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miércoles, 16 de enero de 2019

Burnout

Burnout es una palabra inglesa. Se traduce literalmente como agotamiento. Pero es más que eso. Es estar quemado, reducir tus recursos físicos, mentales y emocionales a cenizas, derretir la vela hasta el final. Es un término que surge en los setenta para hablar del desgaste profesional, de la respuesta emociona que provoca una sobrecarga continua de trabajo y un desequilibrio productivo, es decir, que el esfuerzo y el tiempo que le dedicas a algo no proporciona el mismo nivel de satisfacción o recompensa.

Para algunos, esta puede ser una situación pasajera. Para mí, y sospecho que para mucha gente, es crónica. Vivo en el burnout. Porque mi trabajo no son las diecinueve horas lectivas por las que me pagan. Son además todas las horas que querría dedicarle a ser la profesora que quiero ser, las horas que no le dedico a la investigación doctoral, los cuentos que no perfecciono y los muchos, muchos libros que no leo. Incluso son las horas de gimnasio, fisioterapia o peluquería que necesito dedicarle a mi cuerpo, porque solo tengo uno. Y por supuesto, las horas de compra, limpieza, cocina, lavadora, plancha y recoger que nunca, nunca le valoraré lo suficiente a mis padres por muchos años que viva independizada. Jamás me hubiese sacado una carrera si ellos no hubiesen puesto comida en la mesa, literalmente.

El éxito en este siglo ya no se define por tener un trabajo aceptable o una vida social medianamente entretenida. Hay que ser el mejor en un trabajo que adores, comer tus cinco raciones de fruta y verdura, hacer ejercicio regularmente, mantenerte al día viendo series, ver a tus amigos, cuidar tu vida de pareja, leer cincuenta libros al año y además tener tiempo y dinero para viajar por todo el mundo. Y contarlo. Dios prevenga que no tengamos redes sociales para contarlo. Es agotador. Ni siquiera las vacaciones son un momento de desconexión y de relax para mí, que quiero verlo todo.

Estoy intentando meter cinco vidas dentro de la única que tengo y, por bien que lo coloque todo, no cabe. Y necesito dejar cosas atrás, o más tiempo en el día, porque esta vela está llegando al final de su mecha.

¿Esperabais un bonito mensaje de Mr. Wonderful al final de todo esto? Cuánto lo lamento. No lo tengo. Si tuviese una solución, o si la hubiera, la patentaría y luego os la vendería a buen precio, creedme. Pero de momento no es el caso.

El primer paso, por lo menos, es admitirlo, ¿no?

sábado, 5 de enero de 2019

Queridos todos

Querido DosMilDieciocho, querido DosMilDiecinueve, querido blog... Hace casi un año que no nos veíamos. Y no ha sido despiste, no te creas: ha sido totalmente a propósito. Necesitaba saber si funcionábamos. Si tenía sentido seguir dedicándote tiempo, cuando a veces me cuestas tanto esfuerzo y me dabas, aparentemente, tan pocas satisfacciones. Cuando podría estar escribiendo un diario en un cuaderno y, quizá, me leería la misma gente. Teníamos que darnos un tiempo para darnos cuenta, o para dármela yo, de que a veces el roce no hace el cariño.

Porque este año me he descubierto muchas, muchas veces pensando qué entrada publicaría ese día, cómo celebraría un acontecimiento público o privado, qué querría que reflejase mi esquina de la red en aquel momento. Llevas conmigo muchos años y, aunque seamos solos tú y yo de la mano, parece que van a ser por lo menos algunos días más. 

Y por no faltar a las buenas costumbres, veamos qué fue del año pasado. Porque menudo año...

DosMilDieciocho me dio la oportunidad de seguir trabajando en mi primer colegio y acabar el curso inmensamente agradecida no solo por todo lo enseñado, sino por todo lo aprendido. Porque me llevo a esos niños para siempre. Porque he aprendido muchas cosas que quiero del futuro, y también muchas que no. Y porque además en septiembre he podido volver a empezar, con cole nuevo, niños nuevos y compañeras nuevas, y eso también es un regalo.

DosMilDieciocho nos volvió a recolocar ante la vida, porque nunca puedes dar por supuesto la seguridad, y a pesar del miedo, nos ha dado también esperanza y ganas de seguir luchando. Estos empujones pueden tirarte al suelo, pero también pueden ayudarte a mirar la vida desde otro sitio y a recolocar prioridades, alianzas, integridades. Creo que ha sido más lo segundo que lo primero... Aunque haya tenido también que levantarme alguna vez.

DosMilDieciocho me ha traído cuatro países y diez ciudades nuevas. Un viaje en solitario. Congresos, vacaciones, escapadas, un musical. Infinitas oportunidades para este culo inquieto, y ganas de seguir moviéndolo.

DosMilDieciocho me ha traído más tiempo y más formas de escribir. No tanto como yo querría -a lo mejor nunca sea suficiente...-, pero sí un paso más en el camino de llamarme escritora. Y personas con las que recorrerlo, que es algo que tanto echaba de menos... En DosMilDoce dejé de poder encontrarme con mi última tribu y solo puedo dar gracias a la vida porque, en un lugar tan diferente y con otras personas, he vuelto a encontrarla.

DosMilDieciocho me ha traído empezar un idioma nuevo, un idioma sin palabras que espero seguir practicando todos los días aunque cueste. Me ha traído formación en mediación, para ser mejor profesora. Me ha traído mucho trabajo (y menos del que debería) leyendo e investigando a mis escritoras, que es una familia que ha crecido mucho estos meses. Incluso me ha traído un libro de recetas que quiero hacer entero. En definitiva, me ha traído curiosidad y oportunidades de seguir aprendiendo.

