bultos berreantes y doblaba kilos y kilos de ropita diminuta sin que el cansancio osase asomar su carita sucia por sus dominios, no fuesen a agarrarlo y obligarlo a lavarse. Sólo se iba a casa bien entrada la noche, cuando las cuidadoras que dormían allí la obligaban a marcharse a empellones. Al principio, dormía mal pensando en sus guaguas. Al fin y al cabo, era su mamita,  así la llamaban, y ¿qué clase de madre se va a otra casa a dormir mientras sus bebés lloran? Con el tiempo se acostumbró a pasar algunas horas separada de ellos, aunque nadie pudo convencerla de que no debía dejar que la llamasen mamita. Mientras viviesen bajo su mismo techo, y hasta que se los llevase su familia definitiva, ella los estaba criando.
Un invierno, cuando el rododendro apenas comenzaba a llenar de flores medio marchitas el patio, se dio cuenta de que sólo tenía un bebé. Romer había llegado hacía un par de semanas, todo huesos, pero ya se le rellenaban las mejillas. Su madre lo había tenido en la calle con ella durante meses, hasta que se había convencido de que lo estaba matando de hambre y lo abandonó a la puerta de algún hospital. Mientras le daba el biberón, sentada al lado de su cuna, Eugenia pensó que aquella tranquilidad no duraría mucho. Efectivamente, aquella tarde llegó Brenda para cambiarlo todo.
Se anunció con un sueño confuso y agitado que tenía despierta a Eugenia de madrugada y que le dejó una sensación de muerte inminente que no se pudo sacudir. Llegó al hogar mucho antes de lo que acostumbraba, con la garganta atravesada de miedo, y solo pudo respirar cuando comprobó que todas las guaguas estaban bien. El día transcurrió con normalidad, aunque aquella ansiedad inexplicable no abandonó a Eugenia hasta que, mientras los mayores merendaban en el patio, ella se retiró al cuartito de las cunas a darle el biberón a Romer. Entonces, entró Anita, la trabajadora social, a entregarle un bultito que era más mantas que bebé. Eugenia dejó a su propia carga en la cuna, apoyando el biberón en la manta para que siguiese alimentándose, y tomó a la niña en sus brazos. Mientras la miraba, aprendiéndose su carita diminuta y colorada, se fue disipando su sensación de angustia. Y lo supo.
—Esta niña se va a morir —le dijo a Anita.
—No, no, qué va —sonrió ella—. Ha estado en el hospital un tiempo, pero ahora ya está bien sana, le curaron la hemorragia en el cerebro y los problemas de estómago, ya está perfecta. Mirá, mirá cómo sonríe.
Pero ella insistió. El bebé tenía los ojos grandes y ausentes de los que ven más de lo que deberían, como si ya estuviese asomándose a la muerte. Pero nadie hizo caso de su presagio, porque los médicos decían que estaba bien. Eugenia decidió entonces no separarse de ella, ni de día ni de noche, pues clamaba al cielo que una criatura tan pequeña tuviese que morir sola. Durante los días que estuvieron juntas, Eugenia la cargó como había cargado a sus hijas, le cantó melodías sin palabras y le habló. Le habló durante horas, del resto de niños que habían dormido en esa misma cuna, de su vida anterior, de lo que podría esperar al otro lado. Le dio mensajes para su madre y sus hijas, para el resto de niños que habían muerto a su cuidado. La niña la miraba con los ojos muy abiertos, comprendiendo sin necesitar palabras, más sabia porque había tenido que aprenderlo todo en muy poco tiempo.
El día que Brenda murió, amaneció el cielo blanco, con una luz de otro mundo que endurecía los colores y afilaba los límites de las cosas. Las cunas, la ventana, la mamadera que dejó apoyada en la manta de Romer, parecían filos cortantes y hacían que, inconscientemente, Eugenia evitase tocarlos. Cuando tomó a la niña, la notó ligera, como si la luz que hería a todos no la tocase. Sabiendo qué iba a pasar, se salió al patio y se sentó en una sillita mientras la casa despertaba. Ajena a los gritos y los llantos del resto, Eugenia acunó a la bebé, que miraba a su alrededor con ojos inteligentes, queriendo llevárselo todo en su viaje. Pasaron las horas lentas, blancas, en una comunicación silenciosa. Por fin, a la tarde, el cielo se tiñó de amarillo y rosa y Brenda cerró los ojos. Se fue serena, sin llorar y, mientras su alma partía, el rododendro se estremeció y se les llenó el patio de flores.

1 comentario:

  1. Precioso, realmente precioso. Me ha hecho pensar en algún momento que estaba leyendo a Gabo. ME ha hecho emocionarme pensando cuantas wawas han vivido lo mismo que Brenda y cuantas han muerto solitas, abandonadas junto a cualquier árbol o en cualquier esquina, sin el único calor que pensamos que a nadie debería faltarle nunca como es el de una madre. Pero ¡¡cuantas wawas en el mundo nacen y mueren sin disfrutar aunque sea un poquito de ese calor materno!! No podemos siquiera pensarlo, si no es desde la más absoluta frialdad que nos permiten las cifras y las estadísticas. Ponerle nombre y rostro aunque solo sea a una pequeña parte de tanto sufrimiento nos llevaría a la locura.
    ¡¡ENHORABUENA POR EL RELATO'!!

    ResponderEliminar