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martes, 19 de marzo de 2019

Mi papá

El otro día, Irene G. Lenguas subió a su instagram algunas fotos de sus materiales de dibujo, y entre ellos un pincel que había sido de su papá. Y dijo que su papá dibuja mucho mejor que ella. Personalmente no puedo elegir, porque les quiero y admiro a los dos, y su estilo es tan distinto que no se pueden comparar. Pero me hizo pensar que Javi también es de esos papás que se convierte en quien necesitan sus hijos que sea, y que les ha dado todo lo que tiene y todo lo que es, para que ellos hagan con eso lo que puedan. O quieran.

Eso es mi papá. Nos lo ha dado todo. A mí, ya os lo conté hace tiempo, me ha regalado la literatura y el arte, los viajes, la música, la mitad de lo que soy y la mitad de lo que tengo. O más. Pero me ha dado muchas más cosas que no son materiales ni cuantificables, ni siquiera demasiado describibles. Nos ha dado, a los tres, una manera de ser y de existir en el mundo.

Hace un tiempo, un amigo me dijo que se notaba quiénes eran "las Velayos", hablando de mis sobrinas en un campamento. Las Velayos Clemente y las Velayos Simarro, que en teoría no habían sido criadas por los  mismos padres. Pero habían tenido el mismo abuelo, que les había contado sus cuentos y cantado sus cancioncitas y convertido San Vicente de Arévalo en un lugar más mágico que Macondo, el mismo abuelo que siempre está disponible para un traslado en coche, el préstamo de una cámara, una discusión a primera hora de la mañana o para explicarte el sujeto y el predicado. El mismo abuelo que había criado a su padre o a su madre y les había enseñado a disfrutar.

Porque mi padre disfruta. Mucho. Disfruta de la comida, de comerla y cocinarla; disfruta de la naturaleza y del pueblo, de los edificios más modernos de las grandes ciudades, de la historia grande y de la intrahistoria, de la cultura chiquita del arado y los mochuelos y de la cultura grande que habita en los museos. Mi padre disfrutaba de su trabajo y tenía una ética laboral impecable que, afortunadamente, nos ha sabido transmitir, pero también disfruta de sus vacaciones y de su jubilación.

Mi padre disfruta estando solo en su despacho, leyendo y estudiando, aprendiendo de la misma forma voraz que cuando tenía veinte años, o eso me cuentan. Pero también disfruta cuando nos juntamos todos y hablamos a la vez y nadie se entera de las conversaciones y discutimos sobre todo, porque mi padre disfruta también de llevar la contraria y de cuestionarlo todo.

Mi padre nos ha hecho ver el mundo como un lugar lleno de belleza y de posibilidades, un lugar infinito que nunca vamos a poder abarcar, y lo ha hecho sin convertirnos en edonistas, sino inculcándonos la responsabilidad y el respeto que conlleva saber que esta Tierra, esta gente, este arte que tenemos es un tesoro.

Si escribiese algo así todos los años, no acabaría de hablar de mi papá. Así de grande es. Al fin y al cabo, es el hombre de mi vida

Feliz día, papá. Sigamos disfrutando.


viernes, 8 de marzo de 2019

Disfrute

Feliz 8 de marzo, amigas, hermanas, compañeras y aliados.

Y este año lo digo totalmente convencida, feliz.

Feliz porque ser mujer es difícil, es confuso y a veces, hasta peligroso. Porque sean micromachismos o violencia que amenaza nuestra vida, todas vivimos bajo el patriarcado. Y todas y todos lo sufrimos. Porque hay mil y una razones por las que gritar, y millones de mujeres que no pueden hacerlo y necesitan que quienes no estamos silenciadas les demos voz.

Pero trescientos sesenta y cuatro días al año soy combativa, y veo las cosas que no me gustan y protesto hasta que me agoto, y educo al que tengo delante y les enseño lo que tanto tiempo me costó ver a mí. Trescientos sesenta y cuatro días al año, las gafas violetas me sirven para ver la injusticia, la desigualdad, el dolor.

Pero hoy, 8 de marzo, día de la mujer, me elijo a mí. Me celebro a mí.

Porque con ser mujer vienen también muchas cosas buenas, algunas por naturaleza y otras por educación, y hoy quiero poner luz sobre ellas y agradecerlas porque, a pesar de ser consecuencia de un sistema patriarcal que las desprecia, todas estas cosas me encantan.



Me encanta que mi educación sentimental me haya llevado a ser más compasiva, más empática, más sensible a las necesidades de los demás. Porque si todos pudiésemos guiarnos más por la amabilidad y menos por las ansias de ser mejor, más grande, más fuerte y más agresivo que el de al lado, nos iría bastante mejor. A nivel humanidad, digo.

Me encanta pensar que un día podré ser dos en una, podré llevar una vida dentro y que esa experiencia nadie más la va a tener, porque es mía, y a la vez será compartida por la mitad del planeta.

Me encanta poder experimentar con mi ropa, mi peinado, mi maquillaje, y una vez desoídas las voces que me decían que necesitaba todo esto para ser atractiva y por tanto valiosa, poder hacer lo que me dé la gana y seguir viéndome guapa, interesante, linda, divertida. Poder llevar botas militares con falda de vuelo y cambiar de cara solo con un poco de eyeliner y que mi melena me deje ser una persona nueva solo con recogerla. La ropa que les obligan a llevar a ellos es, francamente, aburrida. Apuntaos a los vestidos, chicos.

Me encanta poder apreciar la belleza y la sensualidad de hombres y mujeres y que mis amigas también lo hagan, sea cual sea su orientación sexual. Porque hay personas muy atractivas por el mundo y es una pena tener que perdérselo por inseguridad.

