Mostrando entradas con la etiqueta Invasión boliviana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Invasión boliviana. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Mis mujeres

Hoy me he dicho, debería escribir. Quizá de la absurda polémica de Laura Freixas. Quizá de la película que vi ayer. O de cualquier otra cosa, si nos sobran los temas.

Pero no puedo. Porque en estos momentos, mi hermana debe estar embarcando en su vuelo trasatlántico, vuelta a Bolivia. Estará allí una semana, participando en sus cursos de autismo -se ve que aun le falta mundo por cambiar- y, me imagino, partiéndose por dentro. Y como no puedo dejar de pensarla, no puedo escribir de otra cosa. Así que os hablo de ella.

De ella, y de mi madre. De las dos mujeres extraordinarias que me han hecho lo que soy. De dos mujeres valientes, de esas de cabeza alta y paso firme, que se han estudiado una (o dos) carreras, que han apostado por su familia y su trabajo sin dejar de ser maravillosas en ninguno de los dos, que han dejado toda una estela de mujeres detrás de ellas que, con suerte, les llegaremos a los talones.

Mi hermana y mi madre son de esas mujeres fuertes pero increíblemente suaves, vulnerables, cariñosas, abiertas, sonrientes, que tan poco se ven en las películas. De esas mujeres que se ponen el mundo por montera. De esas mujeres que cogen dos niñas y media vida y se van tres años a Bolivia, porque se las necesita más. De esas mujeres que, con todo el vértigo del mundo, se montan en un avión y se cruzan el mundo porque las llama la sangre. De esas mujeres que, como quien dice, me han hecho el mejor regalo. Y tres veces, que ná' menos. De esas mujeres que apuestan por la vida. Mi hermana y mi madre son las mujeres que me han enseñado a no salir de casa sin peinar, a sonreír cuando ya no puedes más, que la derrota no existe y que a veces, solo necesitas una buena pregunta para poner la vida en orden.

Que sí, que hay mujeres más famosas, y mujeres que sin duda, ante los fríos y objetivos ojos del mundo, serán más importantes. Mujeres que pasarán a los anales de la historia. Pero hoy mi hermana se va a Bolivia, y hoy estas son mis mujeres. Esta es mi historia.


miércoles, 22 de abril de 2015

La felicidad era esto

Ayer, compré billetes de avión a Bruselas. Este verano voy a visitar Bruselas, Brujas, Gante y Ámsterdam en seis días, viviendo a lo loco, como a mí me gusta.

Hoy, vuelve mi hermana. Después de tres años, dos meses y un día, Laura, Luis, Ainara, Mar y Libertad aterrizan en España y todavía, si me lo permitís, no me lo creo. Hasta que no les vea en territorio nacional no me creeré que de verdad han pasado tres años, que de verdad todo ese tiempo que parecía inmanejable ha sido manejado. Es más, ha sido vivido y disfrutado intensamente, se ha sentido de todas las maneras posibles, y ha pasado. Y están aquí.

Mañana, me dan un premio literario. Un premio literario mínimamente importante, pero con publicación y premio en metálico y todas esas cosas que hacen que tu cuento ya no sea tuyo, ni tenga la aprobación de tus seres más queridos, sino la aprobación de un jurado. La aprobación que te permite saber que sí, que sabes escribir, que no eres tú sola la que lo piensas, y que deberías seguir intentándolo.

Esta semana, en definitiva, ha sido un buen recordatorio de por qué me gusta estar viva. Por los viajes, el mundo, todas las cosas nuevas que me esperan y que sé que no podré abarcar, pero no pierdo nada por intentarlo. Por mi familia, por mis amigos, por la gente que te quiere y a la que quieres, por esa incondicionalidad. Por la literatura, en todas su formas y colores, por todas las historias, por la poesía que puede tener una tarta estrellada contra el suelo. 

Hace tiempo que necesitaba una semana como esta.


viernes, 18 de abril de 2014

Gabriel

Se nos fue. Después de cien años de crear con la palabra, se marchó a esa muerte-no muerte que siempre ha desafiado en sus libros. Y digo no muerte, porque no se va del todo. Siempre podremos ir debajo del castaño a buscar consuelo.


