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jueves, 6 de junio de 2019

Radical


Hace tres años me compré esta camiseta. En principio, me hacía gracia. Porque feminismo es simplemente eso: la creencia de que las mujeres son personas. No las madres, las hijas, las novias de alguien, no un objeto decorativo ni quien tiene que venir a salvarte de tu propia inutilidad doméstica y emocional. Y sin embargo, para muchas personas es una noción radical.

Jeje.

Me hacía gracia. Pero ahora no me hace nada de gracia. Porque he llegado a comprender que quiero ser una feminista radical. Y con esto no quiero decir que quiera buscar la supremacía de las mujeres, no. Ni por supuesto que pertenezca a la ideología TERF (Trans Exclusionist Radical Feminists, es decir, feministas tránsfobas que han decidido que pueden establecer quién es una mujer y quién no), porque de hecho me parece aberrante tanto su postura como el hecho de que se hayan apropiado del feminismo radical.

El feminismo radical no es eso. El feminismo radical simplemente quiere ir a la raíz del problema, es decir, al sistema. Siempre me ha gustado llevar la contraria y quizá eso sea lo que me ha salvado la vida, porque fue la rebeldía la que me llevó al feminismo y al movimiento body-positive.

El primer paso para mí en aceptar mi cuerpo fue leer todos y cada uno de los mensajes que decían que las mujeres con sobrepeso eran preciosas, que la piel oscura era sexy, que las estrías son rayas de tigre e impactos de rayo y que fuese cual fuese tu talla deberías calzarte unos tacones, pintarte los labios con la sangre de tus víctimas y salir a matar el patriarcado.

Y no tengo problema con eso, porque me ayudó a aceptar mi cuerpo (la mayoría de los días). El problema de esta perspectiva es que no cambia el sistema en el que si eres atractivo eres válido, solo amplía la definición de atractiva, guapa, sexy. Y mi cuerpo no tiene que ser sexy ni le tiene que gustar a nadie. Mi cuerpo tiene que realizar sus funciones básicas, tiene que permitirme llevar la vida que quiero y necesito llevar. Mi cuerpo tiene que estar vivo y yo tengo que cuidar de él, y esa es la única exigencia que se le impone.

No quiero redefinir lo que significa ser guapa. Quiero eliminarlo totalmente de la ecuación, que no entre dentro de mis virtudes ni de mis defectos, porque mi curiosidad, mi sentido de la justicia, mi perseverancia, mi pasión, mi entrega, mi compromiso, mi servicio, mi querer cuestionarlo todo, mi mente y mi alma y mi presencia en el mundo, es lo que soy. Y mi cuerpo es solamente donde vivo.

 No quiero recolocar ni redefinir: quiero tirarlo todo abajo y construirlo de cero.Seamos radicales.

viernes, 8 de marzo de 2019

Disfrute

Feliz 8 de marzo, amigas, hermanas, compañeras y aliados.

Y este año lo digo totalmente convencida, feliz.

Feliz porque ser mujer es difícil, es confuso y a veces, hasta peligroso. Porque sean micromachismos o violencia que amenaza nuestra vida, todas vivimos bajo el patriarcado. Y todas y todos lo sufrimos. Porque hay mil y una razones por las que gritar, y millones de mujeres que no pueden hacerlo y necesitan que quienes no estamos silenciadas les demos voz.

Pero trescientos sesenta y cuatro días al año soy combativa, y veo las cosas que no me gustan y protesto hasta que me agoto, y educo al que tengo delante y les enseño lo que tanto tiempo me costó ver a mí. Trescientos sesenta y cuatro días al año, las gafas violetas me sirven para ver la injusticia, la desigualdad, el dolor.

Pero hoy, 8 de marzo, día de la mujer, me elijo a mí. Me celebro a mí.

Porque con ser mujer vienen también muchas cosas buenas, algunas por naturaleza y otras por educación, y hoy quiero poner luz sobre ellas y agradecerlas porque, a pesar de ser consecuencia de un sistema patriarcal que las desprecia, todas estas cosas me encantan.



Me encanta que mi educación sentimental me haya llevado a ser más compasiva, más empática, más sensible a las necesidades de los demás. Porque si todos pudiésemos guiarnos más por la amabilidad y menos por las ansias de ser mejor, más grande, más fuerte y más agresivo que el de al lado, nos iría bastante mejor. A nivel humanidad, digo.

Me encanta pensar que un día podré ser dos en una, podré llevar una vida dentro y que esa experiencia nadie más la va a tener, porque es mía, y a la vez será compartida por la mitad del planeta.

Me encanta poder experimentar con mi ropa, mi peinado, mi maquillaje, y una vez desoídas las voces que me decían que necesitaba todo esto para ser atractiva y por tanto valiosa, poder hacer lo que me dé la gana y seguir viéndome guapa, interesante, linda, divertida. Poder llevar botas militares con falda de vuelo y cambiar de cara solo con un poco de eyeliner y que mi melena me deje ser una persona nueva solo con recogerla. La ropa que les obligan a llevar a ellos es, francamente, aburrida. Apuntaos a los vestidos, chicos.

Me encanta poder apreciar la belleza y la sensualidad de hombres y mujeres y que mis amigas también lo hagan, sea cual sea su orientación sexual. Porque hay personas muy atractivas por el mundo y es una pena tener que perdérselo por inseguridad.

Me encanta oler bien, porque el champú y las cremas y los perfumes están hechos con flores y con frutas y con un poco de misterio que no entiendo bien, y nadie espera que me compre cosas que huelen a Action Man Super Power Pro. Chicos, es genial oler a mango y a papaya, deberíais probarlo.

Me gusta ser suave. Me gusta ser linda. No siempre. Pero a veces.

Me gusta tener complicidad con otras chicas cuando cualquier señoro se ve con necesidad de explicarle algo que ya sabe -ah, maravilloso mansplaining-, y esa mirada que compartimos mientras ellos pontifican sobre temas que no conocen lo más mínimo.

Me gusta ver cómo las niñas, especialmente mis niñas, se descubren y se asombran del mundo en el que vivieron sus madres, y cómo quieren cambiarlo de la manera más natural posible: existiendo.

Me gusta que mi sobrina me llame porque quiere que nos veamos en la manifestación esta tarde. Me gusta la sororidad y la comunidad que surgió de que fuésemos el otro. Las otras. Porque ahora no podrán pararnos.

El patriarcado nos ha otorgado muchas cualidades que nadie le ha pedido, y nos las impuso como obligación. Pero, sin que nadie sienta que debe encajar en los rígidos límites que, nos han dicho, significa ser mujer...

Qué bonito es ser mujer.

Lo seas como lo seas. Lo sientas como lo sientas. Feliz, feliz, feliz día.

PD: todo lo anterior son, de hecho, estereotipos que encorsetan a la mujer y al hombre, dividen a las personas en géneros binarios irreales y perpetúan una serie de comportamientos que son dañinos para todas y todos. Click en los links para más información. Pero, como he dicho, hoy quiero ser feliz y celebrar que, a pesar de todo, me encanta ser mujer. A veces, incluso, de una forma tradicional y heteronormativa. La vida, que es muy contradictoria.

sábado, 23 de febrero de 2019

Me nació la conciencia

Tengo seis años. Es el primer día que vamos con el colegio a natación. Yo llevo mis braguitas de bañador y, aunque nadie dice nada, veo a mis compañeras fijarse en mí y reírse. Cuando llego a casa le digo a mi madre que quiero que me compre un bañador deportivo completo, que me cubra el pecho que todavía no tengo.

