sábado, 25 de marzo de 2017

Superwoman

Este mes, estoy de prácticas en un colegio. He vuelto a madrugar para pasarme unas cuantas horas al día sentada en un aula con un montón de adolescentes; en el mejor de los casos, estoy de pie al frente de la clase y no tengo tanta sensación de déjà vu. Esto también implica que tengo que preparar material para la clase, corregir ejercicios, repasar temario que hace años que no veía, volver a aprender a analizar oraciones como se hacía en Bachillerato... 

Además, la universidad ha decidido que tenemos que escribir un proyecto de prácticum (es decir, lo que pretendo hacer), un diario de las actividades del colegio (es decir, lo que estoy haciendo) y una memoria de prácticas (es decir, lo que he hecho). No sé si es afán burocrático o que quieren que controlemos bien los tiempos verbales. Además, tengo que ir a unos cuantos seminarios a contarle a un profesor lo que estoy haciendo, porque hay que trabajar todas las competencias: la escrita y la oral.

También me he metido a dar clases particulares, por ganar un dinerillo. Y no vivo con los papis, así que además hay que comprar, limpiar, cocinar, recoger... Cómo una casa con tres habitaciones puede dar tanto trabajo, que alguien me lo explique.

Soy una mujer que se enorgullece de llegar a todo. Pueda o no pueda, yo llego, porque no hacerlo no es opción. Creo que esto me viene de mi madre, que con menos de treinta añitos cada mañana salía a trabajar con los niños limpios y peinados, dejando la casa recogida y todo listo para comer. Y creo que esto a mi madre le viene de la idea de que la mujer puede hacerlo todo.

Porque antes, la mujer no podía hacer casi nada: cuidar la casa, cuidar al marido, cuidar a los niños y ancianos... Y se nos ocurrió la feliz idea de decir que por qué no nos dejaban hacer más cosas, como trabajar fuera de casa, por ejemplo. Y en lugar de pensar que, si la mujer puede hacer todo lo que hace el hombre, en el sentido contrario también debe funcionar, se optó por venderle a la mujer que se puede ser madre, esposa, ama de casa y trabajadora a tiempo completo y hacerlo todo tan bien como si no te dedicases a otra cosa.

Vamos, que nos están timando. Porque un solo ser humano no puede hacer el trabajo de cinco. Que yo seré de letras, pero estas cuentas no salen. Y como no salen, no llegamos a todo. Y como no llegamos a todo, nos sentimos culpables, peores madres o peores trabajadoras, porque tenemos que elegir entre tender la lavadora o acabar la presentación para mañana. Porque nos han vendido que podemos hacerlo todo.

Y podemos.

Pero no todo a la vez, no todo con la misma intensidad y la misma dedicación, porque el día solo tiene veinticuatro horas y nosotras solo tenemos dos brazos y dos piernas, en el mejor de los casos. Así que vamos a empezar a venderle a las mujeres que hay que hacer lo máximo posible, sí. Y a veces lo máximo es levantarse a las seis de la mañana, arreglarse como un pincel, currar como una fiera durante ocho horas, cocinar algo sano y nutritivo, tener la casa como una fiesta de la Preysler con montaña de Ferrero incluido, jugar con los niños y llegar al final del día con ganas de ver una serie y hasta de querer un poco a tu pareja.

Pero a veces lo máximo que se puede hacer es quedarse toda la tarde viendo capítulos atrasados de Supergirl, porque ni el cuerpo ni la mente te dan para más. A veces lo máximo es irse a dar un paseo y despejarse, porque después del décimo alumno que tienes que suspender la moral se te ha ido al carajo. A veces lo máximo es no hacer nada, porque todos somos personas y se nos puede acabar la batería.

Y no pasa nada.

Vamos a empezar a comprar la idea de que la perfección no existe, de que la energía se agota, de que de verdad que sí, la intención es lo que cuenta y si los platos se quedan sin fregar un par de días, no pasa nada. Vamos a empezar a comprar tiempo de calidad para nosotras mismas, vamos a empezar a comprar perdón y compasión para los pequeños fallos y las tragedias cotidianas, vamos a empezar a comprar que no existe más superwoman que la que sale en los cómics.