Me encanta oler bien, porque el champú y las cremas y los perfumes están hechos con flores y con frutas y con un poco de misterio que no entiendo bien, y nadie espera que me compre cosas que huelen a Action Man Super Power Pro. Chicos, es genial oler a mango y a papaya, deberíais probarlo.

Me gusta ser suave. Me gusta ser linda. No siempre. Pero a veces.

Me gusta tener complicidad con otras chicas cuando cualquier señoro se ve con necesidad de explicarle algo que ya sabe -ah, maravilloso mansplaining-, y esa mirada que compartimos mientras ellos pontifican sobre temas que no conocen lo más mínimo.

Me gusta ver cómo las niñas, especialmente mis niñas, se descubren y se asombran del mundo en el que vivieron sus madres, y cómo quieren cambiarlo de la manera más natural posible: existiendo.

Me gusta que mi sobrina me llame porque quiere que nos veamos en la manifestación esta tarde. Me gusta la sororidad y la comunidad que surgió de que fuésemos el otro. Las otras. Porque ahora no podrán pararnos.

El patriarcado nos ha otorgado muchas cualidades que nadie le ha pedido, y nos las impuso como obligación. Pero, sin que nadie sienta que debe encajar en los rígidos límites que, nos han dicho, significa ser mujer...

Qué bonito es ser mujer.

Lo seas como lo seas. Lo sientas como lo sientas. Feliz, feliz, feliz día.

PD: todo lo anterior son, de hecho, estereotipos que encorsetan a la mujer y al hombre, dividen a las personas en géneros binarios irreales y perpetúan una serie de comportamientos que son dañinos para todas y todos. Click en los links para más información. Pero, como he dicho, hoy quiero ser feliz y celebrar que, a pesar de todo, me encanta ser mujer. A veces, incluso, de una forma tradicional y heteronormativa. La vida, que es muy contradictoria.

domingo, 3 de febrero de 2019

La senda inesperada

El año 2013 lo empecé en el hospital, con un ataque anafiláctico. Unos meses más tarde, después de pruebas en la que mi piel reaccionaba a todos los alérgenos conocidos, me diagnosticaron alergia a la proteína LTP.

La mañana después del diagnóstico me levanté antes que nadie y busqué qué desayunar. No podía tomar cereales (aunque después me dieron permiso), así que adiós a las tostadas, bizcochos, magdalenas... No podía tomar las frutas más habituales en España, y lo que es más trágico, tampoco frutos rojos. No podía tomar trazas de frutos secos, adiós al Cola Cao. Ese día lloré, sola en la cocina, porque no sabía qué podría comer en el futuro.

Así empezó la caza y captura de productos procesados sin trazas, especialmente chocolate, una búsqueda infructuosa que me llevó a intentar seguir una receta de brownie con cacao (el cacao en polvo puro no tiene trazas, gracias a Dios). Después de un mes sin probar mi comida favorita, con tanto mono y frustración que tenía ganas de llorar cada día después de comer al no poder acabar con mi onza de chocolate normal, aquel brownie me supo a gloria.



Aquel diagnóstico comenzó un camino de leer etiquetas, rechazar platos en restaurantes, buscar marcas que tuviesen en cuenta las alergias, entender mejor el funcionamiento de mi sistema inmune y de tomar vacunas que, finalmente, consiguieron que mi nivel de tolerancia al alérgeno llegase al máximo. Ahora hace tres años que puedo comer de todo, pero todavía recuerdo bien qué alimentos tienen trazas, lo difícil que es evitar la contaminación cruzada, y lo difícil que lo tienen los diabéticos, celiacos y alérgicos que por mil razones no pueden curarse de sus intolerancias.

Pero además de mi nueva apreciación por mi cuerpo y mi privilegio, esta alergia me deja la repostería. He aprendido mucho desde aquel brownie hecho por necesidad y desesperación. La mezcla de gozo y alquimia que es sacar un bizcocho del horno y convertirlo en el centro de una celebración no puede compararse con otras alegrías en mi vida. Educar a un niño, estudiar mi tesis, viajar por el mundo, escribir un cuento, me enriquecen y me hacen feliz, pero hornear tiene un resultado que se ve, se toca y se saborea, que está delante de ti desde el momento en el que abres el horno. Muchas cosas parecen inútiles, su objetivo perdido en un futuro hipotético, pero hacer una tarta es material e inmediato. Es magia, es ciencia y es un subidón de autoestima.

No de todo lo malo sale algo bueno. No todo tiene un porqué. Pero quizá sin la necesidad de hacer mi propia bollería, no habría encontrado esta fuente de felicidad. Si no hubiese seguido este camino que mi alergia me abría, al cerrarme todos los demás, no hubiese llegado hasta aquí. Gracias, querido y defectuoso sistema inmune, por este regalo.


sábado, 5 de enero de 2019

Queridos todos

Querido DosMilDieciocho, querido DosMilDiecinueve, querido blog... Hace casi un año que no nos veíamos. Y no ha sido despiste, no te creas: ha sido totalmente a propósito. Necesitaba saber si funcionábamos. Si tenía sentido seguir dedicándote tiempo, cuando a veces me cuestas tanto esfuerzo y me dabas, aparentemente, tan pocas satisfacciones. Cuando podría estar escribiendo un diario en un cuaderno y, quizá, me leería la misma gente. Teníamos que darnos un tiempo para darnos cuenta, o para dármela yo, de que a veces el roce no hace el cariño.

Porque este año me he descubierto muchas, muchas veces pensando qué entrada publicaría ese día, cómo celebraría un acontecimiento público o privado, qué querría que reflejase mi esquina de la red en aquel momento. Llevas conmigo muchos años y, aunque seamos solos tú y yo de la mano, parece que van a ser por lo menos algunos días más. 

Y por no faltar a las buenas costumbres, veamos qué fue del año pasado. Porque menudo año...

