Mostrando entradas con la etiqueta Escritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escritos. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de febrero de 2019

La senda inesperada

El año 2013 lo empecé en el hospital, con un ataque anafiláctico. Unos meses más tarde, después de pruebas en la que mi piel reaccionaba a todos los alérgenos conocidos, me diagnosticaron alergia a la proteína LTP.

La mañana después del diagnóstico me levanté antes que nadie y busqué qué desayunar. No podía tomar cereales (aunque después me dieron permiso), así que adiós a las tostadas, bizcochos, magdalenas... No podía tomar las frutas más habituales en España, y lo que es más trágico, tampoco frutos rojos. No podía tomar trazas de frutos secos, adiós al Cola Cao. Ese día lloré, sola en la cocina, porque no sabía qué podría comer en el futuro.

Así empezó la caza y captura de productos procesados sin trazas, especialmente chocolate, una búsqueda infructuosa que me llevó a intentar seguir una receta de brownie con cacao (el cacao en polvo puro no tiene trazas, gracias a Dios). Después de un mes sin probar mi comida favorita, con tanto mono y frustración que tenía ganas de llorar cada día después de comer al no poder acabar con mi onza de chocolate normal, aquel brownie me supo a gloria.



Aquel diagnóstico comenzó un camino de leer etiquetas, rechazar platos en restaurantes, buscar marcas que tuviesen en cuenta las alergias, entender mejor el funcionamiento de mi sistema inmune y de tomar vacunas que, finalmente, consiguieron que mi nivel de tolerancia al alérgeno llegase al máximo. Ahora hace tres años que puedo comer de todo, pero todavía recuerdo bien qué alimentos tienen trazas, lo difícil que es evitar la contaminación cruzada, y lo difícil que lo tienen los diabéticos, celiacos y alérgicos que por mil razones no pueden curarse de sus intolerancias.

Pero además de mi nueva apreciación por mi cuerpo y mi privilegio, esta alergia me deja la repostería. He aprendido mucho desde aquel brownie hecho por necesidad y desesperación. La mezcla de gozo y alquimia que es sacar un bizcocho del horno y convertirlo en el centro de una celebración no puede compararse con otras alegrías en mi vida. Educar a un niño, estudiar mi tesis, viajar por el mundo, escribir un cuento, me enriquecen y me hacen feliz, pero hornear tiene un resultado que se ve, se toca y se saborea, que está delante de ti desde el momento en el que abres el horno. Muchas cosas parecen inútiles, su objetivo perdido en un futuro hipotético, pero hacer una tarta es material e inmediato. Es magia, es ciencia y es un subidón de autoestima.

No de todo lo malo sale algo bueno. No todo tiene un porqué. Pero quizá sin la necesidad de hacer mi propia bollería, no habría encontrado esta fuente de felicidad. Si no hubiese seguido este camino que mi alergia me abría, al cerrarme todos los demás, no hubiese llegado hasta aquí. Gracias, querido y defectuoso sistema inmune, por este regalo.


martes, 29 de enero de 2019

Cambios


–¿Ya está dentro?

–Si quisieras podrías hacerte con el mundo, pero tú has venido aquí a pasarla bien. A hacer lo que te dé la santísima gana sin tener en cuenta lo que yo desee o…

–Sí, mi amor, pero céntrate un poquito.

–¿Qué pasa, que te desconcentro?

–Pues sí, la verdad. Bastante difícil es ya este asunto…

–Antes no te costaba nada. De novios, ¿te acuerdas? Fuera camiseta y hala, para arriba, para abajo, para adentro, por donde yo te pidiese. Y ahora mira cómo jadeas, que pareces un pimiento morrón… ¡Qué fatiga, Jorge, por Dios!

–La edad hace estragos en todo, hasta en estas cosas… En estas cosas más, diría yo.

–Mira, vamos a dejar de hablar y acaba ya, porque esto es deprimente.

–Eras tú la que quería hacerlo hoy, Isabel, y era hoy sin falta, así que no te quejes.

–Es que, si no, hay que esperar otro mes… Pero vamos, que creía que esto lo queríamos los dos.

–A ver, amor, espera que me coloco de otra manera… Pon la mano ahí y el pie por detrás, a ver si así…

–Pero contéstame, ¿es que ya no quieres lo mismo que yo?

–Solo un pelín, cariño, dame un minuto…

–¿Te he puesto demasiada presión para dar este paso? ¿Qué preferirías, seguir siendo un veinteañero jugando al FIFA en calzoncillos? ¿Te asusta la responsabilidad, es eso?

–O empujo o te contesto, pero a mí no me da para hacer las dos cosas.

–Todavía estamos a tiempo de dejarlo, ¿eh? Si tan mal lo estás pasando…

–No, no, ahora ya no me dejes así… Tú abre, abre, que yo ya…

–Tú ya, ¿qué? ¿Y yo? Lo que yo decía, a pasarla bien y yo, a poner la cama.

–La cama, las mesillas, la cuna… Solo falta esto, mi vida, solo esto, aguanta que ya acabo.

–Mira, ya está. Deja el puto sofá en el suelo y mañana vendrá mi padre a desmontar la puerta y meterlo en el salón… Que ni en esto me das una alegría.

sábado, 29 de julio de 2017

Quiero

Quiero viajar.

Quiero trabajar.

Quiero leer.

Quiero escribir.

Quiero investigar.

Quiero cocinar.

Quiero amar.

Quiero ir al cine.

Quiero escalar montañas.

Quiero volver.

Quiero irme.

Quiero encontrar.

Quiero crecer.

Quiero parar.

Quiero seguir.

Lo quiero todo.

