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jueves, 6 de junio de 2019

Radical


Hace tres años me compré esta camiseta. En principio, me hacía gracia. Porque feminismo es simplemente eso: la creencia de que las mujeres son personas. No las madres, las hijas, las novias de alguien, no un objeto decorativo ni quien tiene que venir a salvarte de tu propia inutilidad doméstica y emocional. Y sin embargo, para muchas personas es una noción radical.

Jeje.

Me hacía gracia. Pero ahora no me hace nada de gracia. Porque he llegado a comprender que quiero ser una feminista radical. Y con esto no quiero decir que quiera buscar la supremacía de las mujeres, no. Ni por supuesto que pertenezca a la ideología TERF (Trans Exclusionist Radical Feminists, es decir, feministas tránsfobas que han decidido que pueden establecer quién es una mujer y quién no), porque de hecho me parece aberrante tanto su postura como el hecho de que se hayan apropiado del feminismo radical.

El feminismo radical no es eso. El feminismo radical simplemente quiere ir a la raíz del problema, es decir, al sistema. Siempre me ha gustado llevar la contraria y quizá eso sea lo que me ha salvado la vida, porque fue la rebeldía la que me llevó al feminismo y al movimiento body-positive.

El primer paso para mí en aceptar mi cuerpo fue leer todos y cada uno de los mensajes que decían que las mujeres con sobrepeso eran preciosas, que la piel oscura era sexy, que las estrías son rayas de tigre e impactos de rayo y que fuese cual fuese tu talla deberías calzarte unos tacones, pintarte los labios con la sangre de tus víctimas y salir a matar el patriarcado.

Y no tengo problema con eso, porque me ayudó a aceptar mi cuerpo (la mayoría de los días). El problema de esta perspectiva es que no cambia el sistema en el que si eres atractivo eres válido, solo amplía la definición de atractiva, guapa, sexy. Y mi cuerpo no tiene que ser sexy ni le tiene que gustar a nadie. Mi cuerpo tiene que realizar sus funciones básicas, tiene que permitirme llevar la vida que quiero y necesito llevar. Mi cuerpo tiene que estar vivo y yo tengo que cuidar de él, y esa es la única exigencia que se le impone.

No quiero redefinir lo que significa ser guapa. Quiero eliminarlo totalmente de la ecuación, que no entre dentro de mis virtudes ni de mis defectos, porque mi curiosidad, mi sentido de la justicia, mi perseverancia, mi pasión, mi entrega, mi compromiso, mi servicio, mi querer cuestionarlo todo, mi mente y mi alma y mi presencia en el mundo, es lo que soy. Y mi cuerpo es solamente donde vivo.

 No quiero recolocar ni redefinir: quiero tirarlo todo abajo y construirlo de cero.Seamos radicales.

martes, 19 de marzo de 2019

Mi papá

El otro día, Irene G. Lenguas subió a su instagram algunas fotos de sus materiales de dibujo, y entre ellos un pincel que había sido de su papá. Y dijo que su papá dibuja mucho mejor que ella. Personalmente no puedo elegir, porque les quiero y admiro a los dos, y su estilo es tan distinto que no se pueden comparar. Pero me hizo pensar que Javi también es de esos papás que se convierte en quien necesitan sus hijos que sea, y que les ha dado todo lo que tiene y todo lo que es, para que ellos hagan con eso lo que puedan. O quieran.

Eso es mi papá. Nos lo ha dado todo. A mí, ya os lo conté hace tiempo, me ha regalado la literatura y el arte, los viajes, la música, la mitad de lo que soy y la mitad de lo que tengo. O más. Pero me ha dado muchas más cosas que no son materiales ni cuantificables, ni siquiera demasiado describibles. Nos ha dado, a los tres, una manera de ser y de existir en el mundo.

Hace un tiempo, un amigo me dijo que se notaba quiénes eran "las Velayos", hablando de mis sobrinas en un campamento. Las Velayos Clemente y las Velayos Simarro, que en teoría no habían sido criadas por los  mismos padres. Pero habían tenido el mismo abuelo, que les había contado sus cuentos y cantado sus cancioncitas y convertido San Vicente de Arévalo en un lugar más mágico que Macondo, el mismo abuelo que siempre está disponible para un traslado en coche, el préstamo de una cámara, una discusión a primera hora de la mañana o para explicarte el sujeto y el predicado. El mismo abuelo que había criado a su padre o a su madre y les había enseñado a disfrutar.

Porque mi padre disfruta. Mucho. Disfruta de la comida, de comerla y cocinarla; disfruta de la naturaleza y del pueblo, de los edificios más modernos de las grandes ciudades, de la historia grande y de la intrahistoria, de la cultura chiquita del arado y los mochuelos y de la cultura grande que habita en los museos. Mi padre disfrutaba de su trabajo y tenía una ética laboral impecable que, afortunadamente, nos ha sabido transmitir, pero también disfruta de sus vacaciones y de su jubilación.

Mi padre disfruta estando solo en su despacho, leyendo y estudiando, aprendiendo de la misma forma voraz que cuando tenía veinte años, o eso me cuentan. Pero también disfruta cuando nos juntamos todos y hablamos a la vez y nadie se entera de las conversaciones y discutimos sobre todo, porque mi padre disfruta también de llevar la contraria y de cuestionarlo todo.

Mi padre nos ha hecho ver el mundo como un lugar lleno de belleza y de posibilidades, un lugar infinito que nunca vamos a poder abarcar, y lo ha hecho sin convertirnos en edonistas, sino inculcándonos la responsabilidad y el respeto que conlleva saber que esta Tierra, esta gente, este arte que tenemos es un tesoro.

Si escribiese algo así todos los años, no acabaría de hablar de mi papá. Así de grande es. Al fin y al cabo, es el hombre de mi vida

Feliz día, papá. Sigamos disfrutando.


sábado, 23 de febrero de 2019

Me nació la conciencia

Tengo seis años. Es el primer día que vamos con el colegio a natación. Yo llevo mis braguitas de bañador y, aunque nadie dice nada, veo a mis compañeras fijarse en mí y reírse. Cuando llego a casa le digo a mi madre que quiero que me compre un bañador deportivo completo, que me cubra el pecho que todavía no tengo.

Tengo diez años. En el recreo, una niña se me queda mirando y de repente grita, ¡Bea tiene bigote!. Cuando llego a casa me tengo que acercar al espejo para verme el vello, ligero y claro, que me crece encima del labio. Me lo afeito con una maquinilla de mi hermana, muerta de vergüenza.

Tengo unos once años y algo de tripa. Mi hermana me ve mirarla, acomplejada, y me dice que, claro, es que tengo que meter tripa. Lo hago y se queda plana, y ya no dejo de hacerlo un solo día de mi vida.

Tengo doce años y mi mejor amiga me habla de cómo ha conseguido que su madre le deje depilarse las piernas. Yo le miro su piel morena y su pelo casi invisible y cuando llego a casa le digo a mi madre que me tengo que depilar también, porque todas las niñas de mi edad lo hacen ya.

