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lunes, 22 de diciembre de 2014

Rebajas de diciembre

No tengo seguridades. Inseguridades, todas las que pida. Las vendo, las dono, las envuelvo para regalo. ¿Cuántas quiere? Porque las doy gratis. Inseguridades, las que pida. Pero seguridades, no me quedan. Se me han consumido todas, y es que a lo mejor las compré demasiado pronto. Con veinte años no es momento de tener seguridades. Puede que con ochenta tampoco, pero desde luego con veinte no.

No tengo seguridades, y no estoy segura de si caducaron o fueron un timo desde el principio. Estaba segura de saber quién era yo. Cómo puede alguien equivocarse tanto. Estaba segura de saber quiénes eran otras personas. Eso sí que fue un error catastrófico. Tenía seguridades para la casa, el coche, la familia, la vida. Pero ya no me queda ninguna.

Ahora tengo un cajón desastre lleno de todas las identidades que tengo que encajar en mi persona, todos los sueños que tienen que caber en una sola vida, todas las cosas a las que voy a tener que renunciar por todas esas cosas que no quiero ni puedo perder. Tengo armarios llenos de todos los espíritus, pasado, presente, futuro y alternativo, que dice que a ver cuándo le hago caso y empiezo a cambiar mi vida. Tengo pilas de apuntes de todas las lecciones que no se aprenden en clase. Tengo estanterías repletas de todas las opciones posibles y, como con los libros, no sé cuál coger.

Tengo muchas cosas, ya lo ve. Pero no seguridades. Ni para mí, ni para nadie. Puedo mirar en la entretienda pero, ya le aviso, es muy pequeña. No creo que ahí quepa nada tan grande. Así que, lo siento, seguridades de la talla que busca no me quedan. Vuelva después de las rebajas, a lo mejor hemos recibido algo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Rain

La tristeza es como verte atrapado en mitad de una tormenta cuando tienes cosas que hacer. La vida está esperándote, pero en ese momento solo puedes ocuparte de tus libros mojándose y tus pies calados y el pelo pegándose a tu cara y metiéndose en tus ojos. Estás empapada y no parece que vayas a secarte nunca. Y durante todo el tiempo que dure la tormenta, la tormenta será todo en lo que puedas pensar.


Pero la melancolía es como ver llover desde la ventana. Ves el agua, podrías tocarla. Pero no lo haces. Es la oportunidad de disfrutar de la tristeza, de maravillarte ante su absoluta y destructora belleza, sin que ella llegue a ahogarte.

viernes, 25 de abril de 2014

domingo, 10 de marzo de 2013

Piénsame.





Y te pienso. No pienso en ti, te pienso. Hasta que estás conmigo, tumbado a mi lado, hasta que no existe la distancia y el tiempo. Y, durante un compás, soy porque tú eres. Porque te estoy pensando.

Piénsame porque, debes saberlo, yo te pienso.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Mi jaula de tiempo y té

09:17.

Como todos los sábados, me despierto pronto para aprovechar el día. Después de tres minutos de bostezos, estiramientos y vueltas por la habitación, me dirijo a la cocina, a las 09:20, para prepararme el desayuno. Cuando a las 09:50 me meto en la ducha, pienso en lo que tenía que hacer hoy. Me sorprende no haber dejado ninguna tarea pendiente para el fin de semana, pero cuando salgo del baño, a las 10:15, ya tengo perfectamente claro a qué dedicaré el día. Desde hace unos meses, me molesta el saber que mi cuarto de sobra está desordenado. Los montones de cajas, revistas, libros y recuerdos que he ido arrinconando allí acabarán por explotar si no los ordeno pronto, y esta soleada mañana de abril parece perfecta para hacerlo. Así pues, a las 10:25, ya vestida con ropa apropiada para la tarea, me armo de valor y entro en esta habitacioncilla oscura y atestada de los restos de mi antigua vida.