Lo quiero ya.

jueves, 4 de mayo de 2017

El papel de tu vida



Claqueta y acción. Comienza la película de hoy. No te enfrentes al espejo. Maquíllate, maquíllate. Odia tu rostro y mente. Odia tu capacidad para ocultarte, la debilidad de tu silencio. Odia también las curvas que no deberían existir, la voz tan fina y los pechos tan gruesos. Odia lo que debas odiar para mantener tu papel. Odia la falda y los tacones, odia el sujetador que te compró tu madre, odia que te sigan diciendo cómo se comporta una señorita. Odia, y que ese fuego te caliente por dentro para salir al mundo y fingir, un día más, que eres una chica.


miércoles, 5 de abril de 2017

En el momento más pensado

Quizá aquel día hubiese llegado a coger el tren y entrado en casa sin llamar. Podría haberles descubierto en mi cama, ensuciando mis sábanas. Quizá me hubiese divorciado a tiempo. Quizá hubiese aprendido a pescar en Tailandia. Quizá hubiese tenido aquella ansiada aventura sáfica. Quizá hubiese entrado en la red de tráfico de marihuana que sé que hay en mi barrio. Pero tropecé con aquel maldito escalón, perdí el tren, llegué tarde. Veinticinco años con la mosca detrás de la oreja, sabiendo que en cualquier momento pillaría a mi marido con cualquier fulana. Nunca lo hice. Qué desperdicio.

domingo, 12 de febrero de 2017

Pido la paz y la palabra

El otro día, me dispuse a escribir. Es más, me dispuse a escribir algo muy concreto. Me dispuse a recuperar una novela, que comenzó a rondar por mi mente hace casi tres años, que he escrito en tantas formas como la literatura permite, que fue cuento y conjunto de cuentos y novela inacabada e, incluso, fue antes de eso otra novela más sencilla, más adolescente, con distinto nombre y distinta trama y sin embargo, la misma voz que decía, dolorida, que no podía escribir.

La busqué en mi archivo. Guardo en él todo-casi-todo lo que he escrito desde 2003. Catorce años de relatos, de proyectos, de concursos de los que nunca más se supo, de talleres, del comienzo una y otra vez frustrado de la misma novela. 

Hay años que no tienen casi nada. Un par de cuentos. Faltan dos años, en los que supongo que no escribí absolutamente nada. Fueron años que, indudablemente, tuvieron cosas buenas. Pero también tuvieron todo lo malo que supone, para mí, no haber escrito. No haber imaginado, no haber sido capaz de expulsar dos palabras seguidas que me convenciesen lo suficiente como para conservarlas. Nada.

Hay gente que convierte el dolor en arte. Frida. Vincent. Francisco. De Goya, me refiero. Quiero ser como ellos. Quiero crear incansable, incesantemente, sin excusas, desde la alegría o desde la tristeza, desde la necesidad de escribir que, si nunca me abandona, ¿por qué la abandono yo a ella? Quiero que la vida sea literatura y la literatura, vida. Quiero que escribir sea una experiencia, llámala religiosa si quieres, de esas que transforman. Porque lo es. Quiero que me dé paz, de mente, de espíritu, de lo que sea. Quiero que me emocione y me suba la adrenalina y el pulso cada vez que me enamore de una historia nueva.

Pido la paz y, por favor, la palabra. Que no vuelvan a quitármela.

viernes, 13 de noviembre de 2015

En casa

Ayer me fui a casa. No estuve entre las cuatro paredes que me han visto crecer, pero sí entre los cuatro brazos, entre las cuatro calles. Fui turista en mi casa, pero me sentí bien, porque sigue siendo el lugar a donde siempre quiero volver, que me acoge y me machaca y me recompone y me sube al cielo y me lanza. Ayer fui turista, Madrid, pero sigues siendo mi casa. Y te convertiste en casa de otros, siquiera por un atardecer, quién lo hubiera dicho.

Ayer, estaba volviendo a casa -mis cuatro paredes, mi cama, el sitio al que llego cada día, donde como y donde duermo, donde está mi ropa: lo que la mayoría de la gente consideraría su casa- y me sorprendí diciendo "me quiero ir a mi casa". No esta, donde vivo, sino aquella, donde me siento. Y es que quizá mi casa, mi templo, no sea un lugar sino una forma de estar, de sentir, de vivir, de moverse y dar el oxígeno por supuesto.

Mi casa es algo tan tonto como unas cuantas postales de Van Gogh, una fuente, una encimera verde, un par de bromas, una tarta de queso con speculoos, una catedral. Mi casa es quedarme en silencio a oscuras y mirar al techo, mejor si el techo es un cielo preñado de estrellas. Mi casa son paredes llenas de libros, todos los que he leído y todos los que me quedan por descubrir, una aventura de estanterías, un clima semi-sagrado de silencio y disfrute intenso.

Feliz Día de las librerías, a todo esto.

viernes, 16 de octubre de 2015

Disyuntiva

Llevo demasiado tiempo haciendo malabares con bolas de fuego y, en realidad, es una decisión horriblemente sencilla.

Porque no quiero acostarme encaramada al borde del colchón para evitar rozar una piel que encierra lo que ya no amo. Antes quiero una cama vacía y sábanas frías donde estirarme sin miedo.

Mejor la casa sin ruido que las ganas de morir.

Te doy los aniversarios, las conversaciones a oscuras, los tatuajes sin tinta y las medias noches a cambio de salir. De beber. Del rollo de nunca, que es mejor que el de siempre.

Elijo una carcajada sola antes que mil lágrimas por ti. Prefiero la masturbación a una mirada prohibida.

Sin dudar te escojo los libros que rompen, las catedrales recién amanecidas y una palabra que te parta el alma antes que los futuros por inventar y las mentiras bonitas.