Y sobre todo, DosMilDieciocho me ha traído amor. Paciencia, cariño, dolor, comprensión, tradiciones nuevas y antiguas, risas y lágrimas y ganas de seguir aprendiendo a querer como yo quiero, y como tú quieres.

Gracias por todo, DosMilDieciocho. Quizá porque tengo que resumirlo todo en una sola entrada, pareces más intenso y más lleno que otros.

Y a ti, DosMilDiecinueve, no te propongo nada. Solo le pido una cosa a los Reyes: que me sorprendan. Como cuando era pequeña. Y ahora, me voy a comer roscón.

lunes, 8 de enero de 2018

Para el año que empieza

En el año que empieza, quiero vivir más tranquila. Quiero tratarme mejor y ser compasiva, con los demás y con mis propios errores, mis propias inseguridades y limitaciones. Quiero darme ánimos y tratarme bien, para querer estar más conmigo.

En el año que empieza, quiero tener más amor. Cuidar a quien me habita, mirarme en sus ojos y ver a la persona que quiero ser a su lado. Recuperar amigos y relaciones, tener bien cerca a la familia, abrirme a personas nuevas y no dejar que el debo, a veces ni siquiera el quiero, me quite tiempo para amar.

En el año que empieza, quiero dedicar tiempo a lo que me hace feliz. A leer mucho y bien, a descubrir historias nuevas, propias y ajenas, a recorrer rincones distintos, a emocionarme delante de un cuadro y a aprender de cero los sabores. A aprender una lengua nueva y quizá, a recuperar alguna no tan antigua.

En el año que empieza, quiero arriesgar. No sé cuándo, dónde ni de qué manera, pero salir de la zona de confort que se convierte en cárcel si no la abandonas.

El año anterior tenía objetivos concretos, mensurables, palpables, y fallé. Estrepitosamente. No quiero acabar el año con sensación de fracaso, si al fin y al cabo lo que hay que hacer es vivir. Así que este año, no hay fechas ni cifras, no hay listas. Hay solamente la plena intención de cuidarme, de cuidarles, y de ser feliz.

Que el año que empieza me lo permita.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Querido DosMilDiecisiete...

Querido DosMilDiecisiete:

seré breve, y dos veces buena. 

Has tenido altibajos. Has sido casi una montaña rusa. Has traído la vuelta al lugar donde he sido tan feliz que, la verdad, no debería intentar volver nunca. Has traído kilómetros de autobús. Has traído salir de mi zona de comfort por todas partes. Has traído días en blanco. Has traído decepciones y satisfacciones, angustia puntual y ganas de salir corriendo, a veces.

Me has traído independencia, valentía e incluso atrevimiento, ganas de comerme el mundo y los medios para hacerlo, pero también fracasos como no haber escrito casi nada. Aunque cómo me ha gustado lo que he escrito.

Has traído rechazo y aceptación, días de la marmota y gigantescos pasos adelante.

Y has traído amor. De todos los colores, de todos los sabores, de todos los tamaños. Todo el amor del mundo.

Querido DosMilDiecisiete, has sido un año de crecer, de avanzar, de empezar el resto de mi vida.

Querido DosMilDieciocho, si los comienzos son emocionantes... Que las continuaciones no lo sean menos.


jueves, 28 de diciembre de 2017

Como decíamos ayer

Acaba el año y uno empieza a preguntarse qué hará el que viene, qué propósitos tiene, cómo mejorará como persona. Pero antes, creo que debo revisar el año pasado, o más bien, lo que quería conseguir al principio y si lo he conseguido.

Hay muchas formas de medir el éxito. Una es alcanzar los objetivos propuestos. Otra es darse cuenta de que los objetivos no eran realistas, o de que a pesar de las dificultades has hecho lo que has podido, y ese esfuerzo también es importante. También puede ser que las prioridades hayan cambiado, y lo que resultaba importante hace 365 días ya no lo sea, y ese permitirse cambiar y crecer quizá sea lo más importante de todo.

A pesar de todo, marqué unos objetivos muy concretos y mensurables a principios de 2017 y, ahora que acaba, quiero ver si los he cumplido. Y luego hablaremos de éxito.