Treinta minutos, dos cajas de fotos y mucha suciedad después, abro la tercera caja del montón. Esperaba encontrar allí otro cerro de imágenes descoloridas, de gente que no quería recordar y de sonrisas que ya no me pertenecían, pero el contenido de la caja es muy distinto. Cuadernos. Una docena de gruesos cuadernos de espiral, de tapas rígidas, esperan entre estas cuatro paredes de enmohecido cartón desde que yo misma las guardé ahí al acabar los exámenes de selectividad. Dudo. Estos viejos apuntes de geografía, historia, literatura, filosofía, matemáticas, ya no me sirven para nada. Hace un año y medio que he acabado la carrera, y ni siquiera en la universidad podrían haberme ayudado en algo. No obstante, comida por la curiosidad, abro uno de ellos, leyendo con avidez los conocimientos escritos con mi apretada letra de niña. Aquellos trazos todavía no habían pasado por el tamiz de la facultad de Historia del Arte, de la desesperación de coger todas las palabras del profesor, de la imposibilidad de escribir a la misma velocidad que se habla. Aquellas letras diminutas y cuidadosamente entrelazadas todavía reflejaban la calma de quien tiene mucho por vivir. Lentamente, me levanto, llevando el cuaderno conmigo y absorbiendo cada detalle de mi escritura.

Olvidada ya mi tarea de limpieza, dejo a un lado los interminables apuntes de filosofía y cojo el siguiente cuaderno. Literatura. Al acariciar el pulcro cartel que anuncia la asignatura escondida, ya sé los recuerdos que encontraré entre las tapas rojas, pero, cuando al abrirlas algo cae revoloteando al suelo, no sé qué es hasta que me agacho a recogerlo. Una pequeña rama de laurel seca, cosida a una nota manuscrita. “Volveremos a alzarnos con la victoria”. Una de tantas que había encontrado entre las sábanas, la ropa o las tazas del desayuno antes de cada examen. La última nota que mi padre, sin saberlo, me había enviado. Para cuando pude llegar a casa aquel día y tumbarme en la cama, y palpar debajo de la almohada buscando su calor, encontrando la rama todavía verde en su lugar, ya era tarde. Sus habituales palabras de ánimo se habían convertido en un mensaje de ultratumba que ahora, casi siete años después, tiene la misma fuerza de entonces.

Me tambaleo, sintiendo que el suelo se licua bajo mis pies y que me hundo hacia tres mil kilómetros de caída libre, al final de los cuales no me espera otra cosa que más vacío y una inmensa soledad. Sé que el mundo se ha parado el instante que hay entre un latido y otro, que se ha detenido cuando mi propio corazón ha intentado saltarse el segundo del dolor agudo, de la puñalada trapera de mis recuerdos enterrados. Pero el parón ha sido tan breve que nadie ha notado el desgarro en el tiempo; nadie excepto yo, que me he quedado atrapada en él. Por eso el segundo siguiente, cuando gira el mundo, me mareo por la velocidad que llevan las cosas. Caigo de rodillas entre la suciedad y el polvo que desprenden mis sentimientos caducos, sabiendo que algo no va bien. Que este pajarillo que aletea contra la jaula de mis costillas llevaba demasiado tiempo dormido como para despertar así.

Con un jadeo, dejo caer el cuaderno, que se cierra de golpe, dándole un portazo en las narices al pasado. Huyendo de esa maldita habitación y de los fantasmas que se esconden en ella, me refugio en la cocina, escuchando el tic tac tranquilizador del gran reloj. Miro el segundero y cuento, mientras se calma el temblor de mis manos. Tic, uno; tac, dos; tic, tres; tac, cuatro; tic, cinco… trescientos sesenta y cinco segundos después, sueño con la ilusión de haber consumido un año en cada respiración. Rozo la ilusión de haber enterrado el dolor y, lentamente, cojo mi taza azul y la lleno de agua fría. Rápidamente, la meto en el microondas y programo un minuto, temiendo que, si pienso lo que estoy haciendo, no le encuentre sentido. Simplemente, sé que el frío que se ha quedado conmigo no se irá con una chaqueta ni con una manta, porque está por dentro. Y lo único que se me ocurre es hacer té, por si con él consigo calentarme.


Continuará...

lunes, 29 de agosto de 2011

12.

Lo enviaron a Irak hace cinco años y aún lo espero. Está muerto, lo sé, puedo sentirlo en los huesos. Pero lo espero. Porque era una de esas raras personas que creían sinceramente en los milagros y en las promesas. Prometió volver, aunque sabía que no podría cumplirlo. Y, por eso, lo espero.

sábado, 30 de abril de 2011

11. Deseos



-Cuando soplo una pestaña, o una vela, o un diente de león... ¿Sabes lo que pido?
-Si me lo dices, no se cumplirá.
-No, es verdad...












-Pido que todo salga bien.

martes, 22 de junio de 2010

10.