Tengo trece años y en el colegio se ríen de mí. Entre otras cosas, dicen que soy igual que Yoli, la de los Serrano. Llevo gafas, pero yo no me veo la cara tan redonda como ella, por lo menos al principio. Luego me lo empiezo a creer y cuando mi madre me propone que vayamos a NaturHouse a que me pongan a dieta, yo acepto entusiasmada.

Tengo quince años y me voy a depilar el bigote por primera vez, después del incidente con la maquinilla. Han pasado cinco años pero sigo mortificada por esa sombra de vello. Mi madre me enseña a hacerme la cera en casa y luego me dice que me depile también la parte de la mandíbula, justo debajo de las patillas. Nunca me había fijado en que ahí también tuviese pelo o en que fuese algo antiestético, pero lo hago.

Tengo dieciocho años y una amiga que hace ballet me dice que se le ha retirado la regla, el médico dice que a lo mejor está muy delgada. Dos semanas después, me dice que no puede comer pan porque está a dieta. Y yo miro mi cuerpo, tres tallas mayor que el suyo, y me quiero morir.

Una mujer aprende a odiar su cuerpo desde muy pequeña, y nunca deja de aprender nuevas razones para hacerlo. Nunca se queda sin zonas que corregir. Y este aprendizaje no es formal: nadie te dice explícitamente que tu cuerpo es feo y gordo y que debes aprender a hacerlo más pequeño, más inodoro, más delicado, más controlado.

Los mensajes llegan de todas partes y de donde menos te lo esperas. Mi madre y mi hermana me quieren con locura y, más importante, son mujeres inteligentes, formadas y conscientes de la sociedad machista en la que vivimos, y luchan activamente contra ella en su trabajo y en su casa. Y aun así me enseñaron a odiar partes de mi cuerpo, porque querían ayudarme, porque no querían que se riesen de mí y me llamasen fea o gorda. Como si eso fuese lo peor que puede ser una mujer.

Pero lo bueno es que si algo se aprende, se puede desaprender. Me ha llevado mucho tiempo saber por qué odio las partes de mi cuerpo que odio, y aprender a quererlas por lo que son: apariciones naturales, signos de que soy una persona, un animal, un mamífero; piernas que me llevan a sitios y reservas de energía y órganos que, gracias a Dios, funcionan a pleno rendimiento. Me ha llevado tiempo y energía y memoria, y tener que perdonar a quienes me transmitieron esos mensajes, porque ellas también los recibieron, y a mí misma porque seguramente se los haya transmitido a otras niñas.

Pero ese es el primer paso. Darse cuenta. Y empezar a desandar lo andado.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Querido DosMilDiecisiete...

Querido DosMilDiecisiete:

seré breve, y dos veces buena. 

Has tenido altibajos. Has sido casi una montaña rusa. Has traído la vuelta al lugar donde he sido tan feliz que, la verdad, no debería intentar volver nunca. Has traído kilómetros de autobús. Has traído salir de mi zona de comfort por todas partes. Has traído días en blanco. Has traído decepciones y satisfacciones, angustia puntual y ganas de salir corriendo, a veces.

Me has traído independencia, valentía e incluso atrevimiento, ganas de comerme el mundo y los medios para hacerlo, pero también fracasos como no haber escrito casi nada. Aunque cómo me ha gustado lo que he escrito.

Has traído rechazo y aceptación, días de la marmota y gigantescos pasos adelante.

Y has traído amor. De todos los colores, de todos los sabores, de todos los tamaños. Todo el amor del mundo.

Querido DosMilDiecisiete, has sido un año de crecer, de avanzar, de empezar el resto de mi vida.

Querido DosMilDieciocho, si los comienzos son emocionantes... Que las continuaciones no lo sean menos.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Mío, mío y mío

Mi profesor de historia del arte me dijo una vez que apreciar la belleza de algo significaba no querer poseerlo. Me pareció un concepto muy poético y elevado, pero lo cierto es que para mí es todo lo contrario. Cuando veo un cuadro, un vestido o una casa bonita, me encantaría que fuesen míos. Si tuviese el dinero que vale La noche estrellada, puedes apostar todo el que tengas a que lo compraría. No lo escondería en una galería privada como una cerda egoísta, porque también creo que el arte y la belleza deben ser universales. Pero desde luego que querría que fuese mío.

Sin embargo, no creo que algo tenga que ser literalmente tuyo para apreciarlo y cuidarlo como si lo fuese. No entiendo el desprecio a las zonas comunes, el descuido al alquilar una casa o un coche, el desentenderse de la calle o de las áreas naturales solo porque no sean estrictamente de tu propiedad privada. Aunque no sean tuyas, son de alguien, o son de todos, y merecen ser cuidadas por ello. Y en el caso de un apartamento alquilado o del mismísimo planeta, aunque no sea tuyo, estás viviendo en él, ¿qué mejor motivo para cuidarlo?

Lo que me parece más peligroso, e incluso amoral, es que este sentido de pertenencia se extienda a las personas. Hay gente que solo defiende a sus amigos, minorías que solo luchan por los derechos de su propio colectivo, hombres que solo entienden la igualdad de género cuando tienen una hija. Todo importa más cuando te toca de cerca, está claro: mueve más la implicación emocional que la intelectual. No todos podemos luchar activamente por todas las causas. Pero esto no significa que despreciemos los derechos de otros, que ignoremos deliberadamente  las preocupaciones de quien tenemos al lado, simplemente porque no son nuestras.

No voy a ir a casa de un amigo y limpiarle hasta el baño, pero sí voy a ayudarle a recoger la mesa después de comer. No es mi casa, no son mis platos, pero soy un ser humano decente o al menos lo intento, así que no voy a dejar mi basura extendida por el salón. De la misma forma, no soy negra, ni una persona transgénero ni tengo una discapacidad, pero no voy a dejar mi basura extendida sobre estas personas simplemente porque sus problemas no son míos. Dentro de cien años, esta Tierra ya no será mía, pero no quiero dejar un vertedero nuclear a quienes vengan detrás; ni a mis hijos ni a los de los demás.

La pertenencia es buena, pero no es necesaria. Si sabes cuidar lo que es tuyo, también sabes cuidar lo que es de otros. Y sus casas, sus árboles y sus derechos son igual de importantes que los tuyos, aun cuando no ponga tu nombre en ningún contrato.

¿Por qué es tan difícil de entender?

sábado, 2 de septiembre de 2017

Guilty Pleasure

En inglés existe una expresión que antes me gustaba mucho. Guilty pleasure. Placeres culpables. Aquellas cosas que son de baja calidad, que se consumen a escondidas y con algo de vergüenza, porque uno sabe que están por debajo de su refinamiento y capacidad intelectual.

Los best sellers. Las comedias románticas. Las revistas de cotilleo. El número uno de los 40 principales. La comida rápida. La parte más popular y denostada de la cultura, la gastronomía y el arte. La que ciertamente no estimula ni el intelecto ni el buen gusto, sino los placeres más primitivos, los que te hacen chuparte los dedos cubiertos de grasa y juzgar a desconocidos por su celulitis en el último posado playero.

