viernes, 16 de septiembre de 2011

Mi jaula de tiempo y té

09:17.

Como todos los sábados, me despierto pronto para aprovechar el día. Después de tres minutos de bostezos, estiramientos y vueltas por la habitación, me dirijo a la cocina, a las 09:20, para prepararme el desayuno. Cuando a las 09:50 me meto en la ducha, pienso en lo que tenía que hacer hoy. Me sorprende no haber dejado ninguna tarea pendiente para el fin de semana, pero cuando salgo del baño, a las 10:15, ya tengo perfectamente claro a qué dedicaré el día. Desde hace unos meses, me molesta el saber que mi cuarto de sobra está desordenado. Los montones de cajas, revistas, libros y recuerdos que he ido arrinconando allí acabarán por explotar si no los ordeno pronto, y esta soleada mañana de abril parece perfecta para hacerlo. Así pues, a las 10:25, ya vestida con ropa apropiada para la tarea, me armo de valor y entro en esta habitacioncilla oscura y atestada de los restos de mi antigua vida.

Treinta minutos, dos cajas de fotos y mucha suciedad después, abro la tercera caja del montón. Esperaba encontrar allí otro cerro de imágenes descoloridas, de gente que no quería recordar y de sonrisas que ya no me pertenecían, pero el contenido de la caja es muy distinto. Cuadernos. Una docena de gruesos cuadernos de espiral, de tapas rígidas, esperan entre estas cuatro paredes de enmohecido cartón desde que yo misma las guardé ahí al acabar los exámenes de selectividad. Dudo. Estos viejos apuntes de geografía, historia, literatura, filosofía, matemáticas, ya no me sirven para nada. Hace un año y medio que he acabado la carrera, y ni siquiera en la universidad podrían haberme ayudado en algo. No obstante, comida por la curiosidad, abro uno de ellos, leyendo con avidez los conocimientos escritos con mi apretada letra de niña. Aquellos trazos todavía no habían pasado por el tamiz de la facultad de Historia del Arte, de la desesperación de coger todas las palabras del profesor, de la imposibilidad de escribir a la misma velocidad que se habla. Aquellas letras diminutas y cuidadosamente entrelazadas todavía reflejaban la calma de quien tiene mucho por vivir. Lentamente, me levanto, llevando el cuaderno conmigo y absorbiendo cada detalle de mi escritura.

Olvidada ya mi tarea de limpieza, dejo a un lado los interminables apuntes de filosofía y cojo el siguiente cuaderno. Literatura. Al acariciar el pulcro cartel que anuncia la asignatura escondida, ya sé los recuerdos que encontraré entre las tapas rojas, pero, cuando al abrirlas algo cae revoloteando al suelo, no sé qué es hasta que me agacho a recogerlo. Una pequeña rama de laurel seca, cosida a una nota manuscrita. “Volveremos a alzarnos con la victoria”. Una de tantas que había encontrado entre las sábanas, la ropa o las tazas del desayuno antes de cada examen. La última nota que mi padre, sin saberlo, me había enviado. Para cuando pude llegar a casa aquel día y tumbarme en la cama, y palpar debajo de la almohada buscando su calor, encontrando la rama todavía verde en su lugar, ya era tarde. Sus habituales palabras de ánimo se habían convertido en un mensaje de ultratumba que ahora, casi siete años después, tiene la misma fuerza de entonces.

Me tambaleo, sintiendo que el suelo se licua bajo mis pies y que me hundo hacia tres mil kilómetros de caída libre, al final de los cuales no me espera otra cosa que más vacío y una inmensa soledad. Sé que el mundo se ha parado el instante que hay entre un latido y otro, que se ha detenido cuando mi propio corazón ha intentado saltarse el segundo del dolor agudo, de la puñalada trapera de mis recuerdos enterrados. Pero el parón ha sido tan breve que nadie ha notado el desgarro en el tiempo; nadie excepto yo, que me he quedado atrapada en él. Por eso el segundo siguiente, cuando gira el mundo, me mareo por la velocidad que llevan las cosas. Caigo de rodillas entre la suciedad y el polvo que desprenden mis sentimientos caducos, sabiendo que algo no va bien. Que este pajarillo que aletea contra la jaula de mis costillas llevaba demasiado tiempo dormido como para despertar así.

Con un jadeo, dejo caer el cuaderno, que se cierra de golpe, dándole un portazo en las narices al pasado. Huyendo de esa maldita habitación y de los fantasmas que se esconden en ella, me refugio en la cocina, escuchando el tic tac tranquilizador del gran reloj. Miro el segundero y cuento, mientras se calma el temblor de mis manos. Tic, uno; tac, dos; tic, tres; tac, cuatro; tic, cinco… trescientos sesenta y cinco segundos después, sueño con la ilusión de haber consumido un año en cada respiración. Rozo la ilusión de haber enterrado el dolor y, lentamente, cojo mi taza azul y la lleno de agua fría. Rápidamente, la meto en el microondas y programo un minuto, temiendo que, si pienso lo que estoy haciendo, no le encuentre sentido. Simplemente, sé que el frío que se ha quedado conmigo no se irá con una chaqueta ni con una manta, porque está por dentro. Y lo único que se me ocurre es hacer té, por si con él consigo calentarme.


Continuará...

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