Os dejo un homenaje pequeño que le hice, sin saber que se me moría mientras lo iba escribiendo.

Las flores del rododendro

Eugenia Guamán vivía en la calle Incachaca, a las afueras de Cochabamba. Todos los días se levantaba de madrugada, desayunaba un alguito y se caminaba la distancia que la separaba de su verdadero hogar. Llegaba para los primeros gritos, la pelea del orinal, quién se lavó las manitos para el desayuno, venga apúrense los mayores, que llegan tarde al kinder…
Eugenia Guamán había sido siempre madre. Primero de sus hermanas, las mayores y las pequeñas, mientras su madre trabajaba desde antes de amanecer hasta bien entrada la noche y su padre se intoxicaba en la chichería, consumiendo gran parte de la plata que ella ganaba. Eugenia aprendió a cambiar pañales y a hacer sopas antes que a escribir su nombre, y desarrolló la extraordinaria capacidad de sostener a un bebé en brazos mientras repartía purés en cuatro boquitas hambrientas con una sola cuchara.
A los diecisiete años, se casó y pasó a ser la madre de su esposo y de sus niñas. Descubrió que la historia se repite y que, tratando de escapar de sus fantasmas, se había metido en una casa embrujada. Durante años entre sus cuatro paredes no hubo más que gritos: gritos embriagados, gritos de terror, gritos que ya no significaban nada, pero se seguía gritando. Envejeció más rápido de lo que le correspondía y su piel se endureció a base de sol y golpes, como el cuero. Un día, se miró al espejo y reconoció a su madre.
—Mamá —le habló, sabiendo que por el cristal se comunican las almas—, mira lo que me enseñaste. No sé mejor que esto. Pero las guaguas crecen fuertes, crecen sabias, mamá. Tienen alma de viejas y entienden mejor que tú y que yo.
Su madre le sonrió, sin saber qué decirle. Nunca habían hablado demasiado y no le parecía que ya traspasada la frontera fuese momento de empezar. Aun así, cada noche Eugenia se deshacía la larga trenza, el negro cada vez más entreverado con plata, delante del espejo y le contaba con voz pausada cómo le había ido el día. Aquello posiblemente le llevase más tiempo del que tenía, pero se acostumbró tanto a la sonrisa bordeada de arrugas de su vieja que no era capaz de dormirse sin haberla visto.
Eugenia había tenido cinco hijas. Dos de ellas habían muerto apenas nacidas, cuando las llevaba a todas partes en el aguayo, pegadas a la piel. Todavía cargaba su imagen y su peso liviano, a pesar de hacer más de veinte años que dormían bajo la tierra. A su marido lo había enterrado también hacía tiempo, pero a él ya lo había cargado bastante en vida como para aguantarlo muerto. Las otras habían crecido para ser tres hermosas jovencitas, más altas y más fuertes que ella, que apenas se despegaron de su falda comenzaron a hacer sus vidas sin pedirle ya más ni perdón ni permiso. Un día se encontró con que no era madre de nadie y se buscó nuevos hijos.
Se plantó delante de aquellas dos mujeres, una tan rubia y la otra tan morena, y sin atender a sus preguntas afirmó “Yo soy madre”. Ellas insistieron. Querían saber su experiencia, si traía referencias, dónde había trabajado antes. Y ella repitió machaconamente “Yo soy madre”. Porque lo era. Lo llevaba en los huesos y, aunque todo acabara, su ser madre seguiría existiendo mientras ella respirase. Por fin lo comprendieron y, sin que nadie protestase, Eugenia se convirtió en la dueña subrepticia del Hogar. En teoría, debería ocuparse tan solo de los bebés y dejar que el resto de empleadas hiciesen la comida, la limpieza y la educación de los más mayorcitos. En la práctica, nadie movía un músculo sin que Eugenia Guamán vigilase y aprobase dicho movimiento.
Podría uno pensar que con diecisiete niños a su cargo, cualquiera se agotaría. Pero no Eugenia. Ella daba sopas, cambiaba pañales, acarreaba bultos berreantes y doblaba kilos y kilos de ropita diminuta sin que el cansancio osase asomar su carita sucia por sus dominios, no fuesen a agarrarlo y obligarlo a lavarse. Sólo se iba a casa bien entrada la noche, cuando las cuidadoras que dormían allí la obligaban a marcharse a empellones. Al principio, dormía mal pensando en sus guaguas. Al fin y al cabo, era su mamita,  así la llamaban, y ¿qué clase de madre se va a otra casa a dormir mientras sus bebés lloran? Con el tiempo se acostumbró a pasar algunas horas separada de ellos, aunque nadie pudo convencerla de que no debía dejar que la llamasen mamita. Mientras viviesen bajo su mismo techo, y hasta que se los llevase su familia definitiva, ella los estaba criando.