Hace un tiempo que decidí que yo no iba a tener ninguno de estos placeres. Porque cualquier cosa que me produzca placer, y que no haga daño a nadie, no debería acompañarse de culpa. No voy a disculparme por disfrutar de las películas de Marvel, de ciertas comedias románticas, de los musicales o las patatas del McDonald's. Me encantan. Me hacen feliz.

Esto no quiere decir que piense que todas estas cosas son grandes obras de arte. Creo que algunas están infravaloradas, y otras son directamente un tubérculo grasiento que me toca directamente en el centro del placer del cerebro. Obviamente, las obras de Shakespeare y Cervantes, las óperas de Wagner y los platos de cualquier estrella Michelín son objetivamente superiores a este tipo de placeres, y los elegiría en cualquier momento en el que quisiese enriquecer mi alma, mi mente y mi experiencia. 

Quien confunda su gusto personal con la calidad de lo que consume mezcla dos conceptos muy distintos, pero quien no sepa disfrutar de algo que sabe que no tiene una gran calidad se está perdiendo muchas cosas. Y yo me alegro infinitamente de que mi capacidad de análisis, mi formación y mi espíritu crítico no me impida disfrutar, y no sentirme en absoluto culpable, de una tarde viendo musicales.

No permitáis que el placer se convierta en culpa.




PD: Del hecho de que la mayoría de placeres culpables sean elementos de la cultura considerados tradicionalmente "femeninos" como la música pop, la prensa rosa, las novelas románticas o los culebrones, hablaremos en otro momento. Porque no todo va a ser derrotar al patriarcado; a veces, hay que comerse una hamburguesa.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Privilegios

No se puede decir que sea una persona atlética. Mi resistencia es escasa, mi coordinación mano-ojo prácticamente nula, hace un par de años que no practico ningún deporte regularmente y en julio me quedé sin aliento persiguiendo a un niño de tres años. Las cosas como son.

Pero me gusta nadar, y bailar, y montar en bici. Me encanta caminar por la montaña y, a mi ritmo, ir superando las cuestas, los obstáculos, las barreras que la propia naturaleza me presenta. Me encanta orientarme -a medias- por la ruta, mirar atrás y poder ver todo lo que he avanzado, quitarme la mochila y notar el viento en la espalda, que un bocadillo de jamón me sepa a cinco estrellas Michelín después de tres horas caminando, llegar a casa y darme una ducha que me deje como nueva. Tumbarme en la cama y sentir cada uno de los músculos que no utilizo normalmente.

Me encanta notar que mi cuerpo responde, que le puedo pedir que haga prácticamente cualquier cosa y sí, claro, le costará. No está acostumbrado. Pero responde, y cada músculo que se contrae cuando yo quiero es un triunfo.

Me encanta porque me hace estar agradecida. Porque mi revolución fue decir "no" a la industria cosmética, decir "no" a las tallas de ropa y a los pesos, a las imágenes de perfección inalcanzables y a los bajones de autoestima. Mi revolución fue decidir que mi cuerpo sería un vehículo, solo la realización material de mis deseos; que mis piernas serían transporte y mis brazos ayuda, mi estómago motor y la grasa acumulada, gasolina. Mi revolución fue situar mi valor como persona totalmente fuera del aspecto de mi cuerpo, para poder utilizarlo como un medio y no como un fin, para disfrutarlo y no castigarlo con dietas y con deportes que odiaba, pero quemaban más calorías. Mi revolución fue alimentarme mejor para cuidar mi cuerpo, no para hacerlo más pequeño, y practicar deporte porque puedo, no porque debo.

A veces se me olvida. A veces no me acuerdo de que soy una privilegiada, porque casi todo mi cuerpo funciona como debería, y me lleva a cualquier parte, y le puedo pedir cosas que parecían imposibles. Porque ahora trabajo con él, no contra él, y le cuido y le quiero como parte de mí misma, no como un ente extraño que se me revela. Caminar y asombrarme de la belleza, agotarme, disfrutar, llegar más lejos de lo que hubiese pensado posible, es un privilegio.

Y me encanta.

lunes, 7 de agosto de 2017

Recuerdos

Tengo doce años. Estoy en el patio del colegio con dos amigas, y dos de nosotras tenemos la espalda apoyada en la verja que da a la calle. De pronto, la niña que está mirando hacia fuera abre desorbitadamente los ojos y nosotras nos volvemos. Hay un hombre sentado en una moto, vestido entero de negro y con el casco puesto. Solo alcanzo a ver un borrón de color carne en su mano antes de salir las tres corriendo. Aunque nos reímos, nerviosas, no somos capaces de contárselo a nadie más.

Tengo trece años. Estoy metida en un foro de literatura donde conozco a mucha gente, y después de mucho hablar con un usuario sobre los libros que nos gustan y los géneros que nos interesan, creyendo que le conozco, me dice que si hablamos por MSN. En privado, me cuenta que cree que tiene fimosis y me pregunta cómo comprobarlo por sí mismo, cómo debería tocarse para averiguarlo. Cierro la conversación, le bloqueo y tardo más de tres años en volver a darle mi correo a nadie.

Tengo quince años. Voy en un autobús abarrotado y estoy nerviosa porque llego tarde a un examen de física. Hay mucho tráfico y el autobús va dando tantos frenazos que el hombre que tengo detrás me va golpeando la espalda. De pronto me doy cuenta de que los empujones no son involuntarios, y que ese bulto no es una cartera. Me muevo como puedo por el autobús, intentando alejarme de él, pero me sigue. Finalmente, exclamo "¡qué asco, joder!" y más gente le ve, pero nadie hace nada, así que me bajo una parada antes y llego sin aliento al examen.

Tengo dieciséis años. Son las siete y media de la mañana, estoy esperando al autobús, y un coche con dos o tres chicos dentro se detiene delante de mi parada y bajan la ventanilla. Pensando que quieren indicaciones, me quito los auriculares y escucho todo lo que me harían, y si quiero que me lleven.

Tengo diecisiete años. El profesor de educación física no nos deja ponernos una sudadera a la cintura cuando corremos y, el día que nos examinamos bailando chachachá, tenemos que ponernos tacones y falda corta y mover el culo mientras un señor de sesenta años nos mira.

Tengo diecinueve años. Mientras hablo con una amiga en un banco del Metro, un señor mayor se sienta a nuestro lado y nos pregunta qué estudiamos, dónde vivimos, si tenemos novio. Al final, nos pide dos besos e intenta dárnoslos en la boca. El respeto que tengo a los mayores me impide mandarle a la mierda, como deseo.

Tengo diecinueve años. Estoy con una amiga de viaje, comiendo un trozo de pizza frente al Coliseo. Un chico se sienta a nuestro lado y en un italiano macarrónico nos pregunta si tenemos novio. Mi amiga miente y dice que sí, pero yo no sé mentir y digo que no. Después de veinte minutos de conversación absurda, pues ninguno de los dos dominamos el idioma, me invita a cenar con él. Yo le rechazo. Se ofrece a buscarnos al día siguiente, y yo le rechazo. Nos pregunta si queremos conocer a otro amigo y salir de fiesta juntos, y yo le rechazo. Sigue insistiendo hasta que me invento que aunque no tengo "fidanzzato", sí estoy empezando algo con un chico en Madrid. Ahí se despide y se marcha, respetando más a mi hipotético "amico" que a mis cinco o seis rechazos.