Te cambio este cielo abierto por cualquier escalera y al fin y al cabo, pudiendo cantar con mi propia guitarra, ¿quién querría seis meses de silencio?

Te dejo el circo, los malabares, los y si, quizá, tal vez, si tan solo, y me voy muy lejos, muy alta, muy libre. Porque entre vivir a medias y vivir sin ti, me elijo a mí.


jueves, 14 de mayo de 2015

Se nos quema el monte

"Si puedes soñarlo, puedes hacerlo", decían. Lo decía Andrés, en concreto. Ya sabéis qué Andrés. Mi Andrés. "Querer es poder". Pero resulta que no, que querer es solamente querer. Y a veces, no es suficiente.

Así que estás vendiéndome humo, Andrés, seguramente mientras te lleves a cualquier niña mona detrás de cada escenario. No te juzgo, que esa es tu vida y esta es la mía, y yo aquí he venido porque me dices cosas bonitas, y lo que hagas detrás de una puerta cerrada o incluso en el baño de cualquier discoteca, sin pestillo ni nada, no me importa. Véndeme un incendio, que hasta te diré que me gusta.

El verdadero problema lo tengo con esas personas cuya vida sí te importa y aun así siguen haciendo hogueras con leña verde. Esas personas que de tanto hablar se les va a quemar el monte. Esas personas que no saben que ni el blanco es negro, ni lo malo es bueno, ni querer es poder. Que las cosas son lo que son, y raramente son algo más. Y quizá por eso, porque no saben que poco más podemos esperar, se quedan en nada.

Así que tú, Andrés, véndeme el humo del color que más te guste, cántame todo lo que nunca debiste componer y mientras tanto, besa a la más bella de Madrid y que cada noche tenga un nombre. Eso sí, que siempre calce más de un treinta y seis. No se nos vayan a joder las canciones. Pero el resto, vamos a cuidar del medio ambiente. Vamos a comer más nueces y hacer menos ruido. 

Vamos a callarnos, que hace tiempo que se nos pasó el momento de las palabras vacías.

jueves, 7 de mayo de 2015

La culpa... ¿de quién?

"Creo que en este mundo tienes que elegir cómo cuentas las historias tristes, y nosotros elegimos la versión divertida"

Quiero elegir, siempre que pueda, la versión divertida. Si hay que contar algo, si no puedo pasar por encima de puntillas y ahorrarle a quien no le interesa la versión pre-editada de mi vida, prefiero contar la versión divertida. La versión sarcástica. La versión que te arranca una sonrisa por cómo se ha dicho, por las voces y los gestos que acompañan algo que, tomado en serio, sería muy trágico.

Porque a nadie va a hacerle bien saber que estás mal. Y no nos engañemos, todos estamos mal, por un motivo u otro. Algunos motivos no pesan casi nada y se van con unas risas; otros están hechos de plomo y se esconden fácilmente, porque se hunden hasta el fondo. Pero el caso es que a nadie le ayuda ver que detrás de bambalinas me canso más y me río menos. A nadie le aporta nada el saber que a veces tengo que convencerme durante horas para levantarme y llegar a tiempo a esa reunión que va a quitarme la energía para el resto de la semana. 

Si tengo que desvelar la parte fea de mi vida, los cables y los focos y los decorados sin pintar, elijo, por lo menos, la versión divertida. Y que el fin del mundo nos pille... riendo.

miércoles, 1 de abril de 2015

1 Descripción de un objeto

Es un coche pequeño y viejo, sin suficientes años encima como para poder aplicarle el honroso calificativo de antiguo. Su maletero plano y sus ruedas duras, airosas, le convierten en el perfecto vehículo de ciudad. Arranca sin fallo con un ronroneo contento y se desliza por el tráfico sin dejarse avasallar por carrocerías más brillantes ni motores de una potencia que ni en sus mejores años hubiese podido alcanzar. La pintura plateada está ensombrecida por una pátina de polvo que ningún lavado podría eliminar y solo las luces blancas de marcha atrás consiguen atravesar la capa de suciedad vetusta que se incrusta en los faros. Una línea apenas perceptible recorre el lateral izquierdo, cicatrices de la última persona que aprendió a aparcar con él, y en el lateral derecho manchurrones blancos que se irán comiendo la pintura. En su interior los asientos, a los que hay que encaramarse en lugar de dejarse caer, están veteados de migas de galleta y otros restos de meriendas antiguas, de aquellos tiempos en que la vuelta del colegio lo llenaba de risas y anécdotas. En el hueco debajo del freno de mano, en lugar de llaves o monedas, una bombilla fundida de origen desconocido y una crema de manos que nadie ha utilizado en tres años. También olvidan su utilidad los pañuelos de la guantera, en su caja de cartón todavía sin abrir, o los botones que a ambos lados del volante activan el claxon, tan duros que aunque se intentase pulsarlos a duras penas responderían. Y en pocos días, cuando empiece la primavera, se cubrirá de polen pegajoso de tanto dormir en la calle.