Para todas las demás, vamos a reservarnos el derecho a ser mujeres. Sin más.

martes, 21 de marzo de 2017

Eres tú

Fábulas de la garza desangrada

«Envío»

a mi madre, y a la estatua de mi madre,
a mis tías, y a sus modales exquisitos,
a Marta, así como también María,
porque supo escoger la mejor parte,
a Francesca, la inmortal, porque desde su infierno insiste
en cantarle al amor y a la agonía,
a Catalina, que deslaza sobre el agua
las obscenidades más prístinas de su éxtasis
únicamente cuando silba el hacha,
a Rosario, y a la sombra de Rosario,
a las erinnias y a las furias que entablaron
junto a su cuna el duelo y la porfía,
a todas las que juntas accedieron
a lo que también consentí,
dedico el cumplimiento de estos versos:
porque canto,
porque coso y brillo y limpio y aún me duelen
los huesos musicales de mi alma,
porque lloro y escribo en una copa
el jugo natural de mi experiencia,
me declaro hoy enemiga de ese exánime
golpe de mi mano airada
con que vengo mi desdicha y mi destino,
porque amo,
porque vivo y soy mujer, y no me animo
a amordazar sin compasión a mi conciencia,
porque río y cumplo y plancho entre nosotras
los mínimos dobleces de mi caos,
me declaro hoy a favor del gozo y de la gloria.

Rosario Ferré

A ti, que escribes.

También a ti, que lees.

A ti, que lo eres. No de una manera silenciosa y como ausente, no el objeto de una pluma ajena sino sujeto bien activo de tus palabras, tus actos, tu cuerpo y mente, tu vida. De tu gozo y de tu gloria.

Feliz día mundial de la poesía.

domingo, 19 de marzo de 2017

Palabras para...

Hace exactamente un año, le escribía a él. Pocos días después, no estábamos seguros de que él fuese a estar para responderme. Por suerte, está. Más presente que nunca. Y aunque en este blog no me escribe, sé que podría decirme algo parecido a esto.

Palabras para Julia

Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...

No sé decirte nada más
pero tu debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,

como ahora pienso...

José Agustín Goytisolo

Gracias por ser, papá. Y por estar, siempre siempre. Que sepas que hoy -como todos los días- te pienso.

viernes, 17 de marzo de 2017

La belleza está en el interior

Hoy se estrena la versión "más vivos que nunca" de La Bella y la Bestia.

Algunos se estarán meando en las bragas de emoción porque les encanta ver un clásico de su infancia reconvertido en lo que tiene toda la pinta de ser un peliculón. Pero muchos cogerán su fobia a las princesas Disney y enarbolarán sus carteles feministas al grito de "mimimi síndrome de Estocolmo", "mimimi mujer frágil", "mimimi cambia para agradar a tu hombre". Y ya no me quiero meter con "mimimi Emma Watson ha enseñado las tetas y no puede ser feminista" porque ya se ha explicado ella solita y lo ha hecho la mar de bien.

Personalmente, me muero de ganas por ver esta película. Como niña que creció con la nariz metida en un libro, me gustaban otras niñas así. Hermione Granger, Matilda, Bella... Mujeres que valoraban las aventuras y las enseñanzas de la ficción, que vivían mi mayor afición como una maravillosa forma de estar en el mundo, que convertían un motivo de burla en el núcleo de su heroicidad. Que me hacían sentir que no estaba sola, que no era tan diferente y que, si lo era, no tenía por qué significar algo malo.

Bella es una mujer que, a diferencia del resto de princesas clásicas, lee. Que aprende. Que quiere viajar y vivir aventuras por su cuenta.

Además, Bella es una mujer que rechaza a Gastón, el hombre más guapo del pueblo, porque es un chulo arrogante y pagado de sí mismo, que solo la quiere a su lado para hacer bonito. Le rechaza con firmeza una y otra vez, a pesar de su amabilidad innata, y no se deja amilanar por su comportamiento de chulo-playa que no consigue engañarla.

Bella es una mujer que no solo no espera a ser salvada por ningún hombre, sino que se lanza al rescate de su padre y se ofrece a ser encarcelada en su lugar, pues sabe que ella sí será lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Que se enfrenta a una manada de lobos armada solo con un palo. Que defiende a Bestia frente a todos los aldeanos y lucha por lo que cree correcto. 

Bella es una mujer que no acepta las invitaciones de Bestia mientras él es un bruto, maleducado y zafio que solo la quiere, como Gastón, para hacer bonito a su lado, para limpiarle la casa y para aguantar sus ataques de ira. Bella solo acepta cenar con él una vez él cambia su comportamiento, la respeta, conoce sus gustos y le regala su librería como forma de pedir perdón y de valorar sus intereses, esos intereses que van más allá de los de cualquier hombre. Bella no adopta el comportamiento de su secuestrador, síntoma de un Síndrome de Estocolmo, sino que le exige a él que cambie: solo una vez Bestia ha comprendido que no puede comportarse como un elefante en una cacharrería, y que ella no es un "mueble" más en su palacio, ella empieza también a respetarle, conocerle, comprenderle y, finalmente, quererle.