  1. Cumplir el reto de los 50 libros: un año más, queda incompleto. Este año he leído 37 libros según mi página de GoodReads, aunque estoy segura de que alguno se me olvida, y quizá antes del domingo acabe el que tengo empezado. Igualmente, no me acerco a cincuenta. Este reto solo lo he completado dos años, durante la carrera, y quizá fuese porque me obligaban a leer diez libros en cada asignatura de literatura. Y aunque seguiré intentándolo, porque quisiera tener el orgullo de decir que he leído casi un libro a la semana en un año, en 2017 he leído cuento, ensayo, novelas desgarradoras que me han cambiado la vida, cómics maravillosos, e incluso libros que hacía diez años que ni tocaba. Numéricamente, ha sido un fracaso, y quiero leer más, pero he de decir que he leído muy bien este año.
  2. Leer todos los días: no. Ni un poquito. Y no puedo echar la culpa a los estudios ni al trabajo, porque muchas veces ha sido la pereza o el no saber qué leer. Y eso sí que lo considero un fracaso absoluto, porque lo último que debería despertarme la lectura es pereza.
  3. Visitar, al menos, un país nuevo: tampoco. He ido a Londres por tercera vez, y qué vez tan maravillosa, he hecho más kilómetros que en toda mi vida entre Granada y Madrid, he vuelto a Pirineos, pero ningún país nuevo. Eso tendrá que esperar, pero vendrá. Seguro que vendrá.
  4. Escribir un libro: no. Y esto sí que me duele y he de encontrar la forma de cambiarlo. Porque si mi prioridad es escribir, y cada cosa que surge desplaza el tiempo que tengo para escribir, entonces no es una prioridad. Y debe serlo, si quiero ser yo, si quiero crecer, si quiero darle una oportunidad a un sueño que me lleva persiguiendo desde los seis años. He escrito un cuento maravilloso, he pensado, me he movido, pero he escrito poco. Y eso es lo primero que debería estar haciendo.
  5. Encontrar un trabajo: sí, claro que sí, y mejor de lo que imaginaba. El proceso de búsqueda es horroroso, y me espera de nuevo en pocas semanas, pero el resultado es satisfactorio y emocionante y agotador y maravilloso. Y si lo he conseguido una vez, lo voy a conseguir todas las que hagan falta.
  6. Escribir tres entradas al mes: no, tres al mes no, pero si lo hubiese hecho tendría 36 entradas en el blog este año, y con la presente ya son 40. Marzo ha salvado el cómputo total de 2017, pero no la constancia, que es lo que quería trabajar. Tengo planes de ser más sistemática, pero también me pregunto si el esfuerzo y el tiempo que me lleva este blog no estarían mejor invertidos en otras cosas, quizá cosas que tengan más repercusión y me traigan más satisfacciones. Habrá que verlo.
  7. Tomar decisiones respecto a la tesis: esto sí que sí. Tengo tutor, tengo tema, estoy matriculada y en cuanto acabe de escribir esto, iré corriendo a escribir una comunicación para un congreso. Me muevo, y aunque no lo parezca es hacia adelante. Y aunque da miedo y vértigo y también cansa un poco pensar en otros cinco años empantanada en al universidad, estoy contenta.
Como veis, he cumplido tres objetivos y medio, puede que cuatro, de siete. Numéricamente, no es un triunfo. Pero he aprendido cosas, y he hecho muchas otras que no estaban en la lista. Sé que quiero ser más constante, sé las zancadillas que me pongo a mí misma, tengo planes de futuro y toda la incertidumbre del mundo, que viene con ellos. Acabo el año con la sensación un poco agridulce de que podría haber hecho más, pero también de que he hecho todo lo que podía con las cartas que me habían repartido.

¿Y ahora? Ahora, tengo que pensar siete objetivos nuevos para lo que viene de frente. El cuarto de siglo. Que no es ninguna tontería.

martes, 31 de octubre de 2017

Quiero, puedo y debo

El 13 de septiembre publiqué mi última entrada. El 18, tuve una entrevista de trabajo. El 19, estaba dando clase. A finales de mes, me mudé. Y la vida me comió. Los días se convirtieron en una sucesión de deberes que había que tachar de una lista que añadía tres elementos por cada uno que completaba; una lista infinita de cosas interesantes -como pensar actividades para trabajar el significado de las palabras o el Don Juan Tenorio-, de cosas tediosas -como corregir comentarios de texto-, de cosas agobiantes -como organizar el trimestre para que me diese tiempo a darlo todo-, de cosas necesarias -como limpiar mi casa o un par de viajes a Ikea-... 

Hace un mes y medio, renuncié a mis quiero, renuncié incluso a mis necesito, por el debo. Ese debo omnipotente que me reclamaba mirase donde mirase, que no me dejaba leer ni quedar con mis amigas ni ponerme al día con las series, ni por supuesto escribir. Un debo al que sobreviví solo por una altísima capacidad de organización, la paciencia inagotable de los que me rodean y un cierto modo "supervivencia" que se activa en estos periodos de mi vida y que me permite seguir adelante sin pensar en todo lo que querría estar haciendo en lugar de.

Ayer, a mitad de la tarde, dejé parados todos los debos -que cada vez son menos, según soy capaz de organizarme más y mejor en menos tiempo- y me fui a Tipos Infames, donde presentaba su nuevo cuento ilustrado Páginas de Espuma y Samanta Schweblin. Y según avanzaba la fila para que la autora me firmase el libro, pensé, ¿qué le digo? Porque odio plantarme ante un escritor, no una Almudena Grandes ni un Javier Cercas que deben firmar cien libros por hora, sino una persona que también se siente persona, y solo decirle mi nombre como si valiese más su firma que su obra.

Y entonces me di cuenta de que el primer libro que leí de Páginas de Espuma fue Siete casas vacías. Yo estaba buscando concursos de cuentos para enviar los míos, y a Schweblin le acababan de dar el Ribera del Duero. Y que ahora, que la vida me había comido, que después de escribir un libro en cuatro meses solo había escrito un cuento este año, volvían a publicar mi cuento favorito, que se independizaba por derecho propio y, además, con ilustraciones. Samanta Schweblin era como una aparición que regularmente volvía a recordarme que soy mujer, que soy cuentista, que quiero escribir.

No quiero. 

Puedo. 

Necesito. 

Y debo escribir.

sábado, 29 de julio de 2017

Quiero

Quiero viajar.

Quiero trabajar.

Quiero leer.

Quiero escribir.

Quiero investigar.

Quiero cocinar.

Quiero amar.

Quiero ir al cine.

Quiero escalar montañas.

Quiero volver.

Quiero irme.

Quiero encontrar.

Quiero crecer.

Quiero parar.

Quiero seguir.

Lo quiero todo.

Lo quiero ya.

viernes, 21 de julio de 2017

Expectativas

En el último mes, a dos comentarios sobre mi persona radicalmente distintos, he contestado "Es que soy una persona sencilla".

Soy perfectamente consciente de que esto es mentira.