DosMilDieciocho me dio la oportunidad de seguir trabajando en mi primer colegio y acabar el curso inmensamente agradecida no solo por todo lo enseñado, sino por todo lo aprendido. Porque me llevo a esos niños para siempre. Porque he aprendido muchas cosas que quiero del futuro, y también muchas que no. Y porque además en septiembre he podido volver a empezar, con cole nuevo, niños nuevos y compañeras nuevas, y eso también es un regalo.

DosMilDieciocho nos volvió a recolocar ante la vida, porque nunca puedes dar por supuesto la seguridad, y a pesar del miedo, nos ha dado también esperanza y ganas de seguir luchando. Estos empujones pueden tirarte al suelo, pero también pueden ayudarte a mirar la vida desde otro sitio y a recolocar prioridades, alianzas, integridades. Creo que ha sido más lo segundo que lo primero... Aunque haya tenido también que levantarme alguna vez.

DosMilDieciocho me ha traído cuatro países y diez ciudades nuevas. Un viaje en solitario. Congresos, vacaciones, escapadas, un musical. Infinitas oportunidades para este culo inquieto, y ganas de seguir moviéndolo.

DosMilDieciocho me ha traído más tiempo y más formas de escribir. No tanto como yo querría -a lo mejor nunca sea suficiente...-, pero sí un paso más en el camino de llamarme escritora. Y personas con las que recorrerlo, que es algo que tanto echaba de menos... En DosMilDoce dejé de poder encontrarme con mi última tribu y solo puedo dar gracias a la vida porque, en un lugar tan diferente y con otras personas, he vuelto a encontrarla.

DosMilDieciocho me ha traído empezar un idioma nuevo, un idioma sin palabras que espero seguir practicando todos los días aunque cueste. Me ha traído formación en mediación, para ser mejor profesora. Me ha traído mucho trabajo (y menos del que debería) leyendo e investigando a mis escritoras, que es una familia que ha crecido mucho estos meses. Incluso me ha traído un libro de recetas que quiero hacer entero. En definitiva, me ha traído curiosidad y oportunidades de seguir aprendiendo.

Y sobre todo, DosMilDieciocho me ha traído amor. Paciencia, cariño, dolor, comprensión, tradiciones nuevas y antiguas, risas y lágrimas y ganas de seguir aprendiendo a querer como yo quiero, y como tú quieres.

Gracias por todo, DosMilDieciocho. Quizá porque tengo que resumirlo todo en una sola entrada, pareces más intenso y más lleno que otros.

Y a ti, DosMilDiecinueve, no te propongo nada. Solo le pido una cosa a los Reyes: que me sorprendan. Como cuando era pequeña. Y ahora, me voy a comer roscón.

lunes, 8 de enero de 2018

Para el año que empieza

En el año que empieza, quiero vivir más tranquila. Quiero tratarme mejor y ser compasiva, con los demás y con mis propios errores, mis propias inseguridades y limitaciones. Quiero darme ánimos y tratarme bien, para querer estar más conmigo.

En el año que empieza, quiero tener más amor. Cuidar a quien me habita, mirarme en sus ojos y ver a la persona que quiero ser a su lado. Recuperar amigos y relaciones, tener bien cerca a la familia, abrirme a personas nuevas y no dejar que el debo, a veces ni siquiera el quiero, me quite tiempo para amar.

En el año que empieza, quiero dedicar tiempo a lo que me hace feliz. A leer mucho y bien, a descubrir historias nuevas, propias y ajenas, a recorrer rincones distintos, a emocionarme delante de un cuadro y a aprender de cero los sabores. A aprender una lengua nueva y quizá, a recuperar alguna no tan antigua.

En el año que empieza, quiero arriesgar. No sé cuándo, dónde ni de qué manera, pero salir de la zona de confort que se convierte en cárcel si no la abandonas.

El año anterior tenía objetivos concretos, mensurables, palpables, y fallé. Estrepitosamente. No quiero acabar el año con sensación de fracaso, si al fin y al cabo lo que hay que hacer es vivir. Así que este año, no hay fechas ni cifras, no hay listas. Hay solamente la plena intención de cuidarme, de cuidarles, y de ser feliz.

Que el año que empieza me lo permita.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Querido DosMilDiecisiete...

Querido DosMilDiecisiete:

seré breve, y dos veces buena. 

Has tenido altibajos. Has sido casi una montaña rusa. Has traído la vuelta al lugar donde he sido tan feliz que, la verdad, no debería intentar volver nunca. Has traído kilómetros de autobús. Has traído salir de mi zona de comfort por todas partes. Has traído días en blanco. Has traído decepciones y satisfacciones, angustia puntual y ganas de salir corriendo, a veces.

Me has traído independencia, valentía e incluso atrevimiento, ganas de comerme el mundo y los medios para hacerlo, pero también fracasos como no haber escrito casi nada. Aunque cómo me ha gustado lo que he escrito.

Has traído rechazo y aceptación, días de la marmota y gigantescos pasos adelante.

Y has traído amor. De todos los colores, de todos los sabores, de todos los tamaños. Todo el amor del mundo.

Querido DosMilDiecisiete, has sido un año de crecer, de avanzar, de empezar el resto de mi vida.

Querido DosMilDieciocho, si los comienzos son emocionantes... Que las continuaciones no lo sean menos.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Santificarás las fiestas

Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca.