Tengo diez años. En el recreo, una niña se me queda mirando y de repente grita, ¡Bea tiene bigote!. Cuando llego a casa me tengo que acercar al espejo para verme el vello, ligero y claro, que me crece encima del labio. Me lo afeito con una maquinilla de mi hermana, muerta de vergüenza.

Tengo unos once años y algo de tripa. Mi hermana me ve mirarla, acomplejada, y me dice que, claro, es que tengo que meter tripa. Lo hago y se queda plana, y ya no dejo de hacerlo un solo día de mi vida.

Tengo doce años y mi mejor amiga me habla de cómo ha conseguido que su madre le deje depilarse las piernas. Yo le miro su piel morena y su pelo casi invisible y cuando llego a casa le digo a mi madre que me tengo que depilar también, porque todas las niñas de mi edad lo hacen ya.

Tengo trece años y en el colegio se ríen de mí. Entre otras cosas, dicen que soy igual que Yoli, la de los Serrano. Llevo gafas, pero yo no me veo la cara tan redonda como ella, por lo menos al principio. Luego me lo empiezo a creer y cuando mi madre me propone que vayamos a NaturHouse a que me pongan a dieta, yo acepto entusiasmada.

Tengo quince años y me voy a depilar el bigote por primera vez, después del incidente con la maquinilla. Han pasado cinco años pero sigo mortificada por esa sombra de vello. Mi madre me enseña a hacerme la cera en casa y luego me dice que me depile también la parte de la mandíbula, justo debajo de las patillas. Nunca me había fijado en que ahí también tuviese pelo o en que fuese algo antiestético, pero lo hago.

Tengo dieciocho años y una amiga que hace ballet me dice que se le ha retirado la regla, el médico dice que a lo mejor está muy delgada. Dos semanas después, me dice que no puede comer pan porque está a dieta. Y yo miro mi cuerpo, tres tallas mayor que el suyo, y me quiero morir.

Una mujer aprende a odiar su cuerpo desde muy pequeña, y nunca deja de aprender nuevas razones para hacerlo. Nunca se queda sin zonas que corregir. Y este aprendizaje no es formal: nadie te dice explícitamente que tu cuerpo es feo y gordo y que debes aprender a hacerlo más pequeño, más inodoro, más delicado, más controlado.

Los mensajes llegan de todas partes y de donde menos te lo esperas. Mi madre y mi hermana me quieren con locura y, más importante, son mujeres inteligentes, formadas y conscientes de la sociedad machista en la que vivimos, y luchan activamente contra ella en su trabajo y en su casa. Y aun así me enseñaron a odiar partes de mi cuerpo, porque querían ayudarme, porque no querían que se riesen de mí y me llamasen fea o gorda. Como si eso fuese lo peor que puede ser una mujer.

Pero lo bueno es que si algo se aprende, se puede desaprender. Me ha llevado mucho tiempo saber por qué odio las partes de mi cuerpo que odio, y aprender a quererlas por lo que son: apariciones naturales, signos de que soy una persona, un animal, un mamífero; piernas que me llevan a sitios y reservas de energía y órganos que, gracias a Dios, funcionan a pleno rendimiento. Me ha llevado tiempo y energía y memoria, y tener que perdonar a quienes me transmitieron esos mensajes, porque ellas también los recibieron, y a mí misma porque seguramente se los haya transmitido a otras niñas.

Pero ese es el primer paso. Darse cuenta. Y empezar a desandar lo andado.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Privilegios

No se puede decir que sea una persona atlética. Mi resistencia es escasa, mi coordinación mano-ojo prácticamente nula, hace un par de años que no practico ningún deporte regularmente y en julio me quedé sin aliento persiguiendo a un niño de tres años. Las cosas como son.

Pero me gusta nadar, y bailar, y montar en bici. Me encanta caminar por la montaña y, a mi ritmo, ir superando las cuestas, los obstáculos, las barreras que la propia naturaleza me presenta. Me encanta orientarme -a medias- por la ruta, mirar atrás y poder ver todo lo que he avanzado, quitarme la mochila y notar el viento en la espalda, que un bocadillo de jamón me sepa a cinco estrellas Michelín después de tres horas caminando, llegar a casa y darme una ducha que me deje como nueva. Tumbarme en la cama y sentir cada uno de los músculos que no utilizo normalmente.

Me encanta notar que mi cuerpo responde, que le puedo pedir que haga prácticamente cualquier cosa y sí, claro, le costará. No está acostumbrado. Pero responde, y cada músculo que se contrae cuando yo quiero es un triunfo.

Me encanta porque me hace estar agradecida. Porque mi revolución fue decir "no" a la industria cosmética, decir "no" a las tallas de ropa y a los pesos, a las imágenes de perfección inalcanzables y a los bajones de autoestima. Mi revolución fue decidir que mi cuerpo sería un vehículo, solo la realización material de mis deseos; que mis piernas serían transporte y mis brazos ayuda, mi estómago motor y la grasa acumulada, gasolina. Mi revolución fue situar mi valor como persona totalmente fuera del aspecto de mi cuerpo, para poder utilizarlo como un medio y no como un fin, para disfrutarlo y no castigarlo con dietas y con deportes que odiaba, pero quemaban más calorías. Mi revolución fue alimentarme mejor para cuidar mi cuerpo, no para hacerlo más pequeño, y practicar deporte porque puedo, no porque debo.

A veces se me olvida. A veces no me acuerdo de que soy una privilegiada, porque casi todo mi cuerpo funciona como debería, y me lleva a cualquier parte, y le puedo pedir cosas que parecían imposibles. Porque ahora trabajo con él, no contra él, y le cuido y le quiero como parte de mí misma, no como un ente extraño que se me revela. Caminar y asombrarme de la belleza, agotarme, disfrutar, llegar más lejos de lo que hubiese pensado posible, es un privilegio.

Y me encanta.

lunes, 7 de agosto de 2017

Recuerdos

Tengo doce años. Estoy en el patio del colegio con dos amigas, y dos de nosotras tenemos la espalda apoyada en la verja que da a la calle. De pronto, la niña que está mirando hacia fuera abre desorbitadamente los ojos y nosotras nos volvemos. Hay un hombre sentado en una moto, vestido entero de negro y con el casco puesto. Solo alcanzo a ver un borrón de color carne en su mano antes de salir las tres corriendo. Aunque nos reímos, nerviosas, no somos capaces de contárselo a nadie más.

Tengo trece años. Estoy metida en un foro de literatura donde conozco a mucha gente, y después de mucho hablar con un usuario sobre los libros que nos gustan y los géneros que nos interesan, creyendo que le conozco, me dice que si hablamos por MSN. En privado, me cuenta que cree que tiene fimosis y me pregunta cómo comprobarlo por sí mismo, cómo debería tocarse para averiguarlo. Cierro la conversación, le bloqueo y tardo más de tres años en volver a darle mi correo a nadie.

Tengo quince años. Voy en un autobús abarrotado y estoy nerviosa porque llego tarde a un examen de física. Hay mucho tráfico y el autobús va dando tantos frenazos que el hombre que tengo detrás me va golpeando la espalda. De pronto me doy cuenta de que los empujones no son involuntarios, y que ese bulto no es una cartera. Me muevo como puedo por el autobús, intentando alejarme de él, pero me sigue. Finalmente, exclamo "¡qué asco, joder!" y más gente le ve, pero nadie hace nada, así que me bajo una parada antes y llego sin aliento al examen.