No soy sencilla. No quiero ser sencilla. Soy una persona compleja, como casi todas las personas de este mundo, con gustos tan variados que me haría  la misma ilusión que me regalasen un Funko de Hermione Granger o las obras completas de Alejandra Pizarnik, con aspiraciones excesivamente diversas, con unos objetivos a corto, medio y largo plazo que volverían loco a cualquiera, con convicciones contradictorias que hago convivir a golpe de disonancia cognitiva. Con la intención de serlo, sentirlo y vivirlo todo.

Pero he aprendido a aceptar lo que viene. A preocuparme de lo que tengo entre las manos, de lo que puedo hacer, controlar y arreglar. A dejar ir las cosas que nunca podré comprender, a no estresarme por lo que no está en mis manos, a aceptar que a veces las cosas son lo que son y no puedo cambiarlo.

Hay sufrimientos que no podremos evitar. Hay heridas que no van a cerrarse nunca, personas que no van a volver, distancias que no pueden superarse, desgarros que ni siquiera mi madre podría juntar-que-junto-estabas. El dolor es inevitable.

Pero también he aprendido que la mayor parte del sufrimiento viene de no aceptar la situación en la que te encuentras. Porque la otra persona debería haber sabido lo que yo quería, porque debería haber dicho y hecho, porque con esta edad debería ser así, porque la justicia universal me debe esto. Pero el deber y la justicia universal muchas veces no existen, y la telepatía todavía tengo que verla para creerla. Todos tenemos una idea muy clara de cómo deberían ser las cosas, e incluso las personas, y esta normalmente no se corresponde con la realidad. Y aunque parte de esta realidad puede cambiarse -algunos errores pueden repararse, y siempre puedes aprender inglés-, otra parte no.

No diré que lo he conseguido, pero sí intento dejar de vivir en lo que debería ser, y aceptar lo que es. Y aunque sea una persona compleja, como la mayoría, esta aceptación me hace más flexible, me ayuda a adaptarme a las situaciones, me facilita navegar el sufrimiento inevitable y me ahorra muchos que no lo son. Simplifica la vida, pues no tengo que conciliar todos mis debería y hacerlos chocar con lo que tengo delante, sino simplemente dejarlos ir e intentar trabajar con lo que sí existe.

Y por eso, sí, de algún modo soy una persona sencilla.

sábado, 25 de marzo de 2017

Superwoman

Este mes, estoy de prácticas en un colegio. He vuelto a madrugar para pasarme unas cuantas horas al día sentada en un aula con un montón de adolescentes; en el mejor de los casos, estoy de pie al frente de la clase y no tengo tanta sensación de déjà vu. Esto también implica que tengo que preparar material para la clase, corregir ejercicios, repasar temario que hace años que no veía, volver a aprender a analizar oraciones como se hacía en Bachillerato... 

Además, la universidad ha decidido que tenemos que escribir un proyecto de prácticum (es decir, lo que pretendo hacer), un diario de las actividades del colegio (es decir, lo que estoy haciendo) y una memoria de prácticas (es decir, lo que he hecho). No sé si es afán burocrático o que quieren que controlemos bien los tiempos verbales. Además, tengo que ir a unos cuantos seminarios a contarle a un profesor lo que estoy haciendo, porque hay que trabajar todas las competencias: la escrita y la oral.

También me he metido a dar clases particulares, por ganar un dinerillo. Y no vivo con los papis, así que además hay que comprar, limpiar, cocinar, recoger... Cómo una casa con tres habitaciones puede dar tanto trabajo, que alguien me lo explique.

Soy una mujer que se enorgullece de llegar a todo. Pueda o no pueda, yo llego, porque no hacerlo no es opción. Creo que esto me viene de mi madre, que con menos de treinta añitos cada mañana salía a trabajar con los niños limpios y peinados, dejando la casa recogida y todo listo para comer. Y creo que esto a mi madre le viene de la idea de que la mujer puede hacerlo todo.

Porque antes, la mujer no podía hacer casi nada: cuidar la casa, cuidar al marido, cuidar a los niños y ancianos... Y se nos ocurrió la feliz idea de decir que por qué no nos dejaban hacer más cosas, como trabajar fuera de casa, por ejemplo. Y en lugar de pensar que, si la mujer puede hacer todo lo que hace el hombre, en el sentido contrario también debe funcionar, se optó por venderle a la mujer que se puede ser madre, esposa, ama de casa y trabajadora a tiempo completo y hacerlo todo tan bien como si no te dedicases a otra cosa.

Vamos, que nos están timando. Porque un solo ser humano no puede hacer el trabajo de cinco. Que yo seré de letras, pero estas cuentas no salen. Y como no salen, no llegamos a todo. Y como no llegamos a todo, nos sentimos culpables, peores madres o peores trabajadoras, porque tenemos que elegir entre tender la lavadora o acabar la presentación para mañana. Porque nos han vendido que podemos hacerlo todo.

Y podemos.

Pero no todo a la vez, no todo con la misma intensidad y la misma dedicación, porque el día solo tiene veinticuatro horas y nosotras solo tenemos dos brazos y dos piernas, en el mejor de los casos. Así que vamos a empezar a venderle a las mujeres que hay que hacer lo máximo posible, sí. Y a veces lo máximo es levantarse a las seis de la mañana, arreglarse como un pincel, currar como una fiera durante ocho horas, cocinar algo sano y nutritivo, tener la casa como una fiesta de la Preysler con montaña de Ferrero incluido, jugar con los niños y llegar al final del día con ganas de ver una serie y hasta de querer un poco a tu pareja.