Un invierno, cuando el rododendro apenas comenzaba a llenar de flores medio marchitas el patio, se dio cuenta de que sólo tenía un bebé. Romer había llegado hacía un par de semanas, todo huesos, pero ya se le rellenaban las mejillas. Su madre lo había tenido en la calle con ella durante meses, hasta que se había convencido de que lo estaba matando de hambre y lo abandonó a la puerta de algún hospital. Mientras le daba el biberón, sentada al lado de su cuna, Eugenia pensó que aquella tranquilidad no duraría mucho. Efectivamente, aquella tarde llegó Brenda para cambiarlo todo.
Se anunció con un sueño confuso y agitado que tenía despierta a Eugenia de madrugada y que le dejó una sensación de muerte inminente que no se pudo sacudir. Llegó al hogar mucho antes de lo que acostumbraba, con la garganta atravesada de miedo, y solo pudo respirar cuando comprobó que todas las guaguas estaban bien. El día transcurrió con normalidad, aunque aquella ansiedad inexplicable no abandonó a Eugenia hasta que, mientras los mayores merendaban en el patio, ella se retiró al cuartito de las cunas a darle el biberón a Romer. Entonces, entró Anita, la trabajadora social, a entregarle un bultito que era más mantas que bebé. Eugenia dejó a su propia carga en la cuna, apoyando el biberón en la manta para que siguiese alimentándose, y tomó a la niña en sus brazos. Mientras la miraba, aprendiéndose su carita diminuta y colorada, se fue disipando su sensación de angustia. Y lo supo.
—Esta niña se va a morir —le dijo a Anita.
—No, no, qué va —sonrió ella—. Ha estado en el hospital un tiempo, pero ahora ya está bien sana, le curaron la hemorragia en el cerebro y los problemas de estómago, ya está perfecta. Mirá, mirá cómo sonríe.
Pero ella insistió. El bebé tenía los ojos grandes y ausentes de los que ven más de lo que deberían, como si ya estuviese asomándose a la muerte. Pero nadie hizo caso de su presagio, porque los médicos decían que estaba bien. Eugenia decidió entonces no separarse de ella, ni de día ni de noche, pues clamaba al cielo que una criatura tan pequeña tuviese que morir sola. Durante los días que estuvieron juntas, Eugenia la cargó como había cargado a sus hijas, le cantó melodías sin palabras y le habló. Le habló durante horas, del resto de niños que habían dormido en esa misma cuna, de su vida anterior, de lo que podría esperar al otro lado. Le dio mensajes para su madre y sus hijas, para el resto de niños que habían muerto a su cuidado. La niña la miraba con los ojos muy abiertos, comprendiendo sin necesitar palabras, más sabia porque había tenido que aprenderlo todo en muy poco tiempo.
El día que Brenda murió, amaneció el cielo blanco, con una luz de otro mundo que endurecía los colores y afilaba los límites de las cosas. Las cunas, la ventana, la mamadera que dejó apoyada en la manta de Romer, parecían filos cortantes y hacían que, inconscientemente, Eugenia evitase tocarlos. Cuando tomó a la niña, la notó ligera, como si la luz que hería a todos no la tocase. Sabiendo qué iba a pasar, se salió al patio y se sentó en una sillita mientras la casa despertaba. Ajena a los gritos y los llantos del resto, Eugenia acunó a la bebé, que miraba a su alrededor con ojos inteligentes, queriendo llevárselo todo en su viaje. Pasaron las horas lentas, blancas, en una comunicación silenciosa. Por fin, a la tarde, el cielo se tiñó de amarillo y rosa y Brenda cerró los ojos. Se fue serena, sin llorar y, mientras su alma partía, el rododendro se estremeció y se les llenó el patio de flores.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Un repasito

Querido 2013, no empezaste bien, para qué engañarnos. El hospital no es el mejor sitio para despertarte el día 1 de enero. Pero claro, desde ahí sólo podías ir a mejor, ¿no?