Ya, ya sé que este ya lo he subido. Pero dado que por fin esta señora nos dijo qué quería de nosotros, lo he tenido que repetir ajustándome un poco más (creo) a sus requerimientos, y aquí está. Supongo que hay gente que sabrá cómo se titula...

jueves, 12 de febrero de 2015

2. Descripción de una situación estática

"Un templo nuevo, rectangular, sin más historia que la que presencia cada día. A los lados del Cristo crucificado se abren grietas en la pintura blanca; las paredes están invadidas de humedad y de ese frío que se mete en los huesos y se hace fuerte. Es la misa de familias y los primeros bancos están llenos de niños y adolescentes, al fondo los ancianos que miran, unos sonriendo y otros con reprobación, las distracciones de los más pequeños. Sobre el altar, el pan y el vino esperando a que el sacerdote, con alba blanca y casulla verde, los atienda. “Y Jesús, la noche en que iba a ser entregado...”.
A la derecha, tres familias se arrodillan y agachan la cabeza, en solemne silencio. Algunos pequeños los imitan, protestando por lo frío y lo duro que está el suelo, riendo y empujándose unos a otros. Una de ellos, de pelo negro y sonrisa traviesa, le quita a su madre el pañuelo que ha dejado a su lado y gira, bailarina a destiempo, delante de los primeros bancos. Al fondo, todos los ancianos prendidos de las palabras del sacerdote. “Tomad y comed todos de él...”. Entre los abrigos de pieles y las boinas suaves, ablandadas por el uso, crujen las articulaciones cansadas y una respiración más forzosa que las otras. Una mujer, la mayor de la comunidad, apoya la frente en sus manos enlazadas y desde la silla de ruedas murmura con el celebrante. “Después, tomó el cáliz...”.
Junto al altar, en un círculo de sillas de madera desvencijadas e incómodas, un grupo con guitarras que, de pie, sostienen en difícil equilibrio sus instrumentos. Uno ajusta las cuerdas enredadas en el clavijero, ajeno a la consagración. “Lo dio a sus discípulos, diciendo...”.
Un bebé protesta y su llanto atraviesa el silencio. Pasos apresurados y la puerta que se abre y se cierra; el sonido llega ahora atenuado mientras su padre lo arrulla en el patio. Su hermano pide permiso para salir también, aburrido por la larga ceremonia, y su madre le pide un minuto de paciencia.
Haced esto en conmemoración mía”.
El sacerdote se arrodilla ante el cáliz y la patena y por un momento, se detiene el aire. La bailarina no gira, los ancianos no se acomodan, las guitarras sostienen sus cuerdas, niños y mayores pendientes del milagro. Y después de segundos que quizá sean años, el hombre, de pelo blanco a juego con su vestidura, se levanta.

Se incorporan las familias, suspiran los ancianos despegando las rodillas del suelo congelado. La madre ajusta la bufanda del niño y le deja salir a jugar, en el coro se preguntan unos a otros qué cantamos ahora. El momento ha acabado."

Para los que lo preguntáis, todavía no hemos empezado a corregir, así que no puedo aclararos qué pretenden exactamente estos ejercicios. Pero, para la próxima semana...

3. Descripción de una situación en movimiento. (Sugerencia: un museo, entrada y salida del metro, las taquillas de un cine...)

viernes, 6 de febrero de 2015

1. Descripción de un objeto

En la habitación azul destaca como un faro un cuadro en violentos tonos rojizos. A la luz de un sol moribundo, tres figuras negras, de miembros largos, ondulantes, alzan sus armas contra la manada de antílopes que, sin verles, se aleja hacia los límites de la escena. El marco contiene su huida y el cielo ensangrentado se rasga al ritmo de tambores inaudibles. Los soldados swahilis llevan mantos del mismo color que cubre a los antílopes, hombres y animales moldeados con la misma tierra, seca bajo sus pies, punteada con lanzas de hierba negra. Las hojas del único árbol se han rendido ya al calor y, teñidas de ocre, esperan que se levante una mínima brisa nocturna para caer, derrotadas, y retornar a las raíces. En la Tierra, los colores compactos dibujan una escena violenta; en el cielo, la tela rota por líneas negras se asemeja a la telaraña diseñada por un dios inmisericorde y, quizá, indiferente.


¿Vosotros habéis escrito algo? Y para la próxima semana...

2) Descripción de una situación inmóvil (sugerencia: un parque, el Metro, un café, un atasco...)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Rain

La tristeza es como verte atrapado en mitad de una tormenta cuando tienes cosas que hacer. La vida está esperándote, pero en ese momento solo puedes ocuparte de tus libros mojándose y tus pies calados y el pelo pegándose a tu cara y metiéndose en tus ojos. Estás empapada y no parece que vayas a secarte nunca. Y durante todo el tiempo que dure la tormenta, la tormenta será todo en lo que puedas pensar.


Pero la melancolía es como ver llover desde la ventana. Ves el agua, podrías tocarla. Pero no lo haces. Es la oportunidad de disfrutar de la tristeza, de maravillarte ante su absoluta y destructora belleza, sin que ella llegue a ahogarte.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Exploración

La literatura nos da la oportunidad de explorar todas esas opciones que por ética, por religión, por amor, por odio, por miedo nunca nos atreveríamos a pisar en la vida real. Y ayer yo, que tengo que salir de la habitación si mi padre está leyendo un trabajo mío, me puse encima de un escenario, cogí un micrófono y leí. Hay que dar las gracias a la literatura por estas oportunidades.