Tengo dieciséis años. Son las siete y media de la mañana, estoy esperando al autobús, y un coche con dos o tres chicos dentro se detiene delante de mi parada y bajan la ventanilla. Pensando que quieren indicaciones, me quito los auriculares y escucho todo lo que me harían, y si quiero que me lleven.

Tengo diecisiete años. El profesor de educación física no nos deja ponernos una sudadera a la cintura cuando corremos y, el día que nos examinamos bailando chachachá, tenemos que ponernos tacones y falda corta y mover el culo mientras un señor de sesenta años nos mira.

Tengo diecinueve años. Mientras hablo con una amiga en un banco del Metro, un señor mayor se sienta a nuestro lado y nos pregunta qué estudiamos, dónde vivimos, si tenemos novio. Al final, nos pide dos besos e intenta dárnoslos en la boca. El respeto que tengo a los mayores me impide mandarle a la mierda, como deseo.

Tengo diecinueve años. Estoy con una amiga de viaje, comiendo un trozo de pizza frente al Coliseo. Un chico se sienta a nuestro lado y en un italiano macarrónico nos pregunta si tenemos novio. Mi amiga miente y dice que sí, pero yo no sé mentir y digo que no. Después de veinte minutos de conversación absurda, pues ninguno de los dos dominamos el idioma, me invita a cenar con él. Yo le rechazo. Se ofrece a buscarnos al día siguiente, y yo le rechazo. Nos pregunta si queremos conocer a otro amigo y salir de fiesta juntos, y yo le rechazo. Sigue insistiendo hasta que me invento que aunque no tengo "fidanzzato", sí estoy empezando algo con un chico en Madrid. Ahí se despide y se marcha, respetando más a mi hipotético "amico" que a mis cinco o seis rechazos.

Tengo veinte años. La niña a la que doy clases particulares me dice que su madre vendrá a buscarla al acabar, porque esa mañana, mientras iba al colegio, un hombre se ha acercado en la calle desierta y le ha tocado los pechos. Yo me trago la indignación y le digo que hoy puede estar impresionada, pero mañana ya no puede dejar que ningún hombre le impida hacer nada. 

Tengo veintiún años. Salgo de fiesta con dos amigas y los compañeros de clase de una de ellas. Casi al final de la noche, una de ellas me dice que le gusta uno de los chicos, pero no se separa de su amigo, así que bailo un rato con él, para que ella pueda hablar con el otro chico a solas. Me cae bien, pero no me atrae. Cuando intenta besarme, le esquivo y él se cabrea. Me dice que soy una calientapollas, que si no quería nada para qué bailo con él y que le "debo" algo. Me voy a casa con ganas de llorar o de matar a alguien.

Tengo veintidós años. Acabo de salir del gimnasio y voy caminando deprisa hacia casa, con mis deportivas, mis mallas y un abrigo grueso. Es casi la hora de cenar y estoy deseando ducharme y meterme en la cama. Un chico más joven que yo se cruza conmigo en la calle desierta y, sin decir nada, me toca la entrepierna. Yo le insulto y le empujo contra un coche y, aunque él se aleja riéndose, yo llego a casa deseando haber hecho algo más.

Tengo veinticuatro años. Voy caminando por la calle al lado de mi padre. No es de noche, no estoy sola, no llevo falda corta. Un chico me mira de arriba a abajo, se relame y me lanza un beso. Mi madre, que iba detrás de nosotros, se queda con ganas de decirle algo.

Tengo veinticuatro años. He quedado para tomar un helado a media tarde y me pongo unos vaqueros cortos y una camiseta pero, como sé que mi amiga vendrá arreglada de trabajar, aprovecho para lucir mis cuñas de esparto. Nada más salir a la calle un chico me chasquea la lengua como a un perro y me dice que soy una "mami preciosa".

Tengo veinticuatro años. Y me pregunto si esto va a parar algún día.

lunes, 22 de mayo de 2017

¿Sería una Criada?

Hace una semana leí —más bien, devoré con verdaderas ansias— la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que tanto está dando que hablar a raíz de su adaptación a la televisión. Aunque fue publicado en 1985, es de una preocupante actualidad. Supongo que esto es lo que pasa con todas las distopías, con toda la buena ciencia ficción: que es inmortal —al menos, hasta que es superada por la ciencia—.

Sin entrar en muchos detalles, porque me encantaría que el mayor número posible de gente lo lea o vea la serie, os cuento que cuenta la historia de Defred, una mujer viviendo en una sociedad futura, pero no muy lejana, en la que los roles sociales y especialmente los de las mujeres están rígidamente divididos. Por un grave problema de natalidad, todas las mujeres con capacidad reproductiva han sido nombradas Criadas, pertenecen a un Comandante y debe procrear con él para que, junto a su Esposa, puedan criar al bebé de acuerdo a los ideales ultracatólicos del nuevo régimen.

Es una premisa fantástica y, a pesar de que la novela tiene casi ninguna acción y consiste en una descripción exhaustiva de esta sociedad distópica, tambíen es un libro fantástico. Una gran diferencia con otras distopías que he leído es que la protagonista sí sabe que hay otra sociedad posible, que existe otra forma de vida: el régimen de Gilead ha sido instaurado solo tres años antes del presente de la historia. Defred recuerda a su marido y su hija, recuerda trabajar y tener su propio dinero, la libertad de ser mujer a finales del siglo XX, la lucha feminista en la que estuvo involucrada su madre, los derechos que uno a uno le fueron quitando. Defred conoce las mentiras del régimen y sabe lo que ha perdido. Defred ha sido educada para ser una mujer libre y, sin embargo, es la perfecta Criada.

Leyendo el libro, quería pensar que yo no lo haría. Que no elegiría la esclavitud, el verme reducida a un cuerpo, menos aún, a un útero. Que intentaría escapar, que me rebelaría, que elegiría ser asesinada o enviada a las Colonias (campos de trabajo forzoso) antes que aceptar que me arrebatasen la libertad de elegir, de leer, de hablar, de pensar y de sentir. Pero también sé que es fácil perderse los primeros signos de alarma, que cuesta menos agachar la cabeza y pensar que ya pasará, que no sería la primera ni la única en sucumbir al miedo y pensar que otros vendrían a arreglarlo por mí.

¿Podría convertirme en una Criada? ¿Podría abandonar mi educación y mis principios? ¿A cuánto estaría dispuesta a renunciar a cambio de un poco de seguridad? 

viernes, 31 de marzo de 2017

Que el ritmo no pare

Se acaba el mes de la mujer.

¡Oh, no!

Pero no sufráis. El feminismo se vive a diario. Solo pro ser mujer y ser libre, solo por tener en cuenta tu lugar en la sociedad, solo por vivir, se es feminista.