- ¿Alguna vez has tenido tantas ganas de romper las normas como ahora?

-No.

-Pues no seas tan buen chico. Rómpelas.

- ¿Qué me propones?

-Quiéreme.

-No puedo hacer eso.

-Precisamente.



Tú no eres sin mí, yo sólo soy contigo...

domingo, 30 de mayo de 2010

9.

-Estoy hasta las pelotas de lengua.

-Se supone que tiene que gustarte, hija.

-Ya. Pues no, estoy harta.

-Entonces igual no deberías hacer filología.

-Igual no.





Igual no. Pero dejad de sacudir mi mundo, que yo estaba muy tranquila.

Estaba.

Besos de hielo!

domingo, 16 de mayo de 2010

¿Cómo sabemos que estamos vivos? (8)

La mayoría de las personas tienen miedo a la muerte porque no han hecho nada de su vida. Algunos creen que la solución es tener mil proyectos, mil ambiciones, cargarse de sueños; llenarse tanto los bolsillos de planes, que les pesen una tonelada. Pero es que entonces no se puede avanzar. Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; y el agua tiene que fluir. El agua estancada, llena de ramas, hojas, bichos y ranas, no le gusta a nadie. La gente quiere arroyos de agua limpia y saltarina, que salpiquen al que se acerca a beber y que entren al mar, no como un hilillo moribundo, sino como un torrente lleno de energía. Sin remordimientos, sin cargo de conciencia y sin los bolsillos llenos de planes sin cumplir. Porque si salgo de la vida con la conciencia de haber destruido todo o que me fue dado, y es imposible rectificarlo...

¿entonces qué?

jueves, 15 de abril de 2010

5.

Y ahora, bolígrafo que vomita amargura y tinta, te dejo creer que eres tú quien escribe. Y cuando termines, pongas la tapa y, como siempre, me olvides, me transformaré en cigarro para que fumes confusión, en persiana para ocultarte del sol o en pañuelo que enjugue un millón de lágrimas.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Lo que no te digo... (4.)

Gracias por aguantarme cuando estoy inaguantable.

Gracias por desearme suerte sin pedirlo. Y pidiéndolo. Gracias por regalarme tu suerte.

Gracias por los abrazos que más necesito.



Alégrame el día.

No frunzas el ceño. No te pega estar triste.

Dime que lo voy a conseguir. Que sabes que puedo.


Recuérdame que tengo mucho que dar, aunque me lo quiera quedar para mí.

Grítame cuando quiera estar sorda para el resto del mundo.

Contágiame tu risa, tu llanto, tus palabras y tus silencios. Pégame tu enfermedad maravillosa.


Dímelo todo en un segundo.

Mírame a los ojos cuando te hablo, pero sobre todo cuando no.

No me toques la cara; acuérdate: no me gusta. Aunque a ti te dejo. A veces.


Cuéntame cosas de ti. Me paro a pensarlo, y no sé nada.

Cuéntame cosas de mí. Sabes más de lo que parece.

Cuenta los segundos conmigo, uno con cada latido. Pumpum. Pumpum...





Escucha lo que no puedo decirte, porque estás muy lejos.

Escucha lo que no quiero decirte, porque estás tan cerca...

Lee mis palabras, porque no sabes leer mis labios.

Porque no ves que te lo grito en cada pensamiento, oye mis gritos mudos.

domingo, 13 de diciembre de 2009

3.

-Dilo.

- ¿Qué?

-Lo que tienes atascado en la garganta. Dilo, o te vas a ahogar.

-Te... Me gustas.

-Ibas a decir te quiero.

-Iba a decir te quiero. Pero no es algo que quiera decir, sin saber que tú vas a decir lo mismo.



-Entonces... dilo.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

2.

Desde entonces sé que estoy haciendo una sinestesia cuando pienso que esta caricia tiene el sabor amargo de una Novena Sinfonía desafinada...



Una frase huérfana a la que le ha nacido un relato. El resto, aquí: www.tallerdeescrituraelhiloazul.blogspot.com

domingo, 29 de noviembre de 2009

1.

La felicidad es tan subjetiva cuando se trata de ti...

A veces es una larga conversación compartiendo un cigarrillo, y llegar a ver tu alma detrás de las palabras huecas.

Otras, simplemente una sonrisa, un saludo, una mirada de reojo.

La mayoría de los días, basta con que existas.