Quince minutos en el cementerio

Tus manos son mi caricia / mis acordes cotidianos”… tengo que escribir a Laura. Me encanta este verso, “te quiero porque tus manos / trabajan por la justicia”. Madre mía, no llego. ¿Qué hora es? No, claro que no llego. “Te quiero porque”… ¿Y ahora esto por qué se para? Últimamente el tren va fatal, menuda porquería. Debería intentar el bus, pero claro, a ver quién es el listo que se come el atascazo todas las mañanas, porque por mal que vaya el tren… Esto me pasa por maquillarme y, total, ¿para quién? Para nadie. Esta tarde ni me peino. Paso. “si te quiero es porque sos”, no, en serio, ¿cuánto tiempo vamos a estar aquí parados? ¿Dónde estamos? Ni me había fijado en esta parte de la estación, siempre leyendo… No sabía que aquí tenían trenes. ¿Esos trenes funcionan? No parece. Tienen veinte, veinticinco años, por lo menos. No son tan antiguos, simplemente parecen… Cansados. Trenes cansados y estropeados, con las esquinas desgastadas y redondas… Fíjate, aquel está lleno de graffitis. ¿Los limpiarán y volverán a usarlos, o ya se quedan ahí, para siempre? Están de obras, cómo lo sabía, por eso llevamos aquí diez minutos parados. En este vertedero de trenes. No, no es un vertedero. Los tienen ahí, a la vista de todos. Como diciendo, “mirad lo que nos pasa cuando os bajáis y nos quedamos aquí”. Es triste. Es como… Como un cementerio. ¿Qué me pongo esta tarde? ¿Pantalones? Debería, porque no estoy depilada y las medias solo tapan hasta cierto punto. Pero qué pantalones, he ahí la cuestión. ¿Nos movemos? Hoy a primera hora ya no entro. Total, ya me odia, encima no voy a interrumpir. Mira, mejor, así voy a la biblioteca. ¿Tendrán el libro ese…? ¿Cómo se llamaba? Igual no debería ir a clase. Puede que hoy no fuese el día de intentar hacerlo todo, igual debería haber ido… No, eso sí que hubiese sido un canteo. Hola, qué tal, traigo magdalenas. No, mira, mejor sigo con mi vida, y esta tarde pues me presento allí, y… y… Y ya veré lo que hago. ¿Podré coger el coche? ¿Se podrá aparcar? Como llueva no. Últimamente llueve a todas horas, pero nunca me pilla fuera. Salgo del metro y, qué gusto, el aire está limpio y huele a tierra mojada, parece que el mundo se ha dado la vuelta mientras tú estabas ahí abajo, como si en vez de volver a nacer tú, renaciese la ciudad. Mejor le digo a papá que me lleve. La americana negra con los pitillos. O el jersey rojo. No, el jersey rojo no, no se puede ir a un entierro de rojo, aunque te alegres. Qué bestia, cómo voy a alegrarme de que se haya muerto, vamos, solo faltaba. Una cosa es… Que no, qué bruta puedo llegar a ser. Total, jersey rojo no. ¿Lloraré? No creo. Igual al verle… Creo que no voy a entrar. Me quedo en la biblioteca. Aunque si no consigo concentrarme, mal, pero si me concentro igual es peor. ¿Debería alisarme el pelo? Quita, que seguro que luego llueve. Debería estar con gente. Sí, mejor. Me voy con estos, seguro que convenzo a alguien de ir a la cafetería aunque sea, y voy a no hablar de ello en todo el día. De todas maneras, ¿cómo se puede explicar algo así? ¿Cómo se explica algo que no entiendes? ¿Quién lo entiende? A ver si arranca de una vez. Estos trenes muertos son como tumbas de historias. Alguien ha mirado desde esa ventana igual que yo, preocupado porque llegaba tarde, o muerta de ilusión porque iba a recoger a su novio al aeropuerto… La gente vive cosas increíbles en los trenes y cuando dejan de sernos útiles, los dejamos en cualquier vía y nos olvidamos de ellos, los dejamos donde no molestan, a la vista de todo el mundo, sin tener ni la decencia de cubrir sus cuerpos escacharrados. Puede que yo conociese a Micah en uno de esos trenes y que los esté mirando sin saber que fueron el primer paso en… todo esto. “Lo siento”. Pero no lo siento. “Siento que esté muerta”. Eso sí lo siento. “Siento que tengas que pasar por todo esto y que tengas que hacerlo solo”. Más cerca. Lo siento… Mataría por un café. No, no mataría. Nadie mataría. Pero necesito mantenerme despierta, porque si me duermo ahora… ¿Cómo de pronto es demasiado pronto para tomar una cerveza? ¡Fundamentos neuropsicológicos del lenguaje! Pero no lo van a tener. A no ser que haya ejemplares que no se prestan. ¿Aquí llega el 3G? No, pero hay cobertura. Qué raro. ¿Debería llamarle? ¿Y si lo coge su madre? ¿Quién soy? ¿Sabrá quién soy? ¿Cuánto ha contado en casa? No. Mejor directamente en el cementerio. O un correo. Un correo estaría bien, “¿Cómo estás? Dímelo sinceramente, porque me estoy volviendo loca, no creo que seas capaz de hacer una cosa así, pero tiempos desesperados, no puedo mantener un secreto así y…”. No. Un correo tampoco. Si ahora empezase a llover, quizá se limpiarían los vagones menos viejos, los que están cubiertos de un polvo que todavía se puede derretir. Y caerían cataratas de barro por las ventanas como si estuviesen llorando. Ojalá lloviese y así nadie podría notar que estoy llorando. Aunque el caso es que no estoy llorando y a lo mejor ya no lloro nunca más. Parece mentira que hace un par de años no supiese lo bonito que es el acento de Sussex. Y nunca se lo he dicho. Quizá pueda empezar ahora a decirle todo lo que no le he dicho antes. Algunas cosas podría ahorrármelas, claro. “No te cases”. “No le regales ese anillo, es el que me gustaría a mí, no a ella”. “Desde cuándo el amor es un compromiso y no una promesa, y no te creas que son lo mismo porque…” Pero él lo sabía. Lo sabía, y por eso… ¿Tendrán el ataúd abierto? ¿O es algo de las películas americanas? Si lo tienen abierto, ni me acerco. Aunque si lo tienen abierto es porque se la reconoce, ¿no? Espero que no sufriese, por lo menos. ¿Ella lo sabía? Espero que no, pero creo que sí. Sí, seguramente sí. Nadie está tan ciego. Venir para acabar en un hit and run… No tenía que haber sido así. Nada que empiece así puede acabar bien. Tengo que regalarle algo. Qué absurdo, ¿no? “Oye, tu novia a la que no querías pero con la que te ibas a casar ha muerto, toma, un…” ¿Qué? ¿Dos litros de helado? ¿Una película? ¿Cuál es el protocolo? Imagine me and you, I do, I think about you day and night, it’s only right… Debería habérsela recomendado antes de todo esto. Ahora ya… Tengo que comprar ropa interior nueva, la mía está ya hecha un asco. ¿Qué? ¿Cómo he llegado hasta ahí? Hit and run, sangre, ropa interior, vale. Qué asco. A ver si me paso por el centro. ¿Sabrá que siempre quedan pruebas? Siempre. Se ha visto todas las temporadas de CSI, tiene que saberlo. Pero aunque no lo sepa, nadie lo está investigando, ¿no? Se supone que estaba en Salamanca… Oye, ¿estabas en Salamanca el día que atropellaron a tu novia justo al lado de tu casa? Nadie pregunta eso. ¿Cómo se pregunta eso? Pero si no se lo digo yo, ¿quién? Eso, si no yo, ¿quién? Quién le enseña las librerías de viejo, quién le lleva al Museo del Prado, quién le invita a sus primeras bravas. Parecía recién llegado de Marte, no de Inglaterra. Con su nombre de extraterrestre y su sonrisa, tan… Se lo tendría que decir, sí. ¿Qué has hecho, Micah? ¿Hasta dónde eres capaz de llegar? “mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo”. Solo a mí se me ocurre leer a Benedetti en un día como este. Y encima, no llueve. Quizá es para mejor. Haga lo que haga, alguien va a salir herido, pero no pensaba que lo decía tan literalmente. Seguramente no deba ir. Que se vaya con más paz de la que vino, y ya después… Ya después desenredaremos lo que vamos a hacer. Nunca es demasiado pronto para tomarse una cerveza. Me la voy a tomar, y luego otras cinco o seis, y luego las que caigan, y me voy a ir a casa a dormirla porque es lo mejor que puedo hacer. Ni tacones, ni medias, ni pésames que no sé ni cómo dar. Una borrachera y llorar viendo Imagine Me and You. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué hago metida una hora en un tren para acabar atascada en esta estación inmensa que se usa también como cementerio de trenes? ¿Qué sentido tenía hoy salir de la cama? Hoy, o los últimos nueve meses, ya que estamos. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué has hecho, Micah? Nothing, nothing at all… Ya arrancamos. Por fin. Mira, gotas. Ojalá el diluvio universal, aquí y ahora, y carreras de agua por la ventana. Para abajo, para abajo, que aunque todo lo que sube baja, seguramente no todo lo que baja sube. ¿Qué estoy haciendo? Nothing at all.