Bueno. Sí y no. Has sido un año de extremos. De muy, muy malos, pero también de muy, muy buenos.

Y como lo normal es acordarse sólo de lo malo y más si eres una pesimista profesional, sólo por llevar la contraria, me voy a quedar con lo bueno. Y es que me has traído muchas cosas extraordinarias.

Me has traído el mejor verano de mi vida. No, no el mejor, el mejor. Me has traído a mi hermana, a mi cuñado, a mis niñas de vuelta. No se puede explicar la falta que me hacían. Me has traído a todas las personas extraordinarias que ahora forman parte también de su vida, que son muchas. Me has traído el Preefa y el Hogar. Las Salesianas. Moni, Jorge, Marisol, el Santi. Y todos los lugares inolvidables: la selva y el altiplano, Santa Cruz, la Chiquitanía. Titikaka. Siempre Titikaka. Me has traído visión. Me has traído más regalos de los que me merecía. Creo que no he sido tan buena.

Me has traído Embarrados y Labouré. Todavía no os he hablado de Labouré, pero empezaré muy pronto. Son mi dosis semanal de cariño intenso, absorbente, incondicional. Mis niños. Son mi oportunidad, no de cambiar el mundo, a lo mejor ni siquiera de cambiar un mundo ajeno. Pero desde luego, de cambiar el mío. ¿Eso de "no dejes que el mundo te cambie"? Una soberana tontería. Me lo has enseñado tú, 2013. Deja que el mundo te cambie, que te remueva, que te transforme. Que no te deje nunca indiferente.

Me has traído también la poesía -que ya estaba antes, por supuesto, cómo no. Que se lo digan a aquella niña de seis años que recitaba a Machado... Pero ahora más. Y mejor-. Me has traído voces como la mía, que piden ser leídas. Me has traído a Eloy Tizón que, quizá, sea uno de los regalos más inmerecidos que tengo. Has traído a Lyrah de vuelta, más alta, más mayor, más importante que nunca. No sabes lo que la echaba de menos. Gracias.

Quién iba a decir que, además de un alergia mortal, también traías la cocina. Sí, 2013, ya lo sé, una de cal y otra de arena. Pero no pasa nada por acumular dos o tres de cal seguidas, ¿sabes? (siempre que la cal sea  la buena... que nos conocemos).

Y no me olvido, querido año de la mala suerte, que has mantenido todas esas cosas buenas que ya estaban. Y te has llevado algunas otras, pero no importa, porque ya me compensarás por algún otro sitio. Me niego a creer que todo sean pérdidas.

Creo que, mirado el conjunto, al final tendré que darte las gracias. Por todo en particular, por nada en general. Por la intensidad. Por la prisa.

Ya no me puedes pillar por sorpresa, DosMilCatorce. No te tengo miedo.

Ven con todo lo que tengas.

jueves, 22 de agosto de 2013

Vivo agobiá.2

Que vivo agobiá ya lo he dicho, ¿no?

Una de las cosas que más me agobian es el poco, poquísimo tiempo que se nos concede. Ya no para hacer las tareas, limpiar, comprar, llevar a las niñas al colegio y cumplir con tu trabajo. Que es poco, ojo. Pero hay incluso menos tiempo para aprender a cocinar platos nuevos, leer todos los libros imprescindibles, viajar a todos los sitios que vale la pena conocer, hablar con todas las personas que tienen una conversación interesante. Tenemos muy poco tiempo para todas esas cosas que no te puedes morir sin hacer. Y lo peor es que, aunque consiguieses hacerlas todas, aún te morirías sin haber hecho otras mil más.

En dos meses, he estado en la selva, he dormido a 4000m de altitud, he recorrido la Isla del Sol de norte a sur, he estado en las misiones jesuíticas de la Chiquitanía, he visto monos araña, árboles que andan, tucanes de colores imposibles, cincuenta especies distintas de mariposas. He conocido a las personas más extraordinarias que podáis imaginar. En dos meses he acumulado más vida que en los otros veinte años. Uno podría creer que estoy satisfecha.