Tengo veinte años. La niña a la que doy clases particulares me dice que su madre vendrá a buscarla al acabar, porque esa mañana, mientras iba al colegio, un hombre se ha acercado en la calle desierta y le ha tocado los pechos. Yo me trago la indignación y le digo que hoy puede estar impresionada, pero mañana ya no puede dejar que ningún hombre le impida hacer nada. 

Tengo veintiún años. Salgo de fiesta con dos amigas y los compañeros de clase de una de ellas. Casi al final de la noche, una de ellas me dice que le gusta uno de los chicos, pero no se separa de su amigo, así que bailo un rato con él, para que ella pueda hablar con el otro chico a solas. Me cae bien, pero no me atrae. Cuando intenta besarme, le esquivo y él se cabrea. Me dice que soy una calientapollas, que si no quería nada para qué bailo con él y que le "debo" algo. Me voy a casa con ganas de llorar o de matar a alguien.

Tengo veintidós años. Acabo de salir del gimnasio y voy caminando deprisa hacia casa, con mis deportivas, mis mallas y un abrigo grueso. Es casi la hora de cenar y estoy deseando ducharme y meterme en la cama. Un chico más joven que yo se cruza conmigo en la calle desierta y, sin decir nada, me toca la entrepierna. Yo le insulto y le empujo contra un coche y, aunque él se aleja riéndose, yo llego a casa deseando haber hecho algo más.

Tengo veinticuatro años. Voy caminando por la calle al lado de mi padre. No es de noche, no estoy sola, no llevo falda corta. Un chico me mira de arriba a abajo, se relame y me lanza un beso. Mi madre, que iba detrás de nosotros, se queda con ganas de decirle algo.

Tengo veinticuatro años. He quedado para tomar un helado a media tarde y me pongo unos vaqueros cortos y una camiseta pero, como sé que mi amiga vendrá arreglada de trabajar, aprovecho para lucir mis cuñas de esparto. Nada más salir a la calle un chico me chasquea la lengua como a un perro y me dice que soy una "mami preciosa".

Tengo veinticuatro años. Y me pregunto si esto va a parar algún día.

jueves, 1 de junio de 2017

Sapir-Whorf

Las palabras pueden cambiar el mundo.

Que no lo digo yo, que lo dicen Edwar Sapir y Benjamin Lee Whorf.

Aparentemente, existe una teoría en el campo de la psicología y la lingüística, que se podría considerar determinismo lingüístico, que explica cómo y por qué el lenguaje que emplee un individuo puede afectar a su visión del mundo, su memoria y la forma en la que clasifica o conceptualiza la realidad: la hipótesis de Sapir-Whorf. Esta hipótesis determina que, por ejemplo, un hablante puede dar más importancia a la forma o al material del que está hecho un objeto, según la estructura de su lengua materna. O que se pueden distinguir más o menos colores, en función del vocabulario disponible en el idioma.

Esta es una hipótesis controvertida y muy criticada, sobre todo en su versión fuerte, y mi conocimiento de la misma es limitado y wikipédico, pero no hace más que confirmarme una cosa: que las palabras que utilizamos, las categorías gramaticales que manejamos, el idioma en el que pensamos estructura y afecta al propio pensamiento.

Por eso, decir "persona con autismo" o "persona con discapacidad" en lugar de autista o discapacitado no es una cuestión de ser un modernito. Es reflejar que primero y antes que todo, la persona es persona, y además tiene autismo.

Por eso, mirarse al espejo y ver tus muslos grandes, tus estrías, tu cara de pan y tus pechos pequeños y pensar, qué guapa que estoy, voy a salir a comerme el mundo, puede darte la confianza para hacerlo. Para comerte el mundo y todas las pizzas que hagan falta.

Por eso, es muy distinto decirse "hoy ha sido un día poco productivo" que pensar "soy una persona improductiva, vaga y hoy no he hecho nada de provecho". Cosa que tengo que recordarme en esos días en los que, como hoy, no he hecho absolutamente nada y me siento fatal.

Por eso es radicalmente distinto llamarse feminista que llamarse igualitario, o humanitario, o todos esos palabros con los que salen por la tangente para no decir que no saben lo que es feminismo.

Por eso se recuperan palabras como marimacho, feminazi, bollera, maricón, bi-ciosa, palabras que han sido lanzadas como insultos, como piedras con las que los insultados se han hecho murallas. Porque las palabras pueden hacer daño pueden lanzarse o pueden utilizarse para construir, para cambiar la forma de ver el mundo. Porque hablamos de acuerdo a nuestra ideología, pero también nuestra ideología puede cambiarse, poco a poco, según lo que pensamos.

Porque no lo digo yo, aunque también lo digo.

Las palabras pueden cambiar el mundo.

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Sería una Criada?

Hace una semana leí —más bien, devoré con verdaderas ansias— la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que tanto está dando que hablar a raíz de su adaptación a la televisión. Aunque fue publicado en 1985, es de una preocupante actualidad. Supongo que esto es lo que pasa con todas las distopías, con toda la buena ciencia ficción: que es inmortal —al menos, hasta que es superada por la ciencia—.

Sin entrar en muchos detalles, porque me encantaría que el mayor número posible de gente lo lea o vea la serie, os cuento que cuenta la historia de Defred, una mujer viviendo en una sociedad futura, pero no muy lejana, en la que los roles sociales y especialmente los de las mujeres están rígidamente divididos. Por un grave problema de natalidad, todas las mujeres con capacidad reproductiva han sido nombradas Criadas, pertenecen a un Comandante y debe procrear con él para que, junto a su Esposa, puedan criar al bebé de acuerdo a los ideales ultracatólicos del nuevo régimen.

Es una premisa fantástica y, a pesar de que la novela tiene casi ninguna acción y consiste en una descripción exhaustiva de esta sociedad distópica, tambíen es un libro fantástico. Una gran diferencia con otras distopías que he leído es que la protagonista sí sabe que hay otra sociedad posible, que existe otra forma de vida: el régimen de Gilead ha sido instaurado solo tres años antes del presente de la historia. Defred recuerda a su marido y su hija, recuerda trabajar y tener su propio dinero, la libertad de ser mujer a finales del siglo XX, la lucha feminista en la que estuvo involucrada su madre, los derechos que uno a uno le fueron quitando. Defred conoce las mentiras del régimen y sabe lo que ha perdido. Defred ha sido educada para ser una mujer libre y, sin embargo, es la perfecta Criada.

