El otro día me di cuenta de que, nada más salir de casa, me colocaba la música y ahí fuera se quedaba el mundo, que yo tenía mi universo interior funcionando a ritmo de Extremo. Me importan tres pepinos las conversaciones de mi alrededor, los ruidos de la calle, la cadena de radio que ponga el conductor del autobus... Es que me da exactamente igual, vamos. Yo tengo mi musiquita, mi pensamientos, mi cosa interior intrínseca de todo ser humano, y al resto que le zurzan.
Y pensé, qué egoísmo por mis partes. Qué desinterés en mis coetáneos. Qué desapego por las personas, tú, que te dices gran humanista y todo ese royo que tan bien queda en un blog o delante de toda una clase de ciencias. Vergüenza debería darte, ¡vergüenza!
Así que cogí y, una mañana, me quité los auriculares. Apagué el i-pod y escuché atentamente a la gente de mi alrededor, a ver qué tenían que decir. A ver qué captaba de las vidas ajenas.
¿Sabéis qué?
Que me aburrí como en mi vida.
La gente del autobús puede tener comportamientos extraños, puede ser graciosa a veces, puede levantarte el ánimo -o hundírtelo completamente- en un día determinado. Pero, en general, es aburrida. Por eso se inventaron los reproductores portátiles y los auriculares. Puede sonar horrible, ¿verdad? La gente es aburrida, por eso se inventaron aparatos que nos cierran los oídos y nos convierten en islas.
Pero esto, amigos míos, es la más pura verdad.
Besos de hielo!