Pero si además os apetece seguir aprendiendo, que eso nunca se termina, os dejo mis recursos favoritos. Aclaro que son mis recursos favoritos ahora mismo, porque los mitos feministas caen —pobre Taylor Swift, qué batacazo— y las personas son imperfectas. Pero de momento, os los comparto:

  • Caitlin Moran: especialmente, su libro How to Be a Woman (también disponible en español), una fantástica colección de todas esas cosas de las que las mujeres no deberían hablar: la masturbación, la depilación, el querer o no ser madre, el aborto... Con un humor fantástico y una prosa brillante, Caitlin Moran habla de cómo ser mujer y cómo ser, claro, feminista.
  • sexplanations: la doctora Lindsey Doe es sexóloga y su leit motiv es mantener la curiosidad. Su canal de YouTube (en inglés pero con subtítulos en español en muchos vídeos) es una herramienta fantástica no solo para la educación sexual, sino para aprender a utilizar un lenguaje exclusivo, a tener la mente muy abierta y a disfrutar de todos los aspectos en los que la sexualidad interviene en la vida.
  • weloversize.com: un grupo de fantásticas mujeres de todas las tallas, especialmente de esas tallas que no aparecen en los catálogos de lencería, que demuestran que la única talla que funciona es querer a tu cuerpo, tratarlo bien y aceptarlo, tenga el aspecto que tenga.
  • Ladies Who Lunch: la YouTuber Ingrid Nilsen, de quien ya he hablado, y su amiga Cat Valdez hacen cada martes un podcast hablando sobre sus experiencias y atacando temas tan complejos como la sexualidad, la maternidad, las relaciones o, este pasado mes, la honestidad. Su capacidad de autocrítica y su sinceridad son motivos más que suficientes para disfrutarlas, aproximadamente una hora cada semana.
  • Barbijaputa: esta columnista, oculta bajo tan provocador pseudónimo, no tiene problema en atacar al patriarcado y, por supuesto, en ser atacada. Disfruto especialmente de sus encuestas en Twitter, que demuestran que no solo ella es una feminazi loca: ¡vivan las experiencias compartidas!
  • Hannah Witton: esta joven británica tiene un canal de youtube, colabora con varios otros, tiene un blog y próximamente ¡un libro! *emoción, emoción*. En ella podéis encontrar educación sexual, feminismo y vivir siendo una mujer joven en el siglo XXI, con sinceridad, buen humor y buen rollo.
  • pikaramagazine: el toque de mirada académica y seria, que nunca sobra, en esta cantidad de mujeres buenrollistas. Mención especial al Presidente de New Gon City, gran aliado y mejor persona, que me la recomendó y me ha enganchado.
Y hasta aquí hemos llegado, amigos. Punto, pero solo seguido, a este mes en el que he escrito más que nunca, me he agobiado, me he emocionado, me he indignado y he disfrutado mucho de poder compartir todas mis cosicas con ustedes.

Les dejo todos estos recursos, y alguno más, en la página de recomendaciones. Visitadla de vez en cuando, que quizá os interese.

jueves, 30 de marzo de 2017

365 días después

Felicidades.

No porque haya pasado un año más. Eso no ha sido ni culpa ni mérito tuyo. Pero felicidades, por todo lo que has pasado en este año.

Porque has elegido el futuro, tu futuro. Porque has sobrevivido. Porque has seguido formándote y aprendiendo, creciendo como escritora, como filóloga, profesora y feminista. Como persona también, que es más difícil.


Porque has amado sin condiciones, sin reservas, entregándote entera pero sin perderte. Porque has vivido el amor más romántico, sin caer en el mito, en la dependencia, en la toxicidad. Felicidades porque te he encontrado, porque me has salvado.

Felicidades por tu apuesta, sea el que sea el resultado.

Aunque sea un poco egocéntrico, felicidades a mí misma. Porque ha pasado un año más. Y he vivido.

miércoles, 29 de marzo de 2017

¿Esto qué es lo que es?

Vamos a ver, centrémonos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de sororidad?

Porque en su nombre he oído verdaderas barbaridades. Por ejemplo, que si pretendes ser feminista, no te puede caer mal, vamos, no puedes ni mirar esquinada a otra mujer. O que todas deberíamos defender las acciones de las demás, lo cual se relaciona con esa fantástica idea de que todo lo que haga una mujer es feminista. En nombre de la sororidad se crucifica a la mujer que critica a otra, como si las feministas fuésemos unicornios, seres fantásticos de absoluta perfección.

A ver si nos estamos equivocando.

En mi opinión —que como sabéis es humilde—, sororidad es la hermandad entre mujeres, base del feminismo, sí. Pero esto no significa que seamos perfectas. Significa, más bien, apoyar y celebrar a otras mujeres; dejar a un lado la envidia y la rivalidad que otros nos imponen en esa carrera por ser la más guapa, la más lista o la más amada; no criticar a otras mujeres por cómo visten, por no trabajar fuera de casa, por tener o no tener hijos, por tener tanto o tan poco sexo como quiera; no atribuir su éxito al atractivo físico o a la auto-prostitución.

Una mujer, por supuesto, te puede caer mal porque sea aburrida, maleducada o te parezca algo tonta. Un hombre así también te desagradaría. Una mujer puede ser machista, o cometer errores, y habrá que decirlo, siempre desde el respeto y con ganas de construir, no destruir. Una mujer te puede parecer menos atractiva que otra, o puede no gustarte tu ropa; pero sororidad significa celebrar todos los cuerpos y el derecho a ponerte lo que te dé la gana, por encima de tu atracción o gusto personal. 

Sororidad significa, simplemente, rechazar la idea de que las mujeres estamos en una competición por el primer puesto. No creerse que el comportamiento base entre dos mujeres sea la competitividad y la envidia. No caer en la pelea de gatas.

Solo así podemos avanzar: no adelantándonos, sino caminando juntas.

martes, 28 de marzo de 2017

Hagámonos oír

Queridos señores de HazteOír.

Sí, sí, ustedes. Los del bonito autobús. Podría llamarles muchas cosas, pero por el momento prefiero solo decirles que son unos ignorantes. Porque, más allá de su flagrante transfobia —y de que confundan esta con la libertad de expresión—, más allá de la identidad de género que cada uno tenga y que por supuesto no tiene nada que ver con lo que tenga entre las piernas, resulta que no. Ni todos los niños tienen pene, ni todas las niñas tienen vulva. Pero claro, saber esto requeriría preguntar al científico más cercano o incluso, válgame Dios, abrir cualquier navegador de Internet e informarse un poquito.

Yo entiendo que es más fácil dividir el mundo en bonitas categorías binarias. Lo bueno y lo malo. Lo superior y lo inferior. Lo masculino y lo femenino. Nosotros, y todos los demás. (No sé si van notando la simetría en este pensamiento) De verdad, lo entiendo, es más fácil y más cómodo organizar el conocimiento de dos en dos, porque pensar que todo, desde el bien hasta la identidad de género o la orientación sexual, se constituye en un espectro que da lugar a la maravillosa variedad humana, da un dolor de cabeza que ninguna aspirina podría curarles.

Pero vengo con malas noticias y un migrañón de agárrate los machos. Al menos para ustedes. Porque cuando dicen que los niños tienen pene y las niñas tienen vulva, están queriendo hablar del sexo como si esta fuese la única verdad absoluta. Finjamos que lo es, que las características fisiológicas definen el género de cada uno. Aunque esto fuese cierto, tampoco estaríamos hablando de categorías binarias.

A pesar de la fijación genital de mucha gente, el sexo no está definido solamente por el aspecto externo de los mismos. Hay muchos más factores implicados en definir el sexo biológico: desde el código genético, a las hormonas, los caracteres sexuales secundarios (vello, pechos, caderas, forma y zona donde se acumula la grasa, tamaño de pies y manos, musculatura y puedo seguir) y los caracteres sexuales primarios (sí, sí, los benditos genitales) externos e internos, porque además del pene y de la vulva tenemos el útero, los ovarios y los testículos.