Leyendo el libro, quería pensar que yo no lo haría. Que no elegiría la esclavitud, el verme reducida a un cuerpo, menos aún, a un útero. Que intentaría escapar, que me rebelaría, que elegiría ser asesinada o enviada a las Colonias (campos de trabajo forzoso) antes que aceptar que me arrebatasen la libertad de elegir, de leer, de hablar, de pensar y de sentir. Pero también sé que es fácil perderse los primeros signos de alarma, que cuesta menos agachar la cabeza y pensar que ya pasará, que no sería la primera ni la única en sucumbir al miedo y pensar que otros vendrían a arreglarlo por mí.

¿Podría convertirme en una Criada? ¿Podría abandonar mi educación y mis principios? ¿A cuánto estaría dispuesta a renunciar a cambio de un poco de seguridad? 

miércoles, 17 de mayo de 2017

La universidad de la calle

Hace una semana que estoy en la calle, captando socios para ACNUR. Así que ya sabéis, si a alguien le interesa, que se pase por Granada y yo le apunto.

Lo malo que tiene la calle es que a veces llueve, a veces hace demasiado calor y siempre tienes que estar de pie mucho rato y te revientas los riñones. Lo bueno es que te enseña muchas cosas. Por ejemplo, que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, o que un viernes a las seis de la tarde hay mucha gente paseando por el centro histórico de Granada con toda la prisa del mundo. 

También te enseña a quién tienes que parar y contarle la de refugiados que necesitan su ayuda —60 millones, por si os lo preguntabais—. Y no hay que parar a la gente que va de compras y no tiene prisa, ni a las señoras con joyas que tienen de sobra para dar 15€ al mes. No hay que parar a la gente que va con una Biblia en la mano y cara de superioridad, aunque sí a las religiosas porque, aunque no puedan colaborar, te escuchan con amabilidad. Hay que parar, preferiblemente, a la gente joven, que a lo mejor está en el paro, que a lo mejor son estudiantes, pero que al menos te escuchan y prometen, con cierta sinceridad, buscarte cuando consigan trabajo.

Te enseña, sobre todo, que la amabilidad nunca está sobrevalorada. Que entre alguien que pasa a tu lado y ni siquiera te contesta, como si no fueses una persona que le está hablando sino un obstáculo muy molesto, y otra que te diga "Lo siento, no te puedo atender, que vaya bien la tarde", no hay un mundo de distancia, hay dos. Ninguna se ha parado, pero mientras que una te deja sintiéndote menos persona, la otra te da fuerzas para seguir haciendo tu trabajo.

Ayer me metí en un casino de la calle en la que estábamos currando, para ir al baño. Y resulta que la camarera también había estado trabajando para ACNUR. Me preguntó por mi equipo, se interesó por cómo me estaba yendo y, sabiendo que estaría cansada y muerta de sed, me dio una botellita de agua fría. Y esta interacción de dos minutos, esa botellita de agua, me salvó la tarde. Porque efectivamente, estaba agotada, física y psicológicamente, y que alguien me tratase con respeto, con amabilidad y hasta con cariño me recordó qué estaba haciendo; vender algo, sí, pero no aspiradoras: solidaridad, ayuda, humanidad.

Sé que los captadores y los relaciones públicas son una plaga, y son molestos. Que cuando vas con prisa, o incluso sin ella, lo último que te apetece es escucharlos. Y no tenéis que hacerlo, es su trabajo conseguir que os paréis. Pero recordad, por lo menos, que la amabilidad nunca, nunca está sobrevalorada.

viernes, 31 de marzo de 2017

Que el ritmo no pare

Se acaba el mes de la mujer.

¡Oh, no!

Pero no sufráis. El feminismo se vive a diario. Solo pro ser mujer y ser libre, solo por tener en cuenta tu lugar en la sociedad, solo por vivir, se es feminista.

Pero si además os apetece seguir aprendiendo, que eso nunca se termina, os dejo mis recursos favoritos. Aclaro que son mis recursos favoritos ahora mismo, porque los mitos feministas caen —pobre Taylor Swift, qué batacazo— y las personas son imperfectas. Pero de momento, os los comparto:

  • Caitlin Moran: especialmente, su libro How to Be a Woman (también disponible en español), una fantástica colección de todas esas cosas de las que las mujeres no deberían hablar: la masturbación, la depilación, el querer o no ser madre, el aborto... Con un humor fantástico y una prosa brillante, Caitlin Moran habla de cómo ser mujer y cómo ser, claro, feminista.
  • sexplanations: la doctora Lindsey Doe es sexóloga y su leit motiv es mantener la curiosidad. Su canal de YouTube (en inglés pero con subtítulos en español en muchos vídeos) es una herramienta fantástica no solo para la educación sexual, sino para aprender a utilizar un lenguaje exclusivo, a tener la mente muy abierta y a disfrutar de todos los aspectos en los que la sexualidad interviene en la vida.
  • weloversize.com: un grupo de fantásticas mujeres de todas las tallas, especialmente de esas tallas que no aparecen en los catálogos de lencería, que demuestran que la única talla que funciona es querer a tu cuerpo, tratarlo bien y aceptarlo, tenga el aspecto que tenga.
  • Ladies Who Lunch: la YouTuber Ingrid Nilsen, de quien ya he hablado, y su amiga Cat Valdez hacen cada martes un podcast hablando sobre sus experiencias y atacando temas tan complejos como la sexualidad, la maternidad, las relaciones o, este pasado mes, la honestidad. Su capacidad de autocrítica y su sinceridad son motivos más que suficientes para disfrutarlas, aproximadamente una hora cada semana.
  • Barbijaputa: esta columnista, oculta bajo tan provocador pseudónimo, no tiene problema en atacar al patriarcado y, por supuesto, en ser atacada. Disfruto especialmente de sus encuestas en Twitter, que demuestran que no solo ella es una feminazi loca: ¡vivan las experiencias compartidas!
  • Hannah Witton: esta joven británica tiene un canal de youtube, colabora con varios otros, tiene un blog y próximamente ¡un libro! *emoción, emoción*. En ella podéis encontrar educación sexual, feminismo y vivir siendo una mujer joven en el siglo XXI, con sinceridad, buen humor y buen rollo.
  • pikaramagazine: el toque de mirada académica y seria, que nunca sobra, en esta cantidad de mujeres buenrollistas. Mención especial al Presidente de New Gon City, gran aliado y mejor persona, que me la recomendó y me ha enganchado.
Y hasta aquí hemos llegado, amigos. Punto, pero solo seguido, a este mes en el que he escrito más que nunca, me he agobiado, me he emocionado, me he indignado y he disfrutado mucho de poder compartir todas mis cosicas con ustedes.

Les dejo todos estos recursos, y alguno más, en la página de recomendaciones. Visitadla de vez en cuando, que quizá os interese.

miércoles, 29 de marzo de 2017

¿Esto qué es lo que es?

Vamos a ver, centrémonos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de sororidad?

Porque en su nombre he oído verdaderas barbaridades. Por ejemplo, que si pretendes ser feminista, no te puede caer mal, vamos, no puedes ni mirar esquinada a otra mujer. O que todas deberíamos defender las acciones de las demás, lo cual se relaciona con esa fantástica idea de que todo lo que haga una mujer es feminista. En nombre de la sororidad se crucifica a la mujer que critica a otra, como si las feministas fuésemos unicornios, seres fantásticos de absoluta perfección.