Pero no. Porque cuanto más conozco, más consciente soy de lo poco que conozco. En el momento en el que tacho algo de mi "Bucket list", surgen otras veinte más. 

Necesito como veinte vidas para hacerlo todo. Qué agobio.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Vivo agobiá

Hay algo que no es difícil aprender sobre mí, y es que vivo agobiá. No soy capaz de tomarme 24 horas sabáticas y dedicarlas a no hacer nada, porque para mí incluso no hacer nada significa hacer algo. Y si pueden ser dos algos, mejor. Y si ya son tres, ni te cuento.

Sí. Vivo agobiá.

Antes vivía en un agobio insano, sin embargo. En el de correr e ir con prisas y no tener tiempo para pensar en la suerte que tienes de poder hacer todas esas cosas, porque sólo puedes hacerlas y desear tener tiempo para no hacer nada. Tiempo que, ya sabéis, dedicaría a hacer algo.

Pero existe el agobio sano. En el que, además de hacer mil cosas e ir corriendo a todas partes, lo disfrutas. Puede que tengas que llegar corriendo a una comida con amigos y marcharte corriendo también, pero la hora que pasas con ellos es de felicidad. Puede que llegues de un viaje a las cinco de la mañana y a las siete tengas que irte a currar, pero ambas cosas, el viaje y el curro, son todo lo que necesitas para mantenerte en pie. Nada de sueño ni de café, eso es de flojos y de cobardes.

Vivo agobiá. Pero, puestos a agobiarse... Disfrutemos del camino.

martes, 20 de agosto de 2013

Instinto de supervivencia

El ser humano es un animal social. Y como tal, quiere, o más bien necesita, integrarse en un grupo. Vestirnos de manera similar a los que nos rodean, escuchar la misma música o ir a ver las mismas películas no es más que un mecanismo de defensa, un truco para que la manada nos acepte y no nos expulse a la fría noche, donde los depredadores aguardan a las presas débiles y solas.

Por ello mismo, la reivindicación e incluso el potenciar la propia diferencia, no es sólo nadar a contracorriente sino ir casi pidiendo que te cacen. Yo, aunque siempre he sido mucho de instintos, había luchado siempre contra ese impulso en concreto. No soy como ellos, que decía un soñador.

Pero he descubierto que hay dos tipos de instinto de supervivencia. Está el que te anula y te convierte en un producto de la globalización, y te hace escuchar los 40 principales y ver el Top10 de la cartelera y vestir como todo el mundo y acaba haciéndote andar, hablar y hasta pensar como los otros cuatro mil millones de personas ordinarias que te rodean.

Y está el que te hace querer ser tan comprometido, tan generoso, tan amable, tan cariñoso, tan trabajador, tan fuerte, tan extraordinario como los pocos seres extraordinarios que te rodean. Ese instinto de imitación que no sólo no te anula, sino que te eleva y te hace ser mejor. Porque no imitas las menudencias superficiales, sino las corrientes profundas, los motores que acaban moviendo no las piernas, sino la vida.

Señores, los instintos están para algo, al fin y al cabo. Y yo, quiero sobrevivir.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Alegrías que duelen

Hay cosas en esta vida que son alegrías que duelen. Como los placeres culpables. A quién no le encanta un brownie bien hecho. Ay, pero es que engorda... Ese tipo de cosas que dan tanto placer como dolor y hay veces que hasta se confunden. Aunque, afortunadamente, suele ganar el placer.

Hoy, hemos tenido tres alegrías que duelen. Hemos despedido a Diana, Briana y Jazmín, que durante dos y tres años han vivido en el Hogar Creamos y ya definitivamente se iban con sus familias. Y no cabían más sonrisas en la casa. Pero también hemos llorado todos. Los padres porque los hijos del corazón tardan en llegar y algunos, como Diana y Briana, tienen que viajar desde Cochabamba a Suiza para llegar a casa. Las mamitas que durante estos años les han querido, porque se les marchan tres hijas. Y el resto, de verles a ellos, de sentirles a ellos.