Bella es una mujer que se enamora al ritmo de una canción que habla de que la belleza está en el interior. Es una mujer que ha sido rechazada por sus vecinos, y que defiende a Bestia del miedo irracional de estos. Que se acerca al excluido y comprende lo que hay por debajo de una superficie aterradora. Y qué importante es esto para esos colectivos que se mueven por los límites
.

Bella es una mujer fuerte, inteligente, que tiene intereses propios, que lucha por lo que es correcto, que no solo es amable con los demás sino que espera que ellos también lo sean con ella y que se niega a comprometerse con un hombre que no la ama por lo que es sino por su aspecto.

Y todo esto lo hacía antes de que Emma Watson metiese mano. Al parecer, en esta nueva entrega Bella es inventora, no utiliza corsé y se sube al caballo con botas de montar y la cabeza más alta que nunca. Y si los feministas mimimi tienen algo que objetar, me gustaría saber qué película están viendo.

Yo ya estoy de camino al cine.

miércoles, 15 de marzo de 2017

The Feminist Wars: Make up Strikes Again

 Cuando era pequeña, era una niña muy burra. Me negué a llevar faldas muy pronto, odiaba —y todavía odio— el color rosa y todo lo que implicara peinarse, arreglarse... La boda de mi hermana fue un drama, y mi comunión ya ni os cuento. En mi adolescencia, esto se tradujo en una incomodidad con todo lo que se suponía "femenino" que, sumado a que me sentía mal con mi cuerpo el 90% del tiempo, hizo que durante mucho tiempo no me atreviese a llevar falda, vestido, pantalones cortos —probad a caminar por Madrid en agosto con vaqueros, a ver si os vale la pena el complejo— o colores claros. No digo que no me encantase el negro, los pantalones militares o el contorno de ojos estilo mapache, sino que comprarme camisetas de colores brillantes o vaqueros cortos fue una señal de que me empezaba a sentir cómoda con mi cuerpo y con mi feminidad.
Sigo explorando esta parte de mí misma poco a poco. Ahora mismo, me encantan los vestidos estilo skater —falda de vuelo y corte a la cintura—, he ampliado mi set de maquillaje a pintalabios y rímel, y aunque siguen sin gustarme el rosa y las flores, he de admitir que el encaje es un gran invento. Todavía hay cortes de ropa —por ejemplo, los vestidos muy ceñidos— que me resultan incómodos, y no sé si alguna vez llegaré a dominar el tema de los tacones.

Tampoco soy una gran fan del maquillaje. Paradójicamente, veo con religiosa pasión todos los tutoriales de Ingrid Nilsen o de Safiya Nygaard, pero la base de maquillaje con la que alguna Nochevieja escondí los granos debe llevar caducada unos tres años. Lo hago por economía y por comodidad, porque no me gusta que la cara me huela a maquillaje, pero también porque no creo que a mi edad necesite ocultar nada; de hecho, no sé si a alguna edad tendré esa necesidad. 

Sin embargo, no creo que todas las mujeres que dedican una cantidad ingente de tiempo y de dinero a dominar estas técnicas y productos sean vanas, superficiales o que tengan el cerebro lavado por el heteropatriarcado. Creo que el maquillaje es un tema complejo, pues sí puede ser una imposición; hay mujeres que sienten que no pueden salir a la calle sin maquillaje y que se lo ponen incluso cuando este arruina su economía, les hace levantarse media hora antes y, en muchas ocasiones, les provoca más acné del que oculta. El maquillaje ha sido durante mucho tiempo la herramienta que permitía a la mujer acercarse al canon de belleza, el látigo con el que las empresas de cosméticos las azotaban: no eres suficientemente buena, no lo estás intentando, nadie quiere ver tus ojeras, tus poros, tus espinillas. Ponte una máscara que combine con tu falda y tus zapatos, porque no nos interesa lo que hay debajo.
Pero también puede ser una forma de arte y de disfrute, una actividad que consista en mimarse a una misma, dedicarte tiempo, cuidar tu piel y atreverte a llevar tu estética un paso más allá. Puede ser una declaración de intenciones. El problema del maquillaje no es que haya mujeres, feministas o no, que lo disfruten, sino que Alicia Keys sea una revolucionara de extraordinaria valentía por llevar la cara lavada a un evento. El problema es que si llegas a una reunión de trabajo, a una entrevista o a una fiesta sin maquillarte, se piensa que eres menos profesional porque ni siquiera te has esforzado con tu aspecto. Si voy limpia y correctamente vestida, he llegado a tiempo a la reunión, he preparado los temas que debía y hago en general mi trabajo,¿por qué no llevar pintalabios es lo que me hace menos profesional?