Lo dijo Borges, pero podría ser una niña de cinco años que se aprendía poesías de Machado por la noche con su padre y soñaba con escribir. Podría ser una niña de ocho años que devoraba libros para niños más mayores y esperaba a que sus compañeros los descubriesen también para hablar de ellos. Podría ser una niña de diez años que se ponía nerviosa en la Feria del Libro porque había demasiados libros. Podría ser una niña de trece años que se sentía sola, excepto cuando entraba en su rincón de internet y hablaba de libros con gente que no conocía. Podría ser una niña de quince años que descubría que existía la carrera de Filología Hispánica y le ponía nombre a su vocación. Podría ser una niña de dieciocho años que decidía qué forma tenía su futuro, y este estaba entre los libros, claro. Podría ser una niña de veintitrés años que terminaba su primer libro y todavía no se lo creía.
Podría ser cualquiera que se encuentre a gusto entre estanterías, entre almas afines que se aceleran pensando en que nunca podrán comprar, ni almacenar, ni leer todos los libros que hay en esta sala. Cualquiera que piense que el Retiro está más bonito lleno de casetas, y la Plaza Mayor nunca ha estado más bonita que en estas dos semanas pasadas. Cualquiera que vea que hoy hay descuentos en libros y sienta que es día de fiesta.

Feliz día de las librerías a todos.

martes, 31 de octubre de 2017

Quiero, puedo y debo

El 13 de septiembre publiqué mi última entrada. El 18, tuve una entrevista de trabajo. El 19, estaba dando clase. A finales de mes, me mudé. Y la vida me comió. Los días se convirtieron en una sucesión de deberes que había que tachar de una lista que añadía tres elementos por cada uno que completaba; una lista infinita de cosas interesantes -como pensar actividades para trabajar el significado de las palabras o el Don Juan Tenorio-, de cosas tediosas -como corregir comentarios de texto-, de cosas agobiantes -como organizar el trimestre para que me diese tiempo a darlo todo-, de cosas necesarias -como limpiar mi casa o un par de viajes a Ikea-... 

Hace un mes y medio, renuncié a mis quiero, renuncié incluso a mis necesito, por el debo. Ese debo omnipotente que me reclamaba mirase donde mirase, que no me dejaba leer ni quedar con mis amigas ni ponerme al día con las series, ni por supuesto escribir. Un debo al que sobreviví solo por una altísima capacidad de organización, la paciencia inagotable de los que me rodean y un cierto modo "supervivencia" que se activa en estos periodos de mi vida y que me permite seguir adelante sin pensar en todo lo que querría estar haciendo en lugar de.

Ayer, a mitad de la tarde, dejé parados todos los debos -que cada vez son menos, según soy capaz de organizarme más y mejor en menos tiempo- y me fui a Tipos Infames, donde presentaba su nuevo cuento ilustrado Páginas de Espuma y Samanta Schweblin. Y según avanzaba la fila para que la autora me firmase el libro, pensé, ¿qué le digo? Porque odio plantarme ante un escritor, no una Almudena Grandes ni un Javier Cercas que deben firmar cien libros por hora, sino una persona que también se siente persona, y solo decirle mi nombre como si valiese más su firma que su obra.

Y entonces me di cuenta de que el primer libro que leí de Páginas de Espuma fue Siete casas vacías. Yo estaba buscando concursos de cuentos para enviar los míos, y a Schweblin le acababan de dar el Ribera del Duero. Y que ahora, que la vida me había comido, que después de escribir un libro en cuatro meses solo había escrito un cuento este año, volvían a publicar mi cuento favorito, que se independizaba por derecho propio y, además, con ilustraciones. Samanta Schweblin era como una aparición que regularmente volvía a recordarme que soy mujer, que soy cuentista, que quiero escribir.

No quiero. 

Puedo. 

Necesito. 

Y debo escribir.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Guilty Pleasure

En inglés existe una expresión que antes me gustaba mucho. Guilty pleasure. Placeres culpables. Aquellas cosas que son de baja calidad, que se consumen a escondidas y con algo de vergüenza, porque uno sabe que están por debajo de su refinamiento y capacidad intelectual.

Los best sellers. Las comedias románticas. Las revistas de cotilleo. El número uno de los 40 principales. La comida rápida. La parte más popular y denostada de la cultura, la gastronomía y el arte. La que ciertamente no estimula ni el intelecto ni el buen gusto, sino los placeres más primitivos, los que te hacen chuparte los dedos cubiertos de grasa y juzgar a desconocidos por su celulitis en el último posado playero.

Hace un tiempo que decidí que yo no iba a tener ninguno de estos placeres. Porque cualquier cosa que me produzca placer, y que no haga daño a nadie, no debería acompañarse de culpa. No voy a disculparme por disfrutar de las películas de Marvel, de ciertas comedias románticas, de los musicales o las patatas del McDonald's. Me encantan. Me hacen feliz.

Esto no quiere decir que piense que todas estas cosas son grandes obras de arte. Creo que algunas están infravaloradas, y otras son directamente un tubérculo grasiento que me toca directamente en el centro del placer del cerebro. Obviamente, las obras de Shakespeare y Cervantes, las óperas de Wagner y los platos de cualquier estrella Michelín son objetivamente superiores a este tipo de placeres, y los elegiría en cualquier momento en el que quisiese enriquecer mi alma, mi mente y mi experiencia. 

Quien confunda su gusto personal con la calidad de lo que consume mezcla dos conceptos muy distintos, pero quien no sepa disfrutar de algo que sabe que no tiene una gran calidad se está perdiendo muchas cosas. Y yo me alegro infinitamente de que mi capacidad de análisis, mi formación y mi espíritu crítico no me impida disfrutar, y no sentirme en absoluto culpable, de una tarde viendo musicales.

No permitáis que el placer se convierta en culpa.




PD: Del hecho de que la mayoría de placeres culpables sean elementos de la cultura considerados tradicionalmente "femeninos" como la música pop, la prensa rosa, las novelas románticas o los culebrones, hablaremos en otro momento. Porque no todo va a ser derrotar al patriarcado; a veces, hay que comerse una hamburguesa.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Privilegios

No se puede decir que sea una persona atlética. Mi resistencia es escasa, mi coordinación mano-ojo prácticamente nula, hace un par de años que no practico ningún deporte regularmente y en julio me quedé sin aliento persiguiendo a un niño de tres años. Las cosas como son.