A ver si nos estamos equivocando.

En mi opinión —que como sabéis es humilde—, sororidad es la hermandad entre mujeres, base del feminismo, sí. Pero esto no significa que seamos perfectas. Significa, más bien, apoyar y celebrar a otras mujeres; dejar a un lado la envidia y la rivalidad que otros nos imponen en esa carrera por ser la más guapa, la más lista o la más amada; no criticar a otras mujeres por cómo visten, por no trabajar fuera de casa, por tener o no tener hijos, por tener tanto o tan poco sexo como quiera; no atribuir su éxito al atractivo físico o a la auto-prostitución.

Una mujer, por supuesto, te puede caer mal porque sea aburrida, maleducada o te parezca algo tonta. Un hombre así también te desagradaría. Una mujer puede ser machista, o cometer errores, y habrá que decirlo, siempre desde el respeto y con ganas de construir, no destruir. Una mujer te puede parecer menos atractiva que otra, o puede no gustarte tu ropa; pero sororidad significa celebrar todos los cuerpos y el derecho a ponerte lo que te dé la gana, por encima de tu atracción o gusto personal. 

Sororidad significa, simplemente, rechazar la idea de que las mujeres estamos en una competición por el primer puesto. No creerse que el comportamiento base entre dos mujeres sea la competitividad y la envidia. No caer en la pelea de gatas.

Solo así podemos avanzar: no adelantándonos, sino caminando juntas.

martes, 28 de marzo de 2017

Hagámonos oír

Queridos señores de HazteOír.

Sí, sí, ustedes. Los del bonito autobús. Podría llamarles muchas cosas, pero por el momento prefiero solo decirles que son unos ignorantes. Porque, más allá de su flagrante transfobia —y de que confundan esta con la libertad de expresión—, más allá de la identidad de género que cada uno tenga y que por supuesto no tiene nada que ver con lo que tenga entre las piernas, resulta que no. Ni todos los niños tienen pene, ni todas las niñas tienen vulva. Pero claro, saber esto requeriría preguntar al científico más cercano o incluso, válgame Dios, abrir cualquier navegador de Internet e informarse un poquito.

Yo entiendo que es más fácil dividir el mundo en bonitas categorías binarias. Lo bueno y lo malo. Lo superior y lo inferior. Lo masculino y lo femenino. Nosotros, y todos los demás. (No sé si van notando la simetría en este pensamiento) De verdad, lo entiendo, es más fácil y más cómodo organizar el conocimiento de dos en dos, porque pensar que todo, desde el bien hasta la identidad de género o la orientación sexual, se constituye en un espectro que da lugar a la maravillosa variedad humana, da un dolor de cabeza que ninguna aspirina podría curarles.

Pero vengo con malas noticias y un migrañón de agárrate los machos. Al menos para ustedes. Porque cuando dicen que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, están queriendo hablar del sexo como si esta fuese la única verdad absoluta. Finjamos que lo es, que las características fisiológicas definen el género de cada uno. Aunque esto fuese cierto, tampoco estaríamos hablando de categorías binarias.

A pesar de la fijación genital de mucha gente, el sexo no está definido solamente por el aspecto externo de los mismos. Hay muchos más factores implicados en definir el sexo biológico: desde el código genético, a las hormonas, los caracteres sexuales secundarios (vello, pechos, caderas, forma y zona donde se acumula la grasa, tamaño de pies y manos, musculatura y puedo seguir) y los caracteres sexuales primarios (sí, sí, los benditos genitales) externos e internos, porque además del pene y de la vulva tenemos el útero, los ovarios y los testículos.

Y resulta que todo ello tendría que alinearse perfectamente para tener lo que ustedes llaman "hombre y mujer". Es decir, un código genético XX con una vagina, su útero y sus ovarios, sus hormonas y su aspecto femenino. Y para un hombre, lo mismo. Pero resulta que pueden pasar muchas cosas. Puede ser que haya personas con un código genético XY que tengan aspecto externo de mujeres, lo que se llama Síndrome de Swyer, y viceversa, el Síndrome de LaChapelle; puede haber mujeres cuyo clítoris es en realidad un pene pequeñito, y sus ovarios resulta que son testículos que no han descendido. Puede que haya hombres cuyos testículos son, internamente, ovarios que sí han descendido. Puede que haya personas XX cuya mayor carga de hormonas androgénicas generen caracteres secundarios masculinos, como mayor masa muscular, y puede haber personas XY con insensibilidad androgénica, es decir, que no respondan a sus propias hormonas y desarrollen caracteres femeninos — el Síndrome de Morris. Puede que haya trisomías, ya que existen personas XYY —el superhombre—, XXY, XXX —la supermujer... Todas estas variaciones conllevan, en algunos casos, problemas de salud y en otros, simplemente, un aspecto algo distinto.

Les estoy hablando, por si no lo sabían los señores de HazteOír, de las personas intersexo. Personas que, sin tener que llevar a cabo ninguna alteración de su cuerpo, se sitúan en el espectro del sexo. Ellos también han sufrido estigma, patologización y operaciones innecesarias, invasivas y sin su consentimiento, muy dañinas para la mente e incluso el cuerpo, como todos aquellos que osan salirse de su preciado binarismo. El sexo, la parte estrictamente biológica y que se relaciona, de la manera que sea, con el constructo del género, tampoco es A y B, señores de Hazte Oír. Y nadie se está inventando esta identidad: está ahí, con pruebas científicas, al alcance de sus ojos, si quieren mirar.

No voy a llamarles, repito, todas las cosas que podría llamarles. Simplemente ignorantes. Porque resulta que ni muchos niños tienen pene, ni muchas niñas tienen vulva.

lunes, 27 de marzo de 2017

Arriba y abajo

Yo lo iba a explicar, pero mejor dejo hablar a Pamela Palenciano, que se explica mucho mejor:


Pamela Palenciano es una mujer que se ha montado un monólogo estupendo, No solo duelen los golpes, con el que viaja a colegios y otras instituciones buscando, sobre todo, que ninguna niña vuelva a sufrir el abuso y la violencia emocional a la que ella estuvo sometida durante toda su adolescencia. Si queréis verlo entero, yo lo recomiendo muy fuertemente.

Y es que, además de hablar con total sinceridad y crudeza de lo que vivió y de las secuelas, que también son importantes, Pamela está acostumbrada a hablar con niños y con aquellos que no quieren escuchar, y por tanto deja algunas cosas bien claritas.

Algunas cosas, como que hay muchas y muy diferentes situaciones de opresión en el mundo. Y si yo como mujer estoy abajo, como caucásica estoy arriba. Por ejemplo. Estoy abajo en muchas cosas, pero estoy arriba porque soy blanca, porque vivo en un país de esos que llaman Primer Mundo, porque tengo educación y unos padres que han podido costeármela, porque mi vida ha sido relativamente normal en todos los aspectos, porque no tengo ninguna discapacidad que me impida hacer lo que a mí me da la gana, porque puedo profesar la fe que me parezca oportuna. Porque no he sufrido abusos de mis parejas, ni de mi familia, porque no tengo ningún tipo de estrés post-traumático. Porque soy libre de hablar y de expresar mi opinión sobre lo que quiero y de la forma que quiero.