Pero a veces lo máximo que se puede hacer es quedarse toda la tarde viendo capítulos atrasados de Supergirl, porque ni el cuerpo ni la mente te dan para más. A veces lo máximo es irse a dar un paseo y despejarse, porque después del décimo alumno que tienes que suspender la moral se te ha ido al carajo. A veces lo máximo es no hacer nada, porque todos somos personas y se nos puede acabar la batería.

Y no pasa nada.

Vamos a empezar a comprar la idea de que la perfección no existe, de que la energía se agota, de que de verdad que sí, la intención es lo que cuenta y si los platos se quedan sin fregar un par de días, no pasa nada. Vamos a empezar a comprar tiempo de calidad para nosotras mismas, vamos a empezar a comprar perdón y compasión para los pequeños fallos y las tragedias cotidianas, vamos a empezar a comprar que no existe más superwoman que la que sale en los cómics.

Para todas las demás, vamos a reservarnos el derecho a ser mujeres. Sin más.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Estos días azules

Es un momento complejo, este. De crisis. Económica, política, personal, no importa, la palabra crisis siempre queda bien, así como compleja y elevada. Es un momento de mirar el futuro a los ojos, y resulta que no tiene la pupila azul. No hay nada poético en todo esto, aunque yo me empeñe en buscárselo porque así soy yo.

No hay problemas, hay poemas, que decía una.

Bueno. Puede haber de las dos cosas.

Es el momento de mirar al futuro y no reconocerlo en el espejo.

Pero aun así, siempre nos quedará él. Sus palabras.

Las estelas en la mar.

lunes, 22 de junio de 2015

Y juntos volver... ¡a empezar!

He acabado la carrera. Igual no lo he dicho lo suficiente en los últimos meses. He acabado la carrera. He acabado la carrera. ¡He acabado la carrera!

He acabado la carrera y todavía no me lo creo. He tenido que volver varias veces a la facultad a varios papeleos y a la graduación; todavía me queda un viaje seguro, en siete u ocho meses, para recoger mi título. El papel que certifica que soy graduada en Estudios Hispánicos, que he acabado la carrera. Y aun así cada vez que paseo por esos pasillos imposibles llenos de escaleras y con un olor peculiar me parece que en septiembre volveré, que el paisaje del curso que viene será el mismo.

Y no. En septiembre, u octubre, estaré en Salamanca, empezando algo completamente nuevo. Hoy he hecho burocracia para matricularme en el máster y para pedir plaza en una residencia. Voy a vivir sola, a un par de horas de casa, pero sola. Voy a estudiar un máster lleno de asignaturas que, ojalá sea verdad, prometen maravillas. Todo esto porque he acabado la carrera.

Y hoy, justo hoy, he empezado a trabajar. No cuidando niños, no dando clases particulares: un trabajo. De siete días, vale, en el Arcángel, vale, pero un trabajo, con su horario, su contrato, su jefa y sus responsabilidades. Mientras me daban de alta en la Seguridad Social, me han dicho "¡Qué emoción! ¡Entras en el mundo laboral!". Y me ha dado un vuelco el estómago. Es cierto. He acabado la carrera y, aunque voy a seguir estudiando por lo menos un año más, lo cierto es que entro en el mercado laboral. Entro en el mundo de los adultos.

No sé muy bien cómo me siento. He acabado una parte inmensa de mi vida, una parte que no creía que acabaría nunca. No solo la carrera. Mi época de estudiante (aunque sí, me queda al menos un año. Posiblemente más. Pero hasta aquí estaba todo claro: Primaria, ESO, Bachillerato, Universidad. ¿Y después, qué? Por eso, quiero decir, acaba mi época de estudiante. La época que recorría con el camino marcado, por la senda segura). Acaba, de alguna manera, la zona de seguridad, y el mundo entero se abre ante mí. Y yo con una balsa de ramitas, me lanzo a navegarlo. No sé cómo me siento, pero es abrumador y emocionante, terrorífico, alucinante, estresante, y está lleno de posibilidades. The world is my oyster.

Todavía no sé cómo me siento. Pero pienso aprovecharlo.

sábado, 20 de junio de 2015

Selfies de la semana

Esta semana no va a haber selfies. A lo mejor no vuelve a haberlos nunca. No los habrá en el blog, de eso estoy casi segura, aunque espero que sí los haya en mi Instagram, en mi móvil, en mi vida. Pero un mes después, doy por acabado el proyecto y, como ya os contaba, no me gusta acabar las cosas y no examinarlas. Así que allá vamos.

Ha sido un mes interesante.

No quería que todas las fotos fueran simplemente un primer plano de mi cara, así que he tenido que pensar qué iba a hacer ese día, qué iba a enseñarle al mundo de aquellas 24 horas que valiese la pena enseñar. Y a lo mejor es porque estaba ya casi de vacaciones y no me he pasado el día en la facultad y en la biblioteca, o puede que al verme obligada a pensar algo único de aquel día lo haya acabado encontrando, pero a lo mejor y solo a lo mejor, cada día de este mes ha valido la pena. Cada día del último mes ha tenido un momento, una emoción, una fotografía que, en mi opinión, valía la pena enseñar. Para una persona que se ve habitualmente sumergida en el caos, en la prisa y la rutina, tener un recordatorio visual de que cada día es único -no necesariamente bueno o alegre o memorable, pero sí diferente de todos los demás- es muy importante. Solo por eso, ha valido la pena.

Pero además, he aprendido muchas cosas de mí. He aprendido que puedo hacer fotos bonitas, interesantes, divertidas, aunque no me sienta en mi mejor momento, aunque tenga uno de esos días en los que el pelo se rebela y tienes los ojos hinchados y las ojeras por los pies. Porque lo importante, surprise surprise, no es mi aspecto sino el sentimiento que intente transmitir. No es que no lo supiese antes pero, una vez más, una prueba física y palpable de esa afirmación que mi consciente ya aceptaba ayuda a que mi subconsciente lo asimile también.