Pero me gusta nadar, y bailar, y montar en bici. Me encanta caminar por la montaña y, a mi ritmo, ir superando las cuestas, los obstáculos, las barreras que la propia naturaleza me presenta. Me encanta orientarme -a medias- por la ruta, mirar atrás y poder ver todo lo que he avanzado, quitarme la mochila y notar el viento en la espalda, que un bocadillo de jamón me sepa a cinco estrellas Michelín después de tres horas caminando, llegar a casa y darme una ducha que me deje como nueva. Tumbarme en la cama y sentir cada uno de los músculos que no utilizo normalmente.

Me encanta notar que mi cuerpo responde, que le puedo pedir que haga prácticamente cualquier cosa y sí, claro, le costará. No está acostumbrado. Pero responde, y cada músculo que se contrae cuando yo quiero es un triunfo.

Me encanta porque me hace estar agradecida. Porque mi revolución fue decir "no" a la industria cosmética, decir "no" a las tallas de ropa y a los pesos, a las imágenes de perfección inalcanzables y a los bajones de autoestima. Mi revolución fue decidir que mi cuerpo sería un vehículo, solo la realización material de mis deseos; que mis piernas serían transporte y mis brazos ayuda, mi estómago motor y la grasa acumulada, gasolina. Mi revolución fue situar mi valor como persona totalmente fuera del aspecto de mi cuerpo, para poder utilizarlo como un medio y no como un fin, para disfrutarlo y no castigarlo con dietas y con deportes que odiaba, pero quemaban más calorías. Mi revolución fue alimentarme mejor para cuidar mi cuerpo, no para hacerlo más pequeño, y practicar deporte porque puedo, no porque debo.

A veces se me olvida. A veces no me acuerdo de que soy una privilegiada, porque casi todo mi cuerpo funciona como debería, y me lleva a cualquier parte, y le puedo pedir cosas que parecían imposibles. Porque ahora trabajo con él, no contra él, y le cuido y le quiero como parte de mí misma, no como un ente extraño que se me revela. Caminar y asombrarme de la belleza, agotarme, disfrutar, llegar más lejos de lo que hubiese pensado posible, es un privilegio.

Y me encanta.

viernes, 21 de julio de 2017

Expectativas

En el último mes, a dos comentarios sobre mi persona radicalmente distintos, he contestado "Es que soy una persona sencilla".

Soy perfectamente consciente de que esto es mentira.

No soy sencilla. No quiero ser sencilla. Soy una persona compleja, como casi todas las personas de este mundo, con gustos tan variados que me haría  la misma ilusión que me regalasen un Funko de Hermione Granger o las obras completas de Alejandra Pizarnik, con aspiraciones excesivamente diversas, con unos objetivos a corto, medio y largo plazo que volverían loco a cualquiera, con convicciones contradictorias que hago convivir a golpe de disonancia cognitiva. Con la intención de serlo, sentirlo y vivirlo todo.

Pero he aprendido a aceptar lo que viene. A preocuparme de lo que tengo entre las manos, de lo que puedo hacer, controlar y arreglar. A dejar ir las cosas que nunca podré comprender, a no estresarme por lo que no está en mis manos, a aceptar que a veces las cosas son lo que son y no puedo cambiarlo.

Hay sufrimientos que no podremos evitar. Hay heridas que no van a cerrarse nunca, personas que no van a volver, distancias que no pueden superarse, desgarros que ni siquiera mi madre podría juntar-que-junto-estabas. El dolor es inevitable.

Pero también he aprendido que la mayor parte del sufrimiento viene de no aceptar la situación en la que te encuentras. Porque la otra persona debería haber sabido lo que yo quería, porque debería haber dicho y hecho, porque con esta edad debería ser así, porque la justicia universal me debe esto. Pero el deber y la justicia universal muchas veces no existen, y la telepatía todavía tengo que verla para creerla. Todos tenemos una idea muy clara de cómo deberían ser las cosas, e incluso las personas, y esta normalmente no se corresponde con la realidad. Y aunque parte de esta realidad puede cambiarse -algunos errores pueden repararse, y siempre puedes aprender inglés-, otra parte no.

No diré que lo he conseguido, pero sí intento dejar de vivir en lo que debería ser, y aceptar lo que es. Y aunque sea una persona compleja, como la mayoría, esta aceptación me hace más flexible, me ayuda a adaptarme a las situaciones, me facilita navegar el sufrimiento inevitable y me ahorra muchos que no lo son. Simplifica la vida, pues no tengo que conciliar todos mis debería y hacerlos chocar con lo que tengo delante, sino simplemente dejarlos ir e intentar trabajar con lo que sí existe.

Y por eso, sí, de algún modo soy una persona sencilla.

miércoles, 12 de julio de 2017

Kintsugi

En la cultura japonesa existe una técnica, el kintsugi, que significa “carpintería en oro”. Surgió en el siglo XV, cuando el emperador envió a arreglar unas tazas que apreciaba mucho y fueron reparadas toscamente, con grapas. El emperador volvió a pedir que las arreglaran, demostrando el respeto que merecían esas piezas. Entonces, los artesanos unieron los trozos con resina mezclada con oro. El resultado fueron unas tazas más fuertes, más bellas y únicas, pues sus roturas no eran iguales a las de ninguna otra pieza de cerámica.

El kintsugi se puede aplicar también a las personas: cada fracaso, cada rotura, se puede reparar toscamente, o se puede ocultar el daño y fingir que no está aquí. El resultado será una cerámica débil, con grietas, que ya no podrá cumplir su propósito. Sin embargo, también se puede reparar con comprensión, cariño, con el amor de los demás y a uno mismo, y a través de la oración. Esta reparación dará lugar a una persona más compleja, pero también más fuerte, cuyos defectos y fracasos la hacen única, cuyas cicatrices reflejan lo que ha vivido y lo que ha aprendido.