El maquillaje, en definitiva, no me parece el problema. El maquillaje, como la depilación o los tacones, es solo una herramienta. Para mí, es símbolo de que mi autoestima y mi confianza están más altas que nunca. Para otras, es una imposición, una necesidad, algo que las hace aceptables a los ojos de los demás. Ese es el problema, como todo lo demás: que a las mujeres se nos imponen unas expectativas —piel perfecta, ojos grandes, labios jugosos y eterna juventud— imposibles de cumplir sin una gruesa capa de maquillaje.

martes, 14 de marzo de 2017

Querido Freud.

Querido Freud,

llevas muerto unos cuantos años. Afortunadamente, un día conseguiremos enterrar todas tus teorías contigo. Porque es difícil estar equivocado de manera tan absoluta como tú; parece que lo hayas hecho aposta. A lo mejor estabas riéndote de todos nosotros y se nos ha escapado la broma.

Porque, querido Freud, la mayoría de las niñas no tienen envidia de pene. Ninguna que yo conozca, desde luego. Es más: ninguna niña en el ancho mundo ha sufrido una castración como tú dices porque, agárrate a la silla, tanto niños como niñas como todos los géneros intermedios comienzan con la misma estructura. Échale una pizca de andrógenos durante el desarrollo fetal, y se convierte en un pene. Deja que siga desarrollándose y se convierte en un clítoris. Si las circunstancias se complican, nos encontramos con una persona intersexo, pero bastante movida te estoy montando como para meterme en eso ahora. Otro día.


Querido Freud: el orgasmo vaginal no es mejor que el clitoriano. De hecho, lamento decirte que el orgasmo vaginal no existe: también es clitoriano. Porque el clítoris no es una cosica pequeña y escondida en el exterior de la vagina, sino que se extiende también por dentro y es su estimulación, tanto interna como externa, lo que provoca el orgasmo femenino. Incluso aunque el orgasmo "vaginal" fuese mejor que el otro, te voy a dar un disgusto: no lo es porque involucre a un pene, porque un instrumento recto es la peor manera de estimular el clítoris internamente. Adivina qué sí consigue estimularlo bastante bien. Exacto.

Querido Freud: a estas alturas, lo debes estar flipando. Verás cuando alguien te comente que tener un hijo no soluciona de ninguna manera una envidia de pene que no existe. Muchas mujeres tienen hijas, y seguimos sin pene. Muchas mujeres tienen hijos sin que un hombre intervenga más de lo estricta y biológicamente necesario. Muchas mujeres no tienen hijos, tienen libros, o carreras, o viajes. Y eso también solucionaría la inexistente envidia de pene.

Sigmund, permíteme que te tutee porque a estas alturas has estado suficientemente involucrado con mis genitales como para que me tengas hasta las narices. Porque, vamos a ver, Sigmund, ¿quién en su sano juicio, poseyendo un clítoris, tendría envida del pene? El clítoris, querido Sigmund, no está expuesto para que cualquier golpe nos deje fuera de combate. El clítoris tiene más de ocho mil terminaciones nerviosas, y tu amado pene no tiene más que unas cuatro mil. El clítoris es el único órgano cuya función exclusiva es la de proporcionar placer. Tengo todo un órgano, querido Sigmund, dedicado a pasármelo bien.

Y tú tienes un pene, el subconsciente empantanado y un montón de teorías que a estas alturas están siendo desmentidas una por una.

Como para tenerte envidia.


lunes, 13 de marzo de 2017

Pensándolo mejor...

El otro día, salí de clase. Por la mañana me había puesto unos vaqueros y una camiseta negros, olvidándome de que estamos en Andalucía. Para cuando me dirigía a casa, a las seis de la tarde, estaba sudando, me había recogido el pelo en un moño muy poco favorecedor y no tenía fuerzas ni para estar de mal humor.

Entonces pasó un coche a mi lado y el copiloto sacó la cabeza por la ventanilla para gritarme algo en las líneas de "Oye, mami linda". No recuerdo las palabras exactas, pero sabéis de qué estoy hablando.