martes, 2 de diciembre de 2014

Poesía

Quiero escribir poesía con mi vida.

Quiero subir a la azotea y mirar las luces de la ciudad bajo la noche congelada de diciembre.

Quiero pasar tardes sin sentirlas en cualquier parque.

Quiero que me esperes un día en el portal, las horas que hagan falta, hasta que aparezca y me robes una sonrisa. Porque sí. Y por qué no.

Quiero salir una noche a pasear, la luna y yo solas, sintiendo el silencio.

Quiero que me recuerdes cada vez que veas amanecer.

Quiero bailar bajo la lluvia, que se me pegue el pelo a la cara, arruinar unos zapatos llenándolos de agua.

Quiero una canción, solo una, que me hable de ti sin posibilidad de acierto.

Quiero leer poemas en voz alta, asomada a la ventana. Recitarle a los atascos y a los rascacielos.

Quiero que me coma la melancolía un día y mirar tu casa, sentada en el alfeizar, a través de la lluvia.

Quiero conquistar las costas de Ítaca. Quiero un mar tan azul que parezca un cuento.

Quiero que mi vida sea un verso.

El problema es que estos poemas a solas son solamente horas, y la poesía contigo no se quiere escribir.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Enamórate

La gente te ha advertido que no te enamores. No les hagas caso. Enamórate, absoluta, arrebatadora, catastróficamente. Enamórate como si nunca te hubiesen hecho daño, como si no fuese peligroso. Deja que te rapten sus ojos, que te destroce su sonrisa, que una canción te ponga alas de cera. Arriésgate a volar tan cerca del sol que te precipites al abismo. Desafía a los dioses. Conviértete en uno de ellos.

Enamórate, no lo dudes. Quédate sin aire en los pulmones y sin sueño en las pestañas. Llénate las manos de su nada. Tampoco tú tienes mucho que ofrecerle, pero vacíate en sus dedos. Disfruta de ser mirada como la primera mujer que holló la tierra.

Enamórate, lo digo en serio. No permitas que el miedo te paralice, nunca vale la pena. Cómele la boca como si se os fuesen a acabar los besos, enrédate en su espalda, consumíos en el mismo fuego.

Enamórate y dale el poder de hacerte invisible solo con no mirarte. Confía en que no lo hará, pero no te arrepientas cuando pase. Enamórate y deja que su huracán te lleve por los aires. Enamórate sin fisuras y deja que sea él quien te rompa. Hazte entera de lágrimas, pero no llores por él. Desgárrate por dentro y por fuera, no recojas las esquirlas, deja que se esparzan por el suelo y, de rodillas, míralas brillar.