Estoy arriba, es decir, tengo muchos privilegios, porque puedo tender la mano a otras y otros que están abajo, y tenderles el micrófono con el que he nacido, el que me permite ser más escuchada en un ámbito social simplemente por ser quien soy.

Es muy necesario saber dónde está cada uno, qué escalón social se ocupa, para ayudar a subir a los que están debajo y para que los que están más arriba puedan tenderte también una mano. Porque el enemigo, y que esto también quede bien claro, no son las personas que están más arriba. Es la escalera.

domingo, 19 de marzo de 2017

Palabras para...

Hace exactamente un año, le escribía a él. Pocos días después, no estábamos seguros de que él fuese a estar para responderme. Por suerte, está. Más presente que nunca. Y aunque en este blog no me escribe, sé que podría decirme algo parecido a esto.

Palabras para Julia

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

No sé decirte nada más
pero tu debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,

como ahora pienso...

José Agustín Goytisolo

Gracias por ser, papá. Y por estar, siempre siempre. Que sepas que hoy -como todos los días- te pienso.

miércoles, 15 de marzo de 2017

The Feminist Wars: Make up Strikes Again

 Cuando era pequeña, era una niña muy burra. Me negué a llevar faldas muy pronto, odiaba —y todavía odio— el color rosa y todo lo que implicara peinarse, arreglarse... La boda de mi hermana fue un drama, y mi comunión ya ni os cuento. En mi adolescencia, esto se tradujo en una incomodidad con todo lo que se suponía "femenino" que, sumado a que me sentía mal con mi cuerpo el 90% del tiempo, hizo que durante mucho tiempo no me atreviese a llevar falda, vestido, pantalones cortos —probad a caminar por Madrid en agosto con vaqueros, a ver si os vale la pena el complejo— o colores claros. No digo que no me encantase el negro, los pantalones militares o el contorno de ojos estilo mapache, sino que comprarme camisetas de colores brillantes o vaqueros cortos fue una señal de que me empezaba a sentir cómoda con mi cuerpo y con mi feminidad.
Sigo explorando esta parte de mí misma poco a poco. Ahora mismo, me encantan los vestidos estilo skater —falda de vuelo y corte a la cintura—, he ampliado mi set de maquillaje a pintalabios y rímel, y aunque siguen sin gustarme el rosa y las flores, he de admitir que el encaje es un gran invento. Todavía hay cortes de ropa —por ejemplo, los vestidos muy ceñidos— que me resultan incómodos, y no sé si alguna vez llegaré a dominar el tema de los tacones.

Tampoco soy una gran fan del maquillaje. Paradójicamente, veo con religiosa pasión todos los tutoriales de Ingrid Nilsen o de Safiya Nygaard, pero la base de maquillaje con la que alguna Nochevieja escondí los granos debe llevar caducada unos tres años. Lo hago por economía y por comodidad, porque no me gusta que la cara me huela a maquillaje, pero también porque no creo que a mi edad necesite ocultar nada; de hecho, no sé si a alguna edad tendré esa necesidad. 

Sin embargo, no creo que todas las mujeres que dedican una cantidad ingente de tiempo y de dinero a dominar estas técnicas y productos sean vanas, superficiales o que tengan el cerebro lavado por el heteropatriarcado. Creo que el maquillaje es un tema complejo, pues sí puede ser una imposición; hay mujeres que sienten que no pueden salir a la calle sin maquillaje y que se lo ponen incluso cuando este arruina su economía, les hace levantarse media hora antes y, en muchas ocasiones, les provoca más acné del que oculta. El maquillaje ha sido durante mucho tiempo la herramienta que permitía a la mujer acercarse al canon de belleza, el látigo con el que las empresas de cosméticos las azotaban: no eres suficientemente buena, no lo estás intentando, nadie quiere ver tus ojeras, tus poros, tus espinillas. Ponte una máscara que combine con tu falda y tus zapatos, porque no nos interesa lo que hay debajo.
Pero también puede ser una forma de arte y de disfrute, una actividad que consista en mimarse a una misma, dedicarte tiempo, cuidar tu piel y atreverte a llevar tu estética un paso más allá. Puede ser una declaración de intenciones. El problema del maquillaje no es que haya mujeres, feministas o no, que lo disfruten, sino que Alicia Keys sea una revolucionara de extraordinaria valentía por llevar la cara lavada a un evento. El problema es que si llegas a una reunión de trabajo, a una entrevista o a una fiesta sin maquillarte, se piensa que eres menos profesional porque ni siquiera te has esforzado con tu aspecto. Si voy limpia y correctamente vestida, he llegado a tiempo a la reunión, he preparado los temas que debía y hago en general mi trabajo,¿por qué no llevar pintalabios es lo que me hace menos profesional?

El maquillaje, en definitiva, no me parece el problema. El maquillaje, como la depilación o los tacones, es solo una herramienta. Para mí, es símbolo de que mi autoestima y mi confianza están más altas que nunca. Para otras, es una imposición, una necesidad, algo que las hace aceptables a los ojos de los demás. Ese es el problema, como todo lo demás: que a las mujeres se nos imponen unas expectativas —piel perfecta, ojos grandes, labios jugosos y eterna juventud— imposibles de cumplir sin una gruesa capa de maquillaje.

martes, 14 de marzo de 2017

Querido Freud.

Querido Freud,

llevas muerto unos cuantos años. Afortunadamente, un día conseguiremos enterrar todas tus teorías contigo. Porque es difícil estar equivocado de manera tan absoluta como tú; parece que lo hayas hecho aposta. A lo mejor estabas riéndote de todos nosotros y se nos ha escapado la broma.

Porque, querido Freud, la mayoría de las niñas no tienen envidia de pene. Ninguna que yo conozca, desde luego. Es más: ninguna niña en el ancho mundo ha sufrido una castración como tú dices porque, agárrate a la silla, tanto niños como niñas como todos los géneros intermedios comienzan con la misma estructura. Échale una pizca de andrógenos durante el desarrollo fetal, y se convierte en un pene. Deja que siga desarrollándose y se convierte en un clítoris. Si las circunstancias se complican, nos encontramos con una persona intersexo, pero bastante movida te estoy montando como para meterme en eso ahora. Otro día.


Querido Freud: el orgasmo vaginal no es mejor que el clitoriano. De hecho, lamento decirte que el orgasmo vaginal no existe: también es clitoriano. Porque el clítoris no es una cosica pequeña y escondida en el exterior de la vagina, sino que se extiende también por dentro y es su estimulación, tanto interna como externa, lo que provoca el orgasmo femenino. Incluso aunque el orgasmo "vaginal" fuese mejor que el otro, te voy a dar un disgusto: no lo es porque involucre a un pene, porque un instrumento recto es la peor manera de estimular el clítoris internamente. Adivina qué sí consigue estimularlo bastante bien. Exacto.