 El objetivo del Hogar está claro: alimentar, vestir, educar, cuidad y querer a niños que, por una cosa u otra, no tienen padres. Y conseguir que esos niños lleguen sanos y salvos hasta sus nuevas familias. Hoy se cumplía por triplicado ese objetivo. Pero cómo lloraban las mamitas que se quedaban atrás, con sus otros quince niños. De alegría y de pena, todo mezclado y sin distinguir.

Como muy bien lo ha definido una de ellas, alegrías que duelen.

lunes, 5 de agosto de 2013

Comfort

Leí hace unos días que "la felicidad se produce en el viaje de la incomodidad a la comodidad".

Pues, como diría el colega Schrödinger, sí y no.

Sí, porque estoy de acuerdo, la felicidad se produce siempre en el viaje. En el movimiento. En el cambio (bendito cambio). En cuanto paramos, nos estancamos, nos acomodamos, dejamos de cuestionarnos y de buscar mejorar. Está bien ser feliz con lo que tienes. Está muy bien marcarse metas posibles en lugar de ambiciones inalcanzables que sólo nos llevarán a la frustración y al desánimo. Pero está mal, fatal, conformarse. Pensar que ya has llegado a la meta y que no puedes aspirar a más. Que has tocado techo, digamos. O fondo, ya que nos ponemos.

Así que sí, viajemos.

Pero no. No creo ya que la felicidad se encuentre viajando a la comodidad.

Más bien creo que debemos caminar, correr o incluso volar hacia lo que nos resulte más incómodo.


viernes, 2 de agosto de 2013

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

Kavafis



martes, 30 de julio de 2013

Camino

La vida me ha demostrado una y otra vez que es la mejor metáfora que existe de un camino.

¿O era al revés?

No importa. Uno por otra, es lo mismo.

Porque al principio, no se ve la meta; y podemos imaginarla o podemos planearla, pero el caso es que es incierta. Y que cuesta llegar. Vaya que si cuesta. Más aún, si le añadimos el sol, la sed, la altura...



No hay caminos fáciles (si no contamos las caídas... Aunque ahí realmente, no estás andando, ¿no?).

Pero por cansado que estés


Y aunque a veces ni siquiera te llegue el aire


La cima de la montaña siempre tiene su recompensa.



 Y más, cuando se anda en buena compañía.


viernes, 26 de julio de 2013

Se dice por Brasil...

"Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas. 

Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos. 

 Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar y que sobresalgan en la Universidad. 

 Necesitamos santos que busquen tiempo cada día para rezar y que sepan enamorar en la pureza y castidad, o que consagren su castidad. 

Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo. 

Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales. 

 Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo. 

 Necesitamos santos que tomen Coca Cola y coman hot-dog, que sean internautas, que escuchen iPod.

 Necesitamos santos que amen la Eucaristía y que no tengan vergüenza de tomar una cerveza o comer pizza el fin de semana con los amigos.

 Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte. 

 Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros. 

Necesitamos santos que estén en el mundo y que sepan saborear las cosas puras y buenas del mundo, pero sin ser mundanos." 

 No sé vosotros, pero yo pienso buscar a todos los santos que pueda.

lunes, 22 de julio de 2013

Ni modo

Bolivia es el país donde "todo es posible, pero nada es seguro".

Esto significa que en los últimos tres días he ido y no ido de Cochabamba al Alto y viceversa tres o cuatro veces. El viaje de Schrödinger, se podría llamar este fin de semana. Porque si las flotas no salen porque hay nieve en la cumbre, o pierdes el avión gracias a una trancadera de una hora, sólo puedes encojerte de hombros y pensar "Ni modo".

Pero también significa que en cualquier parte, de cualquier forma, puedes conocer a personas extraordinarias. O puedes viajar a la selva en cuatro horas. O estar un día a 300m sobre el nivel del mar y a 4000m al siguiente. O revivir cosas que ni siquiera viviste.

Se echan de menos las seguridades de España, no os mentiré. Quedar a una hora y aparecer, tener billetes de avión y viajar cuando estaba previsto, poder planificar cosas con más de media hora de antelación... Será que soy muy rígida. Será mi inexistente ascendencia británica. O que no llevo suficiente tiempo aquí.