Y resulta que todo ello tendría que alinearse perfectamente para tener lo que ustedes llaman "hombre y mujer". Es decir, un código genético XX con una vagina, su útero y sus ovarios, sus hormonas y su aspecto femenino. Y para un hombre, lo mismo. Pero resulta que pueden pasar muchas cosas. Puede ser que haya personas con un código genético XY que tengan aspecto externo de mujeres, lo que se llama Síndrome de Swyer, y viceversa, el Síndrome de LaChapelle; puede haber mujeres cuyo clítoris es en realidad un pene pequeñito, y sus ovarios resulta que son testículos que no han descendido. Puede que haya hombres cuyos testículos son, internamente, ovarios que sí han descendido. Puede que haya personas XX cuya mayor carga de hormonas androgénicas generen caracteres secundarios masculinos, como mayor masa muscular, y puede haber personas XY con insensibilidad androgénica, es decir, que no respondan a sus propias hormonas y desarrollen caracteres femeninos — el Síndrome de Morris. Puede que haya trisomías, ya que existen personas XYY —el superhombre—, XXY, XXX —la supermujer... Todas estas variaciones conllevan, en algunos casos, problemas de salud y en otros, simplemente, un aspecto algo distinto.

Les estoy hablando, por si no lo sabían los señores de HazteOír, de las personas intersexo. Personas que, sin tener que llevar a cabo ninguna alteración de su cuerpo, se sitúan en el espectro del sexo. Ellos también han sufrido estigma, patologización y operaciones innecesarias, invasivas y sin su consentimiento, muy dañinas para la mente e incluso el cuerpo, como todos aquellos que osan salirse de su preciado binarismo. El sexo, la parte estrictamente biológica y que se relaciona, de la manera que sea, con el constructo del género, tampoco es A y B, señores de Hazte Oír. Y nadie se está inventando esta identidad: está ahí, con pruebas científicas, al alcance de sus ojos, si quieren mirar.

No voy a llamarles, repito, todas las cosas que podría llamarles. Simplemente ignorantes. Porque resulta que ni muchos niños tienen pene, ni muchas niñas tienen vulva.

lunes, 27 de marzo de 2017

Arriba y abajo

Yo lo iba a explicar, pero mejor dejo hablar a Pamela Palenciano, que se explica mucho mejor:


Pamela Palenciano es una mujer que se ha montado un monólogo estupendo, No solo duelen los golpes, con el que viaja a colegios y otras instituciones buscando, sobre todo, que ninguna niña vuelva a sufrir el abuso y la violencia emocional a la que ella estuvo sometida durante toda su adolescencia. Si queréis verlo entero, yo lo recomiendo muy fuertemente.

Y es que, además de hablar con total sinceridad y crudeza de lo que vivió y de las secuelas, que también son importantes, Pamela está acostumbrada a hablar con niños y con aquellos que no quieren escuchar, y por tanto deja algunas cosas bien claritas.

Algunas cosas, como que hay muchas y muy diferentes situaciones de opresión en el mundo. Y si yo como mujer estoy abajo, como caucásica estoy arriba. Por ejemplo. Estoy abajo en muchas cosas, pero estoy arriba porque soy blanca, porque vivo en un país de esos que llaman Primer Mundo, porque tengo educación y unos padres que han podido costeármela, porque mi vida ha sido relativamente normal en todos los aspectos, porque no tengo ninguna discapacidad que me impida hacer lo que a mí me da la gana, porque puedo profesar la fe que me parezca oportuna. Porque no he sufrido abusos de mis parejas, ni de mi familia, porque no tengo ningún tipo de estrés post-traumático. Porque soy libre de hablar y de expresar mi opinión sobre lo que quiero y de la forma que quiero.

Estoy arriba, es decir, tengo muchos privilegios, porque puedo tender la mano a otras y otros que están abajo, y tenderles el micrófono con el que he nacido, el que me permite ser más escuchada en un ámbito social simplemente por ser quien soy.

Es muy necesario saber dónde está cada uno, qué escalón social se ocupa, para ayudar a subir a los que están debajo y para que los que están más arriba puedan tenderte también una mano. Porque el enemigo, y que esto también quede bien claro, no son las personas que están más arriba. Es la escalera.

sábado, 25 de marzo de 2017

Superwoman

Este mes, estoy de prácticas en un colegio. He vuelto a madrugar para pasarme unas cuantas horas al día sentada en un aula con un montón de adolescentes; en el mejor de los casos, estoy de pie al frente de la clase y no tengo tanta sensación de déjà vu. Esto también implica que tengo que preparar material para la clase, corregir ejercicios, repasar temario que hace años que no veía, volver a aprender a analizar oraciones como se hacía en Bachillerato... 

Además, la universidad ha decidido que tenemos que escribir un proyecto de prácticum (es decir, lo que pretendo hacer), un diario de las actividades del colegio (es decir, lo que estoy haciendo) y una memoria de prácticas (es decir, lo que he hecho). No sé si es afán burocrático o que quieren que controlemos bien los tiempos verbales. Además, tengo que ir a unos cuantos seminarios a contarle a un profesor lo que estoy haciendo, porque hay que trabajar todas las competencias: la escrita y la oral.

También me he metido a dar clases particulares, por ganar un dinerillo. Y no vivo con los papis, así que además hay que comprar, limpiar, cocinar, recoger... Cómo una casa con tres habitaciones puede dar tanto trabajo, que alguien me lo explique.

Soy una mujer que se enorgullece de llegar a todo. Pueda o no pueda, yo llego, porque no hacerlo no es opción. Creo que esto me viene de mi madre, que con menos de treinta añitos cada mañana salía a trabajar con los niños limpios y peinados, dejando la casa recogida y todo listo para comer. Y creo que esto a mi madre le viene de la idea de que la mujer puede hacerlo todo.

Porque antes, la mujer no podía hacer casi nada: cuidar la casa, cuidar al marido, cuidar a los niños y ancianos... Y se nos ocurrió la feliz idea de decir que por qué no nos dejaban hacer más cosas, como trabajar fuera de casa, por ejemplo. Y en lugar de pensar que, si la mujer puede hacer todo lo que hace el hombre, en el sentido contrario también debe funcionar, se optó por venderle a la mujer que se puede ser madre, esposa, ama de casa y trabajadora a tiempo completo y hacerlo todo tan bien como si no te dedicases a otra cosa.

Vamos, que nos están timando. Porque un solo ser humano no puede hacer el trabajo de cinco. Que yo seré de letras, pero estas cuentas no salen. Y como no salen, no llegamos a todo. Y como no llegamos a todo, nos sentimos culpables, peores madres o peores trabajadoras, porque tenemos que elegir entre tender la lavadora o acabar la presentación para mañana. Porque nos han vendido que podemos hacerlo todo.

Y podemos.

Pero no todo a la vez, no todo con la misma intensidad y la misma dedicación, porque el día solo tiene veinticuatro horas y nosotras solo tenemos dos brazos y dos piernas, en el mejor de los casos. Así que vamos a empezar a venderle a las mujeres que hay que hacer lo máximo posible, sí. Y a veces lo máximo es levantarse a las seis de la mañana, arreglarse como un pincel, currar como una fiera durante ocho horas, cocinar algo sano y nutritivo, tener la casa como una fiesta de la Preysler con montaña de Ferrero incluido, jugar con los niños y llegar al final del día con ganas de ver una serie y hasta de querer un poco a tu pareja.