Expansión - Paige Bradley

He estado nueve días intentando comprender que mis errores, que mis equivocaciones y mis fallos, todos los dolores que acumulan mi cuerpo y mi mente, son las grietas que me hacen única. Que antes de romperme, todo era más fácil, pero también menos intenso y menos bello. Que no debería intentar olvidar ni ocultar las cosas que no hice ni las que hice mal, las cosas que me han moldeado a golpe de martillo, sino que debería hablar de ellas y enorgullecerme, porque sobreviví. Porque aprendí. Porque con tiempo, mucho tiempo, las he rellenado de resina y oro. Me he hecho más fuerte, más bella y más única gracias a ellas.

No debo esconderlas.

jueves, 1 de junio de 2017

Sapir-Whorf

Las palabras pueden cambiar el mundo.

Que no lo digo yo, que lo dicen Edwar Sapir y Benjamin Lee Whorf.

Aparentemente, existe una teoría en el campo de la psicología y la lingüística, que se podría considerar determinismo lingüístico, que explica cómo y por qué el lenguaje que emplee un individuo puede afectar a su visión del mundo, su memoria y la forma en la que clasifica o conceptualiza la realidad: la hipótesis de Sapir-Whorf. Esta hipótesis determina que, por ejemplo, un hablante puede dar más importancia a la forma o al material del que está hecho un objeto, según la estructura de su lengua materna. O que se pueden distinguir más o menos colores, en función del vocabulario disponible en el idioma.

Esta es una hipótesis controvertida y muy criticada, sobre todo en su versión fuerte, y mi conocimiento de la misma es limitado y wikipédico, pero no hace más que confirmarme una cosa: que las palabras que utilizamos, las categorías gramaticales que manejamos, el idioma en el que pensamos estructura y afecta al propio pensamiento.

Por eso, decir "persona con autismo" o "persona con discapacidad" en lugar de autista o discapacitado no es una cuestión de ser un modernito. Es reflejar que primero y antes que todo, la persona es persona, y además tiene autismo.

Por eso, mirarse al espejo y ver tus muslos grandes, tus estrías, tu cara de pan y tus pechos pequeños y pensar, qué guapa que estoy, voy a salir a comerme el mundo, puede darte la confianza para hacerlo. Para comerte el mundo y todas las pizzas que hagan falta.

Por eso, es muy distinto decirse "hoy ha sido un día poco productivo" que pensar "soy una persona improductiva, vaga y hoy no he hecho nada de provecho". Cosa que tengo que recordarme en esos días en los que, como hoy, no he hecho absolutamente nada y me siento fatal.

Por eso es radicalmente distinto llamarse feminista que llamarse igualitario, o humanitario, o todos esos palabros con los que salen por la tangente para no decir que no saben lo que es feminismo.

Por eso se recuperan palabras como marimacho, feminazi, bollera, maricón, bi-ciosa, palabras que han sido lanzadas como insultos, como piedras con las que los insultados se han hecho murallas. Porque las palabras pueden hacer daño pueden lanzarse o pueden utilizarse para construir, para cambiar la forma de ver el mundo. Porque hablamos de acuerdo a nuestra ideología, pero también nuestra ideología puede cambiarse, poco a poco, según lo que pensamos.

Porque no lo digo yo, aunque también lo digo.

Las palabras pueden cambiar el mundo.

jueves, 30 de marzo de 2017

365 días después

Felicidades.

No porque haya pasado un año más. Eso no ha sido ni culpa ni mérito tuyo. Pero felicidades, por todo lo que has pasado en este año.

Porque has elegido el futuro, tu futuro. Porque has sobrevivido. Porque has seguido formándote y aprendiendo, creciendo como escritora, como filóloga, profesora y feminista. Como persona también, que es más difícil.


Porque has amado sin condiciones, sin reservas, entregándote entera pero sin perderte. Porque has vivido el amor más romántico, sin caer en el mito, en la dependencia, en la toxicidad. Felicidades porque te he encontrado, porque me has salvado.

Felicidades por tu apuesta, sea el que sea el resultado.

Aunque sea un poco egocéntrico, felicidades a mí misma. Porque ha pasado un año más. Y he vivido.

miércoles, 29 de marzo de 2017

¿Esto qué es lo que es?

Vamos a ver, centrémonos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de sororidad?

Porque en su nombre he oído verdaderas barbaridades. Por ejemplo, que si pretendes ser feminista, no te puede caer mal, vamos, no puedes ni mirar esquinada a otra mujer. O que todas deberíamos defender las acciones de las demás, lo cual se relaciona con esa fantástica idea de que todo lo que haga una mujer es feminista. En nombre de la sororidad se crucifica a la mujer que critica a otra, como si las feministas fuésemos unicornios, seres fantásticos de absoluta perfección.

A ver si nos estamos equivocando.

En mi opinión —que como sabéis es humilde—, sororidad es la hermandad entre mujeres, base del feminismo, sí. Pero esto no significa que seamos perfectas. Significa, más bien, apoyar y celebrar a otras mujeres; dejar a un lado la envidia y la rivalidad que otros nos imponen en esa carrera por ser la más guapa, la más lista o la más amada; no criticar a otras mujeres por cómo visten, por no trabajar fuera de casa, por tener o no tener hijos, por tener tanto o tan poco sexo como quiera; no atribuir su éxito al atractivo físico o a la auto-prostitución.

Una mujer, por supuesto, te puede caer mal porque sea aburrida, maleducada o te parezca algo tonta. Un hombre así también te desagradaría. Una mujer puede ser machista, o cometer errores, y habrá que decirlo, siempre desde el respeto y con ganas de construir, no destruir. Una mujer te puede parecer menos atractiva que otra, o puede no gustarte tu ropa; pero sororidad significa celebrar todos los cuerpos y el derecho a ponerte lo que te dé la gana, por encima de tu atracción o gusto personal. 