Y yo, que normalmente les regalo la mirada de la muerte y algún insulto, si me siento generosa, en un primer momento me sentí halagada. Me sobraba toda la ropa del mundo, me sentía incómoda, me sentía fea y, después de un examen particularmente estúpido, también me sentía un poco tonta. Pero cuando aquel cerdo decidió hacerme saber que me encontraba sexualmente deseable, mi primer pensamiento fue "Bueno, por lo menos le resulto atractiva a alguien".

Mi segundo pensamiento fue, "¿qué mierda estás pensando, Beatriz? ¡Cerdo, guarro, asqueroso, vete a la mierda!". Me sentí asqueada, no solo por aquel chico, sino por mí misma. Porque, en un mal momento, había vuelto a caer en la falsa creencia de que mi valor puede estar medido por mi atractivo físico, de que lo que pueda opinar un desconocido tiene alguna importancia, de que si no te gritan guarradas por la calle es que no eres guapa. ¿Qué pasa, que soy feminista solo de palabra? ¿Que consejos vendo, que para mí no tengo? 

Es normal caer de vez en cuando, o incluso siempre, en lo que nos han enseñado desde pequeños. El proceso de desaprenderer es largo y continuo. Puede que te griten por la calle y te sientas halagada, puede que veas una mujer con falda corta y pienses que va provocando, puede que tu amiga te esté contando el sexo increíble que tuvo con un desconocido y estés pensando que un poco guarra sí que es. Es normal, porque es lo que nos han enseñado a pensar, el mensaje que recibimos a diario de medios de comunicación, de gente de nuestro entorno, del humor, la cultura que se construye sobre una misoginia galopante.

Lo importante es lo que piensas después. Si tu segundo pensamiento es, "no, ella podría ir desnuda en el Metro y aun así no estaría provocando", "no, puede acostarse con quien le dé la gana mientras todo sea consensual y seguro", "no, no quiero que me grites por la calle, quiero que te vayas a la mierda". Porque el primer pensamiento que te viene a la cabeza es lo que te han enseñado a pensar, y el segundo es lo que quieres pensar.

En inglés, la expresión "Pensándolo mejor" se traduce como "On second thought". En un segundo pensamiento. Ahí es donde quiero vivir yo: en mis segundos pensamientos.

jueves, 9 de marzo de 2017

Derecho a (no) ser madre

Quiero ser madre.

Lo he sabido desde que era muy pequeña. Quizá desde que, con seis años, tuve en brazos por primera vez a un bebé que tenía horas de vida. Era preciosa, era más pequeña de lo que imaginaba que podía ser una persona. Sí, quizá lo sepa desde entonces. Este deseo es tan integral a mi persona, a lo que soy y quiero ser, que no consigo comprender cómo alguien no puede tenerlo. Cómo a alguien no le pueden encantar esos locos bajitos.

Quiero ser madre.

Pero una vez, cuando todavía estaba en el instituto, tuve un retraso. Apenas una semana. No era raro, porque siempre tuve la menstruación bastante irregular. Pero era la primera vez que tenía un retraso y, además, podía haberme quedado embarazada. Y yo, que entonces ya sabía que quería ser madre, viví durante siete días con un nudo en el estómago, con ganas de llorar, con el pánico constante de que, quizá, a pesar de todas mis precauciones, a pesar de los anticonceptivos, de la educación, del cuidado, quizá. Yo quería ser madre, pero no entonces, no así. Lo sentía con todo el cuerpo: no era una negación intelectual, era visceral. Era un no integral.

Hay mujeres que no quieren ser madres, ni entonces, ni así, ni nunca. Y nadie debería sentir tanto miedo, nadie debería sentir ese revulsivo que se provoca por todo tu cuerpo cuando sabes que no, que no es esto lo que quieres. Que tu cuerpo está invadido, que ya no es tuyo, ni tu cuerpo ni tu vida, no durante los siguientes dieciocho años, sino para siempre. Yo estoy dispuesta a ceder mi cuerpo y mi vida a otra personita, pero nadie debería hacerlo porque es lo que se supone que tienes que hacer, por el qué dirán, por la presión de la sociedad. Porque tu vida no estará completa sin ser madre.

Leonardo da Vinci nunca tuvo hijos, y nadie cree que esto le hiciese peor persona. Newton murió sin descendencia y no se considera que le faltase "algo". Y sin embargo parece que una mujer que no quiera hijos está dejando un hueco -que no es tal: el útero no está vacío, es un órgano que puede albergar un bebé, o puede no hacerlo- en su vida.