Pero a veces lo máximo que se puede hacer es quedarse toda la tarde viendo capítulos atrasados de Supergirl, porque ni el cuerpo ni la mente te dan para más. A veces lo máximo es irse a dar un paseo y despejarse, porque después del décimo alumno que tienes que suspender la moral se te ha ido al carajo. A veces lo máximo es no hacer nada, porque todos somos personas y se nos puede acabar la batería.

Y no pasa nada.

Vamos a empezar a comprar la idea de que la perfección no existe, de que la energía se agota, de que de verdad que sí, la intención es lo que cuenta y si los platos se quedan sin fregar un par de días, no pasa nada. Vamos a empezar a comprar tiempo de calidad para nosotras mismas, vamos a empezar a comprar perdón y compasión para los pequeños fallos y las tragedias cotidianas, vamos a empezar a comprar que no existe más superwoman que la que sale en los cómics.

Para todas las demás, vamos a reservarnos el derecho a ser mujeres. Sin más.

martes, 21 de marzo de 2017

Eres tú

Fábulas de la garza desangrada

«Envío»

a mi madre, y a la estatua de mi madre,
a mis tías, y a sus modales exquisitos,
a Marta, así como también María,
porque supo escoger la mejor parte,
a Francesca, la inmortal, porque desde su infierno insiste
en cantarle al amor y a la agonía,
a Catalina, que deslaza sobre el agua
las obscenidades más prístinas de su éxtasis
únicamente cuando silba el hacha,
a Rosario, y a la sombra de Rosario,
a las erinnias y a las furias que entablaron
junto a su cuna el duelo y la porfía,
a todas las que juntas accedieron
a lo que también consentí,
dedico el cumplimiento de estos versos:
porque canto,
porque coso y brillo y limpio y aún me duelen
los huesos musicales de mi alma,
porque lloro y escribo en una copa
el jugo natural de mi experiencia,
me declaro hoy enemiga de ese exánime
golpe de mi mano airada
con que vengo mi desdicha y mi destino,
porque amo,
porque vivo y soy mujer, y no me animo
a amordazar sin compasión a mi conciencia,
porque río y cumplo y plancho entre nosotras
los mínimos dobleces de mi caos,
me declaro hoy a favor del gozo y de la gloria.

Rosario Ferré

A ti, que escribes.

También a ti, que lees.

A ti, que lo eres. No de una manera silenciosa y como ausente, no el objeto de una pluma ajena sino sujeto bien activo de tus palabras, tus actos, tu cuerpo y mente, tu vida. De tu gozo y de tu gloria.

Feliz día mundial de la poesía.

viernes, 17 de marzo de 2017

La belleza está en el interior

Hoy se estrena la versión "más vivos que nunca" de La Bella y la Bestia.

Algunos se estarán meando en las bragas de emoción porque les encanta ver un clásico de su infancia reconvertido en lo que tiene toda la pinta de ser un peliculón. Pero muchos cogerán su fobia a las princesas Disney y enarbolarán sus carteles feministas al grito de "mimimi síndrome de Estocolmo", "mimimi mujer frágil", "mimimi cambia para agradar a tu hombre". Y ya no me quiero meter con "mimimi Emma Watson ha enseñado las tetas y no puede ser feminista" porque ya se ha explicado ella solita y lo ha hecho la mar de bien.

Personalmente, me muero de ganas por ver esta película. Como niña que creció con la nariz metida en un libro, me gustaban otras niñas así. Hermione Granger, Matilda, Bella... Mujeres que valoraban las aventuras y las enseñanzas de la ficción, que vivían mi mayor afición como una maravillosa forma de estar en el mundo, que convertían un motivo de burla en el núcleo de su heroicidad. Que me hacían sentir que no estaba sola, que no era tan diferente y que, si lo era, no tenía por qué significar algo malo.

Bella es una mujer que, a diferencia del resto de princesas clásicas, lee. Que aprende. Que quiere viajar y vivir aventuras por su cuenta.

Además, Bella es una mujer que rechaza a Gastón, el hombre más guapo del pueblo, porque es un chulo arrogante y pagado de sí mismo, que solo la quiere a su lado para hacer bonito. Le rechaza con firmeza una y otra vez, a pesar de su amabilidad innata, y no se deja amilanar por su comportamiento de chulo-playa que no consigue engañarla.

Bella es una mujer que no solo no espera a ser salvada por ningún hombre, sino que se lanza al rescate de su padre y se ofrece a ser encarcelada en su lugar, pues sabe que ella sí será lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Que se enfrenta a una manada de lobos armada solo con un palo. Que defiende a Bestia frente a todos los aldeanos y lucha por lo que cree correcto. 

Bella es una mujer que no acepta las invitaciones de Bestia mientras él es un bruto, maleducado y zafio que solo la quiere, como Gastón, para hacer bonito a su lado, para limpiarle la casa y para aguantar sus ataques de ira. Bella solo acepta cenar con él una vez él cambia su comportamiento, la respeta, conoce sus gustos y le regala su librería como forma de pedir perdón y de valorar sus intereses, esos intereses que van más allá de los de cualquier hombre. Bella no adopta el comportamiento de su secuestrador, síntoma de un Síndrome de Estocolmo, sino que le exige a él que cambie: solo una vez Bestia ha comprendido que no puede comportarse como un elefante en una cacharrería, y que ella no es un "mueble" más en su palacio, ella empieza también a respetarle, conocerle, comprenderle y, finalmente, quererle.

Bella es una mujer que se enamora al ritmo de una canción que habla de que la belleza está en el interior. Es una mujer que ha sido rechazada por sus vecinos, y que defiende a Bestia del miedo irracional de estos. Que se acerca al excluido y comprende lo que hay por debajo de una superficie aterradora. Y qué importante es esto para esos colectivos que se mueven por los límites
.

Bella es una mujer fuerte, inteligente, que tiene intereses propios, que lucha por lo que es correcto, que no solo es amable con los demás sino que espera que ellos también lo sean con ella y que se niega a comprometerse con un hombre que no la ama por lo que es sino por su aspecto.

Y todo esto lo hacía antes de que Emma Watson metiese mano. Al parecer, en esta nueva entrega Bella es inventora, no utiliza corsé y se sube al caballo con botas de montar y la cabeza más alta que nunca. Y si los feministas mimimi tienen algo que objetar, me gustaría saber qué película están viendo.

Yo ya estoy de camino al cine.

miércoles, 15 de marzo de 2017

The Feminist Wars: Make up Strikes Again

 Cuando era pequeña, era una niña muy burra. Me negué a llevar faldas muy pronto, odiaba —y todavía odio— el color rosa y todo lo que implicara peinarse, arreglarse... La boda de mi hermana fue un drama, y mi comunión ya ni os cuento. En mi adolescencia, esto se tradujo en una incomodidad con todo lo que se suponía "femenino" que, sumado a que me sentía mal con mi cuerpo el 90% del tiempo, hizo que durante mucho tiempo no me atreviese a llevar falda, vestido, pantalones cortos —probad a caminar por Madrid en agosto con vaqueros, a ver si os vale la pena el complejo— o colores claros. No digo que no me encantase el negro, los pantalones militares o el contorno de ojos estilo mapache, sino que comprarme camisetas de colores brillantes o vaqueros cortos fue una señal de que me empezaba a sentir cómoda con mi cuerpo y con mi feminidad.
Sigo explorando esta parte de mí misma poco a poco. Ahora mismo, me encantan los vestidos estilo skater —falda de vuelo y corte a la cintura—, he ampliado mi set de maquillaje a pintalabios y rímel, y aunque siguen sin gustarme el rosa y las flores, he de admitir que el encaje es un gran invento. Todavía hay cortes de ropa —por ejemplo, los vestidos muy ceñidos— que me resultan incómodos, y no sé si alguna vez llegaré a dominar el tema de los tacones.