Pero también es muy de agradecer que en cualquier esquina te esté esperando el misterio. Que nada sea imposible. Porque eso, queridos horarios, no existe en España.

sábado, 20 de julio de 2013

Improvisando

Hay cosas que sabes desde siempre que te harán mucha ilusión. París, Italia, un campamento, el despegue del avión... Hay emociones para las que llegas preparada.

Y hay emociones que te llegan de repente, sin avisar ni nada las muy sibilinas, y te atacan por la espalda y te conquistan antes de que te dé tiempo a poner una defensa que, de todas maneras, no quieres poner. Hay ilusiones que no sabías que existían, pero ahí están.

Nunca he soñado con ir a la selva, que yo recuerde. Tenía otros objetivos, otros sitios que, no sé por qué, me parecían mucho más apetecibles. Error. Os puedo asegurar que no hay nada más bonito que estar rodeada de todo ese verde.


Busca lo más vital, no más...

sábado, 13 de julio de 2013

¿Qué les queda a los jóvenes?

Les podría quedar el desaliento, la desilusión, el abandono. Les podría quedar la indignación, la rabia, el grito estrangulado. Les podría quedar la desidia, la pereza, la falta de ilusión.

Pero les podría quedar también la fuerza, la osadía, la libertad. La energía que dan los pocos años consumidos y la inmensidad de los tiempos sin estrenar. Les podría quedar el mundo entero, nos podría quedar el mundo entero, que es nuestro.

Nos queda todo. Lo tenemos todo, sin saberlo. Y es cosa nuestra aprenderlo, descubrirlo, tomarlo y disfrutarlo.

Aprendamos de los sabios y de los poetas.

¿Qué les queda a los jóvenes?
Mario Benedetti


¿Que les queda por probar a los jóvenes 
en este mundo de paciencia y asco?
¿Sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros

¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar/ abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar

¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan/ abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.

sábado, 6 de julio de 2013

Nos vamos de campamento.

Hoy, sale de Moratalaz un autocar cargado de niños, monitores, mochilas, sacos, aislantes, comida, material escolar, cuerda de pita, cantimploras... Esa es su carga material, claro. La que más pesa. Luego, está la carga que aligera: las ganas de pasarlo bien, la ilusión, el cariño, la fuerza de una comunidad que canta junta "¡Estamos aquí, ya hemos llega'o, somos los de la Nati! ¡De lo mejor, de lo peor, siempre de buen humor!".

Hoy, sale un autocar de Moratalaz, Madrid. Pero yo estoy en Santa Cruz, Bolivia. Por primera vez en diez años, no estoy montada en ese autocar. Mis ganas, mi ilusión, mi cariño y mi fuerza están, de manera extraordinaria y sin que sirva de precedente, al otro lado del charco.

Quien no ha vivido un campamento de la Nati no sabe de lo que estoy hablando. Pero son diez días que te cargan las pilas, que te dan la vuelta a las ideas, que te cambian la vida. (¡Hala, exagerada!) Que sí, que sí. La vida. Y si no, pasaos por la Nati cuando vuelvan, y preguntadles si son los mismos que los que se fueron. Mentirán como bellacos si contestan que sí.

Hoy, sale de Moratalaz un autocar en el que yo, o mejor dicho, mi cuerpo, no está montado. Pero no os preocupéis, porque soy bruja y, con sólo cerrar los ojos y pensarles muy fuerte a todos, puedo teletransportarme. 

Y no hay duda de que, desde hoy y hasta el 14, va a haber mucha brujería por aquí.

miércoles, 3 de julio de 2013

Tres palabras.

Aquí, los regalos no siempre son materiales. Hace unos días, por ejemplo, me regalaron tres palabras.

Coherencia.

Que es el puente entre lo que creo y lo que hago; entre mi mente, y mis actos.

Transparencia.

Que es la capacidad de dejar pasar la luz. O la Luz.

Compromiso.

Que es la entrega de tu tiempo, tus actos, tu mente, tu coherencia y tu transparencia. La consecuencia inevitable de vivir las dos anteriores palabras hasta el extremo.

Y como yo no soy una persona egoísta y este es un regalo muy fácil de compartir, las recojo y os las regalo también. Espero que os gusten, porque no tengo ticket para devolverlas.