Ahora que ya no te mira, puedes ser humana de nuevo.

viernes, 31 de octubre de 2014

Un cuento de miedo

Hoy he pensado en ti, no sé por qué.

¿Cómo te va?

¿Quién te llama ahora? ¿A qué sabe tu nombre, a quién se le deslizan esas cuatro letras por la lengua? ¿Quién te besa?

Hoy me he acordado de ti, no sé por qué, y he salido a caminar.

La luna estaba creciente y yo llevaba tacones. Solo se oían, con una sirena de fondo, mis pasos. Qué difícil caminar sin un perro enredado en tus tobillos.

Hoy he pensado en ti, no sé por qué, y me he ido.

Y cuando he vuelto, la casa estaba a oscuras y sola, y he pensado qué pasaría si me esperase en la cama tu boca. Como aquellas veces.

Hoy me he acordado de ti, no sé por qué.

Y me ha salido una poesía, como siempre.

Y aunque me he acordado de ti sin saber por qué, me he dado cuenta de que ya no me acuerdo de tu risa. Era la risa más importante del mundo y ya no sé cómo sonaba. Tampoco me acuerdo de tu voz, ni de tus manos, ni de tu boca ni de tu espalda. Me he acordado de ti, no sé por qué, para darme cuenta de que ya no me acuerdo.

Y eso sí que es un cuento de miedo.

martes, 21 de octubre de 2014

Cuéntame un cuento

Lo bueno de ser joven es que las cosas nuevas no son una pérdida de tiempo ni un esfuerzo inasumible. Las cosas nuevas cuando tienes veintiún años son una oportunidad. Siempre. ¿Debería coger esta clase particular? Sí, puede ser una oportunidad para aprender. ¿Debería intentar hacer estas prácticas? Sí, es una oportunidad para asomarme al mercado laboral. ¿Debería hacer este curso? Sí, es una oportunidad para ver como trabaja el Instituto Cervantes.

Todo es una oportunidad si quieres que lo sea. Y a veces, las oportunidades son únicas e irrepetibles y, aunque es posible que no saque más que una experiencia divertida y emocionante de todo esto, el caso es que se me ha presentado la oportunidad de leer uno de mis cuentos en la Fnac. Delante de gente. Con mi nombre en el programa y todo. No digo que la gente vaya a ir a verme porque, claro, no les sueno. Pero estoy ahí.

Así que, si me queréis... Tenemos una cita el 10 de diciembre

Y os dejo la información de todo el ciclo porque, si sois tan frikis como yo, os interesarán todas las sesiones y no solo la mía. Yo estaré allí, eso seguro.

Podría ser una oportunidad para vernos...

viernes, 18 de abril de 2014

Gabriel

Se nos fue. Después de cien años de crear con la palabra, se marchó a esa muerte-no muerte que siempre ha desafiado en sus libros. Y digo no muerte, porque no se va del todo. Siempre podremos ir debajo del castaño a buscar consuelo.


Os dejo un homenaje pequeño que le hice, sin saber que se me moría mientras lo iba escribiendo.