Tampoco soy una gran fan del maquillaje. Paradójicamente, veo con religiosa pasión todos los tutoriales de Ingrid Nilsen o de Safiya Nygaard, pero la base de maquillaje con la que alguna Nochevieja escondí los granos debe llevar caducada unos tres años. Lo hago por economía y por comodidad, porque no me gusta que la cara me huela a maquillaje, pero también porque no creo que a mi edad necesite ocultar nada; de hecho, no sé si a alguna edad tendré esa necesidad. 

Sin embargo, no creo que todas las mujeres que dedican una cantidad ingente de tiempo y de dinero a dominar estas técnicas y productos sean vanas, superficiales o que tengan el cerebro lavado por el heteropatriarcado. Creo que el maquillaje es un tema complejo, pues sí puede ser una imposición; hay mujeres que sienten que no pueden salir a la calle sin maquillaje y que se lo ponen incluso cuando este arruina su economía, les hace levantarse media hora antes y, en muchas ocasiones, les provoca más acné del que oculta. El maquillaje ha sido durante mucho tiempo la herramienta que permitía a la mujer acercarse al canon de belleza, el látigo con el que las empresas de cosméticos las azotaban: no eres suficientemente buena, no lo estás intentando, nadie quiere ver tus ojeras, tus poros, tus espinillas. Ponte una máscara que combine con tu falda y tus zapatos, porque no nos interesa lo que hay debajo.
Pero también puede ser una forma de arte y de disfrute, una actividad que consista en mimarse a una misma, dedicarte tiempo, cuidar tu piel y atreverte a llevar tu estética un paso más allá. Puede ser una declaración de intenciones. El problema del maquillaje no es que haya mujeres, feministas o no, que lo disfruten, sino que Alicia Keys sea una revolucionara de extraordinaria valentía por llevar la cara lavada a un evento. El problema es que si llegas a una reunión de trabajo, a una entrevista o a una fiesta sin maquillarte, se piensa que eres menos profesional porque ni siquiera te has esforzado con tu aspecto. Si voy limpia y correctamente vestida, he llegado a tiempo a la reunión, he preparado los temas que debía y hago en general mi trabajo,¿por qué no llevar pintalabios es lo que me hace menos profesional?

El maquillaje, en definitiva, no me parece el problema. El maquillaje, como la depilación o los tacones, es solo una herramienta. Para mí, es símbolo de que mi autoestima y mi confianza están más altas que nunca. Para otras, es una imposición, una necesidad, algo que las hace aceptables a los ojos de los demás. Ese es el problema, como todo lo demás: que a las mujeres se nos imponen unas expectativas —piel perfecta, ojos grandes, labios jugosos y eterna juventud— imposibles de cumplir sin una gruesa capa de maquillaje.

martes, 14 de marzo de 2017

Querido Freud.

Querido Freud,

llevas muerto unos cuantos años. Afortunadamente, un día conseguiremos enterrar todas tus teorías contigo. Porque es difícil estar equivocado de manera tan absoluta como tú; parece que lo hayas hecho aposta. A lo mejor estabas riéndote de todos nosotros y se nos ha escapado la broma.

Porque, querido Freud, la mayoría de las niñas no tienen envidia de pene. Ninguna que yo conozca, desde luego. Es más: ninguna niña en el ancho mundo ha sufrido una castración como tú dices porque, agárrate a la silla, tanto niños como niñas como todos los géneros intermedios comienzan con la misma estructura. Échale una pizca de andrógenos durante el desarrollo fetal, y se convierte en un pene. Deja que siga desarrollándose y se convierte en un clítoris. Si las circunstancias se complican, nos encontramos con una persona intersexo, pero bastante movida te estoy montando como para meterme en eso ahora. Otro día.


Querido Freud: el orgasmo vaginal no es mejor que el clitoriano. De hecho, lamento decirte que el orgasmo vaginal no existe: también es clitoriano. Porque el clítoris no es una cosica pequeña y escondida en el exterior de la vagina, sino que se extiende también por dentro y es su estimulación, tanto interna como externa, lo que provoca el orgasmo femenino. Incluso aunque el orgasmo "vaginal" fuese mejor que el otro, te voy a dar un disgusto: no lo es porque involucre a un pene, porque un instrumento recto es la peor manera de estimular el clítoris internamente. Adivina qué sí consigue estimularlo bastante bien. Exacto.

Querido Freud: a estas alturas, lo debes estar flipando. Verás cuando alguien te comente que tener un hijo no soluciona de ninguna manera una envidia de pene que no existe. Muchas mujeres tienen hijas, y seguimos sin pene. Muchas mujeres tienen hijos sin que un hombre intervenga más de lo estricta y biológicamente necesario. Muchas mujeres no tienen hijos, tienen libros, o carreras, o viajes. Y eso también solucionaría la inexistente envidia de pene.

Sigmund, permíteme que te tutee porque a estas alturas has estado suficientemente involucrado con mis genitales como para que me tengas hasta las narices. Porque, vamos a ver, Sigmund, ¿quién en su sano juicio, poseyendo un clítoris, tendría envida del pene? El clítoris, querido Sigmund, no está expuesto para que cualquier golpe nos deje fuera de combate. El clítoris tiene más de ocho mil terminaciones nerviosas, y tu amado pene no tiene más que unas cuatro mil. El clítoris es el único órgano cuya función exclusiva es la de proporcionar placer. Tengo todo un órgano, querido Sigmund, dedicado a pasármelo bien.

Y tú tienes un pene, el subconsciente empantanado y un montón de teorías que a estas alturas están siendo desmentidas una por una.

Como para tenerte envidia.


lunes, 13 de marzo de 2017

Pensándolo mejor...

El otro día, salí de clase. Por la mañana me había puesto unos vaqueros y una camiseta negros, olvidándome de que estamos en Andalucía. Para cuando me dirigía a casa, a las seis de la tarde, estaba sudando, me había recogido el pelo en un moño muy poco favorecedor y no tenía fuerzas ni para estar de mal humor.

Entonces pasó un coche a mi lado y el copiloto sacó la cabeza por la ventanilla para gritarme algo en las líneas de "Oye, mami linda". No recuerdo las palabras exactas, pero sabéis de qué estoy hablando.

Y yo, que normalmente les regalo la mirada de la muerte y algún insulto, si me siento generosa, en un primer momento me sentí halagada. Me sobraba toda la ropa del mundo, me sentía incómoda, me sentía fea y, después de un examen particularmente estúpido, también me sentía un poco tonta. Pero cuando aquel cerdo decidió hacerme saber que me encontraba sexualmente deseable, mi primer pensamiento fue "Bueno, por lo menos le resulto atractiva a alguien".