El Día Internacional de la Mujer sirve para reivindicar todas las cosas que todavía se nos niegan. Pero también para celebrar todo lo que hemos conseguido. Entre otras cosas, la posibilidad de acceder a métodos anticonceptivos, a informarnos e informar sobre ellos públicamente, sin miedo. Falta deshacernos del lastre el estigma, del "cuando seas más mayor querrás hijos", del "te arrepentirás si no los tienes", del "toda mujer quiere ser madre".

No existe el "toda mujer". Somos la mitad de la población: es literalmente imposible que todas las mujeres piensen, sientan, sean o quieran lo mismo. Yo quiero ser madre. Pero muchas otras no lo quieren, y es su derecho reivindicar su vida completa, feliz, plena y sin hijos.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Día Internacional de la Mujer

Feliz día, mujer.

Sigamos caminando, sigamos luchando. Por las de aquí y, especialmente, por las de allí. Por las que son como tú y, sobre todo, por las que son distintas. Por las que vinieron antes pero, sobre todo, por las que vienen después, que un día no serán capaces de concebir la desigualdad.

Hagámoslo por ellas, y por nosotras. Si tu lucha es con espada o con pluma, a gritos o en silencio, aprendida o desaprendida, solo por ser mujer y celebrarlo ya has ganado una batalla.

Feliz día, mujer.

martes, 7 de marzo de 2017

La sombra del ciprés

Siempre he hecho las cosas rápido, pronto, en cuanto me han dejado. Dos meses de cumplir dieciocho había donado sangre, había votado y estaba apuntada a la autoescuela. Vivo agobiá, ya lo sabéis. Quizá esto tenga que ver con ser la hermana pequeña de un hombre que vive, también, bastante rápido y bastante intensamente. Si sois los pequeños, sabéis que la sombra del hermano mayor es alargada y cuesta vivir en ella.

Os preguntaréis qué tiene esto que ver con marzo y el feminismo y los temas que nos ocupan estos días. Pues es que este hermano mío no solo ha nacido un día antes del Día Internacional de la Mujer —ya os he dicho que siempre ha sido bastante precoz—, sino que además tiene la capacidad de hacerme querer ser mejor persona, mejor profesional y, por supuesto, mejor feminista. Porque mi hermano no hace nada a medias, lo ha dicho siempre su madre (y la mía): que no le dé por el terrorismo, porque acaba con España.

Mi hermano es capaz de ser médico, coordinador, padre, esposo, amigo, hermano, hijo y runner, y todo ello a tiempo completo. Es capaz de proponerse nuevos retos a diario, de seguir mejorando como profesional y como persona, de no rendirse en su búsqueda de la felicidad, de seguir aprendiendo con las más de cuarenta castañas que le han caído hoy. 

Mi hermano, junto a mi cuñada, además, ha criado a tres niñas maravillosas con sus principios firmes, sus propósitos claros y tantas ganas de aprender, crecer y superarse como él. Tres niñas que, con menos de dieciocho años, ya son capaces de explicarme por qué una canción como "Ain't Your Mama" no es tan feminista como JLo pretende que sea. Y seguro que muchos adultos no saben de lo que hablo. 

Mi hermano es hombre, blanco y heterosexual, pero también se reparte las tareas domésticas como uno más, colabora con sus compañeras en plano de igualdad y a las mujeres de su entorno nos da tantos privilegios como él tiene, pero también nos exige las mismas responsabilidades. Es, se podría llamar, uno de los grandes aliados del feminismo.

Mi hermano es un ejemplo y, aunque a veces sea difícil mirarse en semejante espejo, también es un impulso a seguir creciendo. Felicidades, hermano. Ojalá queden muchos años que celebrar contigo.

lunes, 6 de marzo de 2017

Ni una menos

Esta tarde, estamos convocadas. En la Puerta del Sol, a las seis, concretamente. 



Pero es una convocatoria, es un grito que debería llenar todas las puertas, todas las plazas. Nos están matando, y nadie está haciendo lo suficiente. Porque no se creen nuestras muertes, porque el grupo que ejerce este terror no está organizado ni responde a ningún nombre o religión, porque se creen que un feminicidio es como cualquier otro asesinato y, mirando las cifras, es cierto que mueren más hombres aunque no sea a manos de su pareja, de la persona con la que habían elegido construir su vida. Aunque no sea en su propia casa.Porque creen que por pedir que no se maten mujeres, se está diciendo que no mueren hombres, o que la violencia doméstica ejercida contra ellos es menos importante. Todo lo contrario. Aunque no llegan a los diez al año (la última cifra oficial es de 2013), que haya hombres asesinados por sus parejas y que se les de menos importancia, es también problema nuestro. Del feminismo.