Querido Freud: a estas alturas, lo debes estar flipando. Verás cuando alguien te comente que tener un hijo no soluciona de ninguna manera una envidia de pene que no existe. Muchas mujeres tienen hijas, y seguimos sin pene. Muchas mujeres tienen hijos sin que un hombre intervenga más de lo estricta y biológicamente necesario. Muchas mujeres no tienen hijos, tienen libros, o carreras, o viajes. Y eso también solucionaría la inexistente envidia de pene.

Sigmund, permíteme que te tutee porque a estas alturas has estado suficientemente involucrado con mis genitales como para que me tengas hasta las narices. Porque, vamos a ver, Sigmund, ¿quién en su sano juicio, poseyendo un clítoris, tendría envida del pene? El clítoris, querido Sigmund, no está expuesto para que cualquier golpe nos deje fuera de combate. El clítoris tiene más de ocho mil terminaciones nerviosas, y tu amado pene no tiene más que unas cuatro mil. El clítoris es el único órgano cuya función exclusiva es la de proporcionar placer. Tengo todo un órgano, querido Sigmund, dedicado a pasármelo bien.

Y tú tienes un pene, el subconsciente empantanado y un montón de teorías que a estas alturas están siendo desmentidas una por una.

Como para tenerte envidia.


lunes, 13 de marzo de 2017

Pensándolo mejor...

El otro día, salí de clase. Por la mañana me había puesto unos vaqueros y una camiseta negros, olvidándome de que estamos en Andalucía. Para cuando me dirigía a casa, a las seis de la tarde, estaba sudando, me había recogido el pelo en un moño muy poco favorecedor y no tenía fuerzas ni para estar de mal humor.

Entonces pasó un coche a mi lado y el copiloto sacó la cabeza por la ventanilla para gritarme algo en las líneas de "Oye, mami linda". No recuerdo las palabras exactas, pero sabéis de qué estoy hablando.

Y yo, que normalmente les regalo la mirada de la muerte y algún insulto, si me siento generosa, en un primer momento me sentí halagada. Me sobraba toda la ropa del mundo, me sentía incómoda, me sentía fea y, después de un examen particularmente estúpido, también me sentía un poco tonta. Pero cuando aquel cerdo decidió hacerme saber que me encontraba sexualmente deseable, mi primer pensamiento fue "Bueno, por lo menos le resulto atractiva a alguien".

Mi segundo pensamiento fue, "¿qué mierda estás pensando, Beatriz? ¡Cerdo, guarro, asqueroso, vete a la mierda!". Me sentí asqueada, no solo por aquel chico, sino por mí misma. Porque, en un mal momento, había vuelto a caer en la falsa creencia de que mi valor puede estar medido por mi atractivo físico, de que lo que pueda opinar un desconocido tiene alguna importancia, de que si no te gritan guarradas por la calle es que no eres guapa. ¿Qué pasa, que soy feminista solo de palabra? ¿Que consejos vendo, que para mí no tengo? 

Es normal caer de vez en cuando, o incluso siempre, en lo que nos han enseñado desde pequeños. El proceso de desaprenderer es largo y continuo. Puede que te griten por la calle y te sientas halagada, puede que veas una mujer con falda corta y pienses que va provocando, puede que tu amiga te esté contando el sexo increíble que tuvo con un desconocido y estés pensando que un poco guarra sí que es. Es normal, porque es lo que nos han enseñado a pensar, el mensaje que recibimos a diario de medios de comunicación, de gente de nuestro entorno, del humor, la cultura que se construye sobre una misoginia galopante.

Lo importante es lo que piensas después. Si tu segundo pensamiento es, "no, ella podría ir desnuda en el Metro y aun así no estaría provocando", "no, puede acostarse con quien le dé la gana mientras todo sea consensual y seguro", "no, no quiero que me grites por la calle, quiero que te vayas a la mierda". Porque el primer pensamiento que te viene a la cabeza es lo que te han enseñado a pensar, y el segundo es lo que quieres pensar.

En inglés, la expresión "Pensándolo mejor" se traduce como "On second thought". En un segundo pensamiento. Ahí es donde quiero vivir yo: en mis segundos pensamientos.

jueves, 9 de marzo de 2017

Derecho a (no) ser madre

Quiero ser madre.

Lo he sabido desde que era muy pequeña. Quizá desde que, con seis años, tuve en brazos por primera vez a un bebé que tenía horas de vida. Era preciosa, era más pequeña de lo que imaginaba que podía ser una persona. Sí, quizá lo sepa desde entonces. Este deseo es tan integral a mi persona, a lo que soy y quiero ser, que no consigo comprender cómo alguien no puede tenerlo. Cómo a alguien no le pueden encantar esos locos bajitos.

Quiero ser madre.

Pero una vez, cuando todavía estaba en el instituto, tuve un retraso. Apenas una semana. No era raro, porque siempre tuve la menstruación bastante irregular. Pero era la primera vez que tenía un retraso y, además, podía haberme quedado embarazada. Y yo, que entonces ya sabía que quería ser madre, viví durante siete días con un nudo en el estómago, con ganas de llorar, con el pánico constante de que, quizá, a pesar de todas mis precauciones, a pesar de los anticonceptivos, de la educación, del cuidado, quizá. Yo quería ser madre, pero no entonces, no así. Lo sentía con todo el cuerpo: no era una negación intelectual, era visceral. Era un no integral.

Hay mujeres que no quieren ser madres, ni entonces, ni así, ni nunca. Y nadie debería sentir tanto miedo, nadie debería sentir ese revulsivo que se provoca por todo tu cuerpo cuando sabes que no, que no es esto lo que quieres. Que tu cuerpo está invadido, que ya no es tuyo, ni tu cuerpo ni tu vida, no durante los siguientes dieciocho años, sino para siempre. Yo estoy dispuesta a ceder mi cuerpo y mi vida a otra personita, pero nadie debería hacerlo porque es lo que se supone que tienes que hacer, por el qué dirán, por la presión de la sociedad. Porque tu vida no estará completa sin ser madre.

Leonardo da Vinci nunca tuvo hijos, y nadie cree que esto le hiciese peor persona. Newton murió sin descendencia y no se considera que le faltase "algo". Y sin embargo parece que una mujer que no quiera hijos está dejando un hueco -que no es tal: el útero no está vacío, es un órgano que puede albergar un bebé, o puede no hacerlo- en su vida.

El Día Internacional de la Mujer sirve para reivindicar todas las cosas que todavía se nos niegan. Pero también para celebrar todo lo que hemos conseguido. Entre otras cosas, la posibilidad de acceder a métodos anticonceptivos, a informarnos e informar sobre ellos públicamente, sin miedo. Falta deshacernos del lastre el estigma, del "cuando seas más mayor querrás hijos", del "te arrepentirás si no los tienes", del "toda mujer quiere ser madre".

No existe el "toda mujer". Somos la mitad de la población: es literalmente imposible que todas las mujeres piensen, sientan, sean o quieran lo mismo. Yo quiero ser madre. Pero muchas otras no lo quieren, y es su derecho reivindicar su vida completa, feliz, plena y sin hijos.