Mi segundo pensamiento fue, "¿qué mierda estás pensando, Beatriz? ¡Cerdo, guarro, asqueroso, vete a la mierda!". Me sentí asqueada, no solo por aquel chico, sino por mí misma. Porque, en un mal momento, había vuelto a caer en la falsa creencia de que mi valor puede estar medido por mi atractivo físico, de que lo que pueda opinar un desconocido tiene alguna importancia, de que si no te gritan guarradas por la calle es que no eres guapa. ¿Qué pasa, que soy feminista solo de palabra? ¿Que consejos vendo, que para mí no tengo? 

Es normal caer de vez en cuando, o incluso siempre, en lo que nos han enseñado desde pequeños. El proceso de desaprenderer es largo y continuo. Puede que te griten por la calle y te sientas halagada, puede que veas una mujer con falda corta y pienses que va provocando, puede que tu amiga te esté contando el sexo increíble que tuvo con un desconocido y estés pensando que un poco guarra sí que es. Es normal, porque es lo que nos han enseñado a pensar, el mensaje que recibimos a diario de medios de comunicación, de gente de nuestro entorno, del humor, la cultura que se construye sobre una misoginia galopante.

Lo importante es lo que piensas después. Si tu segundo pensamiento es, "no, ella podría ir desnuda en el Metro y aun así no estaría provocando", "no, puede acostarse con quien le dé la gana mientras todo sea consensual y seguro", "no, no quiero que me grites por la calle, quiero que te vayas a la mierda". Porque el primer pensamiento que te viene a la cabeza es lo que te han enseñado a pensar, y el segundo es lo que quieres pensar.

En inglés, la expresión "Pensándolo mejor" se traduce como "On second thought". En un segundo pensamiento. Ahí es donde quiero vivir yo: en mis segundos pensamientos.

jueves, 9 de marzo de 2017

Derecho a (no) ser madre

Quiero ser madre.

Lo he sabido desde que era muy pequeña. Quizá desde que, con seis años, tuve en brazos por primera vez a un bebé que tenía horas de vida. Era preciosa, era más pequeña de lo que imaginaba que podía ser una persona. Sí, quizá lo sepa desde entonces. Este deseo es tan integral a mi persona, a lo que soy y quiero ser, que no consigo comprender cómo alguien no puede tenerlo. Cómo a alguien no le pueden encantar esos locos bajitos.

Quiero ser madre.

Pero una vez, cuando todavía estaba en el instituto, tuve un retraso. Apenas una semana. No era raro, porque siempre tuve la menstruación bastante irregular. Pero era la primera vez que tenía un retraso y, además, podía haberme quedado embarazada. Y yo, que entonces ya sabía que quería ser madre, viví durante siete días con un nudo en el estómago, con ganas de llorar, con el pánico constante de que, quizá, a pesar de todas mis precauciones, a pesar de los anticonceptivos, de la educación, del cuidado, quizá. Yo quería ser madre, pero no entonces, no así. Lo sentía con todo el cuerpo: no era una negación intelectual, era visceral. Era un no integral.

Hay mujeres que no quieren ser madres, ni entonces, ni así, ni nunca. Y nadie debería sentir tanto miedo, nadie debería sentir ese revulsivo que se provoca por todo tu cuerpo cuando sabes que no, que no es esto lo que quieres. Que tu cuerpo está invadido, que ya no es tuyo, ni tu cuerpo ni tu vida, no durante los siguientes dieciocho años, sino para siempre. Yo estoy dispuesta a ceder mi cuerpo y mi vida a otra personita, pero nadie debería hacerlo porque es lo que se supone que tienes que hacer, por el qué dirán, por la presión de la sociedad. Porque tu vida no estará completa sin ser madre.

Leonardo da Vinci nunca tuvo hijos, y nadie cree que esto le hiciese peor persona. Newton murió sin descendencia y no se considera que le faltase "algo". Y sin embargo parece que una mujer que no quiera hijos está dejando un hueco -que no es tal: el útero no está vacío, es un órgano que puede albergar un bebé, o puede no hacerlo- en su vida.

El Día Internacional de la Mujer sirve para reivindicar todas las cosas que todavía se nos niegan. Pero también para celebrar todo lo que hemos conseguido. Entre otras cosas, la posibilidad de acceder a métodos anticonceptivos, a informarnos e informar sobre ellos públicamente, sin miedo. Falta deshacernos del lastre el estigma, del "cuando seas más mayor querrás hijos", del "te arrepentirás si no los tienes", del "toda mujer quiere ser madre".

No existe el "toda mujer". Somos la mitad de la población: es literalmente imposible que todas las mujeres piensen, sientan, sean o quieran lo mismo. Yo quiero ser madre. Pero muchas otras no lo quieren, y es su derecho reivindicar su vida completa, feliz, plena y sin hijos.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Día Internacional de la Mujer

Feliz día, mujer.

Sigamos caminando, sigamos luchando. Por las de aquí y, especialmente, por las de allí. Por las que son como tú y, sobre todo, por las que son distintas. Por las que vinieron antes pero, sobre todo, por las que vienen después, que un día no serán capaces de concebir la desigualdad.

Hagámoslo por ellas, y por nosotras. Si tu lucha es con espada o con pluma, a gritos o en silencio, aprendida o desaprendida, solo por ser mujer y celebrarlo ya has ganado una batalla.

Feliz día, mujer.

martes, 7 de marzo de 2017

La sombra del ciprés

Siempre he hecho las cosas rápido, pronto, en cuanto me han dejado. Dos meses de cumplir dieciocho había donado sangre, había votado y estaba apuntada a la autoescuela. Vivo agobiá, ya lo sabéis. Quizá esto tenga que ver con ser la hermana pequeña de un hombre que vive, también, bastante rápido y bastante intensamente. Si sois los pequeños, sabéis que la sombra del hermano mayor es alargada y cuesta vivir en ella.

Os preguntaréis qué tiene esto que ver con marzo y el feminismo y los temas que nos ocupan estos días. Pues es que este hermano mío no solo ha nacido un día antes del Día Internacional de la Mujer —ya os he dicho que siempre ha sido bastante precoz—, sino que además tiene la capacidad de hacerme querer ser mejor persona, mejor profesional y, por supuesto, mejor feminista. Porque mi hermano no hace nada a medias, lo ha dicho siempre su madre (y la mía): que no le dé por el terrorismo, porque acaba con España.

Mi hermano es capaz de ser médico, coordinador, padre, esposo, amigo, hermano, hijo y runner, y todo ello a tiempo completo. Es capaz de proponerse nuevos retos a diario, de seguir mejorando como profesional y como persona, de no rendirse en su búsqueda de la felicidad, de seguir aprendiendo con las más de cuarenta castañas que le han caído hoy. 

Mi hermano, junto a mi cuñada, además, ha criado a tres niñas maravillosas con sus principios firmes, sus propósitos claros y tantas ganas de aprender, crecer y superarse como él. Tres niñas que, con menos de dieciocho años, ya son capaces de explicarme por qué una canción como "Ain't Your Mama" no es tan feminista como JLo pretende que sea. Y seguro que muchos adultos no saben de lo que hablo. 

Mi hermano es hombre, blanco y heterosexual, pero también se reparte las tareas domésticas como uno más, colabora con sus compañeras en plano de igualdad y a las mujeres de su entorno nos da tantos privilegios como él tiene, pero también nos exige las mismas responsabilidades. Es, se podría llamar, uno de los grandes aliados del feminismo.

Mi hermano es un ejemplo y, aunque a veces sea difícil mirarse en semejante espejo, también es un impulso a seguir creciendo. Felicidades, hermano. Ojalá queden muchos años que celebrar contigo.