Lo que no es problema nuestro es que haya mujeres que diariamente viven con miedo, que haya niños que tienen que ver morir a sus madres, que haya familias que viven con el terror metido hasta la cocina. Que haya madres que tengan que enterrar a sus hijas porque su yerno no era quien ellas pensaban. Que haya ocho ahora, después de casi un mes, cuatro mujeres pasando hambre y frío en la calle, y se hable más de la multa que les ha puesto la policía municipal que de su manifiesto. Ese problema no debería ser de las víctimas, pero una vez más, lo han dejado en nuestras manos.

Comienza 2017 y ya han sido asesinadas más de quince mujeres. Si seguimos al mismo ritmo, este año morirán un centenar. Las perderemos a manos de novios celosos, de maridos y exmaridos que nunca pudieron verlas como sus mujeres, sino como sus esclavas, sus sumisas, sus posesiones. Y desde la asociación Ve-la luz se pide que esta violencia continuada se considere terrorismo, que se proteja más y mejor a las víctimas, que se proteja a los menores, que no se permita que un maltratador mantenga el derecho que ha perdido sobre sus hijos, que se proporcionen más métodos a las instancias encargadas de protegerlos. En definitiva, que se firme un Pacto de Estado en el que se considere que este es un problema de todos, que nos afecta como país y así debería ser tratado.

Podéis acercaros a Sol, a ver a las cuatro mujeres que llevan un mes en huelga de hambre y las diez mujeres y un hombre que se les han unido hace poco, a transmitirles vuestro apoyo, porque lo necesitan. Podéis firmar. Podéis llenar esta tarde la plaza con vuestro cuerpo y vuestra voz. Podéis, si estáis lejos como yo, firmar en Change.org para que su manifiesto llegue lo más lejos posible.


Porque tenía razón la terapeuta de Pamela Palenciano: no solo duelen los golpes. Y a mí, que ni mis padres me han dado un azote cuando era pequeña, me duele cada cifra, cada nombre, cada historia y cada superviviente.

Me duele cada insulto, cada grito, cada golpe que no me han dado, porque sé que otras los reciben.

domingo, 5 de marzo de 2017

Lo dice ella.

POÉTICA

Versayanira -el mayor poeta hindú-
           escribió más de seiscientos poemas
           como si fuera una muchacha.

Escribiré entonces
           como si fuera un hombre
           y nadie hablara de mi sexo.

Cristina Peri Rossi



Escribiré entonces como si nadie fuese a ver mi nombre y pensar que lo tenga que decir será menos importante, aunque si lo dijese alguien con otro nombre, con otro género, quizá se llevaría muchos más premios.

Escribiré entonces como si tuviese una larga tradición de personas como yo, con mi voz, con mis intereses, con mis experiencias, una larga tradición de la que beber sin sentir que el pozo no me pertenece.

Escribiré entonces sin querer asumir un narrador neutro, para no alienar a esa parte de la población que se cree neutra, para no atacar a ese lector que está tan acostumbrado a ser el protagonista que cree que se le ignora cuando se habla de otras vidas.

Escribiré entonces como si fuese fácil hacer un abecedario de escritoras sin que nadie te discuta, como si cualquier profesor de lengua pudiese sacarse fácilmente de la chistera veinticinco poetas, veinticinco mujeres sobre las que hablar a sus alumnos.

Escribiré entonces como si se fuese a mirar antes mis letras que lo que tengo entre las piernas.

Escribiré, entonces.

sábado, 4 de marzo de 2017

Aprender a aprender (y desaprender)

Yo he sido muy tonta. Todavía lo soy. Me he creído tantas veces que lo sabía todo que, por fortuna, ya no me lo creo. Quiero seguir creciendo, seguir aprendiendo, seguir redefiniendo mi visión del mundo, que cambia  incluso más rápido que yo.

Porque yo me decía feminista, sí. Desde pequeña. Los hombres y las mujeres son iguales, no debo dejar que me tomen por menos -menos lista, menos fuerte, menos valiente, menos válida. Menos persona-, tengo que llevar la frente en alto y la voz todavía más alta para que quede bien claro que estoy aquí para quedarme. Que no soy menos que nadie. La palabra feminista nunca me dio el miedo que les dio a otras, nunca lo asocié con mujeres violentas que odiaban a los hombres y querían fundar un matriarcado opresor. La asociaba con mi madre, mujer trabajadora, directora del colegio, luchadora incansable. La asociaba con mi hermana, con mis profesoras, la asociaba con lo que yo quería ser.