Sororidad significa, simplemente, rechazar la idea de que las mujeres estamos en una competición por el primer puesto. No creerse que el comportamiento base entre dos mujeres sea la competitividad y la envidia. No caer en la pelea de gatas.

Solo así podemos avanzar: no adelantándonos, sino caminando juntas.

martes, 21 de marzo de 2017

Eres tú

Fábulas de la garza desangrada

«Envío»

a mi madre, y a la estatua de mi madre,
a mis tías, y a sus modales exquisitos,
a Marta, así como también María,
porque supo escoger la mejor parte,
a Francesca, la inmortal, porque desde su infierno insiste
en cantarle al amor y a la agonía,
a Catalina, que deslaza sobre el agua
las obscenidades más prístinas de su éxtasis
únicamente cuando silba el hacha,
a Rosario, y a la sombra de Rosario,
a las erinnias y a las furias que entablaron
junto a su cuna el duelo y la porfía,
a todas las que juntas accedieron
a lo que también consentí,
dedico el cumplimiento de estos versos:
porque canto,
porque coso y brillo y limpio y aún me duelen
los huesos musicales de mi alma,
porque lloro y escribo en una copa
el jugo natural de mi experiencia,
me declaro hoy enemiga de ese exánime
golpe de mi mano airada
con que vengo mi desdicha y mi destino,
porque amo,
porque vivo y soy mujer, y no me animo
a amordazar sin compasión a mi conciencia,
porque río y cumplo y plancho entre nosotras
los mínimos dobleces de mi caos,
me declaro hoy a favor del gozo y de la gloria.

Rosario Ferré

A ti, que escribes.

También a ti, que lees.

A ti, que lo eres. No de una manera silenciosa y como ausente, no el objeto de una pluma ajena sino sujeto bien activo de tus palabras, tus actos, tu cuerpo y mente, tu vida. De tu gozo y de tu gloria.

Feliz día mundial de la poesía.

domingo, 19 de marzo de 2017

Palabras para...

Hace exactamente un año, le escribía a él. Pocos días después, no estábamos seguros de que él fuese a estar para responderme. Por suerte, está. Más presente que nunca. Y aunque en este blog no me escribe, sé que podría decirme algo parecido a esto.

Palabras para Julia

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

No sé decirte nada más
pero tu debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,

como ahora pienso...

José Agustín Goytisolo

Gracias por ser, papá. Y por estar, siempre siempre. Que sepas que hoy -como todos los días- te pienso.

viernes, 17 de marzo de 2017

La belleza está en el interior

Hoy se estrena la versión "más vivos que nunca" de La Bella y la Bestia.

Algunos se estarán meando en las bragas de emoción porque les encanta ver un clásico de su infancia reconvertido en lo que tiene toda la pinta de ser un peliculón. Pero muchos cogerán su fobia a las princesas Disney y enarbolarán sus carteles feministas al grito de "mimimi síndrome de Estocolmo", "mimimi mujer frágil", "mimimi cambia para agradar a tu hombre". Y ya no me quiero meter con "mimimi Emma Watson ha enseñado las tetas y no puede ser feminista" porque ya se ha explicado ella solita y lo ha hecho la mar de bien.

Personalmente, me muero de ganas por ver esta película. Como niña que creció con la nariz metida en un libro, me gustaban otras niñas así. Hermione Granger, Matilda, Bella... Mujeres que valoraban las aventuras y las enseñanzas de la ficción, que vivían mi mayor afición como una maravillosa forma de estar en el mundo, que convertían un motivo de burla en el núcleo de su heroicidad. Que me hacían sentir que no estaba sola, que no era tan diferente y que, si lo era, no tenía por qué significar algo malo.

Bella es una mujer que, a diferencia del resto de princesas clásicas, lee. Que aprende. Que quiere viajar y vivir aventuras por su cuenta.

Además, Bella es una mujer que rechaza a Gastón, el hombre más guapo del pueblo, porque es un chulo arrogante y pagado de sí mismo, que solo la quiere a su lado para hacer bonito. Le rechaza con firmeza una y otra vez, a pesar de su amabilidad innata, y no se deja amilanar por su comportamiento de chulo-playa que no consigue engañarla.

Bella es una mujer que no solo no espera a ser salvada por ningún hombre, sino que se lanza al rescate de su padre y se ofrece a ser encarcelada en su lugar, pues sabe que ella sí será lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Que se enfrenta a una manada de lobos armada solo con un palo. Que defiende a Bestia frente a todos los aldeanos y lucha por lo que cree correcto. 

Bella es una mujer que no acepta las invitaciones de Bestia mientras él es un bruto, maleducado y zafio que solo la quiere, como Gastón, para hacer bonito a su lado, para limpiarle la casa y para aguantar sus ataques de ira. Bella solo acepta cenar con él una vez él cambia su comportamiento, la respeta, conoce sus gustos y le regala su librería como forma de pedir perdón y de valorar sus intereses, esos intereses que van más allá de los de cualquier hombre. Bella no adopta el comportamiento de su secuestrador, síntoma de un Síndrome de Estocolmo, sino que le exige a él que cambie: solo una vez Bestia ha comprendido que no puede comportarse como un elefante en una cacharrería, y que ella no es un "mueble" más en su palacio, ella empieza también a respetarle, conocerle, comprenderle y, finalmente, quererle.

Bella es una mujer que se enamora al ritmo de una canción que habla de que la belleza está en el interior. Es una mujer que ha sido rechazada por sus vecinos, y que defiende a Bestia del miedo irracional de estos. Que se acerca al excluido y comprende lo que hay por debajo de una superficie aterradora. Y qué importante es esto para esos colectivos que se mueven por los límites
.