Por otra parte, este proyecto ha coincidido con mi viaje a Bélgica y Holanda. Sí, ha sido maravilloso, pero ya hablaré de eso. O no. El caso es que me fui de viaje con mi amiga Conchi, es el tercero que hacemos ya. Pero siempre nos vamos las dos solas y, por la razón que sea, ninguna de las dos éramos particularmente partidarias de hacernos fotos, así que tenemos más bien pocas fotos juntas. Pero con la tontería de la foto del día, hemos acabado haciéndonos bastantes fotos: selfies, la una a la otra, pidiéndoselas a desgraciados viandantes... Posiblemente sea el primer viaje en el que hay más fotos de nosotras que del paisaje. Y ella le ha cogido el gustillo a esto de ponerse delante de la cámara, aunque sea para conformar a la loca de su amiga. 

Este proyecto no solo me ha afectado a mí, en definitiva. No solo ha cambiado la perspectiva de Conchi, pero ha hecho que varias personas me pregunten por qué estaba haciendo lo de #UnSelfieAlDía, bien porque no habían leído el blog, bien porque no lo acababan de entender, llevándome a unas cuantas conversaciones interesantes sobre autoestima, sexualización de la mujer, capitalización de la imagen distorsionada que muchas tenemos de nosotras mismas, etc. que he disfrutado mucho.

En definitiva: doy por finalizado el proyecto, no con alivio, sino incluso con un poco de pena. Me gustaba la motivación de pensar qué quería compartir ese día con el mundo, la motivación para retratarme a mí misma, la motivación para cuestionar una vez al día mis motivos para iniciar este proyecto. Quizá lo recupere. Quién sabe.

Por el momento... Más proyectos nos esperan. Próximamente en sus mejores blogs.

viernes, 12 de junio de 2015

Tiempo

Siempre he pensado que el tiempo era una mala perra, que sobra cuando no debería y después no alcanza. Qué tragedia tener que aburrirse en las tardes interminables de domingo para que luego no te dé la vida. Pero luego me puse a pensar sobre cómo hablamos del tiempo. "Matar el tiempo", "Estaba haciendo tiempo", "Te robo un minuto", "Te regalo mi tiempo"...

Tratamos el tiempo como arcilla, como tela, como un producto que se puede cortar, modelar, estirar, vender y comprar. Traficamos con nuestros minutos y al final va a ser verdad que el tiempo es oro, pero del que cagó el moro, del que tiene valor solo para el que no lo tiene y es despreciado por aquellos a quienes les sobra.

Se me ocurrió entonces que a lo mejor hemos manipulado de tal manera el tiempo que hemos alterado su misma naturaleza. Le hemos dado tantas veces la vuelta, que ya no puede fluir con propiedad, y por eso vuela y se detiene y da volteretas, intentando adaptarse a los caprichos de cada uno. Y exactamente igual que esa chica del instituto que quería ser amiga de todo el mundo, al final acaba cayéndole mal  a toda la clase.

A lo mejor, solo a lo mejor, deberíamos dejar de intentar matar y hacer y pasar el tiempo, y dejarle hacer su trabajo. Y a lo mejor, solo a lo mejor, deberíamos dejar de echarle la culpa de nuestra falta de organización y nuestra escasa imaginación y la pereza que, al final, es la que lleva al aburrimiento y al estrés. Sí, a ambas cosas. A lo mejor, solo a lo mejor, deberíamos dejar de quejarnos y empezar a actuar y a aprovechar cada minuto que pasa, exprimir las horas de los días que tenemos, que seguramente no serán suficientes si sois como yo.

A lo mejor no. A lo mejor el tiempo es una mala perra. Pero no perdemos nada por intentarlo.

miércoles, 22 de abril de 2015

La felicidad era esto

Ayer, compré billetes de avión a Bruselas. Este verano voy a visitar Bruselas, Brujas, Gante y Ámsterdam en seis días, viviendo a lo loco, como a mí me gusta.

Hoy, vuelve mi hermana. Después de tres años, dos meses y un día, Laura, Luis, Ainara, Mar y Libertad aterrizan en España y todavía, si me lo permitís, no me lo creo. Hasta que no les vea en territorio nacional no me creeré que de verdad han pasado tres años, que de verdad todo ese tiempo que parecía inmanejable ha sido manejado. Es más, ha sido vivido y disfrutado intensamente, se ha sentido de todas las maneras posibles, y ha pasado. Y están aquí.

Mañana, me dan un premio literario. Un premio literario mínimamente importante, pero con publicación y premio en metálico y todas esas cosas que hacen que tu cuento ya no sea tuyo, ni tenga la aprobación de tus seres más queridos, sino la aprobación de un jurado. La aprobación que te permite saber que sí, que sabes escribir, que no eres tú sola la que lo piensas, y que deberías seguir intentándolo.

Esta semana, en definitiva, ha sido un buen recordatorio de por qué me gusta estar viva. Por los viajes, el mundo, todas las cosas nuevas que me esperan y que sé que no podré abarcar, pero no pierdo nada por intentarlo. Por mi familia, por mis amigos, por la gente que te quiere y a la que quieres, por esa incondicionalidad. Por la literatura, en todas su formas y colores, por todas las historias, por la poesía que puede tener una tarta estrellada contra el suelo. 

Hace tiempo que necesitaba una semana como esta.


lunes, 30 de marzo de 2015

22

Hoy, cumplo 22. Y parece una edad importante, no sé por qué. A lo mejor porque acabo la carrera. A lo mejor porque es capicúa, y eso solo pasa cada once años. A lo mejor porque Taylor Swift me escribió una canción. El caso es que me ha dado por echar la vista atrás. Y quería decirme algo.