Pero también la asociaba con no ser "como todas las chicas", con que no me interesasen ni los vestidos, ni las muñecas, ni las tonterías que les encantaban a las niñas tontas que no leían ni escuchaban rock como yo. Yo no era como esas chicas vanas, superficiales, de cabeza vacía, que no sabían que ser como los chicos -fuerte, ruidosa, llena de orgullo y con una pizca de violencia- era mucho mejor. Quería ser una mujer fuerte y consideraba que la mejor forma de hacerlo era ser un hombre.

Creía que ser feminista era respetarse a sí misma, y que respetarse a sí misma significaba no irse con cualquiera; la palabra "guarrilla" no se me caía de la boca. Creía que la mujer debía trabajar fuera de casa, que bastante nos había costado conseguirlo, y que elegir ser ama de casa era poco menos que elegir ser una esclava. Es más, no creía que pudiese ser una elección. Creía que me depilaba porque yo quería, porque yo lo veía bonito y necesario, y a la vez despreciaba olímpicamente a todas las que se gastaban un dineral en maquillaje. No entendía por qué una mujer maltratada no cogía la puerta y se largaba. Dudaba mucho que existiese la bisexualidad, ni siquiera podía imaginar la diversidad de identidades de género que existían. No me gustaban los "libros de chicas".


No sabía casi nada de ser mujer ni de ser feminista, aunque así me llamaba. Necesitaba entender que las ideas patriarcales son las ideas de mi cultura, las que he aprendido desde que era un bebé, y he tenido que desaprenderlas a golpes de conciencia, de escuchar a otras mujeres que las habían desaprendido antes que yo. Hay mujeres que tendrán más suerte, que serán educadas en el feminismo desde el primer momento, y podrán aprenderlo todo sin tener que desaprender nada. 

Sois unas privilegiadas. Aprovechad ese privilegio, como todos los demás, y ayudadnos al resto a seguir desaprendiendo, que todavía queda mucho por olvidar.

viernes, 3 de marzo de 2017

Feliz marzo, feliz mujer

¡Feliz mes de la mujer!


Sí, sí, lo sé. El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer. Pero febrero es el Black History Month en Estados Unidos, país que necesita desesperadamente más de un mes para aprender de su racismo pasado y presente, y siempre me ha gustado la idea de dedicar más de un día a los temas sobre los que más necesitamos aprender y mejorar. Así que cuando me enteré de que en algunos países se celebra durante todo marzo la importancia de la mujer, no he podido resistirme.

Llamadme feminista loca. Lo soy.

Este año, por suerte o por desgracia, parece que mi mes de marzo va a ser el más ocupado del curso, así que no creo que pueda escribir una entrada cada día (de hecho, ya voy con tres de retraso...), pero voy a intentar subir todas las que pueda. Aguantadme todo lo que podáis, también.

Quiero empezar con una definición breve y básica pero que me sorprende comprobar que algunas feministas actuales, abanderadas e importantes dentro del movimiento -por lo menos dentro del movimiento español y literario, que quizá sea el que más cerca me toca- no conocen:

interseccionalidad


Interseccionalidad significa simplemente reconocer todas las realidades que pueden influir en la experiencia de un determinado colectivo. Me explico: una mujer puede vivir discriminación no solo por su género, sino también por su raza, su orientación sexual, su clase económica, su religión o la religión del país en el que vive... El feminismo fue en sus inicios un movimiento blanco, heterosexual y de clase media. Una lucha contra los confortables campos de concentración. Y durante mucho tiempo estas mujeres han protestado por su desigualdad, sin darse cuenta de sus grandes privilegios, de que utilizaban la voz que estos les daban sin cedérsela a sus hermanas negras, a sus hermanas lesbianas, a sus hermanas transgénero, a sus hermanas pobres, a sus hermanas que morían, literalmente, por el hecho de ser mujeres en otro país, en otra cultura, en otro planeta.

Es tiempo de cambiar. Es tiempo de reconocer las dificultades que no ser blanca añade a ser mujer. Es tiempo de reconocer los prejuicios añadidos que sufren las mujeres que aman a otras mujeres. Es tiempo de ceder el micrófono, de acercarse a todas las realidades y no solo a la propia, es tiempo de que el feminismo no sea una moda adoptada por aquellas casi tan privilegiadas como los hijos predilectos del heteropatriarcado.

Es el mes de la mujer, amigas.

Felicidades.