Bella es una mujer fuerte, inteligente, que tiene intereses propios, que lucha por lo que es correcto, que no solo es amable con los demás sino que espera que ellos también lo sean con ella y que se niega a comprometerse con un hombre que no la ama por lo que es sino por su aspecto.

Y todo esto lo hacía antes de que Emma Watson metiese mano. Al parecer, en esta nueva entrega Bella es inventora, no utiliza corsé y se sube al caballo con botas de montar y la cabeza más alta que nunca. Y si los feministas mimimi tienen algo que objetar, me gustaría saber qué película están viendo.

Yo ya estoy de camino al cine.

martes, 14 de marzo de 2017

Querido Freud.

Querido Freud,

llevas muerto unos cuantos años. Afortunadamente, un día conseguiremos enterrar todas tus teorías contigo. Porque es difícil estar equivocado de manera tan absoluta como tú; parece que lo hayas hecho aposta. A lo mejor estabas riéndote de todos nosotros y se nos ha escapado la broma.

Porque, querido Freud, la mayoría de las niñas no tienen envidia de pene. Ninguna que yo conozca, desde luego. Es más: ninguna niña en el ancho mundo ha sufrido una castración como tú dices porque, agárrate a la silla, tanto niños como niñas como todos los géneros intermedios comienzan con la misma estructura. Échale una pizca de andrógenos durante el desarrollo fetal, y se convierte en un pene. Deja que siga desarrollándose y se convierte en un clítoris. Si las circunstancias se complican, nos encontramos con una persona intersexo, pero bastante movida te estoy montando como para meterme en eso ahora. Otro día.


Querido Freud: el orgasmo vaginal no es mejor que el clitoriano. De hecho, lamento decirte que el orgasmo vaginal no existe: también es clitoriano. Porque el clítoris no es una cosica pequeña y escondida en el exterior de la vagina, sino que se extiende también por dentro y es su estimulación, tanto interna como externa, lo que provoca el orgasmo femenino. Incluso aunque el orgasmo "vaginal" fuese mejor que el otro, te voy a dar un disgusto: no lo es porque involucre a un pene, porque un instrumento recto es la peor manera de estimular el clítoris internamente. Adivina qué sí consigue estimularlo bastante bien. Exacto.

Querido Freud: a estas alturas, lo debes estar flipando. Verás cuando alguien te comente que tener un hijo no soluciona de ninguna manera una envidia de pene que no existe. Muchas mujeres tienen hijas, y seguimos sin pene. Muchas mujeres tienen hijos sin que un hombre intervenga más de lo estricta y biológicamente necesario. Muchas mujeres no tienen hijos, tienen libros, o carreras, o viajes. Y eso también solucionaría la inexistente envidia de pene.

Sigmund, permíteme que te tutee porque a estas alturas has estado suficientemente involucrado con mis genitales como para que me tengas hasta las narices. Porque, vamos a ver, Sigmund, ¿quién en su sano juicio, poseyendo un clítoris, tendría envida del pene? El clítoris, querido Sigmund, no está expuesto para que cualquier golpe nos deje fuera de combate. El clítoris tiene más de ocho mil terminaciones nerviosas, y tu amado pene no tiene más que unas cuatro mil. El clítoris es el único órgano cuya función exclusiva es la de proporcionar placer. Tengo todo un órgano, querido Sigmund, dedicado a pasármelo bien.

Y tú tienes un pene, el subconsciente empantanado y un montón de teorías que a estas alturas están siendo desmentidas una por una.

Como para tenerte envidia.


viernes, 3 de marzo de 2017

Feliz marzo, feliz mujer

¡Feliz mes de la mujer!


Sí, sí, lo sé. El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. Pero febrero es el Black History Month en Estados Unidos, país que necesita desesperadamente más de un mes para aprender de su racismo pasado y presente, y siempre me ha gustado la idea de dedicar más de un día a los temas sobre los que más necesitamos aprender y mejorar. Así que cuando me enteré de que en algunos países se celebra durante todo marzo la importancia de la mujer, no he podido resistirme.

Llamadme feminista loca. Lo soy.

Este año, por suerte o por desgracia, parece que mi mes de marzo va a ser el más ocupado del curso, así que no creo que pueda escribir una entrada cada día (de hecho, ya voy con tres de retraso...), pero voy a intentar subir todas las que pueda. Aguantadme todo lo que podáis, también.

Quiero empezar con una definición breve y básica pero que me sorprende comprobar que algunas feministas actuales, abanderadas e importantes dentro del movimiento -por lo menos dentro del movimiento español y literario, que quizá sea el que más cerca me toca- no conocen:

interseccionalidad


Interseccionalidad significa simplemente reconocer todas las realidades que pueden influir en la experiencia de un determinado colectivo. Me explico: una mujer puede vivir discriminación no solo por su género, sino también por su raza, su orientación sexual, su clase económica, su religión o la religión del país en el que vive... El feminismo fue en sus inicios un movimiento blanco, heterosexual y de clase media. Una lucha contra los confortables campos de concentración. Y durante mucho tiempo estas mujeres han protestado por su desigualdad, sin darse cuenta de sus grandes privilegios, de que utilizaban la voz que estos les daban sin cedérsela a sus hermanas negras, a sus hermanas lesbianas, a sus hermanas transgénero, a sus hermanas pobres, a sus hermanas que morían, literalmente, por el hecho de ser mujeres en otro país, en otra cultura, en otro planeta.

Es tiempo de cambiar. Es tiempo de reconocer las dificultades que no ser blanca añade a ser mujer. Es tiempo de reconocer los prejuicios añadidos que sufren las mujeres que aman a otras mujeres. Es tiempo de ceder el micrófono, de acercarse a todas las realidades y no solo a la propia, es tiempo de que el feminismo no sea una moda adoptada por aquellas casi tan privilegiadas como los hijos predilectos del heteropatriarcado.

Es el mes de la mujer, amigas.

Felicidades.