Querida yo de 11 años, no sabes la que se te viene encima. Si te cuento los once años que tienes por delante, seguramente no me creas. Vas a vivir los mejores y los peores momentos de tu vida, vas a ganar la lotería y vas a perder más de un tesoro. Pero no te preocupes, porque de tanto romperte vas a descubrir que nada es irreparable. Y al final, te quedarás con lo bueno. Con las risas, con los amaneceres, los lugares imposibles, las personas que te dejaron sin respiración. Querida yo de 11 años, no sabes la que se te viene encima. Ni lo que va a gustarte.

Por cierto... No vas a crecer más. Disfruta de ser (casi) la más alta de la clase, porque en diez años tus sobrinas te estarán dando capones con la barbilla. Aprende a reírte, empezando por eso y terminando por todo lo demás. Nos vemos en once años.

Querida yo de 33 años... ¿Qué tal? ¿Cómo nos va la vida? ¿Acabaste ese libro, o cualquier otro? ¿Qué vino después de lo que viene después? Espero que seas feliz. Espero que todo lo que estoy haciendo ahora te ayude a ser quien eres y a hacer lo que haces. Sea lo que sea, espero que no tengas mucho de lo que arrepentirte y sí mucho de lo que estar orgullosa. ¿Alguna sugerencia?

Y querida yo de 22 años... Vamos a disfrutar del momento. Que la vida son dos días y tenemos mucho por lo que cantar.

We're happy, free confused and lonely in the best way...

sábado, 28 de febrero de 2015

Pide un deseo

Mi madre me ha preguntado ya varias veces qué quiero para mi cumpleaños. Cumplo 22.

Y solo se me ocurre una cosa. Libertad.

Libertad de mí misma. De recuerdos, de remordimientos, del terrible peso de la procrastinación, del miedo. Aunque el miedo empieza a parecer una buena brújula para saber exactamente lo que tengo que hacer: todo lo que me da escalofríos solo de pensarlo. Hace unas semanas, hablando de mis planes de futuro (o falta de los mismos), me escuché decir una frase que nunca hubiese esperado de mí: "Me apetece mucho hacerlo, porque me da muchísimo miedo. Y nunca he hecho nada que me dé miedo". Aun así, estaría bien no tener que pelear tanto. Quiero libertad de mis dudas; qué fácil sería tenerlo todo así de claro, ¿verdad?

Libertad de otros, también. De culpas que me caen encima y que, quizá, no me merezco. De compromisos que se me piden porque los asumo, pueda o no. De prejuicios y esquemas que no me valen, que no me representan, que no quiero y que aun así están grabados dentro de mí sin que me dé cuenta, y de los que tengo que deshacerme uno por uno, a pura fuerza de voluntad.

Libertad del tiempo, que para ser tan curativo y tener tanta capacidad de orden -al fin y al cabo, pone a cada uno en su sitio- también es egoísta y ajeno a nuestras necesidades de al menos 30 horas al día. What a bitch.

Libertad del espacio que, por alguna razón, se niega a doblarse a nuestro antojo y deja lejos todas las cosas que desearíamos que estuviesen cerca. Y algunas cosas que deberían quedarse bien lejos se meten hasta la cocina. What a bitch, el espacio también.

Libertad, en definitiva, para hacer lo imposible. Que se debe poder hacer, porque ahí están los seres humanos extraordinarios, liberados o por lo menos ajenos a sus cárceles. Que no me gusta quejarme, ¿eh? No me lo tengáis en cuenta. De eso también tengo que liberarme.

Para mis 22 quiero libertad. Y, por supuesto, Libertad. Sobre todo, Libertad y compañía.

Sopla y pide un deseo...

lunes, 10 de noviembre de 2014

Con algo de perspectiva

"Echo de menos el instituto. Hace unos años éramos más felices. Yo cada vez me siento más sola en general, por eso echo de menos el bachillerato. Ahí yo era feliz, la verdad. Me acuerdo de pensar y decirme a mí misma 'no cambiaría nada de mi vida'. Era feliz, tal cual".

A veces, oigo estas cosas y me da por pensar que quizá sí es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Que la vida solo va cuesta arriba, que cada vez se hace más difícil. Quizá debería haber disfrutado más de los años previos a Selectividad.

Pero, ¿la verdad? Esos momentos son muy, muy momentáneos. Y afortunadamente muy, muy pasajeros.

¿Todo tiempo pasado fue mejor? ¡Sigo sin creérmelo!

La vida va cuesta arriba, no lo niego. La vida cada vez es más difícil, más compleja y sí, a veces hasta más solitaria. Ya no basta con presentarse día a día al colegio y ver a tus amigas, y hacer los deberes y estudiar el día de antes y ser, en el buen sentido de la palabra, buena. Ahora hay que currar. Hay que estudiar desde el primer día, o desde antes si se puede, aunque qué alegría vivir en estos pronombres. Hay que pasar fines de semana enteros sola, para a la semana siguiente tener tres días seguidos de fiesta. Hay que tomar decisiones difíciles, decisiones dolorosas, decisiones que no por ser correctas van a ser lo mejor ni para ti, ni para el otro.

La vida cada vez es más difícil, cómo negarlo. Pero también más rica. Somos más mayores. Hemos visto más cosas. Hemos viajado más lejos. El año pasado estuve en la ciudad más alta del mundo, ¿quién dice que un día no mandaré postales desde Saturno? Han pasado los años y sabemos más cosas, de nosotras mismas y del mundo de ahí fuera. Por eso todo parece más complicado. En realidad, es solo el presente.