Las flores del rododendro

Eugenia Guamán vivía en la calle Incachaca, a las afueras de Cochabamba. Todos los días se levantaba de madrugada, desayunaba un alguito y se caminaba la distancia que la separaba de su verdadero hogar. Llegaba para los primeros gritos, la pelea del orinal, quién se lavó las manitos para el desayuno, venga apúrense los mayores, que llegan tarde al kinder…
Eugenia Guamán había sido siempre madre. Primero de sus hermanas, las mayores y las pequeñas, mientras su madre trabajaba desde antes de amanecer hasta bien entrada la noche y su padre se intoxicaba en la chichería, consumiendo gran parte de la plata que ella ganaba. Eugenia aprendió a cambiar pañales y a hacer sopas antes que a escribir su nombre, y desarrolló la extraordinaria capacidad de sostener a un bebé en brazos mientras repartía purés en cuatro boquitas hambrientas con una sola cuchara.
A los diecisiete años, se casó y pasó a ser la madre de su esposo y de sus niñas. Descubrió que la historia se repite y que, tratando de escapar de sus fantasmas, se había metido en una casa embrujada. Durante años entre sus cuatro paredes no hubo más que gritos: gritos embriagados, gritos de terror, gritos que ya no significaban nada, pero se seguía gritando. Envejeció más rápido de lo que le correspondía y su piel se endureció a base de sol y golpes, como el cuero. Un día, se miró al espejo y reconoció a su madre.
—Mamá —le habló, sabiendo que por el cristal se comunican las almas—, mira lo que me enseñaste. No sé mejor que esto. Pero las guaguas crecen fuertes, crecen sabias, mamá. Tienen alma de viejas y entienden mejor que tú y que yo.
Su madre le sonrió, sin saber qué decirle. Nunca habían hablado demasiado y no le parecía que ya traspasada la frontera fuese momento de empezar. Aun así, cada noche Eugenia se deshacía la larga trenza, el negro cada vez más entreverado con plata, delante del espejo y le contaba con voz pausada cómo le había ido el día. Aquello posiblemente le llevase más tiempo del que tenía, pero se acostumbró tanto a la sonrisa bordeada de arrugas de su vieja que no era capaz de dormirse sin haberla visto.
Eugenia había tenido cinco hijas. Dos de ellas habían muerto apenas nacidas, cuando las llevaba a todas partes en el aguayo, pegadas a la piel. Todavía cargaba su imagen y su peso liviano, a pesar de hacer más de veinte años que dormían bajo la tierra. A su marido lo había enterrado también hacía tiempo, pero a él ya lo había cargado bastante en vida como para aguantarlo muerto. Las otras habían crecido para ser tres hermosas jovencitas, más altas y más fuertes que ella, que apenas se despegaron de su falda comenzaron a hacer sus vidas sin pedirle ya más ni perdón ni permiso. Un día se encontró con que no era madre de nadie y se buscó nuevos hijos.
Se plantó delante de aquellas dos mujeres, una tan rubia y la otra tan morena, y sin atender a sus preguntas afirmó “Yo soy madre”. Ellas insistieron. Querían saber su experiencia, si traía referencias, dónde había trabajado antes. Y ella repitió machaconamente “Yo soy madre”. Porque lo era. Lo llevaba en los huesos y, aunque todo acabara, su ser madre seguiría existiendo mientras ella respirase. Por fin lo comprendieron y, sin que nadie protestase, Eugenia se convirtió en la dueña subrepticia del Hogar. En teoría, debería ocuparse tan solo de los bebés y dejar que el resto de empleadas hiciesen la comida, la limpieza y la educación de los más mayorcitos. En la práctica, nadie movía un músculo sin que Eugenia Guamán vigilase y aprobase dicho movimiento.
Podría uno pensar que con diecisiete niños a su cargo, cualquiera se agotaría. Pero no Eugenia. Ella daba sopas, cambiaba pañales, acarreaba bultos berreantes y doblaba kilos y kilos de ropita diminuta sin que el cansancio osase asomar su carita sucia por sus dominios, no fuesen a agarrarlo y obligarlo a lavarse. Sólo se iba a casa bien entrada la noche, cuando las cuidadoras que dormían allí la obligaban a marcharse a empellones. Al principio, dormía mal pensando en sus guaguas. Al fin y al cabo, era su mamita,  así la llamaban, y ¿qué clase de madre se va a otra casa a dormir mientras sus bebés lloran? Con el tiempo se acostumbró a pasar algunas horas separada de ellos, aunque nadie pudo convencerla de que no debía dejar que la llamasen mamita. Mientras viviesen bajo su mismo techo, y hasta que se los llevase su familia definitiva, ella los estaba criando.
Un invierno, cuando el rododendro apenas comenzaba a llenar de flores medio marchitas el patio, se dio cuenta de que sólo tenía un bebé. Romer había llegado hacía un par de semanas, todo huesos, pero ya se le rellenaban las mejillas. Su madre lo había tenido en la calle con ella durante meses, hasta que se había convencido de que lo estaba matando de hambre y lo abandonó a la puerta de algún hospital. Mientras le daba el biberón, sentada al lado de su cuna, Eugenia pensó que aquella tranquilidad no duraría mucho. Efectivamente, aquella tarde llegó Brenda para cambiarlo todo.
Se anunció con un sueño confuso y agitado que tenía despierta a Eugenia de madrugada y que le dejó una sensación de muerte inminente que no se pudo sacudir. Llegó al hogar mucho antes de lo que acostumbraba, con la garganta atravesada de miedo, y solo pudo respirar cuando comprobó que todas las guaguas estaban bien. El día transcurrió con normalidad, aunque aquella ansiedad inexplicable no abandonó a Eugenia hasta que, mientras los mayores merendaban en el patio, ella se retiró al cuartito de las cunas a darle el biberón a Romer. Entonces, entró Anita, la trabajadora social, a entregarle un bultito que era más mantas que bebé. Eugenia dejó a su propia carga en la cuna, apoyando el biberón en la manta para que siguiese alimentándose, y tomó a la niña en sus brazos. Mientras la miraba, aprendiéndose su carita diminuta y colorada, se fue disipando su sensación de angustia. Y lo supo.
—Esta niña se va a morir —le dijo a Anita.
—No, no, qué va —sonrió ella—. Ha estado en el hospital un tiempo, pero ahora ya está bien sana, le curaron la hemorragia en el cerebro y los problemas de estómago, ya está perfecta. Mirá, mirá cómo sonríe.
Pero ella insistió. El bebé tenía los ojos grandes y ausentes de los que ven más de lo que deberían, como si ya estuviese asomándose a la muerte. Pero nadie hizo caso de su presagio, porque los médicos decían que estaba bien. Eugenia decidió entonces no separarse de ella, ni de día ni de noche, pues clamaba al cielo que una criatura tan pequeña tuviese que morir sola. Durante los días que estuvieron juntas, Eugenia la cargó como había cargado a sus hijas, le cantó melodías sin palabras y le habló. Le habló durante horas, del resto de niños que habían dormido en esa misma cuna, de su vida anterior, de lo que podría esperar al otro lado. Le dio mensajes para su madre y sus hijas, para el resto de niños que habían muerto a su cuidado. La niña la miraba con los ojos muy abiertos, comprendiendo sin necesitar palabras, más sabia porque había tenido que aprenderlo todo en muy poco tiempo.
El día que Brenda murió, amaneció el cielo blanco, con una luz de otro mundo que endurecía los colores y afilaba los límites de las cosas. Las cunas, la ventana, la mamadera que dejó apoyada en la manta de Romer, parecían filos cortantes y hacían que, inconscientemente, Eugenia evitase tocarlos. Cuando tomó a la niña, la notó ligera, como si la luz que hería a todos no la tocase. Sabiendo qué iba a pasar, se salió al patio y se sentó en una sillita mientras la casa despertaba. Ajena a los gritos y los llantos del resto, Eugenia acunó a la bebé, que miraba a su alrededor con ojos inteligentes, queriendo llevárselo todo en su viaje. Pasaron las horas lentas, blancas, en una comunicación silenciosa. Por fin, a la tarde, el cielo se tiñó de amarillo y rosa y Brenda cerró los ojos. Se fue serena, sin llorar y, mientras su alma partía, el rododendro se estremeció y se les llenó el patio de flores.