El pasado nos parece más fácil porque ya lo hemos superado. Este reto lo tenemos todavía entre las manos. Pero, qué queréis que os diga, es apasionante.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Breve nota informativa

Emerjo rápidamente desde el dolor y la inflamación (nunca os quitéis quirúrgicamente dos muelas del juicio, madrecita qué días más malos he pasado...) para comentar que, por si alguno no se ha dado cuenta, he hecho algunos cambios en la barra lateral. No son grandes, pero os lo voy a contar anyway porque me apetece. Y yastá.

Primero, el enlace a Twitter ha cambiado. En un principio abrí una cuenta diferente para este blog, pero me supuso demasiado esfuerzo mantener ambas porque, en fin, soy vaga. Básicamente. Así que os enlazo a mi cuenta personal, que os aconsejo no seguir si no queréis conocerme más de lo que deberíais.

Segundo, el enlace al ciclo Cuéntame un cuento al que, como ya os conté, os invito el 10 de diciembre para verme a mí, y el resto de días para ver a gente mucho más interesante. El miércoles viene Eloy Tizón, mi cuentista español favorito de todos los tiempos y amén. Podréis verme croquetear por toda la Fnac de emoción por volver a verle. 

Y tercero y más importante, en Entradas a domicilio os doy la oportunidad de introducir vuestro correo y recibir un mail cada vez que haya una entrada nueva. Por alguna razón que no comprendo, hay gente que se ha quejado de la regularidad con la que actualizo, así que he pensado que os facilitaría la vida. Y a mí me haría mucha ilusión.

El resto sigue todo igual. No ha sido una entrada muy emocionante, lo sé. Lo siento. La vida me supera. (Gracias, mamá, Tania y las otras dos personas que seguirán visitando este blog) Prometo algún escrito decente para la próxima semana.



PD: También he cambiado mi foto de perfil. Es de Londres. No sé si se nota, pero me gusta Londres. (¿Dos viajes en menos de tres meses? Whaaat?... Sí. Yo. Culpable.)

martes, 21 de octubre de 2014

Cuéntame un cuento

Lo bueno de ser joven es que las cosas nuevas no son una pérdida de tiempo ni un esfuerzo inasumible. Las cosas nuevas cuando tienes veintiún años son una oportunidad. Siempre. ¿Debería coger esta clase particular? Sí, puede ser una oportunidad para aprender. ¿Debería intentar hacer estas prácticas? Sí, es una oportunidad para asomarme al mercado laboral. ¿Debería hacer este curso? Sí, es una oportunidad para ver como trabaja el Instituto Cervantes.

Todo es una oportunidad si quieres que lo sea. Y a veces, las oportunidades son únicas e irrepetibles y, aunque es posible que no saque más que una experiencia divertida y emocionante de todo esto, el caso es que se me ha presentado la oportunidad de leer uno de mis cuentos en la Fnac. Delante de gente. Con mi nombre en el programa y todo. No digo que la gente vaya a ir a verme porque, claro, no les sueno. Pero estoy ahí.

Así que, si me queréis... Tenemos una cita el 10 de diciembre

Y os dejo la información de todo el ciclo porque, si sois tan frikis como yo, os interesarán todas las sesiones y no solo la mía. Yo estaré allí, eso seguro.

Podría ser una oportunidad para vernos...

domingo, 19 de octubre de 2014

Relatividad

No sé si alguno habéis hecho spining, pero creo que esta sensación se aplica prácticamente a cualquier deporte con el que te quieras torturar. El caso es que se empieza con un calentamiento suave y poco a poco, empieza a subir la intensidad. La resistencia de la bicicleta, la velocidad a la que corres, el peso que levantas. Hasta que llegas a un punto que crees que es tu máximo, que vas matada. Ya no puedes más. 100%. Y entonces, el monitor barra torturador te dice que lo subas un poco más. Y tú, que eres tonta barra masoquista barra muy atlética, subes la resistencia o la velocidad o el peso. Ahora sí que has llegado al máximo. Te estás muriendo. ¿Es ese tu pulmón, que se arrastra por el suelo pidiendo piedad? ¿Tus pulmones no deberían estar dentro de tu cuerpo? ¿Está bien que se te escapen órganos internos?

Pero después de lo que parece una eternidad, la música baja el ritmo, tú bajas la intensidad. Y aunque has vuelto a lo que diez minutos antes creías que era tu máximo, ahora sabes que no lo es y ya no te estás muriendo, sino que pedaleas feliz cual protagonista del remake de Verano Azul. No silbas, porque tus pulmones siguen en el suelo, pero sabes que este no es tu máximo. Tu máximo, cuando ya no puedes más, cuando se te van las fuerzas y las entrañas literalmente a los pies, está un poco más arriba. Y seguramente si en ese momento te pidiesen que subieses la intensidad un poco más y por alguna razón lo hicieses, descubrirías que ese tampoco era tu máximo.

Hace un par de años, creí que había llegado al máximo nivel que cualquier ser humano puede resistir, física y psicológicamente. Estaba agotada. Se me escapaban los órganos internos. Aquello solo podía ir a mejor. Me equivocaba. El año pasado fue más duro. Me pidió mucho más. Estaba al máximo. Iba matada. Ahora he vuelto a bajar el ritmo y, aunque mis pulmones están por el suelo y mi cerebro me pide a diario que le dé las suficientes horas de sueño, si no es mucho problema, sé que puedo dar más. Siempre se puede dar más. Tu máximo siempre es relativo. Siempre es un poco más de lo que estás dando.

Es bueno saberlo.